Elizabeth Mirabal: Vivir en otras épocas

Palabras de Elizabeth Mirabal en la presentación de su libro Sobre los pasos del cronista, sobre el escritor Guillermo Cabrera Infante.

Dalia Acosta - IPS

Los escritores Jaime Sarusky, Abelardo Estorino, Reynaldo González y Ambrosio Fornet coinciden en la presentación del libro

Desde hace varios años, Carlos Velazco y yo tomamos la decisión de vivir en otras épocas. Es algo que quizás nunca nos hemos confesado, porque no ha hecho falta. Por esa circunstancia, ese pretender a toda costa ir a otro tiempo, es que nuestros amigos suelen duplicarnos o triplicarnos la edad.

Hemos renunciando a otro tipo de diversiones y hacemos, desde hace mucho, otras cosas que nos resultan más divertidas: vamos juntos a la Cinemateca, recorremos la ciudad buscando los sitios que ellos frecuentaban siendo jóvenes, nos sentamos en un parque a evocar a los que se han ido, nos escribimos cartas interminables y cálidas, hablamos de correrías ancestrales y de amores perdidos. A veces nos reímos y a veces, lloramos. Nos fajamos (como todos los amigos) y los tratamos de usted (como rara vez hacen los amigos).

Ellos nos permiten conversar y, sobre todo, escuchar. Nadie entiende –ni aun nuestras propias familias– el placer constante que encontramos. Y así, en cada evento de los últimos años, ellos han estado acompañándonos. Con sus canas, teñidas o relucientes, aparecen en la discusión de nuestro trabajo de diploma, en nuestra boda, en nuestros paseos y en nuestras vidas.

Algunos, ya no pueden salir de sus casas, o salen muy poco. Somos jóvenes que, como las personas mayores, tenemos muchos amigos que han muerto. Por eso podemos entender a la doctora Pogolotti cuando nos dice que se siente sola, porque cada vez su círculo se va haciendo más reducido o a Ingrid González, cuando asegura que el pasado ya se va para siempre. Y el libro que hoy se presenta responde a esa voluntad y a esa certeza.

Descubrimos que Guillermo Cabrera Infante, quien rara vez se menciona, había sido amigo de algunos de nuestros amigos. O lo que es más interesante: que había sido todo lo contrario. Desde que se supo que investigábamos sobre esta figura, o cuando llegó la dicha y la sorpresa del premio de ensayo UNEAC por un libro sobre Guillermo Cabrera Infante en Cuba (no nos gusta decir “sus años cubanos”, porque aun después de estar fuera de la isla, nunca sus años dejaron de ser cubanos), fue rara la persona que no se nos acercó para decirnos algo negativo sobre él.

Los improperios subían, haciéndose un torbellino y allí estábamos nosotros, recibiendo el castigo en nombre de Guillermo. Aunque no nos deja de parecer curiosa esta herencia involuntaria, ya no nos molesta.

Siempre Cabrera Infante se revelaba como un Mr. Hyde perenne. Para estas personas, no aparecía jamás el Doctor Jekill. Resulta curioso, sin embargo, que quizás a los que realmente hizo daño, uno ostensible y no imaginado ni pretendido, sean quienes con mayor justeza lo valoren. Está Enrique Pineda Barnet, que con el libro en las manos, nos confesó que ahora su antiguo amigo le regresaba querido a través de nosotros; o Marta Calvo, que lo sigue llamando “Guillermito” y guarda sus libros con celo; o Pablo Armando Fernández, que pese a los duras ofensas que de él recibió, nunca deja de decir y agradecer que regresó a Cuba gracias a él.

Y es que no podemos permitir que los grandes defectos de Cabrera Infante en el orden personal, disimulen no ya sus méritos literarios, sino sus otras virtudes, las buenas acciones que hizo y que ahora casi todos quieren olvidar o hacer desaparecer. Porque ese muchacho pobre, que fue labrándose un camino literario mientras combatía contra la pobreza y los desmanes de una cuartería y que se convirtió en un escritor extraordinario, con un proyecto de la cultura cubana, contenido en toda su extensión en Tres tristes tigres, era capaz de revisarle los cuentos a Santiago Cardosa Arias, el joven venido de Baracoa que lo ayudaba a emplanar sus críticas en Carteles; de venderle a plazos una camarita (la primera que el adolescente tuvo) a Ernesto Fernández, el hoy antológico e indispensable fotógrafo de Martí enceguecido en la Plaza, de Girón, de Angola; de nombrar a Virgilio Piñera director de Ediciones R e incluso después, en Bruselas, continuar luchando para ubicarle sus libros en editoriales extranjeras; de recibir a muchos cubanos en su casa de Londres, a viejos amigos, desde Humberto Arenal hasta Antón Arrufat, y a otros, que no fueron sus amigos, pero que quiso conocer, como Senel Paz.

El mítico “infante terrible” se nos reveló por primera vez en un libro extraño que respondía al nombre de “Un oficio del siglo XX”. Uno de esos amigos viejos (este a diferencia de los otros, no tenía canas, porque era calvo) lo puso en nuestras manos y nos dijo: “Lean”. Nos saltábamos las críticas, fuimos del prólogo al intermedio y del intermedio, al epílogo. Y cuando terminamos nos preguntamos por qué casi nadie hablaba de los valores periodísticos o literarios de G. Caín en Cuba. Eliseo Diego dijo una vez que no encontrando el libro que quería leer, se puso a escribirlo.

Así que tomamos esa idea como primera piedra y comenzamos a investigar, sin saber muy bien a dónde nos conduciría. Mientras más preguntábamos y leíamos, más nos convencíamos de que por primera vez vivíamos a plenitud en el pasado. No leíamos ninguno de los periódicos o revistas actuales, sino Nueva Generación, Mensuario, Prometeo, Carteles, Nuestro Tiempo, Lunes de Revolución y consumíamos cada uno de los artículos, cuentos, críticas, como novedades.

No nos percatamos de cuándo ocurrió la metamorfosis, pero lo cierto es que los lugares comenzaron a perder sus nombres: la Kid Chocolate era el solar de Zulueta 408; la Secundaria Básica José Martí, el Instituto de La Habana; la mole azul de Infanta, la revista Carteles. Nuestros padres se preocupaban, porque solo andábamos con papeles viejos y hablábamos de un modo extraño, y preguntábamos por posadas y bares que únicamente los abuelos habían visitado.

En esa etapa febril, iniciamos algo que supuestamente era una “tesis”. Apenas un capítulo largo de ese texto primigenio, ahora ha devenido un flamante volumen, ni muy grande ni muy pequeño, que tiene lomo y hasta ISBN. El libro que hoy se presenta no es un alegato ni a favor ni en contra. No pretende tampoco reivindicarlo como un gran escritor cubano, porque no hace falta probar lo que ya se sabe. No busca dejar asentadas verdades eternas, sino abrir nuevos caminos. La única distinción que quizás nunca lo abandone es que fue el primer libro publicado en Cuba dedicado por entero a Guillermo Cabrera Infante. Y eso, como sabemos, aunque parece que significa mucho, no significa nada.

2 comentarios

  1. Irma Molina

    Elizabeth:
    estoy haciendo un trabajo sobre Cabrera Infante, tuve la oportunidad de estar en Cuba (sólo una semana)) pero hacía lo mismo que mencionas, buscar el falansterio de Zulueta 408, el edificio de la Rambla, el edificio de calle G, los cines; con la misma ansiedad que seguramente lo hicieron ustedes. Mi viaje no ha finalizado y me encantaría tener este libro. Al igual que a ustedes me negaron los préstamos en la B.N. José Martí, casi me cerraban las puertas en las librerías de Habana Vieja. Pero aun así tengo la necesidad de conocer más y más sobre Guillermo. No puedo estar como ustedes en esa Cuba maravillosa, tanto de lso 50′ como la de ahora, así que sería la guía perfecta para seguir los pasos de GCI y de ustedes po supuesto.
    Un abrazo entrañable
    Irma M.

  2. Mayra López

    Elizabeth:
    mi nombre es Mayra y escribo desde México, estoy haciendo un estudios sobre Cabrera Infante y me encuentro con el problema de que no encuentro aqui en México mucha información, de hecho ni tu libro he conseguido, me interesa mucho obtener un ejemplar o consultarlo en línea; donde puedo accesar a él. De verdad espero una respuesta y que gusto saber sobre este libro.

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