Valor del trabajo, racionalidad y economía

la productividad continúa siendo baja a pesar del nivel de satisfacción de necesidades básicas alcanzado.

IPS Cuba

La recuperación del valor trabajo dependerá de que los individuos deje de ser ajeno a la organización y planificación de las tareas orientadas

La  crisis económica de la sociedad cubana iniciada en la pasada década y que se profundiza ante la crisis mundial actual, implicó, por una parte, el deterioro de las condiciones de vida de la población y, por otra, la heterogeneidad de situaciones de las propias condiciones de vida, lo que exigió un replanteamiento de las estrategias y de las prioridades, tanto por parte del Estado, como a nivel individual.

En  el primer caso, con el propósito de atenuar los costos sociales; y, en el segundo, a partir de percepciones e interpretaciones para elegir caminos que llevaran a satisfacer necesidades y expectativas. También a construir significados, y estas no son palabras menores. La posible modificación de los significados, entre ellos del trabajo, a partir de nuevas percepciones e interpretaciones, no se produce por simple reacción a palabras, sino de nuevas informaciones del ambiente.

Si la década del sesenta fue la del entusiasmo y fervor, de corazón y de ideas, es porque el trabajo se llevaba a cabo no sólo bajo nuevas condiciones sociales y económicas, sino que tenía una realización, con índices del costo de vida y poder adquisitivo de la moneda, que nada tienen que ver con la situación de hoy día. Esta fue una década de preparación de todo y para todos, desde la planificación, pasando por la dirección, hasta la organización, la formación de cuadros, de técnicos y profesionales, de preparación metodológica para una etapa posterior, cualitativamente superior en todos los sentidos.

Pero con la consolidación de estructuras y la institucionalización del país, no se produjo la consolidación de la organización, ni como filosofía, ni como concepto, ni como medidas a instrumentar. Si en la década anterior no se consolidó una visión de racionalidad económica, de racionalidad organizativa, de racionalidad y efectividad del llamado factor trabajo, de la efectividad del empleo, no fue por falta de ideas, sino por falta de constancia y desarrollo de esas ideas. Pero, se sabe que la asimilación y producción de conocimientos no puede ser superior a los procesos sociales en que están inmersos.

La década posterior, del ochenta, debió haber sido de acciones concertadas y con ideas mucho más claras acerca del trabajo, su organización, la eficiencia, la productividad. También de mayor  racionalidad económica. Pero lo cierto es que pasó un momento histórico importante para buscar la llamada “plantilla racional” o, en otras palabras, algo más amplio y profundo, como es una organización racional, un empleo efectivo acorde con los recursos materiales y financieros existentes, y las variables determinantes del empleo, como son la tasa de participación, o la tecnología, o la organización aplicada, a partir de las inversiones realizadas, además de otras políticas macroeconómicas.

Porque la plantilla racional tiene que ver con estructuras, funciones, calificadores, contenidos, organización de la producción  que no es resultado sólo de trabajo, y con la propia visión de una organización empresarial o de otro tipo. Y si las inversiones alcanzaron ciertamente para asimilar la explosión de fuerza de trabajo nacida en los años sesenta, se hizo con gran irracionalidad en el uso de los recursos de todo tipo.

Es en esos momentos, al incumplir los objetivos del quinquenio anterior, que comienzan a agudizarse los aspectos organizativos, y la falta de capacidad organizativa, a pesar del llamado capital humano y la preparación técnico profesional existente, pero sin olvidar que estos aspectos tienen estrecha interrelación con ideas y concepciones acerca de los momentos económicos como la producción, la apropiación, la distribución, el consumo, además de la dirección de los procesos, que debieron haber transitado hacia una concepción más racional de la economía y del trabajo. De manera que la racionalidad de las plantillas se ha ido posponiendo durante largo tiempo.

Entonces, hoy día, cuando se habla de la necesidad de trabajar y del trabajo como necesidad, hay que tener en cuenta estas situaciones anteriores, para poder modificar actitudes, establecer nuevas normas de conducta y que la percepción del individuo no sea la de la costumbre de recibir a cambio de poco o casi nada.

Más allá de medidas sobre empleo, relaciones laborales y multiplicidad de formas económicas de propiedad, el momento exige también claras conceptualizaciones y reconceptualizaciones acerca de la apropiación, en la cual el sujeto no puede seguir siendo sólo la sociedad, sino también el colectivo laboral y el individuo. Esto igualmente es válido para la dirección de los colectivos laborales, con necesidad urgente de transferencia de funciones hacia este.

Desde hace años se producen debates académicos y a nivel del empresariado en el mundo acerca del cambio de la categoría trabajo, que se transforma desde el conocimiento adquirido y a nivel social, mientras van perdiendo vigencia unos conceptos y se van estableciendo otros nuevos. Pero en nuestro caso, más allá, se trata de especificidades del agravamiento. La prolongación y gravedad van de la mano, si no se tiene conciencia de que el tiempo forma parte de la racionalidad de los cambios, la económica y la organizativa. Así se podrá superar esa frase tan usada de que no se llega o se pasa, por problemas de referencia y de valoración.

"Hubo y hay baja productividad" (Foto: Jorge Luis Baños - IPS Cuba)La recuperación del valor trabajo, de la racionalidad en todos los órdenes,  pasa por ideas y conceptos del modelo económico, del productivo, de las perspectivas del crecimiento, de problemas estructurales que inciden en líneas actuales de alto valor agregado; pasa por la visión, en primer lugar, del individuo, del sujeto activo de su vida personal y social;  luego, acerca de la empresa, de otras formas económicas no estatales y, por supuesto, por las actitudes y comportamientos individuales, de colectivos e instituciones. Es tan importante esto que la disposición en situación de trabajo se considera parte del subempleo invisible.

Las acciones deben ser casi individualizadas, pero ni se trata solo de problemas a nivel individual, ni solo de los llamados factores subjetivos. Y cuando se mencionan es como si estos fueran menos importantes, menos complejos, o que no tuvieran nada que ver con los factores objetivos. Esto también incide en la percepción de los individuos.

Aunque la temporalidad define la complejidad de los cambios, no es menos cierto que la velocidad de estos es un indicador del movimiento colectivo. A cada nivel y lugar es preciso realizar determinadas acciones que llevan a una meta, en un tiempo específico, para lograr los objetivos propuestos. Es el avance hacia el estado deseado el que refleja la calidad de la gestión del cambio, y esta, sin duda alguna, será mayor en tanto la participación de los miembros de la sociedad, a nivel de la comunidad o del colectivo laboral, sea mayor, aumenten los cambios y las transformaciones deseados y disminuya el tiempo disponible.

La situación de la década del noventa lo exigía con los gastos de todo tipo, incluidos los sociales, y se logró, con la admiración de unos y la incredulidad de otros; pero también con secuelas y consecuencias que tenían raíces en años anteriores y siguieron desarrollándose posteriormente, hasta nuestros días.

Tal es el caso del valor trabajo, y la racionalidad económica y organizativa. Es difícil hacer críticas a los valores sin tener en cuenta su relación con la situación. Es así que, en el último medio siglo, desde la organización económica, las relaciones de propiedad, las costumbres, tradiciones, creencias, y otras formas que trascienden la ética, son las que han contribuido a configurar determinados valores morales, que luego pueden ser o no afirmados como existentes, en situaciones que pueden o no ser ajenas a la vida del individuo.

En otras palabras, si bien los valores no pueden derivarse exclusivamente de elementos fácticos, tampoco éstos pueden estar a espaldas de la realidad.

Cómo concebir valores asociados a un modo de actuación, si este en la práctica se aleja de la posibilidad de elección para el individuo, de tal manera que lleve a los valores deseados? ¿Cómo concebir el valor laboriosidad en el individuo si la organización no posee capacidad para enfrentar los problemas y proponer soluciones factibles? ¿Cómo mostrar plena dedicación a la actividad laboral si el individuo percibe que la organización no garantiza su realización? ¿Cómo cumplir con las tareas encomendadas si el individuo es ajeno a la planificación y organización de éstas? ¿Cómo sentir mayor realización personal, si este no se corresponde con el aporte social? ¿Cómo combatir manifestaciones de acomodamiento, vagancia, o corrupción, si se percibe un ambiente de distendimiento?

Los valores, no son abstracciones, sino que están basados en alternativas reales y en una consideración real de sus consecuencias. Si se ha alcanzado un nivel de bienestar social y de satisfacción de necesidades básicas, esto ha sido gracias al trabajo; pero hubo y hay baja productividad; ahora se trata de situaciones con mayor papel de la elección individual, tanto como de su responsabilidad, y de visiones y decisiones compartidas acerca de la racionalidad económica y de cómo llevar a cabo las actividades de trabajo, y acerca de qué parte se apropian los colectivos laborales.

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