Jaime Ortega, misa de despedida como arzobispo de La Habana

Palabras del cardenal.

Foto: Tomada de la revista Palabra Nueva

Queridos hermanos y hermanas:

Me parece que el vocabulario eclesiástico en algunos casos debe ser adaptado a la mentalidad y uso de los pueblos. Decir en Cuba que el Santo Padre ha aceptado la renuncia  que el cardenal Jaime Ortega le ha presentado como  arzobispo de La Habana, crea confusión.

Entre nosotros, la palabra renuncia suena mal. Primero, muchos imaginan que no se trata de un acto voluntario, sino impulsado por alguna causa interna: enfermedad, cansancio, incapacidad de algún tipo para ejercer sus funciones; o por causas externas: las autoridades superiores de la Iglesia no lo aprecian ya, o presiones de otro orden lo han hecho renunciar.

 

Por otra parte, si no hay nada de esto, se trata de una renuncia porque el que se va desea retirarse a descansar y no seguirá sirviendo a la Iglesia y a su pueblo. Esto sería peor aún.

 

Por todo esto, desde que se difundió la noticia, nuestros sacerdotes, diáconos y católicos más comprometidos han tenido que explicar continuamente el significado de ese anuncio a nuestro pueblo, que sigue con mucha atención la vida de la Iglesia católica en Cuba.

Sería quizás más comprensible usar un lenguaje como este: al llegar al límite de edad establecido por la Iglesia para que los obispos estén al frente de una diócesis, el arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega deja su cargo al nuevo arzobispo nombrado por el Papa Francisco y seguirá sirviendo al Santo Padre y a la Iglesia como miembro del Colegio Cardenalicio y continuará sirviendo también a la Iglesia en Cuba y a nuestro pueblo en su condición sacerdotal. Porque el obispo es sacerdote en plenitud y sirve hasta la muerte. Y seguiré bautizando, confesando, confirmando, asistiendo a los enfermos y celebraré diariamente la santa misa. El obispo, como el sacerdote, no se retira nunca. Dejan un cargo de dirección.

 

A este querido pueblo habanero que tan bien me recibió hace 35 años, y ahora inclusive en su valoración sobre la palabra renuncia ha mostrado un interés, una simpatía y unas inquietudes que demuestran afecto y cercanía, gracias queridos habaneros. Y aquí incluyo a los mayabequenses y gran parte de los artemiseños, que integran también esta arquidiócesis tan grande, que es la arquidiócesis de La Habana.

 

Me dirijo a católicos y no católicos. No quiero que sientan este momento como una despedida, permanezco cercano, me quedo entre ustedes queridos fieles católicos de La Habana y queridos habaneros todos que siento tan cercanos a mí. Se tata hoy de un gran día de Acción de Gracias a Dios. Cuando el Papa Juan Pablo II me nombró obispo de Pinar del Río, escogí como lema episcopal un texto del apóstol San Pablo, que me ayudaba a disipar mis temores al ser llamado al Orden de los obispos a la edad de 42 años. San Pablo, ante grandes dificultades, le había pedido al Señor que lo librara de sus angustias, y el Señor le respondió: “Te basta mi gracia, mi fuerza se prueba en la debilidad”. Y no solo me ha bastado la gracia de Dios ante las pruebas, momentos y etapas de gran dificultad vividos en mi ministerio episcopal, sino que he experimentado una sobreabundancia de la gracia de Dios en mi  quehacer pastoral, al punto de sentir que este es para mí un día de recuento, alegre y agradecido al Señor.

 

San Agustín dijo que en la vida de un cristiano todo es Gracia. Y repito lo que el mismo Doctor de la Iglesia expresó sobre su vida como obispo y pastor y que cité en mis 50 años de vida sacerdotal: “Todo lo que hay en mí de bueno viene de la Gracia de Dios, todo lo que hay de malo viene de mí mismo, de mi condición de pobre pecador”. Por lo tanto, los elogios conviértanse en alabanza a Dios y mis pecados en petición de misericordia al Buen Pastor para este pobre servidor por cuanto no hizo bien.

 

Dones de Dios para mí han sido los sacerdotes que encontré en La Habana, no pocos de ellos ordenados por mi buen y recordado predecesor, monseñor Francisco Oves. Ellos me han acompañado con amistad y afecto fraterno. Mi celo arzobispal han sido los 30 sacerdotes que he tenido la dicha de ordenar y que permanecen en Cuba, con su pueblo, en esta diócesis. Ellos me tratan casi todos de padre y yo los considero como hijos míos, muy cercanos. Otro don inapreciable del Señor han sido los 32 diáconos permanentes ordenados por mí. Los primeros cumplirán ya 25 años de ordenación. Su servicio diaconal ha constituido un factor decisivo en el desarrollo y crecimiento de nuestra Iglesia diocesana. Gracias a Dios por todos estos ministros del Señor y gracias a todos ellos por su afecto al pastor y su espíritu eclesial.

 

En mi ministerio en La Habana hubo un momento, hace 27 años, en que, gracias a Dios, comencé a verme acompañado por las Hermanas del Amor de Dios, que retornaron a Cuba para atender el arzobispado y desplegar su apostolado en la Catedral y en el barrio. Este ha sido un don de Dios invaluable en mi servicio como arzobispo de La Habana. Gracias, queridas hermanas.

 

¡Y cuántos buenos, fieles y cercanos colaboradores he tenido en los empleados y trabajadores del arzobispado! Ellos han sido para mí también un don de Dios realmente inapreciable. Una palabra especial de gratitud para los obispos auxiliares que me han apoyado: monseñor Juan de Dios Hernández, a quien agradezco la homilía de hoy y tantas cosas más; y monseñor Alfredo Petit, que me ha acompañado durante tantos años, ayudándome en el cuidado pastoral de una diócesis muy grande. Gracias también a los vicarios episcopales y a todos los religiosos de distintas congregaciones, sacerdotes y hermanos, a las religiosas, nuestras carmelitas y dominicas de vida contemplativa y a todas las demás congregaciones femeninas entregadas a la asistencia de enfermos y ancianos, a la enseñanza y el servicio pastoral en nuestras parroquias y centros misioneros, mi admiración agradecida. No me olviden en su oración.

 

Agradezco vivamente al Señor los proyectos convertidos en realizaciones, de gran significado para nuestra arquidiócesis de La Habana y para Cuba. Ante todo, la construcción del nuevo seminario San Carlos y San Ambrosio, obra que llevo  en mi corazón por ser forja de sacerdotes para nuestro pueblo. El Instituto de altos estudios en Humanidades y Centro Cultural Venerable Padre Félix Varela, la Casa Sacerdotal, la residencia para sacerdotes ancianos u enfermos de San Francisco de Paula. ¡Con cuántos dones nos ha beneficiado el Señor en estos años!

 

Agradezco a las autoridades de mi país todas las posibilidades de superar períodos críticos y momentos difíciles, y haber sido capaces de avanzar, sin retrocesos, por un camino de diálogo no comprendido por muchos, dentro y fuera del país, dentro y fuera de la Iglesia, dentro y fuera de las estructuras gubernamentales.

 

Agradezco especialmente al presidente Raúl Castro por el impulso decisivo dado a este diálogo. Él aceptó la participación activa y mediadora de la Iglesia católica en la excarcelación de casi 150 prisioneros y expresó después que todos los lauros de aquella acción pertenecían a la Iglesia.

Gracias también al presidente por haber aceptado los buenos oficios del Papa Francisco para una acercamiento entre Cuba y Estados Unidos, en el cual se han dado ya pasos importantes. En ambos hechos pude participar personalmente. De ahí, mi especial gratitud.

 

Y cómo no pensar en esta ocasión en el Papa Francisco, que tanta confianza ha depositado en mí para tareas de gran significado eclesial y a quien me unen sentimientos de amistad y devoto afecto. Gracias, querido Santo Padre.

 

Mi pensamiento se hace oración al recordar al Papa Juan Pablo II, que me nombró obispo, arzobispo y me hizo cardenal. Con gratitud recuerdo en este instante al Papa Benedicto XVI que, de modo paternal, apoyó decididamente mi actuación episcopal. Durante mi servicio pastoral en La Habana, el Señor me concedió el honor y el gozo de recibir la visita de estos tres grandes pontífices. ¡Bendito sea Dios!

 

A los laicos cristianos que son el pueblo santo de Dios, a todos los consagrados y consagradas al servicio de la Iglesia, al señor nuncio apostólico, monseñor Giorgio Lingua, a todos los nuncios con los que he colaborado, así como a todos mis hermanos obispos cubanos –especialmente hoy están aquí los dos de las diócesis sufragáneas de esta arquidiócesis, monseñor Manolo de Céspedes, de Matanzas y Jorge Serpa, de la diócesis de Pinar del Río. Y muchas gracias a monseñor Roberto González, arzobispo de San Juan de Puerto Rico. Le agradezco mucho, monseñor, su cercanía siempre a nosotros.

 

La dicha de haber acompañado en estos años dos recorridos misioneros de nuestra Virgen de la Caridad del Cobre en nuestra arquidiócesis, ha sido el regalo más grande de mi episcopado. En sus manos de Madre de todos los cubanos pongo a este pueblo habanero que la quiere y venera. A ella encomiendo mis futuros servicios a la Iglesia y a Cuba y el quehacer pastoral del querido hermano monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, el nuevo arzobispo electo de la diócesis.

 

Jesús me llamó a seguirlo en plena juventud. Eso es algo maravilloso. Me llamó a seguirlo en plena juventud a Él, Único y Buen Pastor. Pues ahora ofrezco los años de mi vida que me llevarán a su encuentro. A Él, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos.

Amén.

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