Riesgos naturales: todos, excepto volcanes

Cuba tiene que prevenir y mitigar fenómenos de origen geológico e hidrometeorológico durante todo el año.

Omara García Mederos (AIN)

Asentamiento costero de Cajío, en el municipio habanero de Guira de Melena, tras el paso de los huracanes Ike y Gustav

Sequías, inundaciones, deslizamientos de laderas montañosas, terremotos, tsunamis, huracanes, volcanes en erupción, de eso tratan la mayoría de las noticias que circulan actualmente por el mundo.

Un reporte de la Oficina de las Naciones Unidas (ONU) para la Reducción de Desastres (ISDR) estimó que ocurrieron unos 3.800 desastres naturales que costaron la vida a más de 780.000 personas en los últimos 10 años (entre 2000 y 2009 inclusive), según los datos expuestos en  un documento publicado en inglés en el  sitio digital de esa agencia.

En medio de ese panorama, Cuba, el mayor archipiélago caribeño,  tiene que prevenir y mitigar fenómenos de origen geológico e hidrometeorológico como sequías, lluvias intensas en cortos períodos de tiempo, deslaves de montañas, huracanes, terremotos, penetraciones del mar. Solo está exenta de los volcanes, aunque estos tuvieron antecedentes de aparición en la formación geológica que configuró, durante millones de años, a la isla de forma alargada y estrecha del Caribe.

Como parte de esa región geográfica, Cuba está sujeta a los vaticinios del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) sobre la influencia de los cambios climáticos en los riesgos naturales de la zona, entre los que se encuentra el probable incremento de medio metro en el nivel del mar, lo cual inundaría más del 50 por ciento de las playas en los próximos 50 a 100 años.

Esa elevación del mar causaría una erosión severa, que podría producir tormentas con oleadas más altas, aumentar el potencial de inundación en las comunidades costeras, e incrementar la intrusión salina en acuíferos de agua dulce, y la salinidad de campos agrícolas aledaños a las zonas costeras.

Los más temidos

La República de Cuba está formada por la isla de Cuba, la isla de la Juventud y otros 1.600 enclaves y pequeñas islas, con una extensión de 110.920 kilómetros cuadrados.

Los principales riesgos naturales a que se enfrenta  son los climatológicos, tanto por la magnitud de sus aspectos destructivos, su frecuencia y su área de incidencia, como por la intensidad con que daña a la población y la economía.

Durante la temporada ciclónica, que en nuestra zona dura desde el mes de junio hasta noviembre, una tormenta tropical afecta al país cada año, y un huracán cada tres años como promedio, según datos históricos que abracan desde 1800 hasta hoy día. Potencialmente, la parte oeste del país es la de mayor peligro en cuanto a huracanes.

Entre los países clasificados con fragilidades geológicas, Cuba, como todas las Indias Occidentales, pertenece a la franja sísmica que se une en América Central con la gran zona sísmica del Océano Pacífico y es la parte este del archipiélago la más peligrosa. Otros fenómenos que pueden afectarlo y podrían ser extremadamente peligrosos son los corrimientos de tierras.

Todo el territorio nacional está potencialmente expuesto a riesgos climatológicos. Como consecuencia de los aspectos destructivos de estos fenómenos (vientos, precipitaciones y penetraciones del mar), así como por la localización de los asentamientos humanos y sus características constructivas. Un informe elaborado por  Defensa Civil de Cuba planteó que se exponen a diversos peligros las siguientes proporciones de pobladores del país:

– Por destrucción de depósitos: 920.000 personas, lo que representa el nueve por ciento de la población total.

– Derrumbamiento de edificios: 844.000 personas; seis por ciento de la población total.

– Inundaciones: 538.000 personas, lo que representa cinco por ciento de la población total.

– Penetraciones del mar: en Cuba hay 232 zonas pobladas situadas en cinco kilómetros de costa y a una altura inferior a los cinco metros sobre el nivel del mar. De este total, 63 se consideran asentamientos urbanos y 169 rurales. Del total, 20 son puertos y centros industriales importantes. Resulta significativo que 13 de las 32 ciudades más importantes de todo el país, con poblaciones superiores a los 20.000 habitantes, se consideran ciudades costeras, incluyendo la capital del país y Santiago de Cuba. De estos asentamientos, 30 por ciento ha sufrido los efectos de las penetraciones del mar y 68 por ciento está situado total o parcialmente a alturas inferiores a un metro sobre el nivel medio del mar.

En cuanto a riesgos geológicos, se calcula  que dos  tercios del territorio nacional son susceptibles de sufrir sismos de variada intensidad  y en ellos habita cerca de 40 por ciento de la población cubana. Por su parte, los corrimientos de tierra afectan a zonas donde vive aproximadamente 55 por ciento de la población.

Pero, entre los eventos de mayor peligro, se identificó a los ciclones tropicales como los que peor impacto económico y social representan para Cuba en la etapa del primero de junio al 30 de noviembre, debido a los dañinos elementos que se les asocian (surgencias o marea de tormenta, intensas lluvias y fuertes vientos).

La historia ha sido prolífica en registrar el paso por su territorio de grandes huracanes. En una temporada promedio se forman 10 ciclones tropicales con nombre, seis de ellos llegan a alcanzar categoría de huracán, de los cuales dos se catalogan como intensos

Las zonas costeras bajas, tales como el sur de la provincia de La Habana, sur de la zona desde Ciego de Ávila hasta Cabo Cruz, y la costa norte desde Camagüey hasta Varadero, son las de mayor peligro por inundaciones costeras. Las áreas de mayor fragilidad por desbordamientos súbitos, debido a precipitaciones intensas, están localizadas en los asentamientos poblacionales de montañas, márgenes de ríos y aguas abajo de presas o embalses.

En la temporada ciclónica de 2008 incidieron los siguientes fenómenos meteorológicos: Dolly (julio), Fay y Gustav (agosto), Hanna y Ike (septiembre), así como Paloma (noviembre).

Los malos recuerdos y las consecuencias que dejaron Gustav, Ike y Paloma en 2008 pusieron en tensión a toda la población cubana. La Defensa Civil informó que fueron protegidas en total unas  4.811.000 de personas y se reportó la pérdida de siete vidas. Los daños económicos ascendieron a 10.000 millones de dólares, con gran perjuicio en la infraestructura económica y habitacional.

Desde el pasado primero de junio y hasta el 30 de noviembre próximo, el área geográfica aledaña a Cuba como el Atlántico tropical, el Golfo de México y el mar Caribe, transitará por la etapa del año de más peligro en lo referido al acecho de meteoros.

Aun cuando la Mayor de las Antillas ha sido puesta de ejemplo a escala internacional por la eficacia de sus sistemas preventivos para salvar vidas, los análisis de las experiencias derivadas del paso de Gustav, Ike y Paloma por diferentes territorios del país en 2008, sacaron a la luz un grupo de insuficiencias que contribuyeron a incrementar la magnitud de las pérdidas económicas.

El incumplimiento de las normas técnicas en la colocación de las estructuras y aseguramiento de los techos, la poca profundidad en el enterramiento de los postes del tendido eléctrico y telefónico que, en muchos casos, presentaban además baja calidad y les faltaban los tensores necesarios, fueron deficiencias encontradas en la evaluación de las consecuencias sufridas, las cuales fueron reseñadas en un comentario del diario Granma el 27 de mayo de 2010.

También influyeron el mal estado constructivo de un elevado porcentaje de las viviendas dañadas, y la falta de sistematicidad en acciones preventivas, como son la poda de árboles y la limpieza de drenajes, alcantarillas, zanjas y canales.

Fernando Guasch, ingeniero geofísico del Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas (CENAIS) y experto en el tema de Gestión de Riesgos y Prevención de Desastres, expresó en la televisión cubana que los desastres no son tan “naturales”, porque las terribles consecuencias que ellos generan se deben a las fragilidades presentes en diferentes escenarios, las cuales son creadas por las comunidades con su actividad y solo estas pueden trabajar en función de reducirlas.

Si se trata de un asentamiento establecido cerca del litoral y con una infraestructura insegura, los riesgos de ser más golpeados como consecuencia de inundaciones costeras por penetración del mar aumentan en comparación con los situados tierra adentro, y donde las edificaciones hayan sido levantadas teniendo en cuenta los peligros locales.

Lamentablemente, todavía hoy se advierte en Cuba que no pocas medidas planificadas en interés de crear condiciones más favorables para el enfrentamiento a los fenómenos hidrometeorológicos o geológicos pretenden aplicarse a última hora, cuando prácticamente tenemos al ciclón tropical encima, alertó la prensa a finales del pasado mes de mayo.

El presidente Raúl Castro dijo el pasado 4 de abril, en La Habana, que  “hemos logrado reducir las pérdidas humanas, pero los daños materiales a la economía siguen siendo cuantiosos, debido a las vulnerabilidades acumuladas, en casi todos los sectores y en la infraestructura del país; de ahí la importancia de acelerar los estudios para reducir de manera gradual las debilidades identificadas, hasta tanto puedan solucionarse definitivamente”.

Las pérdidas de vidas causadas por ciclones se ha reducido considerablemente  en los últimos decenios; sin embargo, los perjuicios económicos aumentaron sustancialmente, según un informe de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

La mejora de las predicciones sobre la formación de estos organismos y los sistemas de alerta temprana contribuyen a la reducción del número de víctimas mortales. El Programa de Ciclones Tropicales de la OMM tiene por objetivo establecer sistemas coordinados nacionales y regionales dirigidos a reducir al mínimo las pérdidas de vidas humanas y los daños materiales.

La temporada 2005 fue notoria, debido a que se extendió hasta enero de 2006 y fue la más activa de la historia. Entre 1998 y 2008, Cuba fue impactada por más de 20 ciclones tropicales, de los cuales 14 alcanzaron la categoría de huracán y de ellos siete fueron de gran intensidad.

Los daños a la infraestructura en el decenio 1998 y 2008 fueron considerables: más de un millón de viviendas afectadas y pérdidas económicas valoradas en más de 18.000 millones dólares. Sin embargo, a pesar de la intensidad destructiva, solo se perdieron 35 vidas humanas en ese lapso.

El huracán Gustav, que golpeó el Caribe a finales del mes de agosto, ha tenido un coste humano y material dramático. El ciclón, con sus vientos de casi 340 kilómetros por hora, el más violento de los últimos 50 años, causó la muerte de más de un centenar de personas, entre ellas 11 en Jamaica, 66 en Haití, ocho en República Dominicana y 26 en Estados Unidos.

Como “un golpe nuclear” calificó el ex presidente cubano Fidel Castro la catástrofe natural que asoló al país con el paso de Gustav. En efecto, las provincias de Pinar del Río, Matanzas y la Isla de la Juventud ofrecieron un espectáculo de ruina y desolación. De las 25.000 viviendas que tiene la Isla de la Juventud, 20.000 resultaron parcial o totalmente destruidas. Cerca de 45 por ciento de las casas de Pinar de Río, o sea, 102.000 viviendas, fueron parcialmente destruidas o completamente arrasadas. Este ciclón fue más destructivo que el conjunto de los 14 huracanes que golpearon la isla en los últimos ocho años.

Pero, si bien es reconocida internacionalmente la capacidad cubana para salvar vidas, aún queda un largo camino por recorrer en la disminución de los perjuicios económicos.

La intensidad y la extensión del campo de viento asociado a los ciclones tropicales generan un fuerte oleaje. (Foto: AIN)Oleaje y surgencia

Otros desastres  significativos identificados para el país son las inundaciones costeras o surgencias asociadas a ciclones tropicales, frentes fríos y vientos del sur (sures), e inundaciones súbitas asociadas a intensas lluvias y la sequía.

Los ciclones tropicales, en especial los huracanes, tienen una fuerte acción sobre la superficie oceánica y dan lugar a dos fenómenos diferentes, pero que a veces pueden ocurrir al unísono: el oleaje y la surgencia.

La intensidad y la extensión del campo de viento asociado a los ciclones tropicales generan un fuerte oleaje, que al moverse sobre aguas profundas, donde hay poca pérdida de energía, puede dañar zonas muy alejadas del punto donde se halla el organismo. De todos los peligros relacionados con un ciclón tropical, en especial cuando es huracán, la surgencia es la que representa una mayor amenaza en cuanto a la vida de la población.

Usualmente, la surgencia consiste en una ola simple que eleva o profundiza la altura del agua. En algunas situaciones especiales, como los casos de los ciclones que se mueven paralelos a las costas, se pueden formar olas secundarias o resurgencias detrás del ciclón.

A diferencia de la propagación de las olas de viento, la surgencia no rompe en aguas someras. El tamaño de un ciclón tropical, la velocidad de traslación, el tiempo de estancia sobre la plataforma insular o continental y el ángulo de incidencia al tocar tierra, junto con la batimetría (estudio de la profundidad marina)  y la topografía costera, juegan también un rol significativo en la generación de la surgencia y las inundaciones tierra adentro.

Los mayores desastres relacionados con huracanes han sido ocasionados por este elemento, como ocurrió en el poblado de Santa Cruz del Sur, en Camagüey, en el centro-oriental de la isla, en 1932, considerada la mayor catástrofe natural de la historia de Cuba al desaparecer esa ciudad y morir  3.033 personas.

Especialistas del Centro de Meteorología Marina del Instituto de Meteorología (INSMET) han adaptado con éxito el modelo de olas SWAN (siglas de Simulating WAves Nearshore) para el pronóstico de los campos de ondas en los mares adyacentes a la Mayor de las Antillas y sus costas.

La surgencia se pronostica sobre la base de modelos estadísticos y  dinámicos. El modelo cubano MONSAC fue desarrollado por los especialistas Rafael Pérez Parrado e Isidro Salas, del Departamento de Meteorología Dinámica del INSMET.

Este modelo numérico no es más que un sistema de ecuaciones diferenciales que modela el movimiento del fluido y permite el cálculo de la altura de la surgencia al paso de un ciclón tropical.

En los últimos años este sistema ha mostrado magníficos resultados, pues se destacó la precisión con que fue modelada la surgencia en la costa sur de la provincia La Habana, al paso del huracán Charley, en agosto de 2004, y para el huracán Wilma en la costa norte occidental, en octubre del mismo año. En ambos casos  los resultados fueron muy valiosos, pues permitieron tomar decisiones muy oportunas en relación con la evacuación de la población que residía en zonas costeras con mayor riesgo de inundación.

Los modelos cubanos presentan niveles de efectividad comparables con los métodos desarrollados por investigadores de otros países, pero todavía no alcanzan los efectos deseados en algunas variables.

En la investigación sobre las surgencias provocadas por  ciclones tropicales en los archipiélagos Sabana-Camagüey y Canarreos, considerando el cambio climático, especialistas del INSMET y el Instituto de Planificación Física obtuvieron una nueva versión del Modelo MONSAC3, la versión 3.1.

La versión lograda en 2003 solo se ejecutaba para nueve cuencas costeras que abarcaban la isla de Cuba y la Isla de la Juventud. Como resultado de esta investigación, se ha preparado la nueva versión que, además de incluir las facilidades anteriores, contempla las posibilidades de cálculos en los Archipiélagos de Los Canarreos y Sabana-Camagüey.

Ascenso del nivel del mar

Otra calamidad que preocupa a la comunidad científica cubana y que la población aún no percibe como un riesgo inmediato es el ascenso del nivel mar, que podría tragar variadas zonas costeras del mayor archipiélago caribeño, si no se actúa desde ahora para atenuar sus efectos.

Las zonas costeras son las más frágiles o vulnerables y, sin embargo, son las que reciben más directamente los impactos de la actividad del ser humano. Se conoce como zona costera la interfase entre la tierra y el mar, aunque el concepto se basa, fundamentalmente, en el área donde las actividades humanas se hallan interrelacionadas con ambos ambientes, según los expertos cubanos en ese tema.

Las zonas costeras están sometidas a los impactos directos de las construcciones en la línea de costa o sobre la plataforma, que modifican el régimen de circulación normal y la dinámica de los sedimentos marinos. A su vez, es la región más utilizada por la pesca comercial, el maricultivo, la navegación, el turismo y otras actividades humanas que, en resumen, ejercen determinados impactos sobre el ambiente.

Las ciudades costeras cubanas, como muchas de las construidas junto a los litorales de la Cuenca del Caribe o el Golfo de México, presentan un conjunto de características naturales específicas que, independientemente de la magnitud de la amenaza, influyen severamente en la vulnerabilidad ante eventos potencialmente peligrosos, en especial los hidrometeorológicos.

Las franjas litorales de las ciudades y poblados costeros constituyen ecosistemas muy frágiles, en los cuales las condiciones naturales del relieve, de conjunto con las acciones antropogénicas, inciden para que sean más o menos vulnerables, si dichas acciones no son evaluadas con profundidad en cada punto donde se decida actuar.

En muchos casos las características de las franjas litorales revelan la presencia de un relieve de terrazas y llanuras marinas escalonadas y planas, directamente relacionadas con el mar en su pasado geológico, lo que indica que estas zonas pueden ser nuevamente ocupadas por el mar, en caso de fuertes inundaciones costeras.

Las formaciones geológicas existentes en muchas zonas litorales se caracterizan por la presencia de rocas fuertemente agrietadas y  carbonatadas, susceptibles a los efectos de la erosión, el intemperismo y a la acción destructora del agua del mar.

En el caso de costas modeladas sobre rocas terrígenas y agrietadas, con frecuencia estas se pueden deslizar por la saturación o como consecuencia de las acciones violentas del oleaje.

En las costas bajas y planas, la amenaza de las penetraciones del mar se incrementa y, por el contrario, las altas, acantiladas y con farallones, estas actúan como un dique natural que reduce las magnitudes de las penetraciones.

Las playas son, por lo general, muy vulnerables, principalmente los tramos expuestos directamente a los efectos del oleaje, por el traslado de importantes volúmenes de sedimentos hacia tierra adentro. La magnitud del fenómeno se puede incrementar en las orillas con alto grado de urbanización.

Sin embargo, cuando las penetraciones del mar no sobrepasan los límites de las dunas sólidas y estabilizadas por la vegetación autóctona y existe menos intervención humana, las playas son menos vulnerables.

La acción violenta del oleaje, que origina cargas dinámicas múltiples y repetidas en corto tiempo sobre las estructuras, constituye un elemento importante a tener en cuenta, principalmente en áreas del sector costero con construcciones situadas muy próximas al mar.

Las diversas corrientes fluviales que desembocan en el litoral, en zonas muy bajas o cenagosas, propias de la evolución geomorfológica de los deltas y estuarios, acumulan gran cantidad de sedimentos y desechos sólidos que reduce la capacidad de sus cauces y aumenta por represamiento las magnitudes de las penetraciones del mar y las inundaciones costeras.

Además, el accionar del oleaje y la sobre elevación del mar, durante los eventos hidrometeorológicos intensos, producen un efecto de dique que no permite la salida hacia el mar del caudal de los ríos, incrementado por las fuertes lluvias, lo que en zonas bajas aumenta considerablemente el nivel de las inundaciones.

Las franjas litorales tienen determinados sectores que han resultado inundados por las penetraciones del mar o las lluvias intensas, con mayor frecuencia, y por eso presentan una mayor vulnerabilidad a las acciones destructivas de esos eventos.

La degradación y deterioro de los materiales por agentes externos, fenómeno muy frecuente en estructuras cercanas al mar, por la antigüedad de las construcciones o la falta de mantenimiento, pueden hacer más vulnerables las estructuras para resistir los efectos de las inundaciones o los fuertes vientos, asociados a eventos hidrometeorológicos severos.

Las afectaciones producidas a las estructuras por la corrosión del acero y la carbonatación del hormigón no se consideran consecuencias de desastres naturales; sin embargo, la influencia permanente de un ambiente marino con una elevada concentración de sales en el aire puede afectar con el tiempo, sensiblemente, las estructuras, al estar debilitadas y ser mas vulnerables al paso de los eventos hidrometeorológicos.

En Cuba, por su condición de isla y sus características geográficas de ser alargada y estrecha, la agresividad del medio ambiente marino es muy influyente en zonas que se encuentran hasta 20 kilómetros del litoral. Por ello, en las normas y códigos constructivos se concede gran importancia a la protección de las estructuras ante la corrosión, principalmente a distancias de hasta tres  kilómetros de las costas, donde las afectaciones se valoran de extremas a altas, según el mapa de agresividad corrosiva de la atmósfera de la isla.

 Los eventos de sequía causan considerables trastornos en la vida social (Foto: IPS Cuba)Sequía: lenta pero aplastante

Uno de los eventos meteorológicos más nocivos en el planeta es la sequía. Este fenómeno, si bien constituye una afectación climática que la sociedad ha enfrentado históricamente, ha visto acrecentada su influencia en los últimos decenios, lo que ha dado lugar a que se le considere como uno de los mayores desastres naturales del mundo, el más frecuente y persistente, de mayores efectos negativos para la producción agrícola, como también de impactos adversos reales y potenciales sobre el medio ambiente.

Los eventos de sequía causan considerables trastornos en la vida social e impactos altamente negativos sobre los ecosistemas naturales y de cultivos, con el consecuente deterioro de los suelos. Proceso que, combinado con la también frecuente ocurrencia de eventos máximos de lluvias, acelera los procesos de desertificación en zonas frágiles y genera cuantiosas pérdidas económicas.

Hasta inicios del pasado mes de julio continuaba el proceso de sequía, que se arrastra desde el pasado año. Al finalizar junio de 2010 el acumulado nacional de agua en los embalses es de alrededor de 3.000 millones 783.000 metros cúbicos, para 43 por ciento de la capacidad total.

En las presas cubanas había, al cierre de junio, alrededor de 2.000 millones de metros cúbicos menos que en igual momento de 2009. Aun teniendo en cuenta el sustantivo desarrollo hidráulico en Cuba, que elevó  las  capacidades de embalse a más de 9.600 millones de metros cúbicos, subsiste la carestía de agua, agravada por la ocurrencia sequías prolongadas y variaciones en el régimen estacional, entre otros factores.

Hay  procesos que, por la lentitud con que ocurren, no se advierten tan peligrosos; sin embargo, a largo plazo pueden ocasionar males mayores como la sequía, la subida del nivel del mar y otros que se incluyen en las consecuencias del cambio climático global.

Los resultados del nuevo estudio de la pluviosidad en Cuba (Mapa Isoyético para el período 1961–2000 – pdf) indican cambios en su régimen, tanto desde el punto de vista nacional como regional y por cuencas. La disminución del valor promedio del anterior estudio al actual, de 1. 375 milímetros como promedio a 1. 335 milímetros, se revela junto a variaciones en el comportamiento de las cuencas de interés nacional.

En Cuba los usos predominantes del agua están relacionados con la agricultura (55–60 %), abastecimiento de la población (15–20 %), industrias (10–15 %) y otros, dentro de los que se considera el gasto sanitario (7–10 %).

El archipiélago cubano tiene una Huella Hídrica (HH) de 1.712 metros cúbicos por habitante por año, por lo cual  ocupa el lugar número 30, en orden descendente, entre 210 países evaluados.

De acuerdo con Jorge Mario García Fernández, director de Cuencas Hidrográficas del  INRH, hay modificaciones en la dinámica de la relación de la entrada de líquido de los acuíferos costeros con el mar, principalmente en la llanura Sur de la isla principal. Ello puede traer aparejado un deterioro de la calidad de las aguas subterráneas presentes en tales formaciones, por el incremento de su contenido salino y, en consecuencia, cambios en las cantidades del recurso que pueden estar disponibles para los diferentes usos (abasto a población, agricultura, y otros).

También han aparecido nuevos y más agudos conflictos en el uso de las aguas embalsadas, principalmente entre su empleo agrícola y acuícola, una competencia que influye en las menores alternativas de capacidades del líquido.

El experto cubano asegura que se aprecian cambios complejos en la dinámica de las relaciones de los principales componentes ambientales (agua–suelo–bosques–aguas costeras) en los ecosistemas de mayor interés (cuencas hidrográficas, zonas montañosas, bahías, humedales, zonas costeras y otros), con la ocurrencia de modificaciones en su estructura y características, lo que puede incidir en el aumento relativo de la vulnerabilidad del país ante eventos extremos.

Entre las medidas paliativas se halla la disminución de las pérdidas de agua en redes y conductoras de acueducto, canales y equivalentes (riego) y su reposición, mediante la introducción de tecnología apropiada. Igualmente hay que modernizar y fortalecer la capacidad de observación de los componentes cualitativos y cuantitativos del ciclo hidrológico (red pluviométrica, pluviográfica, hidrométrica, hidrogeológica, batometría, de calidad).

En 2008, el Servicio Hidrológico Nacional tenía organizado en el país una red compuesta por 1.683 pozos de observación del régimen de las aguas subterráneas y un total de 2. 274 estaciones de medición de calidad.

Según los especialistas del INRH se debe reevaluar sistemáticamente los recursos hidráulicos disponibles cubanos para decidir el plan anual de uso de las aguas del país, a partir fundamentalmente de:

– Los nuevos estudios de la lluvia en Cuba.

– La revalorización de los volúmenes útiles de los embalses cubanos, mediante estudios batimétricos, debido a que en 86 por ciento de los casos estos tienen más de 25 años de construidos y 56 por ciento registra más de 30 años de explotación.

– Las nuevas estimaciones de los recursos disponibles en los acuíferos subterráneos.

– El empleo de los resultados de las redes de observación del ciclo hidrológico.

– Los avances en la eficiencia en el uso de las aguas, principalmente en el riego y la destinada a la población.

– Los incrementos en el reuso de las aguas residuales tratadas.

En cuanto a los estudios necesarios para la introducción de las modificaciones a los proyectos de obras hidráulicas, por los nuevos impactos que se producirán por los cambios climáticos, se plantea que debe darse prioridad a aquellos relacionados con  la  reutilización  económica de residuos sólidos agrícolas y del tratamiento de residuales, para el mejoramiento y conservación de suelos y el mejoramiento de la producción (humus, abonos verdes).

El desarrollo de valiosos planes de inversiones aprobados por el gobierno y que  implican el empleo de nuevas tecnologías constructivas y de mantenimiento, debe contar con la calidad requerida y no desperdiciar recursos, por lamentables errores en la elaboración de los proyectos y la calidad de las obras.

Cuando, en lo fundamental, concluya el período constructivo, se habrá alcanzado una mejoría sustantiva de la eficiencia del uso del líquido para el abastecimiento de la población, al menos en cinco ciudades (La Habana, Santiago de Cuba, Camagüey, Holguín y Las Tunas). Estas inversiones se traducen también, de manera indirecta, en el incremento relativo de la disponibilidad de agua, al poder satisfacer en el futuro, con los mismos recursos actuales, otras demandas del desarrollo.

Anualmente deben destinarse considerables recursos financieros y materiales al mantenimiento de la infraestructura hidráulica del país, que contempla las presas, canales, redes de observación y derivadoras. Estos planes se han incrementado como consecuencia del impacto de la actividad ciclónica sobre la infraestructura actual hidráulica del país.

Como obras mitigadoras de la sequía, el INRH dio a conocer la aprobación y comienzo de la ejecución del proyecto del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo y el INRH de Alerta Temprana y Prevención Hidrológica en las cuencas Tínima–Jatibonico, en el centro del país: Cauto, Sagua de Tánamo y Guantánamo–Guaso en la región oriental; así como la próxima instalación y operación de 35 estaciones automáticas de medición y transmisión de datos e informaciones sobre lluvia, niveles y gastos, que contribuirán a mitigar los efectos de la sequía.

A la par, se ha diseñado el proyecto Caribe-Hycos para el fortalecimiento de las observaciones del ciclo hidrológico en ocho estaciones, fijado para iniciarse durante este año por Los Portales (Cuyaguateje), en el occidente;  Yayabo y Paso Ventura (Zaza), en el centro del país;  y Las Coloradas y Cauto (en el oriente), lo que permitirá obtener mediciones automáticas de lluvia, niveles, gastos y de calidad del líquido.

También se implementan medidas de adaptación del recurso hídrico subterráneo, tales como recarga de acuíferos (por ejemplo: trincheras y pozos de recarga de la Cuenca Sur Matanzas–área agrícola Victoria de Girón, en los cayos; Dique Sur de La Habana), en función del mejor aprovechamiento del líquido, lo que evita y mitiga, a su vez, la penetración de la intrusión salina.

Mayor sismicidad en zona suroriental

El 12 de enero último se registró en Haití un terremoto de magnitud 7,0 grados en la escala de Richter. El mayor sismo en esa isla caribeña en los últimos 200 años dejó más de 140.000 víctimas fatales y la destrucción de aproximadamente 20 por ciento de las edificaciones de Puerto Príncipe.

Como réplicas del terremoto ocurrido en la vecina isla de Haití, en Cuba han ocurrido este año 39 temblores de tierra, hasta la primera decena de julio, aunque de  baja intensidad. Estos hechos no ocasionaron daños humanos, solo materiales, pero no de gran envergadura.

Los terremotos se producen cuando se libera de forma súbita la presión o tensión almacenada entre secciones de roca de la corteza, causando temblores sobre la superficie terrestre. El lugar en el que las capas de roca se desplazan y disponen unas en relación con otras se llama foco, centro efectivo del terremoto. Justo encima del foco, un segundo lugar llamado epicentro señala el punto superficial donde la sacudida es más intensa. Las ondas de choque se propagan como ondulaciones desde el foco hasta el epicentro, decreciendo en intensidad

La sismicidad de Cuba presenta una particularidad interesante y es que ocurren sismos en dos condiciones generales: en el límite entre placas tectónicas (Falla Oriente-Caimán) y en multitud de fallas dentro del territorio cubano.

Esto significa que no existe el mismo nivel de sismicidad en todas las partes del archipiélago cubano. En la  región Suroriental ocurren con más  frecuencia y también se alcanzan valores de mayor magnitud e intensidad, históricamente, por los terremotos. Por tales razones, esta región se considera la de mayor peligrosidad sísmica del país. En ella se han generado 22 terremotos fuertes.

Investigaciones recientes del Centro Nacional de Investigaciones Sismológicas, sobre la peligrosidad sísmica para el territorio nacional, permitieron elaborar mapas de estos estimados, uno de los cuales se utiliza en la actualidad en el Código Sísmico Cubano NC 46:99.

Esta versión de los estimados de peligro para Cuba permite establecer diferentes interpretaciones, según el caso, que van desde el tipo de suelo en que se asienten las construcciones, hasta el tiempo de vida útil que se prevé para ella. Los valores más utilizados para el diseño de obras sismorresistentes son la aceleración horizontal efectiva y su intensidad sísmica equivalente, pero representados en forma de probabilidad de ocurrencia, que en Cuba se toma como 15 por ciento.

Para mejorar el equipamiento que localiza este tipo de catástrofe se instala en la isla una nueva tecnología en la Red de Estaciones Sismológicas, la cual permitirá que los especialistas del Observatorio Geodinámico de la oriental provincia de Santiago de Cuba puedan registrar la ocurrencia de temblores de tierra en todo el mundo.

El equipamiento, ubicado en las siete estaciones de banda ancha y en dos telemétricas, se encuentra en proceso de ajuste para localizar, automáticamente, los fenómenos naturales de considerable magnitud, explicó Raúl Palau, vicedirector técnico en funciones de la entidad.

La moderna técnica forma parte de un convenio entre Cuba y China, y posee un sistema de primer mundo, probado con muy buena efectividad en ese país asiático, además de Paquistán e Indonesia, afirmó el experto a medios locales.

Cuba se favorece con la avanzada tecnología, pues unificará la red en la estación central, donde las trazas se visualizan en el momento de incidencia de sismos, y reducirá el tiempo de respuesta, especificó un despacho de la Agencia de Información Nacional (AIN).

La información agrega que ya se acopló una red de acelerómetros en cuatro estaciones de la región oriental (Maisí, Moa, Río Carpintero y Las Mercedes), que posibilitará el registro de terremotos fuertes, en caso de saturación de los sismómetros convencionales.

Abarcador estudio de vulnerabilidad

En Cuba, como en el resto del mundo, las transformaciones climáticas mundiales agravarán los problemas ambientales.  El viceministro primero de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA), Fernando González, señaló que  el incremento anual de 2,14 milímetros del nivel medio del mar y la elevación de la temperatura en 0,6 grados centígrados, desde 1951, ha convertido el clima del país en “más cálido y extremo”.

González señaló que se han elaborado siete metodologías para la identificación del peligro, cálculo de las vulnerabilidades y el riesgo ante fenómenos naturales como intensas lluvias, penetraciones del mar, fuertes vientos, sequía, deslizamiento de tierra, sismos e incendios forestales, según despachos de prensa emitidos durante el  VIII Congreso Internacional sobre Desastres, que se desarrolló en La Habana a mediados de junio de este año.

Con anticipación al evento sobre desastres realizado en La Habana, se dio a conocer la ejecución de un abarcador estudio de peligro, vulnerabilidad y riesgos (PVR) ante desastres en todas las provincias del país, con la participación de varias instituciones cubanas.

Elsa Lidia Fonseca Arcalla, especialista del grupo de evaluación de riesgos de la Agencia de Medio Ambiente, anunció el pasado mes de abril que Matanzas, La Habana, Ciudad de La Habana y Pinar del Río concluyeron la investigación referida a las inundaciones por intensas lluvias, penetraciones del mar y las afectaciones por fuertes vientos. El municipio especial Isla de la Juventud lo hizo en el pasado mes de abril, y el resto de los territorios la terminarán antes de concluir 2010.

La más occidental de las provincias cubanas, Pinar del Río, terminó el análisis de incendios rurales, labor que se ejecuta en Matanzas. Asimismo, Guantánamo, Santiago de Cuba, Granma y Holguín hacen las indagaciones correspondientes a los peligros que pueden ocasionar los deslizamientos.

Fonseca Arcalla destacó que en varias provincias se realizan otros estudios, como el de riesgo por sismos en los cinco territorios del oriente de Cuba y en Cienfuegos; el de la sequía, en Las Tunas y Ciego de Ávila; y otro por derrame de sustancias peligrosas, en Ciudad de La Habana y Cienfuegos.

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