Lingüista cubana reivindica las lenguas rituales

Sin escritura y solo por tradición oral se han mantenido a través de siglos.

Foto: Jorge Luis Baños, IPS-Cuba

Ejemplos de variaciones dentro de las lenguas rituales de origen africano en Cuba.

La Habana, 17 jun.- Por su espíritu centenario de resistencia cultural en Cuba, las lenguas rituales (usadas en las ceremonias religiosas) de origen africano deben ser consideradas un patrimonio cultural de la nación caribeña, defiende la profesora Gema Valdés.

“Estas lenguas rituales son dignas de admiración extraordinaria y ejemplo de una resistencia cultural durante siglos”, dice la docente de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas, enclavada en la ciudad de Santa Clara, a 268 kilómetros al este de la capital cubana.

Valdés analizó en sus trabajos de diploma, maestría y doctorado los remanentes de las lenguas bantúes en la nación caribeña.

A veces, apunta, las personas creen que son palabras inventadas, que los practicantes cantan lo que quieren y sus cantos no tienen significado.

“Cuando una comienza a buscarlas en un diccionario, descubre que tienen los mismos significados con las que funcionan en 2014 aquí”, revela.

En Cuba se practican diferentes religiones de origen africano, que fueron traídas a estas tierras por los miles de esclavos del Continente Negro. Esa horda de fuerza de trabajo esclava estuvo condenada a desarrollar, fundamentalmente en el siglo XIX, las plantaciones azucareras.

“Cada vez me asombro más de cómo fue posible que estas personas, que llegaron de formas tan crueles, separadas de sus familias y en condiciones terribles, fueron capaces de mantener sus tradiciones, lengua, religiones y el soporte lingüístico de toda esa cultura”, señala la estudiosa del tema desde hace más de 40 años.

La clave de esa resistencia está en la transmisión oral, apunta.

A través de “recetas de cocina y nombres de yerbas, (palabras de las lenguas rituales) han pasado al vocabulario general”.

“Nosotros no nos percatamos de ellas. Pero malanga, ñame y quimbombó son algunas de las muchas palabras africanas que hoy usamos”, comenta.

Las lenguas rituales son más dignas de admiración porque han mantenido sus estructuras, aunque no todas tienen la misma situación lingüística, asegura.

Por ejemplo, explica que el Palo Monte (denominación religiosa de origen africano) está más mezclado con el español, hay más vocablos originales en los yoruba (gran grupo etno-lingüístico del oeste africano) mientras que no se entienden los cantos de los abakuás (hermandad religiosa) sin conocer estas lenguas.

“Todas ellas (las lenguas rituales de origen africano) merecen ser declaradas patrimonio de la cultura cubana. Deben ser vistas con orgullo y no como una vergüenza de una religión atrasada como la ven no pocas personas, que las menosprecian”, apunta.

A juicio de la investigadora, que se declara no creyente, estas lenguasmerecen mayor estudio y profundización.

“Me enorgullezco de que existan y quisiera que siguieran existiendo porque es el fenómeno de resistencia humana más grande al que me he enfrentado en la vida”, confiesa.

La lingüista se admira de que, “cada vez que busco una palabra, aparece en un diccionario de África con el mismo significado. Es una cosa casi imposible de lograr sin escritura, diccionario, gramática ni papel”.

“Estas lenguas han sido transmitidas de padres a hijos durante siglos preservando la palabra con su significado original”, resalta.

No obstante, indica que lingüistas, estudiosos y creyentes deben trabajar para conservarlas.

“Si no existe una norma corremos el riesgo de diferenciarlas tanto que perdemos el contacto con el núcleo y se empiecen a inventar palabras”, alerta.

Ejemplifica que hoy algunas personas dicen “gua” por perro, atribuido a la onomatopeya, cuando en realidad debe ser “enguá”.  

También están las variaciones. Unas personas dicen “sunga” (tabaco) y otros “ensunga”, ilustra. “Debes tener un patrón que diga que se tratan de una misma cosa, de modo que no se conviertan en dos palabras diferentes”, aconseja.

Una investigación realizada por Valdés arrojó que 72 por ciento de las 100 personas encuestadas desearían una sola ortografía para estas lenguas.

A otros, entre ellos músicos, antropólogos y creyentes, “les parece que el extrañamiento es más cercano a África y prefieren conservar lo viejo. Les gusta que en América sea lo mismo que allá, sin considerar las nuevas circunstancias”.

Sin embargo, para la lingüista “debe diferenciarse lo de América de lo de África”. “Sería como querer escribir de nuevo baseball (inglés) cuando está aceptado el vocablo béisbol en español”, explica.

Sostiene que, “en el continente africano, se mantiene una forma de pronunciación de nz que no existe hoy en América. En la escritura sí habría que agregar la etimología y cómo se escribe en África”.

“Aquí hay factores religiosos que hacen más fuerte la resistencia, porque el padrino quiere escribirlo como allá aunque no se diga así. Hasta inventan a veces ortografías”, apunta la defensora de las lenguas rituales, una pasión a la que llegó casi por casualidad.

“En 1970, fui a trabajar por la universidad en el barrio La Guinea, de Lajas, en la provincia de Cienfuegos. Allí oí palabras y cantos que no entendía y me asombraban”, recuerda.

Un anciano, Diego Terry, la puso a prueba y le dijo que si le traía “malafo” (aguardiente) y “ensunga”,  él le contaría sobre sus ancestros.

La joven lingüista buscó en la bibliografía y encontró un artículo sobre el tema. “Malafo” y “ensunga” fueron mis dos primeras palabras”, rememora.  (2014)

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