Culto por las víctimas de Orlando

Palabras del Reverendo Luis Carlos Marrero en la Iglesia Ebenezer de Mariano, La Habana, 27 de junio de 2016.

En la Iglesia Bautista Ebenezer, líderes religiosos y activistas de la comunidad LGBTI destacaron la importancia de fomentar el amor ante los crímenes de odio, en un acto ecuménico de solidaridad con las víctimas y familiares de la masacre en el club gay Pulse, de Orlando.

El día 14 nos encontrábamos un grupo de hermanas y hermanos de diferentes religiones compartiendo un taller sobre Religión, Género y Equidad Social en el Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo. Uno de los temas que trabajamos fue como las religiones, desde sus diversas formulaciones, construyen la sexualidad y la manera de concebir los cuerpos. En medio de tan intensos y ricos debates recibimos de varios colegas la triste noticia del ataque en la discoteca Pulse en Orlando.  Mensajes de solidaridad, cartas de repudio a tan brutal acción, declaraciones de comunidades LGBTIQ a nivel país e internacionales y el reclamo hacia al cielo de pastoras y pastores amigos hicieron brotar lágrimas de indignación. Me desplomé…otra vez aparecía Caín en la historia y en mis oídos retumbaban, una vez más, aquellas fuertes palabras… ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra (Cf. Gn.4:10)

La familia del asesino ha declarado que lo que lo motivó fue el puro odio que él sentía hacia la comunidad LGBTIQ. Además, lo describen como una persona violenta y homofóbica. Y de nuevo la violencia que genera la homofobia y la transfobia, y de nuevo la pregunta de Dios retumbando en mis entrañas… ¿Qué has hecho?

 

Queridas hermanos y hermanos, hoy las víctimas y familiares de esta masacre se convierten en voces de Dios y nos preguntan ¿Qué hemos hecho? ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué haremos? La realidad que vive el mundo es nuestra realidad, no existe el otro mundo sin este, con sus aciertos y equivocaciones, con sus alegrías y sus angustias, con sus esperanzas y sus sinsentidos.

 

Las víctimas de Orlando convertidos hoy en ángeles, nos recuerdan como dice un coro muy cantado que no les toca a ellos cambiar el mundo sino a nosotras y nosotros. Todo aquello que intente justificar este crimen, venga de donde venga tiene un nombre: Homofobia y Transfobia. Desde el Centro Oscar Arnulfo Romero y de la reciente Comunidad Interreligiosa Manos con Amor declaramos a las mismas como PECADOS incompatibles con nuestra vocación cristiana e interreligiosa. Todo acto cuya materia prima es el odio y el miedo, resulta absolutamente incompatible con Cristo, como bien enseñan las Sagradas Escrituras.…“En el amor no hay temor, porque el amor echa fuera el temor” (1 Juan 4:18a)

 

Jesús no discriminó nunca a nadie. Su proyecto de vida plena es un proyecto incluyente, es decir, está abierto a todas y todos y en la mesa de su banquete todas y todos tienen un lugar.

 

Toda lectura bíblica que acepte, apoye o justifique cualquier tipo de discriminación es una lectura que se opone al mensaje de Vida y Vida en abundancia (Cf. Jn.10:10) que defendió Jesús y, por tanto, al amor incondicional de Dios. Una lectura bíblica que excluya y segregue no puede llevar con autenticidad el nombre de cristiana… ¡sobre todo si la exclusión está sustentada con motivaciones religiosas!

 

Hoy quiero recordarles a mis hermanas y hermanos de fe y de tantas caminadas aquel pasaje del Juan 11 cuando Jesús vio llorando a María, la muerte de su hermano Lázaro y el también lloró. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué haremos? Hoy Jesús llora en cada casa de los familiares de las víctimas, llora desde el hospital donde aún atienden a los sobrevivientes, llora junto a la familia del victimario y llora también con él, llora con cada uno de nosotros que en indignación constante ponemos nuestras vidas al servicio de los pequeños de su reino. ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué haremos?

 

En armonía con mi vocación ecuménica e interreligiosa doy un primer paso, y aunque pastor y teólogo protestante, quiero compartirles como primer gesto, dentro de la tradición católica, esta confesión, sumándome a mis hermanos sacerdotes que ya lo han hecho.

 

Yo, pecador y pastor, me confieso ante Dios y ante ustedes mis hermanos pidiendo perdón a mis hermanas y hermanos homosexuales, en nombre mío, en el nombre de otros muchos pastores y en el nombre de mi iglesia. Pido perdón porque en ocasiones no he sabido apreciar el don del cuerpo y de la sexualidad, porque he preferido seguir el dogma, la tradición y la ley en lugar de fijar mis ojos en Jesús de Nazaret.

 

Pido perdón porque en ocasiones no he abierto espacios para las personas homosexuales en lugares donde he servido, porque no he sido capaz de abrir un debate público a la homosexualidad y que tanta falta hace en la comunidad cristiana.

 

Pido perdón porque en ocasiones me he asociado a quienes discriminan, he escuchado en silencio y hasta he contado algunos chistes que los degradan. He tolerado que se hable de con desprecio y se les catalogue con calificativos humillantes.

 

Pido perdón porque en ocasiones he mirado con desconfianza a las personas homosexuales y he creído que la única motivación de sus acciones es la búsqueda de sexo, por la identificación que he hecho entre perversión y homosexualidad, SIDA y homosexualidad, desenfreno y homosexualidad.

 

Pido perdón porque he pasado de largo frente al sufrimiento de tantas pastoras y pastores homosexuales que he conocido a lo largo de mi vida, porque no he sabido valorar sus esfuerzos por llevar sobre los hombros las otras caras del amor, porque no me acerqué a ellas y ellos solidariamente cuando tuvieron que padecer sanciones y censuras a causa de su orientación sexual.

 

Hoy pido perdón a Dios por no haber aprendido la única lección que desde la cruz nos dio Jesús, la lección del amor sin excepciones y sin condicionamientos. Y pido perdón, porque pudiendo haber hecho mucho más para pugnar por su plena participación en la vida de la iglesia, pude haber derribado más barreras, pude haber sido más audaz.

 

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

 

Yo, pecador y pastor, me confieso.

 

¿Qué haremos?

 

Dios nos bendiga

 

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