Después de micro-racismo

Carta del poeta, ensayista y crítico a la Comisión Aponte.

Estimados, comienzo narrando un diminuto episodio desagradable, sucedido hace par de semanas: fui a visitar a una amiga (al edificio de la Lonja del Comercio, en el cual ella trabaja), el CVP encargado de vigilar la entrada del lugar me detuvo para preguntarme adónde iba y luego de explicarle que al tercer piso puedo continuar sin dificultad mi camino. Lo particular del caso es que, junto conmigo, llegaron otras dos personas que -sin ser cuestionadas– simplemente entraron; mejor aún, cuando subimos al elevador, sus comentarios denotaban que entraban al lugar por primera vez.

Como mismo mientras conversaba en la oficina de mi amiga, he reconstruído la escena varias veces (al hacer el cuento a otros, por ejemplo) y la única justificación que encuentro para que la pareja de desconocidos pasara sin cuestionamiento -donde yo me vi obligado a dar explicaciones– es el color de la piel: yo, negro; ellos, blancos según apariencia.

Hablo de otra ocasión (de una de ellas escribí, hace meses, en La Jiribilla) en la que disfruto la oportunidad de sentirme humillado y rebajado como persona. El hecho no ocurre en cualquier sitio, sino en un territorio altamente simbólico: un espacio lujoso de la nueva economía. Manifestar inquietud, preocupación o algún tipo de interés distintivo por mi presencia allí (que es lo que hace el encargado de “vigilancia y protección” al interpelarme) es un procedimiento grosero para sugerir que estoy en el lugar equivocado e incluso me avisa, desde la puerta misma, que -ya que he llegado– allí adentro me tendré que esforzar por “portarme bien”.

A fin de cuentas, el gesto del CVP indica que la autoridad me identificó y aisló del resto, vigila y “sabe” que estoy allí, en ese lugar al cual no pertenezco.

Desde la incomodidad inicial, en la oficina de mi amiga, hasta el momento presente, he pensado en lo que sucedió no sólo varias veces, sino también de distinto modo y con diferente intensidad; del estupor a la incomodidad, de la rabia a la impotencia. Al mismo tiempo, las reacciones me han servido para el autoanálisis, para cuestionar mis límites y lo que busco.

Al inicio pensé que debí haber sido enérgico, cortante y, como decimos los cubanos, “plantar”; pero no sólo estaba apurado (por llegar adonde mi amiga), sino que en modo alguno era ese mi ánimo del día. Al paso de los días, cuando la incomodidad se impuso, pensé en ir a la dirección del sitio y presentar una queja formal; sin embargo, para ser honesto, ni siquiera recuerdo el rostro del CVP, sino sólo la pregunta: “¿me hace el favor, adónde va?”. Luego, ya dentro de la rabia, no me resultó suficiente la queja, sino que me complació la imagen-idea de que hubiese alguna sanción ejemplar gracias a la cual no sólo resultara yo reivindicado como persona, sino que se garantizara que nunca más tocase a otro (negro, como y) humillación semejante.

Semanas más tarde, hay cicatriz y creo que, al fin, tengo más claro lo que pienso acerca de lo sucedido y también lo que deseo que ocurra, aquello a lo cual -como simple ciudadano– puedo aspirar:

Primero: no me importa el CVP de mi historia en cuestión. No presté atención a su rostro y ni siquiera podría identificarlo. A la misma vez, no estoy dispuesto a que lo que sentí sea rebajado en significación: humillación, soledad, desprotección, rebajamiento de mi dignidad como persona y mucha ira. Si bien el idioma no tiene otras palabras para describirlo, incuso me gusta que haya ocurrido así porque lo que vale destacar y precisar, más que la persona, es el síntoma.

Segundo: lo sucedido es un ejemplo exacto de práctica del micro-racismo y de cómo este es mucho más abarcador, pernicioso y humillante que el “gran racismo”. Es en el nivel del mico-racismo donde la discriminación se enmascara a sí misma como parte de acciones cotidianas que pretenden ser parte de lo normal, la norma, normalizarse”.

Tercero: esta discriminación “normalizada” termina por ser parte de la cultura habitual y de la cotidianidad si antes no se le desenmascara de manera continua. Semejante tarea precisa de la participación permanente y extendida de los medios de prensa y cualquiera otro espacio de opinión de los cuales disponga la comunidad.

Cuarto: pido que se incluya, de manera obligatoria, en los procedimientos para contratar al personal que cumple tareas de vigilancia (en todos los tipos y variantes concebibles) la realización de evaluaciones psicológicas que determinen si se trata de individuos con concepciones y prejuicios racistas (además de otros prejuicios como los de género, sexualidad, lugar de nacimiento dentro de la geografía nacional, religión, formas de consumo cultural u otras). Esta debería de ser práctica obligatoria muy especialmente para quienes vayan a cumplir tareas de vigilancia, protección y de corte policial, además de que también debería formar parte de la política de cuadros en los más diversos lugares del país. Como mismo es un contrasentido lógico dar empleo como encargado de proteger a un individuo con tendencias psicopáticas, igual debe de serlo la promoción al nivel de autoridad de un racista, homófobo, misógino, etc.

Quinto: pido que el proceso anteriormente descrito sea acompañado por la realización de acciones continuas de formación durante las cuales el aparato conceptual para analizar el racismo y otros modos de discriminación, sus manifestaciones evidentes o subrepticias, así como los modos de luchar contra estas sean contenido fundamental dentro de los programas para la superación de agentes del orden y que igualmente se extienda dicho interés hasta el ámbito de las políticas de cuadros.

Sexto: después de tener mecanismos de evaluación previos al otorgamiento de empleo y acciones de formación del personal, el ciclo debe ser completado con la creación y/o revisión de la totalidad del aparato legal necesario para regular las sanciones a quienes insistan en realizar actos racistas como parte de sus prácticas mientras ejercen autoridad.

Séptimo: tal vez soy inexacto al decir que no me importa el VCP de mi historia, pues -aunque no recuerde su rostro– sí me interesa, pero no para que reciba amonestación u otra sanción, derivada de mi protesta, sino para que tenga -en el reverso exacto de su acto discriminatorio– la oportunidad

de aprender acerca del error y, en general, acerca de cualquiera otra forma de discriminación. También aprendería acerca de la enorme responsabilidad política que entraña el ejercicio de la autoridad en cualquier sitio o momento, incluso en este caso tan aparentemente menor como es el cuidar una sencilla puerta de entrada a un edificio.

Ni el más pequeño acto de racismo es pequeño, porque lo que siempre se pone en juego es el carácter despótico o la impunidad de la figura que ejerce poder, así como el alcance y/o plenitud de la condición ciudadana en aquel que padece atropello. De esta manera, más allá del carácter puntual de este o aquél episodio o anécdota, hay que leer el racismo en su propensión a tejer tramas, a sobrevivir, crecer, combinarse, establecer combinación y buscar sostén en otras discriminaciones.

En este escenario de interacciones dialécticas puede existir el error, pero las derivaciones y las consecuencias nunca son simples.

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