Ley de cine, una posibilidad para articular el audiovisual cubano

Entrevista con la periodista Susadny González sobre la posible Ley de cine en Cuba.

Susadny González

Susadny González

Foto: Cortesía de la entrevistada

La periodista y realizadora cubana Susadny González Rodríguez se encuentra investigando sobre las leyes de cine en América Latina durante una maestría en la Universidad de Guadalajara, México. Sobre el tema  abundó en entrevista exclusiva con la Redacción de IPS Cuba.

¿Por qué crees que sería necesario aprobar una ley de cine en Cuba? ¿Qué aportaría para el desarrollo del audiovisual en el país de acuerdo con las condiciones actuales y cuáles deberían ser sus propuestas fundamentales?

 

La reestructuración del cine y del ICAIC está cruzada por una serie de factores que implican cuestionarse el estado actual del cine que se produce, del instituto rector, sus estructuras… Sin perder su esencia, el cine de la Revolución ha debido enfrentar no pocas crisis de desarrollo, confrontaciones ideológicas y estéticas que delinean en estos primeros 15 años del siglo XXI un horizonte completamente diferente al de hace cinco décadas. Como mismo reconoció su vicepresidenta en una entrevista, el ICAIC ha mantenido inamovibles sus principios y líneas de trabajo, de lo cual se desprende entonces un estatismo que le ha impedido evolucionar de acorde a los tiempos y eso lo coloca en el presente en condiciones que ya no se sostienen. De hecho, si algún cambio experimentó en estos años, más allá de la sucesión de sus cuatro presidentes, fue la pérdida de su autonomía relativa, pues permanece bajo la dependencia del Ministerio de Cultura, lo cual obliga a sortear estructuras burocráticas, cuando lo que se necesita es libertad de movimientos, como diría Fernando Pérez. Toda esa carga de institucionalidad, regulaciones y mentalidades caducas a las que está atado, contribuyen a encorsetar la producción cinematográfica en un solo término, cuando en realidad debiera repensarse incluso conceptualmente para aterrizar en un concepto más global que dinamite fracciones subjetivas: por ejemplo el de audiovisual, que por supuesto alude a esa comunión de sonido e imagen no importa el formato en que se exhiba. Tampoco se puede olvidar que cualquier transformación supone abonar el terreno desde la atipicidad y complejidad de sus procesos: producción, comercialización, exhibición y consumo cultural. No estamos hablando solamente de cuestiones mercantiles. No se puede pasar por alto ese principio que encabeza el cincuentero marco legal: “El cine es un arte”, que si bien no excluye la concepción dual de industria, da cuenta de que están en juego también cuestiones espirituales.

La importancia de una ley de cine se explica además a partir de otras interrogantes: ¿qué producimos? Esto para no explayarme en el álgido tema de la exhibición y el deplorable estado de las salas de cine. Nuestra industria estaba diseñada para asumir unos doce largometrajes de ficción anuales (cuatro de manera simultánea), y a la fecha apenas puede con  dos a la vez (sea cine o video). Frente a esa producción carente de un diseño de realización, que algunos han calificado de anárquica, remedo de un aparato grande e ineficaz, emergen gracias a la democratización tecnológica, realizadores independientes que se han labrado una visibilidad con producciones más eficaces y dinámicas a las oficiales. A pesar de permanecer en un limbo jurídico, han sido quienes han disimulado la ausencia de filmes cubanos hechos por la institución rectora en festivales de primer nivel. Juan de los muertos es el ejemplo más fehaciente, pero le sigue una larga lista. Definitivamente no son el rigor crítico, los riesgos formales o estéticos los que distancian al cine institucional del alternativo, sino sus dinámicas más flexibles y eficaces. Todo esto evidencia la afirmación del cineasta Enrique Álvarez, en una carta que circuló por la red: “el cine cubano ya no empieza en el ICAIC ni termina en el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, no podemos suponerle un recorrido tan corto y mucho menos un único recorrido…”

Si bien no podemos ser ingenuos y pensar que una ley de cine podrá zanjar de un tajo todos los obstáculos, su primera ganancia sería articular las partes estatales y no estatales, un paso para encaminarnos hacia un aparato cinematográfico que funcione como un sistema único y diverso, coherente la práctica universal, como exigen los cineastas del G-20. Ello significaría la naturalización y reconocimiento oficial de colectivos como Producciones 5ta. Avenida, Largas luces, El Central, El Ingenio o El Azar, por solo mencionar algunos de los que sobreviven en la orfandad legal como “grupo de creación” más que como empresa, asidos a la Resolución Número 72 del año 2003, que solo avala y reconoce la actividad profesional del productor cinematográfico. A su vez el decreto Ley del Creador Audiovisual Autónomo legitimaría a los cineastas como figuras jurídicas con plenos derechos en el ejercicio de su especialidad. Es notable el número de obras realizadas por el llamado cine joven que aún no encuentra un espacio de exhibición en nuestras salas de cine. Una ley incluiría y regularía el funcionamiento de un Fondo de Fomento a la producción y la distribución de los recursos, regido por una comisión fílmica. Estas son algunas de las demandas por las cuales se han nucleado hace casi dos años ese grupo de realizadores que en su acta de nacimiento dejan muy claro que no está en discusión el papel rector que debe jugar la Institución, sin embargo, no han faltado las opiniones de quienes esperan que el Instituto se dedique a la conservación del patrimonio, la entrega del premio nacional, las publicaciones y festivales, y deje la producción a cargo de los autónomos.

 

¿Qué experiencias similares existen en América Latina en cuánto a este tipo de leyes? ¿En qué podría emular el caso cubano estas regulaciones y cuáles deberían ser las propuestas específicas de acuerdo al contexto cubano?

 

En las últimas décadas la filmografía del 62 por ciento de los países que conforman el área, se ha potenciado gracias a las medidas de fomento y protección del audiovisual. Llama la atención Cuba, como la nación que secundó, apenas 10 años después, en 1959, al pionero de estas normativas: México. El interés por fomentar la producción en la isla caribeña fue primero que el de esas dos portentosas industrias audiovisuales de América Latina: Argentina, cuya ley data de 1968 y Brasil, de 1975. Mientras otros países del área han hecho adecuaciones a sus leyes (Venezuela, Perú, Ecuador se encuentra hoy en debates con los cineastas para realizar modificaciones a su ley de 2006), incluso en más de una ocasión, Cuba no ha sido capaz de reformular su marco regulatorio. Hace dos diciembre, si mal no recuerdo, se organizó en el marco del Festival de Cine de La Habana un seminario para hablar sobre las legislaciones cinematográficas en otros países, que fue sin dudas una oportunidad para comparar, nutrirse de ideas. Entonces se manejó que la nuestra podía tomar prestadas algunas cosas puntuales de la venezolana, se dijo que la colombiana podía ser modélica. Ninguna ley es perfecta, y ello lo confirma la inquietud constante de los propios creadores por modificarlas en la medida que no responde a sus realidades. Cuba debe mirarse en las experiencias de todos sus vecinos para tomar lo mejor que se ajuste a su contexto y emular sobre todo con aquellas que han favorecido la relación de los espectadores con el cine de sus países, que a fin de cuentas es defender su patrimonio y su cultura, sin olvidar que una comparación con otros países implica atender nuestras singularidades como sistema y hasta la propia concepción que se tiene del cine. Si algo le favorece a mi juicio a nuestro país es esa identificación que tiene todavía el pueblo con el cine nacional, que se evidencia en cada Festival del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana. Esta es una batalla que tienen que ganar muchas naciones, pues a pesar de que su industria se va consolidando y tiene más presencia en eventos internacionales, deben pelear por mantener cuotas de pantalla para sopesar el empuje del cine comercial hollywoodense.

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