Una economía sumergida en la economía sumergida

Para cualquier observador extranjero poco avisado, la realidad cubana actual, determinada por una crisis económica de proporciones nunca antes vista en la isla, parece tener un cierto toque de ese “realismo mágico” del que habla con frecuencia el Premio Nobel Gabriel García Márquez para referirse a las singularidades existenciales del mundo caribeño.

Foto: Jorge Luis Baños/ IPS

Hace años las vidrieras de los comercios están vacías, pero aún nadie anda descalzo o harapiento. (Enf., 7/94)

Los alimentos, racionados, malamente alcanzan para 15 días del mes, y ante tales carencias la gente se desespera al contemplar los gélidos refrigeradores vacíos, pero al final se las arreglan y, mal que bien, come todos los días.

Las magras asignaciones de combustible faltan durante meses, aunque los autos -no tanto como antes, es cierto- siguen transitando por las calles invadidas hoy por las bicicletas, y no pocos choferes hasta pueden hacerle la competencia al servicio de taxis del estado cobrándole a los extranjeros tarifas más baratas.

A pesar de la despenalización de la tenencia de divisas son pocos los que tienen acceso a la moneda extranjera, sin embargo, deténgase, por ejemplo, en una parada de ómnibus y mírele a los pies a la multitud allí congregada. Casi todos calzan zapatos de las tiendas para extranjeros y buena parte de su indumentaria también procede de allí, aparentemente.

¿Cómo poder explicar estos y otros muchos detalles que matizan la existencia de cualquier ciudadano en la Cuba de hoy?

Por supuesto, no es por obra del realismo mágico ni de ficción literaria alguna que esto sucede.

No se puede absolutizar, pero la respuesta, o una de las posibles respuestas, se encuentra en la existencia de una economía sumergida que cada vez ensancha más sus proporciones hasta constituir en el presente un fenómeno preocupante para toda la sociedad por los estragos que en el orden económico, moral y hasta político puede acarrear si no es atajada ya.

Situaciones diferentes

En Cuba, si se quiere una definición teórica, la economía sumergida es considerada el espacio económico de transacciones no oficialmente autorizadas, legales o no, que surge por la insuficiencia del surtido de la oferta estatal y se consolida por la emisión monetaria sin contrapartida mercantil.

En ella operan las leyes de la oferta y la demanda y de la circulación del dinero.

Pero esta definición engloba de forma general y no totalmente correcta fenómenos de signo muy diferente. Ella incluye al mercado negro, más comúnmente conocido por “bolsa negra”, cuyos orígenes y maneras de hacer son totalmente ilegales, y que se basa en el robo y el desvío de recursos de una esfera hacia otra, en especial de la economía estatal hacia productores y traficantes que ejercen de manera privada e independiente.

Aparte de esos negocios de origen turbio, la economía sumergida también asume transacciones legales, como la simple venta de cualquier articulo personal que un individuo no necesita y lo oferta al mejor postor si no desea botarlo o dejarlo olvidado en cualquier rincón del hogar.

La existencia de más de dos millones de personas subempleadas y la reducción de la gestión económica a un tercio de su capacidad son factores que determinan en el caso cubano la explosión de este negativo fenómeno.

Pero hay que tener en cuenta que en Cuba, actualmente, la economía sumergida no se parece a la que se conoce así en el resto de América Latina, porque en la isla la economía informal no compite con la estatal  sobre la base de menores precios, como ocurre en el resto del mundo, sino que, por el contrario, opera a precios más altos, inflacionarios, como consecuencia de la falta de oferta del mercado oficial.

Asimismo en la isla, la economía sumergida funciona no sólo en los servicios, sino en la venta de bienes de consumo, que satisfacen determinadas necesidades, lo cual provoca la “complicidad” de la población.

La libre circulación de divisas a partir de 1993 ha introducido un nuevo elemento. En esta área, por el contrario, la economía sumergida se desenvuelve sobre la base de precios más bajos que le hacen la competencia a la oferta de mercancías y servicios de las entidades del Estado; la competencia en este caso se establece sobre los precios, no sobre la oferta en sí misma, como sucede en el caso del mercado racionado.

El devenir de un fenómeno

Según un estudio sobre el tema realizado por el Instituto de Investigaciones de la Economía, adscrito a la Junta Central de Planificación (JUCEPLAN), este fenómeno se ha desarrollado en tres etapas en los últimos años.

En la primera, durante los años 80, la economía sumergida se mantenía latente, porque a pesar de un supuesto equilibrio, existía un desbalance entre la oferta de productos y la emisión monetaria, y aunque el mercado estaba notablemente abastecido, los renglones insuficientes eran proclives al desarrollo de la economía sumergida.

Análisis realizados en esos años indican que este fenómeno se manifestaba sobre todo en la esfera de algunos servicios deficitarios (trabajos de albañilería, plomería, carpintería…)

Por otra parte, la existencia de la “libreta” de racionamiento resulta una condicionante esencial de la economía sumergida o paralela, aunque para algunos esto pudiera resultar sorprendente.

El caso es que la libreta garantiza por igual a todas las personas una serie de productos, pero no tiene en cuenta las necesidades reales de cada individuo. Esto conduce casi de manera obligada a que ocurran los trueques más insospechados, -arroz por cigarros, azúcar por detergente, y así indefinidamente-, o la venta directa a precios mucho mayores, por supuesto, que los establecidos en el mercado oficial, casi todos subsidiados y en no pocos casos increíblemente bajos.

Esto se ha ido acentuando cada vez más en la medida en que el mercado se ha ido restringiendo y las necesidades se han hecho mayores.

Una segunda etapa se aprecia entre 1989 y 1992 y se caracteriza por el auge de la economía sumergida. Ello ocurre como consecuencia de la constante emisión de dinero a pesar de la contracción creciente de la oferta de bienes y servicios a causa de los problemas externos e internos que comienzan a afectar a la isla en esos años.

Como resultado, se incrementa el excedente de liquidez monetaria de la población, que constituye uno de los pilares sobre los que se sustenta esa economía paralela.

La tercera etapa, que parte de 1992 y se mantiene hasta hoy, marca un incremento prácticamente incontrolado de este fenómeno por el continuado crecimiento de la liquidez financiera, al seguir emitiéndose moneda sin la consiguiente contrapartida de bienes y servicios, a lo que se suma la libre circulación de divisas, la incapacidad del sistema de racionamiento de satisfacer las necesidades mínimas elementales de la población y patrones distorsionados de política laboral.

De lo suficiente a lo demasiado

Según el mismo estudio de IIE, desde 1987 los gastos han ido disminuyendo como resultado de la cada vez menor oferta de productos y servicios, trayendo como consecuencia un incremento de la liquidez financiera.

En 1992 la liquidez necesaria (la que se requiere para que la economía funcione normalmente), era de tres mil millones de pesos, pero la liquidez total ascendía a casi  nueve mil millones.

La diferencia entre una y otra, que los economistas denominan liquidez excedentaria, es la que engorda cada vez más las arcas de la economía sumergida porque no ingresa al Estado sino que continúa circulando y aumentando.

Este dañino proceso se ha ido incrementando, y de los 11 mil millones de liquidez actuales son excedentarios alrededor de siete mil millones.

Por otra parte, en la economía sumergida el equilibrio entre la oferta y la demanda se logra por medio de los precios, los cuales crecen casi automáticamente al mismo ritmo que la liquidez excedentaria.

No obstante, se da el fenómeno que desde 1992 los precios se han ido por encima de la masa monetaria en circulación. Quizás sea esto expresión de los espejismos que en ocasiones surgen alrededor de la economía sumergida.

Por lo general se dice que el mercado negro se ha incrementado pero verdaderamente lo que debe haber ocurrido es un aumento de la cantidad de dinero que circula en esta esfera puesto que si el 70 por ciento de los productos que en ella se ofertan provienen del Estado y éste se ha contraído notablemente, también el mercado negro debe haber disminuido sus disponibilidades de productos, de ahí el incremento de los precios, al existir una mayor demanda y una oferta inferior, tanto estatal como “negra”.

En la fluctuación de los precios se dan también otros fenómenos:

La inflación descontrolada que hoy se manifiesta en los precios de los productos que circulan en esta economía y que lleva al consumidor cubano a contemplar entre sorprendido e indignado como el poder adquisitivo de su salario se reduce cada vez más, se produce por la propia inseguridad que le inspira un mercado estatal que, si bien presenta precios asequibles para todos, no proporciona las cantidades necesarias de productos, -no ya la variedad de oferta a que la gente aspira-, y, como consecuencia del proceso de reordenamiento a que se ve sometido el comercio internacional cubano, no garantiza que lo que se vende hoy, esté disponible el próximo mes, ni siquiera bajo el control de la libreta de racionamiento.

Como consecuencia, en muchas ocasiones, la gente compra los productos no porque realmente los necesite, sino porque no sabe si mañana los habrá o tendrán precios mayores.

Además se produce una inflación de “arrastre” pues al subir el precio de una mercancía para compensar ese incremento, los vendedores de otros renglones aumentan, proporcionalmente o no, el precio de los suyos.

Según una encuesta nacional del Instituto de la Demanda Interna, en 1989 el 73 por ciento de las familias tenían alguna participación dentro de la economía sumergida. En 1993 ese porcentaje se había elevado al 87 por ciento, aunque es presumible que sea aún mayor el nivel de participación.

Un análisis del Comité Estatal de Precios reportaba que en 1993 la asignación de todos los productos por la libreta de abastecimientos, suponiendo que se ofertara todo lo previsto, costaba como mínimo 22 pesos por persona, y como máximo, incluyendo ropa y otros artículos personales, casi 44 pesos.

Esto se traduce, más o menos, en una cuota mensual per cápita para un adulto, de seis libras de arroz, igual cantidad de azúcar, menos de frijoles, seis huevos, dos libras de pescado, menos de una libra de picadillo de res o sucedáneos y algunas libras de viandas y hortalizas, así como algo de aceite y productos de aseo personal, cuando hay disponibilidades de esos productos, aunque en el caso de los niños menores de siete años y de los ancianos, reciben otros renglones como leche, cereales, pollo, que hacen algo más llevadera la cuota mensual, sin la cual, como expresara con exactitud algún ama de casa, es imposible vivir, aunque tampoco es suficiente para vivir.

Con tan pequeñas cantidades de productos a su disposición, a cualquier familia no le queda otra alternativa que completar el mes acudiendo a la economía sumergida, pero en este otro mercado una familia media, con un ingreso de 273 pesos mensualmente tenía según el mismo estudio, un déficit de 526 pesos.

Esto implica que existe una diferencia notable entre el ingreso nominal que aporta el salario y el ingreso real resultante de otras fuentes no oficiales.

Esas fuentes pueden estar, en primer lugar, en la existencia de un “sobrante” del salario, puesto que el Estado no lo absorbe con su débil oferta de bienes y servicios.

Una segunda fuente son los propios productos de la libreta de abastecimiento, que se introducen en la economía sumergida, como cigarros, bebidas y muchos otros que no son necesarios a unas personas y sí demandados por otras, y que corresponden a todos en cantidades iguales.

En tercer lugar, la redistribución familiar del ingreso, es decir, las ayudas que se brindan los propios integrantes de la familia.

Y también la circulación de divisas, factor que ha venido a sumarse desde finales de 1993 a la compleja situación financiera de la isla.

En un artículo publicado en la revista Bohemia, el periodista Jorge Rodríguez Hernández, siguió durante cuatro años la evolución de los precios en el mercado negro de 19 artículos importantes de la canasta familiar: manteca y aceite, café, leche fluida, condensada y evaporada, frijoles, cigarros, ron y cerveza, detergente y jabones de lavar y de baño, mantequilla, pollo, carne de res y huevos.

En conjunto y a una unidad de cada uno de ellos, todos suman a precios del mercado oficial $17.29, pero por el mercado negro, adquirir la misma cantidad de los 19 productos le hubiera costado a la persona unos 140 pesos en septiembre de 1990, 200 en octubre del 91; 398 en julio del 92 y 508 en octubre de ese mismo año, en enero de 1993, 570; en mayo, 660; y en octubre de ese mismo año, nada menos que 1014 pesos. Y han seguido aumentando…

Cómo ponerle el cascabel al gato

Según el Instituto de la Demanda Interna, organismo cubano que, entre otros temas, se ocupa de los relacionados con el consumo y el bienestar de la población, en 1992 el volumen de las transacciones en el mercado negro ascendía a unos dos mil millones de pesos, y coincidía con análisis hechos por otras instituciones gubernamentales en que el 70 por ciento de los productos que engrosan esa red provienen del Estado.

Ambos datos no son más que las manifestaciones más sucintas de los numerosos y complejísimos problemas que inciden o determinan la existencia del mercado negro y cuya solución no está al doblar de la esquina.

Tales problemas van desde el desequilibrio financiero existente y creciente como resultado de la crisis económica que enfrenta la isla, que en buena medida es resultado de causas externas, en especial por el desquiciamiento que provocó en la economía cubana la pérdida de sus principales socios comerciales y de las favorables relaciones en las cuales se desenvolvía, tras la desaparición del socialismo en los países del este de Europa y la desintegración de la Unión Soviética; hasta males que son de naturaleza totalmente interna, como el descontrol generalizado y la falta de una eficiente gestión administrativa en la mayoría de las empresas.

Según el artículo de Bohemia antes mencionado, el periodista después de cinco años de trabajo sistemático reunió más de un millar de documentos sobre malversaciones, desfalcos, etc.

Entre 1988 y 1990 siguió 35 procesos judiciales, de los cuales 25 fueron en la capital y totalizaron perjuicios a la nación por 19 millones de pesos. De esos sucesos, en tres casos los acusados manejaron más de un millón de pesos, y en otros 11, más de cien mil.

En 19 hechos hubo participación de la administración y en otros 19 intervinieron también empresarios, funcionarios, contables y choferes.

El 93 por ciento de esos 35 casos ocurrió en la esfera de la circulación material y dentro de ésta el 80 por ciento en comercio, gastronomía y los servicios.

Estos elementos confirman la alta participación que tiene el propio Estado en el auge de la economía sumergida, en la cual, pudiera decirse que todas las transacciones ilegales provienen de esta esfera, si se tiene en cuenta que en la isla prácticamente no existe el comercio de contrabando a través de las fronteras, por su propia condición geográfica.

Las autoridades cubanas están conscientes de la gravedad del asunto.

En un editorial dedicado al tema del mercado negro, recientemente el periódico Trabajadores señalaba que…”la empresa estatal es hoy la principal fuente de suministros de la economía sumergida, no sólo porque maneja la mayor cantidad de recursos, sino también por el carácter pasivo y formal, cuando no negligente e irresponsable, que en muchos lugares se le concede al control económico, tanto de los flujos materiales como de los elementos propiamente financieros”.

El propio editorial agregaba que, en las asambleas que se celebran por estos días en los centros laborales para analizar mediante un amplio debate social la situación del país y la factibilidad de aplicar medidas de corte financiero, este tema de la especulación “reúne un generalizado consenso tendente a rechazar tales prácticas por nocivas a la economía y a la moral revolucionarias. A la vez surge un fuerte estado de opinión que exige la toma de medidas radicales contra los individuos que por métodos fraudulentos o de dudosa licitud han acumulado grandes riquezas materiales y financieras, así como la detección y extirpación de las redes de abastecimiento de las cuales se nutren”.

Por lo general, la política que ha primado en el país para contrarrestar la economía sumergida ha sido la represión. Pero este método, en opinión de algunos analistas, resulta muy poco efectivo, pues actúa sobre la cantidad de mercancías, no sobre las causas de la bolsa negra, y por lo tanto, indirectamente contribuye a subir los precios.

Además, mediante la represión se puede sacar del juego a cierta cantidad de protagonistas, pero inmediatamente las vacantes dejadas por éstos serán cubiertas por otros, puesto que las necesidades a partir de las cuales aquellos se enriquecieron, se mantienen y tienen que ser cubiertas.

La represión, así, no sólo es baldía, sino que propicia, de paso, un desgaste de la autoridad.

Por supuesto, dejarla a un lado tampoco resolvería el problema y lo empeoraría al plantear el camino libre a los delincuentes, pero solamente sería efectiva si se combina con medidas económicas que vayan a las causas del problema.

Pero la principal medida para erradicar el fenómeno de la economía sumergida está lejos de poder ser aplicada, pues consiste sencillamente en brindar a la población una creciente oferta de bienes y servicios que satisfagan las necesidades acumuladas.

Sin embargo, la recesión que atraviesa la economía cubana hace casi imposible que a mediano plazo esta solución ideal pueda ser practicada.

Por ello en buena medida el combate contra la economía sumergida deberá comenzar por la eliminación del exceso de circulante mediante la aplicación de medidas de corte financiero con el propósito de reducir hasta los límites posibles los 11 mil millones de pesos que hoy presionan tan negativamente sobre la economía de la isla.

Una política impositiva, eliminación de subsidios a los productos y a las empresas ineficientes, y hasta un posible canje de moneda y la devaluación del peso, ya en la práctica devaluado, pudieran estar entre los pasos que se darían en los próximos meses.

El amplio debate público al que han sido sometidos los temas económicos en las últimas semanas con el propósito fundamental de lograr la comprensión y el respaldo consciente de la gente a un grupo de medidas que de cualquier forma resultarán onerosas para la población, ha permitido, al menos, apreciar cierto consenso entre la mayoría de los cubanos sobre la necesidad de la aplicación de tales regulaciones.

Pero indiscutiblemente, el golpe mortal a la economía sumergida lo daría la consolidación de una economía eficiente y cada vez más atenta a la satisfacción de las necesidades de la población, lo cual, por el momento, es sólo una aspiración a plazo más largo a pesar de que las autoridades cubanas parecen estar decididas a hacer hasta lo que hace un tiempo parecía imposible, con tal de lograr el despegue económico de la isla. (1994)

*Publicado en Enfoque, IPS Cuba, julio de 1994.

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