Juventud cubana al ritmo de los tiempos

Entrevista a María Isabel Domínguez, directora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de Cuba.

María Isabel Domínguez, directora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS).

Conversar con María Isabel Domínguez siempre es un placer; más aún cuando, durante años y sin conocerla, se ha seguido su trabajo entre los papeles amarillos acumulados en no pocos centros de documentación cubanos.

Autora principal de importantes investigaciones sobre la juventud cubana y las diferentes generaciones que han habitado la isla en más de cinco décadas de Revolución, Domínguez se ha ido convirtiendo en una fuente de información imprescindible cuando se quiere entender qué pasa y cómo es esa juventud que habita la Cuba de hoy.

Graduada de Sociología en 1980 y doctora en Ciencias Sociológicas de la Academia de Ciencias de Cuba desde 1994, la actual directora del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas (CIPS)[1] acumula entre sus más importantes aportes a las ciencias sociales una sistematización de más de 300 estudios que, a mediados de la década de los ochenta, se convirtió en significativo punto de partida para la concepción y diseño del programa nacional de investigaciones sobre la juventud.

Autora de “Las generaciones y la juventud en la sociedad cubana: una reflexión sobre la sociedad cubana actual”, Domínguez accedió a conversar con IPS sobre esa juventud cubana que no pocas personas dicen que “está perdida”, mientras las más altas instancias del gobierno colocan en ella la esperanza del relevo generacional necesario que garantizará la continuidad del modelo socialista.

Defensora de la tesis de que la juventud se parece más a su tiempo que a sus padres, la directora del CIPS consideró que en la Cuba de inicios del siglo XXI ya no se puede hablar más de una juventud, sino de juventudes.

Entre generaciones

¿Cuáles son las generaciones que conviven hoy en Cuba? Y entre ellas, ¿cuáles serían las principales diferencias y semejanzas?

A finales de los ochenta hicimos un estudio de la estructuración generacional de la población cubana y encontramos la coexistencia de cinco grupos generacionales en aquella etapa. Una generación mayor, que al triunfo de la revolución ya era adulta, pero formada fuertemente por un grupo juvenil, que llevó adelante el proceso revolucionario.

Luego viene un grupo de transición que, al triunfar la Revolución, estaba en la etapa final de la infancia e inicios de la adolescencia, y que fue el que pudo aprovechar más intensamente el cambio en términos de su incorporación a la educación, de mayor participación social y política, pero incluso en su vida cotidiana y en sus relaciones interpersonales, familiares, generacionales. Fue el grupo que empezó a romper con un conjunto de tabúes en las normas de convivencia social y del que salen los primeros grandes contingentes de incorporación de la mujer al estudio y al empleo, las jóvenes que se fueron a alfabetizar y se separaron de la familia. Empieza a romperse el mito de la virginidad, a haber relaciones interraciales y una independencia en relación con la familia de origen. Es un grupo que hace una ruptura muy significativa con generaciones anteriores.

Después, ya empieza a haber una tercera generación y una cuarta generación, que son aquellos jóvenes que se socializan fundamentalmente en la década de los años setenta y ochenta. En estas generaciones, todos aquellos cambios comienzan a consolidarse; muchos de aquellos elementos comienzan a hacerse más habituales.

Son generaciones que se caracterizan por una fuerte elevación en sus niveles educativos, de calificación, donde continúa dándose un fuerte proceso de inserción laboral, de incorporación de la mujer a la vida social, pero ya para estos grupos empieza a reducirse el ritmo de la movilidad social ascendente.

Para los dos grupos iniciales se produce una movilidad social muy intensa: se forman profesionales a partir de los hijos de obreros, de campesinos, se da todo el proceso de movimiento, emigración rural-urbana y la incorporación al empleo de personas que nunca habían trabajado. Todo ese proceso de movilización e integración social para estas tercera y cuarta generación se mantiene, pero los ritmos se van haciendo más lentos e, incluso, algunos de esos procesos empiezan a tener cierta reversión o estancamiento.

Por ejemplo, se empieza a producir una cierta reproducción -autoreprodución- de la intelectualidad, de los profesionales y técnicos, en el sentido de que ya los que empiezan a formarse como universitarios no son tanto los hijos de obreros y campesinos como los hijos de aquellos primeros profesionales formados por la Revolución. Ya empieza a producirse una cierta reproducción socio clasista y los ritmos de la movilidad social comienzan a hacerse más lentos.

¿Qué pasa con el arribo de la década de los noventa, el impacto de la desintegración de la URSS y de la desaparición del campo socialista de Europa del Este, junto al inicio de la peor crisis económica de la segunda mitad del siglo XX en Cuba?

Según los estudios que hemos hecho posteriormente, esa década generó un nuevo grupo generacional. Esto es a manera de hipótesis, pues una generación es aquel grupo que se socializa en un determinado momento histórico y cuyas características de contexto y su participación, lo marcan como generación. Ahora, hasta dónde esa marca es realmente un elemento sólido que va a trascender y va a acompañar a ese grupo, no como algo coyuntural, sino típico de una etapa de la vida, es algo que solo se puede medir con el tiempo.

En el caso de las generaciones jóvenes, siempre tienes que distinguir cuáles son los rasgos propios de esa etapa de la vida de aquellos propios de la generación; que van a quedar cuando se deje de ser joven.

Pero aún como hipótesis, consideramos que esa década del noventa ha dado lugar a un nuevo grupo generacional de transición porque la sociedad cubana atravesó en esos momentos por cambios muy significativos. Las generaciones que se conformaron entonces heredaron, mantienen y conservan muchos de los rasgos de las anteriores, pero vivieron y han estado viviendo un contexto que tiene una naturaleza diferente y que, por lo tanto, también le marca características diferentes.

A partir de la década de los noventa se perfila ese nuevo grupo generacional y ahora intentamos evaluar hasta donde los jóvenes de hoy son aún ese grupo generacional de transición o son parte ya de otro grupo.

Esos son procesos de investigación, pero lo cierto es que las personas que vivieron sus años juveniles en la etapa más intensa del Período Especial, y que ya hoy están fuera de la juventud, tienen características específicas en el sentido estructural de sus posibilidades para integrarse socialmente, sus niveles educativos y de calificación, su vínculo con la vida social y política del país y también en elementos de su subjetividad, como pueden ser las aspiraciones y la escala de valores. Y se van produciendo modificaciones en relación con la juventud actual; es decir, con los más jóvenes de hoy.

¿Hasta dónde son todos ellos un mismo grupo generacional o hasta dónde también se están produciendo diferencias y estamos en presencia de la conformación de una nueva generación joven, que consolida algunos de esos rasgos que ese grupo de transición de los años noventa ha ido dando lugar? Como grupos de transición, estos abarcan un período de tiempo muy corto, como ocurrió con el grupo de transición de la Revolución.

¿Qué diferenció a este grupo de transición de los noventa del de los sesenta?

El grupo de transición de los sesenta fue la generación de la Revolución, la de las noventa fue la generación de la crisis y el cambio en un conjunto de direcciones del proyecto revolucionario, pero con toda la herencia acumulada por los más de 40 años vividos por ese proceso, que fue esa herencia de sus padres, en muchos casi de sus abuelos. Esa no fue la experiencia de la generación de los sesenta, que implicó un cambio completamente radical con sus antecesores.

¿Cuántas generaciones conviven en la Cuba de hoy?

Según estudios, actualmente conviven en Cuba entre cinco y seis grupos generacionales (Jorge Luis Baños - IPS).Concretamente en este momento, pensamos, están conviviendo nuevamente entre cinco y seis grupos generacionales: los más ancianos, ese grupo de transición de los años sesenta; dos generaciones posteriores, que incluso ya se van fundiendo y mezclando mucho y no hay grandes diferencias entre ellas; y luego estas generaciones jóvenes, que están en estudio para definir si se trata de una única generación o si ya hay una nueva transición hacia esta que es la que actualmente está funcionando como juventud.

Otro elemento importante es que cada vez más es complicado hablar de la juventud, porque hay toda una diversidad social muy intensa, lo que implicaría o sería más riguroso hablar de las juventudes. Por supuesto que hay toda una serie de rasgos comunes, que están dados fundamentalmente por la identidad nacional, la identidad cultural cubana, que es una identidad muy sólida y como que sirve de gran sombrilla a todo el conjunto de identidades.

Es muy interesante, porque el otro día, durante un encuentro con un grupo de colegas que me pidieron una charla, hablábamos sobre este tema y yo les decía que muchas veces cuando le preguntas a los jóvenes “¿qué tú eres?”, te dicen “cubano” o “cubana”, antes de decirte yo soy joven o soy mujer, estudiante o habanero. Antes de darte otras identidades en ese conjunto de identidades múltiples que todos portamos, el peso mayor de las respuestas va en esa dirección nacional y después viene todo lo demás. Y esa identidad, por supuesto, sirve de gran sombrilla y unifica esa diversidad de identidades.

Pero aún en esos elementos comunes también hay grandes diferencias que están dadas por varias estructuras o criterios diferenciadores. Está el tema del género, que marca diferencias entre ser joven mujer o joven hombre, y también el tema territorial marca con mucha fuerza esa manera de ser joven: urbano, rural, de la capital, de otras provincias del interior o, incluso, dentro de la propia capital, jóvenes de municipios céntricos o de la periferia.

Son condiciones que marcan diferencias de posibilidades y de integración social, pero también de orden subjetivo: gustos, preferencias, aspiraciones.

También hay otros elementos diferenciadores que tienen que ver con la raza, con la extracción social de la familia, los niveles educativos alcanzados por esos propios jóvenes.

Un elemento que está causando grandes diferencias, según el nivel educacional, es todo el tema de las relaciones de pareja, el inicio de esas relaciones, la maternidad o paternidad, las edades de esa maternidad o paternidad. Se van marcando todo un conjunto de elementos que no es que sean nuevos: esas diferencias siempre han existido y han estado marcadas, pero se va haciendo muy patente esa diversidad al interior de la juventud.

En algunas investigaciones hemos indagado sobre qué creen que predomina entre la juventud cubana: ¿las similitudes o las diferencias? Aunque hay un cierto equilibrio en la valoración de muchos en considerar que predominan las similitudes, los elementos que lo fundamentan son como más cliché: somos jóvenes, cubanos, tenemos los mismos gustos.

Sin embargo, a la hora de fundamentar las diferencias, hay toda una elaboración mayor: no tenemos las mismas condiciones de vida, los mismos accesos, no todos tenemos los mismos gustos, depende de la extracción social, del territorio donde vivimos.

Realmente hay una mayor elaboración para las diferencias y hay una conciencia mayor de esas diferencias que en generaciones anteriores. Al mismo tiempo, se nota un predominio del tema socioeconómico en la definición de las diferencias, un elemento surgido fundamentalmente en la década del noventa hacia acá. Entre los recursos de los que disponemos, las posibilidades de acceso que tenemos en función de esos recursos, la diferenciación socioeconómica está siendo vivenciada.

Aspiraciones y compromisos

En los estudiantes de todos los niveles las aspiraciones sociopolíticas siguen teniendo un peso alto, afirma la investigadora (Archivos IPS Cuba).En todo este tiempo, ¿cómo se han movido las aspiraciones de las generaciones jóvenes?

En el grupo de estudio sobre juventud del CIPS estamos haciendo estas investigaciones desde mediados de la década del ochenta, y eso nos ha permitido hacerle un seguimiento a lo largo de más de tres décadas: los ochenta, los noventa y los 2000.

Cuando contrastamos la visión de aspiraciones que nos dan esos grupos, apreciamos varias modificaciones o movimientos en ella. En los años ochenta, la principal aspiración era la superación; era la número uno para la absoluta mayoría de las y los jóvenes de cualquier grupo social y territorio del país. Jóvenes campesinos, de zonas rurales, algunos con nivel de sexto grado y ya con varios años sin estudiar, te decían que su principal aspiración era convertirse en un profesional, que podía ser un médico o abogado. Era como un imaginario social al que había que acceder.

En segundo lugar, estaban las aspiraciones referidas a la familia, tanto la de origen como la conformación de su nueva familia. Encontrar pareja, casarse, tener hijos, la salud de los hijos.

En tercer lugar, se encontraban las aspiraciones sociopolíticas, en dos direcciones, tanto las que tenían que ver con aspiraciones individuales: ser militante de la UJC, el Partido, formar parte de una organización, cumplir una misión internacionalista, ser destacado, ser vanguardia; como de naturaleza más social: que se acabe la guerra, el futuro del socialismo.

En cuarto lugar, venían las aspiraciones de condiciones materiales de vida: tener una vivienda, equipamiento, ropa, calzado y, en quinto lugar, las aspiraciones referidas al trabajo: encontrar un puesto en lo que me gradué. Esos fueron los años ochenta.

En los noventa, esa estructura de aspiraciones tuvo modificaciones. Pasaron a primer lugar las aspiraciones referidas a la familia, lo que se justifica porque fue un momento de mucha tensión, donde la familia fue una fuente de apoyo, refugio y mecanismo de solución de dificultades.

En segundo lugar, se situaron las condiciones materiales de vida, también lógico en la situación de carencias y escaseces que se vivieron en esa época.

Las aspiraciones de superación se colocaron en un tercer lugar, incluso con una cierta selectividad: ya no era estudiar cualquier cosa, sino determinados tipos de carrera –idiomas, computación, economía–, aquellas que permitían en aquel contexto algunas condiciones de inserción social, laboral, económica, más satisfactoria.

En cuarto lugar, aparecieron un conjunto de aspiraciones que nosotros llamamos de satisfacción espiritual, como tener tranquilidad, felicidad, paz, bienestar, no estar estresada y que también eran lógicas en un contexto tan complejo y tensionante como fue la década de los noventa.

En quinto lugar se mantuvieron las aspiraciones de trabajo y pasaron a sexto las aspiraciones sociopolíticas, con un peso fuerte las de naturaleza más general. Por ejemplo, fue muy típico que “la revolución logre estabilidad”, que volvamos a una situación similar a la anterior al Período Especial…era un poco la añoranza de la estabilidad política de los ochenta.

Luego, en los años 2000, algunas de estas tendencias se han ido modificando y otras consolidando. Encontramos que se mantienen, en primer lugar, las aspiraciones referidas a la familia, recuperan un poco su lugar las aspiraciones de superación: no hay que olvidar que la década de los 2000 trajo una serie de programas sociales, encaminados a potenciar la inserción educativa de la juventud, a potenciar de nuevo la posibilidad de hacerse universitario en todos los sitios del país, y, por lo tanto, se recupera no solo cuantitativamente, y vuelve a diversificarse ese panorama ya no tan selectivo de determinadas carreras, sino el deseo de ser profesional, estudiar una carrera universitaria, o sea, la educación como valor.

En tercer lugar, condiciones materiales de vida que cambian su lugar en relación con los noventa. Se mantienen en cuarto lugar las aspiraciones de corte espiritual y en quinto aquellas relativas al trabajo, mientras las aspiraciones sociopolíticas no alcanzan un peso suficientemente fuerte como tendencia para ubicarlas en un lugar.

Aquí estamos hablando de promedios, unificando grupos sociales y territorios diversos. Ese es uno de los elementos que también fundamentan esa diversidad de juventudes, porque para determinados segmentos, las aspiraciones políticas sí siguen teniendo un peso importante, pero luego, cuando vemos el promedio, hay una cierta desilusión.

¿Qué segmentos más o menos?

Por ejemplo, en los estudiantes de todos los niveles de educación –media y superior, preuniversitario, politécnico, universitario–, las aspiraciones sociopolíticas siguen teniendo un peso alto. Pero se observa una mayor diversidad tanto en las que tienen que ver con su proyección personal, como las de un corte más nacional o internacional, en relación con los sistemas políticos internacionales, la guerra, la paz…

En otros segmentos, ya de niveles educativos más bajos y de jóvenes insertados en el trabajo, esas aspiraciones van quedando relegadas, teniendo un peso mayor aquellas de naturaleza más individual, que tienen que ver con la familia, las condiciones de vida, su tranquilidad, incluso su superación personal, sin que esa superación sea vista también en una proyección social más general.

Aspiraciones de las generaciones jóvenes de Cuba en tres décadas

1980

1990

2000

1. Superación

2. Familia

3. Aspiraciones sociopolíticas

4. Condiciones materiales de vida

1. Familia

2. Condiciones materiales de vida

3. Superación

4. Satisfacción espiritual

5. Trabajo

6. Aspiraciones sociopolíticas

1. Familia

2. Superación

3. Condiciones materiales de vida

4. Satisfacción espiritual

5. Trabajo

Aquí llaman la atención varias cosas. Primero, el peso de la familia que, en cualquier circunstancia, está siempre en los primeros lugares, algo que marca la dinámica de las relaciones sociales. Esto es significativo también si se tiene en cuenta que no es una familia tradicional, sino una familia que ha vivido una gran cantidad de cambios en su funcionamiento. Sin embargo, tiene un peso muy fuerte como referente para la juventud.

El tema de la superación se mantiene en los primeros lugares, aunque en la década de los noventa hubo una cierta pérdida, devaluación de su importancia. Van ganando peso aspiraciones como las necesidades materiales de vida y la sensación de tranquilidad, de bienestar.

Algo que llama mucho la atención en la inmutabilidad de las aspiraciones laborales. Tiene mucho que ver con lo que se está hablando en el país de la necesidad de rescatar el significado del trabajo para las personas y la vida de la sociedad, porque estamos viendo lo mismo en los años ochenta –cuando el trabajo tenía un significado material e implicaba un salario que permitía determinado nivel de vida, que en la década de los 90 cuando el trabajo formal perdió realmente su significado ante la pérdida del valor del salario.

Y luego en los años 2000, aunque hay un proceso de recuperación del trabajo y el salario en algunos sectores y ramas, sigue manteniéndose en el mismo nivel, sin estar entre las aspiraciones prioritarias. Siempre ha estado presente, pero en ninguno de los momentos estudiados, ni antes ni durante ni después, ha habido un peso importante del significado del trabajo para las aspiraciones y la vida de la juventud, un síntoma que tiene mucho que ver con el funcionamiento de la sociedad.

Otro elemento es cómo ha ido perdiendo peso y diversificado el tema sociopolítico en la escala de aspiraciones. Muchas de estas personas luego tienen una práctica política concreta: pertenecen a organizaciones y tienen incluso una vida promedio, pero eso no está teniendo un peso para ellas. Yo creo que eso también tiene mucho que ver con hasta dónde esa inserción y prácticas políticas implican un compromiso activo o es una cierta práctica más formal.

¿Cómo se ha movido el compromiso con la Revolución si se miran las diferentes generaciones jóvenes que se han sucedido en estas décadas?

Las generaciones se definen un poco por la actividad social que desarrollan en una etapa, que es clave en su socialización, y esa actividad social está condicionada por el contexto en que vive y se desarrolla. Hay un conjunto de frases como “los jóvenes se parecen más a su tiempo que a sus padres”. Está dado por el hecho de hasta dónde ese contexto marca la forma en que cada generación joven se inserta en esa vida social y la construye y reconstruye.

El proceso de sucesión generacional es dialéctico, de continuidades y rupturas. Hay fórmulas que son funcionales en determinado contexto y dejan de serlo en otro; por lo tanto, cada nueva generación retoma de la herencia y a la vez elabora, construye y crea nuevas maneras de acercarse a esa etapa de la vida en la que le toca vivir. Eso es la historia de la humanidad.

En Cuba, aunque estamos hablando de un período de 50 años –que es muy corto para la sucesión generacional–, ya hablamos de tres o cuatro generaciones: los abuelos, los hijos, nietos y bisnietos.

Aunque hay un contexto, valores y prácticas comunes, también hay variaciones y necesidad de reajustes, reconstrucciones y recreaciones de esas maneras de pensar, hacer, acercarse. Yo creo que sí: nuestra sociedad está necesitada de esos ajustes permanentes, pues muchas veces estamos muy atados a maneras ya aprendidas de hacer, a fórmulas que dieron resultado en un determinado momento, pero que las entronizamos como permanentes e inmutables.

También las prácticas de nuestras organizaciones, y particularmente las juveniles, dan un tratamiento demasiado homogéneo a grupos sociales que son diversos y cada vez más diversos. Justamente, esas maneras de hacer tan iguales a veces son válidas y bien asumidas en unos determinados contextos y grupos, y no lo son en otros.

Son organizaciones que tienen maneras de funcionar, lo mismo para los jóvenes universitarios de la Universidad de La Habana, que para los jóvenes “anapistas”[2] de Mayarí[3]. No quiere decir que sean diferentes en su capacidad para hacer y actuar, simplemente que están en contextos diferentes y lo que les inquieta, necesitan, su concepción de la vida, a lo que aspiran, es diferente.

Eso se ha manifestado en muchos espacios, incluso en congresos de organizaciones, pero cuesta llevarlo a la práctica y se mantienen maneras muy estandarizadas, homogéneas, para todos los grupos juveniles y muy poco innovadoras con respecto a generaciones anteriores.

Evidentemente, eso desestimula el interés por incorporarse a muchas de esas actividades o ver la manera en que pueden aportar a la vida social. Aun cuando todo eso es así, hay un cierto desinterés de grupos juveniles por la participación social, más allá de aquellas cuestiones del pequeño grupo, lo individual, familiar.

Sí, evidentemente, hay que buscar nuevas maneras de motivar, estimular el compromiso de la gente joven con su entorno, incluso más allá de los planteamientos políticos: con su comunidad, el medio ambiente que los rodea, con la convivencia, sus espacios más cercanos. Creo que hay que insistir en los temas de compromiso y responsabilidad social de la joven generación con su medio, con su entorno ambiental y social.

¿Estaríamos ante un fenómeno cubano o más universal?

Generalmente, nos miramos mucho internamente y nos creemos que los problemas son solo nuestros, cuando se trata de una tónica de la época. Si miramos la dinámica generacional a nivel internacional, desde el triunfo de la Revolución cubana para acá, podríamos ver tendencias relativamente comunes y diría que, en el caso de Cuba, el proceso de compromiso social y político de nuestras juventud es mucho más alto que en otros países.

De una generación joven de los años sesenta, que a nivel internacional fue reivindicativa e involucrada en la transformación de la sociedad, fuimos pasando a unas generaciones que cada vez se fueron desentendiendo más, hacia unos años ochenta y noventa en que se hablaba del “pasotismo” de la juventud, porque los jóvenes decían: “Yo paso”.

Los jóvenes “pasotas” estaban centrados en su bienestar individual, en superarse profesionalmente, encontrar un trabajo, adquirir un nivel de vida y convertirse en un ser acomodado en esos contextos, sin cuestionarse el orden social y político imperante.

De los años noventa hacia acá, se han ido marcando algunas diferencias en eso, sobre todo con los movimientos sociales y antiglobalización, pero esos son movimientos de minorías.

El gran promedio de la juventud en la mayor parte de los países, tanto del primero como del tercer mundo, viven refugiados en la solución de sus intereses personales. Algunos con un nivel de presión por la precariedad de esas condiciones, otros con mejores posibilidades, pero la mayoría muy centrados en esos temas individuales, familiares y también en prácticas sociales más culturalistas. La inserción social va más en el sentido de la cultura, la interacción vía nuevas tecnologías y, a lo sumo, preocupaciones ambientalistas.

Hay mucho descrédito internacionalmente entre la juventud de las formas tradicionales de hacer la política -partidos, organizaciones, procesos electorales- y, por lo tanto, la mayor parte no se quiere comprometer ni está interesada en formar parte de esos procesos. Son relativamente reducidos los grupos que están buscando formas alternativas de hacer la política.

En el caso cubano, el hecho de que de los años noventa para acá hayamos aumentado nuestros vínculos con el contexto internacional, también acerca a nuestros jóvenes hacia esas otras miradas que tiene la juventud en otras partes del mundo.

El incremento del turismo, el contacto directo, las mayores posibilidades de viajar y conocer y, por supuesto, el acceso a Internet y otras vías de comunicación hacen que haya un conocimiento mucho más cercano y cotidiano de otros contextos, que también acercan a la juventud a esas otras tendencias y maneras de mirar el mundo.

Eso habría que leerlo en dos direcciones: por un lado, hace que nuestros jóvenes vean otras maneras de interactuar y comportarse y tengan otros puntos de comparación y de referencia.

Por otro lado, el hecho de que nuestra juventud, aun con todo un conocimiento mayor de ese contexto que viven otros jóvenes en otras partes del mundo mantenga sus niveles de adscripción política y compromiso con prácticas más tradicionales de funcionar, también habla a favor de una credibilidad de esas instituciones y organizaciones, más allá de su deseo de cambiarlas, modificarlas, ajustarlas más a las características de su momento.

Mientras en otras partes es habitual oír “a mí no me hables de política u organización para militancia política”, no es el caso de la juventud cubana, que da crédito y siente que tiene un sentido formar parte de esos procesos.

Si algo ha cambiado en las últimas décadas en Cuba es la mirada sobre la emigración ¿Las generaciones jóvenes estarían viendo la opción de emigrar como algo más normal que sus antecesoras?

El tema de la emigración también es tan viejo como la humanidad. Una de las razones históricas que más peso ha tenido ha sido buscar mejores condiciones de vida. ¿Qué es lo que es nuevo de esta época? La magnitud de esos procesos, el crecimiento a nivel internacional de las corrientes migratorias, dadas justamente por dos razones fundamentales: el proceso de desigualdad social, la brecha entre ese primer y tercer mundo es cada vez mayor; y, por otro lado, el incremento de las vías para conocer esas opciones, como para acceder a ellas.

En la época de mis abuelos, la gente no conocía ni siquiera la provincia de al lado. Ahora ven vía televisión o, los que pueden acceder, por Internet, lo que está sucediendo en el otro lado del mundo. A esa demostración de las posibilidades que existen en otros contextos se suman las condiciones de comunicación y transportación que facilitan extraordinariamente los movimientos.

Las corrientes migratorias han tenido históricamente un alto peso de jóvenes, cosa absolutamente comprensible: son las personas menos comprometidas con el pasado, pero también las más arrojadas y decididas a abrirse camino, a ver qué pasa: tienen más por vivir que vivido y el riesgo se corre con mayor facilidad.

En este momento, las cifras de migrantes del sur al norte y las cifras de los jóvenes que emigran de un país a otro son extremadamente altas. En el caso de Cuba, el proceso no debería ser visto para nada de una manera diferente a lo que está pasando en el mundo.

En primer lugar, porque Cuba es un país de ese tercer mundo, con escasas posibilidades económicas, muchas dificultades, gente muy preparada que ha elevado su nivel de aspiraciones y que, por lo tanto, ante ese conocimiento de la existencia de otros espacios de mejores condiciones materiales de vida, pues es absolutamente natural que deseen acceder a ellos como un joven de cualquier otro contexto.

¿Qué es lo que pasa en el caso cubano? Durante muchos años, el proceso de la emigración ha estado muy politizado, como resultado del acoso a Cuba, la existencia de una comunidad emigrada con un fuerte componente político, que ha continuado dándole ese carácter al proceso de emigrar.

Pero cada vez más el proceso migratorio cubano pierde ese componente político y se va asumiendo como una alternativa más de buscar un espacio de vida, a veces real o imaginado. Ese espacio imaginado está definido desde el hecho de que, geográficamente, somos una isla, hasta que hay todo un conjunto de limitaciones y dificultades para hacerlo más natural, lo que hace que se convierta en algo más magnificado, como una opción más magnificada en el imaginario juvenil.

Si analizas los comportamientos reales de la emigración, en los últimos años ha habido una tendencia creciente; pero si miras lo que representa quienes emigran de Cuba con respecto a su población y lo comparas con los que emigran de países vecinos, la emigración cubana no es alta.

Ha tenido una dinámica creciente por una apertura de viajar que antes no había, por matrimonios con extranjeros o permisos de residencia y trabajo, entre todo un conjunto de otras opciones que no son solo la salida definitiva del país.

En las investigaciones encontramos un grupo de jóvenes que desea emigrar, pero lo que más desean los jóvenes es viajar; es decir, ir a otros sitios, conocer y poder regresar. La tendencia no es a emigrar, sino a viajar; algo que se ve como difícil de lograr.

Psicológicamente, las cosas más difíciles son las que más se desean. Es curioso porque lo encontramos incluso en jóvenes de zonas rurales. Es como un sueño, que no es lo que moviliza tu conducta, pero sí el gran sueño de lo que quisiera hacer pero no voy a lograr. En Cuba se le da una connotación a un fenómeno, que es natural en el mundo de hoy.

El contexto actual puede aportar un cambio para los jóvenes en el sentido de cómo insertarse en las nuevas circunstancias (Jorge Luis Baños - IPS).Cuba está viviendo un proceso importante de reajuste, que pasa por repensar nuestro modelo de desarrollo y no pocas políticas. ¿Hasta dónde participa la juventud de estos procesos y hasta dónde sus intereses están siendo incluidos?

Como parte de la discusión masiva del proyecto de los Lineamientos de la Política Económico y Social[4], se abrió un espacio también para escuchar las opiniones de la juventud. El documento, que se discutió en las brigadas de las organizaciones estudiantiles y en la Unión de Jóvenes Comunistas, sí tiene un impacto sobre el futuro de la juventud, pero es sólo un primer momento en todo ese reajuste, centrado fundamentalmente en lo económico.

Luego, en 2012, vendrá una conferencia del Partido donde se tratarán los temas también de la organización política de la sociedad y del funcionamiento de las organizaciones, momento en que creo habrá más espacio para discutir cuestiones como representatividad de las organizaciones de los intereses juveniles y acercarse más a las características de la juventud de esta época. Se trata de cómo implementar todo esto en la práctica. Sí, en los documentos y los lineamientos nos dan una línea de acción, pero cómo esa línea se materializa en la práctica.

El momento es interesante en el sentido de que se están repensando las maneras en que hasta ahora se han hecho las cosas y se está mirando en otra dirección, en el sentido de darle un impulso al funcionamiento de la sociedad y al despliegue de las fuerzas productivas, porque el gran problema de esta sociedad es qué vamos a producir y de qué vamos a vivir.

Todas estas nuevas medidas pueden sacudir un poquito esa mirada generacional de los jóvenes de los últimos 40 años -atravesada por contextos tan diferentes como los ochenta, noventa y 2000-, y que ha hecho que el tema del trabajo sea tan inmutable. Da igual si sirve o no, si me reporta o no, para mí no es una prioridad, como joven.

El contexto actual tiene que sacudir esa tendencia en la sociedad y el trabajo tiene que ser una prioridad por lo que permita lograr en lo individual y lo social. El contexto actual puede aportar un elemento diferente y de cambio para esa generación en el sentido de cómo insertarse en esas nuevas circunstancias.

Habrá que estudiar, de ahora en adelante, cómo esos nuevos espacios son vistos por los jóvenes, si son usados o no. Hay que monitorear el impacto del proceso de reajuste laboral sobre la juventud. Si el criterio del reajuste es la idoneidad, ¿qué significa la idoneidad en los jóvenes? Puede ser que para algunos casos seamos más idóneos, mejor preparados.

Por otro lado, puede ser que no sean los más idóneos porque no tienen experiencia en el desempeño laboral. Hay que monitorear el impacto de los cambios en la educación para una generación en la cual se ha vuelto a despertar el interés por el acceso al nivel superior cuando se va a potenciar el acceso a técnico medio y obrero calificado.

Es un momento que abre oportunidades para la juventud, pero hay que darle seguimiento porque impactos va a tener. ¿Cómo lo asumen y en qué medida lo respaldan, lo transforman, lo convierten en una oportunidad o no? Eso es un proceso a estudiar en lo adelante, pero la tónica general es de un momento de oportunidad para insertarse socialmente de una manera diferente.

Género y diversidad: viejas y nuevas relaciones

Los años noventa tuvieron un impacto fuerte en la población cubana y, entre otras tendencias, se habla de retrocesos en materia de género. ¿Comparte esa tesis?

Durante décadas, después del triunfo de la Revolución, se abrieron muchas posibilidades sociales para la incorporación de la mujer a la vida pública, al estudio, al empleo, a la participación, y las mujeres aprovecharon esas oportunidades y se colocaron en ese espacio social.

Pero, como todos sabemos, sin abandonar el otro espacio que ocupaban en la vida doméstica, proceso que la crisis de los años noventa reforzó, por todo el tema de las escaseces y las visiones culturales que tenemos. Habían cambiado mucho las prácticas, pero no las nociones culturales que había detrás de esas prácticas. Ante situaciones críticas, se recurre a lo conocido: la mujer es la buena ama de casa, administradora, la que puede llevar el control de hogar.

Por otra parte, yo creo que la mujer de todas formas ha hecho un cambio cultural mucho más acelerado e intenso que el que hizo el hombre, y aquí estoy hablando sobre todo del cubano, porque creo que esto es un proceso internacionalmente muy diverso.

En el caso cubano, el hombre ha tenido que admitir que el proceso ha sido un mal necesario y lo ve como algo sin alternativa, y no porque realmente lo comparta o esté lo suficientemente convencido de que tiene que ser de esa manera. Y esta reacción es comprensible porque es el grupo que tenía el poder en esa relación, se ve desplazado y no cede los espacios voluntariamente. Esta tendencia se ha sentido mucho en la vida social y en la estabilidad de la familia: ha generado rupturas familiares, procesos de divorcio, mujeres solas y una sobrecarga en la mujer.

En algunos casos, incluso, el desarrollo de la mujer en el espacio público se ha convertido en un detonante de la violencia de género.

Por supuesto, el hombre puede llegar a sentir que se le está arrebatando su poder, su preponderancia; por lo tanto, quiere mantenerlo a toda costa. En las mejores circunstancias, hay un proceso de adaptación o aceptación; en los casos en que no es posible, llega a la ruptura; pero cuando ofende su masculinidad, se recurre a estos mecanismos de violencia para tratar de imponer el orden tradicional.

Volviendo atrás, para las mujeres de las generaciones de los sesenta, setenta y hasta los ochenta éste fue un proceso incressendo: mi meta es la independencia personal, profesional, económica, mi autonomía. A partir de los noventa, sin embargo, se ve cierto estancamiento y, en algunos casos, hasta retroceso entre las generaciones jóvenes.

La crisis económica ha generado, en segmentos de la juventud, la búsqueda de opciones de aseguramiento material, entre ellas la relación de pareja que dé garantía económica. La más típica fue el matrimonio con un extranjero, pero también con cubanos en posiciones económicas más ventajosas.

Por otro lado, también se ve una cierta saturación, en el caso de las mujeres jóvenes, de la experiencia de sus madres: una visualización de la vida de sus madres en negativo. ¿Qué ha logrado esa madre liberada? Ha logrado ser una mujer sacrificada, trabajando todo el tiempo, en la calle, en la casa, manteniendo a la familia. Sí, muy liberada e independiente, pero al final esclava de todo y de todos, sin disfrutar de su vida, envejeciendo, no pudiendo ocuparse de su presencia física, de su descanso, de su disfrute…muy realizada profesionalmente. Al final, ¿qué?

Y se ha dado un modelo de oposición a esa imagen, de ruptura: no quiero ese modelo, quiero ser ama de casa, madre de familia; tener un marido que gane dinero, me lleve a pasear y me permita pasar la vida bien. Esto es un elemento complejo.

¿Y en el caso de las mujeres que sí siguen optando por seguir un camino de desarrollo profesional?

En ese grupo también se está dando otro proceso, que tampoco es generalizado, de oposición al modelo que representaron las generaciones de las madres de las actuales jóvenes. Y este es uno de los elementos que está diferenciando mucho a la mujer joven cubana hoy, en el sentido de que está como polarizándose mucho, quizás más, que en los jóvenes varones.

Es importante recordar que la educación superior está altamente feminizada en Cuba, en una tendencia que empezó a marcarse en la década de los ochenta y en los 2000 se ha ido fortaleciendo, incluso con las sedes universitarias municipales. Este programa logró modificar la composición de la extracción social y racial del estudiantado universitario, pero no logró estabilizar la composición de sexos: siguieron predominando las mujeres.

Entonces, hay un polo de mujeres altamente preparadas, calificadas, con niveles educativos más altos que sus pares varones; pero en el otro polo tenemos jóvenes que han terminado estudios medios y no han continuado estudiando, no trabajan y su aspiración es esa de ser una buena ama de casa, casada con un buen partido.

En el medio de esos polos, está toda la gama que va de un extremo al otro. Esa diversidad es más notable también en el caso de las mujeres que en el caso de los hombres.

¿Cuáles serían los rasgos que estarían caracterizando el polo de las jóvenes con alta calificación?

En el caso de las mujeres más preparadas, el comportamiento va en otras direcciones: postergar el inicio de las relaciones de pareja y la maternidad e, incluso, cuestionarla; y establecer relaciones de pareja sobre bases más equitativas entre las dos partes. Son mujeres con una vida social y un interés en esa vida social, en los más altos niveles de educación e inserción laboral, con un deseo de tener reconocimiento y protagonismo y, al mismo tiempo, tener una vida familiar de otra manera.

Mientras los hombres valoran la belleza física para la elección de la pareja, las mujeres señalan la inteligencia, lo que demuestra la permanencia de patrones tradicionales (Archivos IPS Cuba).Y a la hora de elegir pareja, ¿ha habido algún avance o se siguen reproduciendo los estereotipos de género?

A finales de la primera mitad de los 2000, lo más significativo fue constatar las diferencias de género a la hora de elegir pareja y valorarlas. Mientras los hombres le dan importancia, entre los valores fundamentales, al gusto o a la presencia física, la belleza de la mujer y luego a sus valores, las mujeres le dan el peso fundamental a la inteligencia, la capacidad y los valores, priorizando la honestidad y la fidelidad. En primer lugar, para ellos está la belleza y para ellas, la inteligencia.

Ese es un estudio entre jóvenes universitarios y es significativo cómo se siguen manteniendo los patrones tradicionales en la valoración de unos y otros. Nuestros jóvenes varones todavía siguen valorando fundamentalmente la belleza física.

Un tema que ha emergido con fuerza en Cuba en los últimos años es el de la raza y la discriminación por motivos raciales. ¿Cómo marca el tema racial esa diversidad de juventudes de las que estamos hablando?

El tema racial en Cuba no se da puro, se da muy mezclado con lo clasista, socioeconómico y territorial. Si vas a un grupo de estudiantes, no vas a encontrar diferencias de ningún tipo en sus intereses, gustos y participaciones por color de la piel.

Cuando encuentras aquí a los jóvenes negros y mestizos, que no son mayoría en los niveles educativos más altos, proceden en gran parte de familias de profesionales. Los elementos que los caracterizan no son tanto el tema racial como su extracción social y lugar de residencia.

En otros casos, cuando vas a grupos de jóvenes donde hay un predominio de negros y mestizos con comportamientos sociales y prácticas culturales determinadas, ves que son jóvenes de procedencia social de menor nivel económico, fundamentalmente obrera; encuentras muchas madres que no trabajan, familias incompletas y concentradas en determinados territorios del país.

Las diferencias raciales se ven en ocasiones cuando están dadas por las diferencias económicas, clasistas, territoriales que están asociadas a ella. Por supuesto, ¿cuál es la composición racial que se da en esas clases? En los sectores profesionales hay un porcentaje menor de población negra y mestiza que a nivel de la población, aunque en determinadas zonas del país o provincias eso cambie.

Después, hay barrios o áreas que tienen un mayor peso de población negra y mestiza, que generalmente está asociado a zonas de bajo nivel socioeconómico, asentamientos que vienen de una historia previa a la Revolución, donde viven personas con características culturales relativamente comunes y con un peso en las tradiciones de origen africano. Así, hay una mezcla de todos estos elementos que no puedes decir que están propiamente condicionados por el elemento racial.

Sin lugar a dudas, cuando ves el cruzamiento de todas esas condicionantes, encuentras diferencias de comportamiento y de inserción social marcadas por el color de la piel.

Notas:

[1] El CIPS es un centro de investigación del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba.

[2] Integrante de la ANAP (Asociación Nacional de Agricultores Pequeños).

[3] Localidad montañosa de la provincia de Holguín, a más de 700 kilómetros de La Habana.

[4] Documento aprobado en abril de 2012 durante el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba.

2 comentarios

  1. Edulman Hardy Monier

    Una realidad difícil de evaluar.
    Elio me contaba que cuando tenía 17 años sus perspectivas eran coger una carrera universitaria, graduarse y después trabajar fuerte, como había hecho su cuñado que era un excelente profesional y se había ganado una casa y un carro.
    José, expresaba que su aspiración en esos años era obtener un título, y ser un buen profesional.
    Así fueron hablando Rafael, Maritza, Alejandro, Josefa y Julián, todos personas de unos 40 y tantos años sobre sus hombros.
    Sin embargo, Yasel, Yurima, Patricia, Yoel, Claudia y Fernando que son los hijos de estos amigos míos cuyas edades están entre los 16 y los 22 años tienen otro punto de vista de este tema, que yo atrevidamente he llamado la expectativa.
    Yasel me decía, __ tío para que quiero ser universitario, si no tengo un reconocimiento social, independientemente de la profesión, cuando me gradué estaré igual que mi mamá, que es doctora, y no le alcanza para 15 días el dinero que cobra como salario, todo el dinero que entra en la casa es para comida y realmente no comemos bien, debo decir que gracias a que cumplió misión y le pagan unos 25 CUC mensualmente, podemos escapar o mejor dicho sobrevivir.
    Patricia, que movía afirmativamente la cabeza cada vez que Yasel hablaba dijo: __ Imagínate que pasa con los que sus padres ganan menos, que son la mayoría de los hogares, la situación se torna muy difícil tío, y no se sabe uno para donde virarse, sin embargo Antonio, el de la esquina, que solo alcanzó un octavo grado, vive del invento y ya montó una paladar para que le sirva de fachada vive como un rey.
    No hay que irse muy lejos __ expresaba Claudia__ Fernando que está aquí con nosotros, hasta ayer lo que estaba pasando en su casa era lo último, las necesidades no iban a su puerta porque le daban pena llegar allí, pero desde que su hermano mayor se fue en la lancha para el Yuma, la casa ahora es un palacio, porque todos los meses Josefa recibe una mesada que le manda el hijo.
    Fernando, mueve la cabeza en señal de coincidencia.
    Las demás intervenciones estaban alrededor de estos temas.
    De este ocasional encuentro me quedé con las siguientes interrogantes,
    ¿Se ha perdido la expectativa de nuestros jóvenes ?
    No pienso que las únicas alternativas que les quedan a nuestros jóvenes sean vivir del negocio ilegal o salir del país, para mejorar sus condiciones de vida.
    Pero, ¿Qué estamos haciendo o qué vamos hacer para lograr transformar esto?
    Considero que el tiempo que queda es breve y la tarea ya es un gigante, por lo tanto habrá que andar de prisa porque no se puede esperar más.
    Edulman Hardy M.

  2. Milagros Mederos Piñeiro

    el tema es interesante y lleva a la reflexión. Sería interesante continuar profundizando en los estudios acerca del compromiso de los jóvenes en las diferentes tareas.

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