Quinta generación de alfareros defiende tradición

Detrás de cada pieza, sonajero o jarrón, está la historia de una familia de la tercera villa fundada por los españoles en Cuba

Archivo IPS Cuba

Jordi Santander y Abel Mesa Santander, primos, de la quinta generacion de alfareros de Trinidad.

La Habana, 13 oct.- Decir “Los Santander” en la centrosureña ciudad de Trinidad, a unos 400 kilómetros de La Habana, es hablar un lenguaje conocido por la mayoría. La quinta generación de esa familia de alfareros ha asumido el legado de sus mayores y conseguido insertarse en el mercado del turismo.

El primer taller se fundó en 1892. “Un sargento español le enseñó el oficio al tatarabuelo de nosotros, quien siguió transmitiéndolo de generación en generación, esto nunca ha parado y la familia ha vivido de esto”, cuenta Abel Mesa Santander, de 39 años.

Al principio eran piezas como porrones y tinajas, para guardar y mantener el agua fresca. Así se mantuvo durante muchos años, con sus envases de barro los macheteros – cortadores de caña de azúcar-, iban a los campos y tenían a su alcance el líquido, que conservaba una temperatura agradable.

“Siempre hubo una línea de porrones para toda Cuba y los más experimentados de la familia se dedicaban a otras piezas utilitarias: jarras de agua o vasijas para decorar”, comenta Abel, quien junto al resto de los alfareros de la familia integra la Asociación Cubana de Artesanos y Artistas (ACAA).

Antes, mantenían el matiz del barro cocido. Con la entrada del turismo, la alfarería Santander cambió: “los colores vinieron después, con las generaciones más nuevas y la llegada del turismo. Empezaron a visitarnos y nos pareció que era bueno diversificarse”, dice Abel.

“Hemos tenido que mejorar la calidad de las terminaciones, los diseños, pues antes eran solo de carácter utilitario. Ahora elaboramos para hoteles y empresas, a través del Fondo Cubano de Bienes Culturales, entidad estatal dedicada a la comercialización de objetos de arte y artesanía, y las ventas a los clientes que visitan el taller”.

Buscando figuras y recuerdos para llevar de regreso reciben viajeros de todas partes del mundo. “Vienen muchos, en temporada alta pueden llegar entre 400 y 500 en un día. Hay franceses, italianos y alemanes, fundamentalmente”.

Hasta hoy se mantiene como una tradición familiar. “Tratamos de que sean la familia, mi padre, Daniel Santander Alcántara, de la cuarta generación, tiene 70 años y todavía trabaja en el taller, yo y mis primos”, dice Jordi Santander del Pino, de 38 años.

La piezas se hacen primero en el torno, en el que trabajan Chichi y Abel, mientras Jordi y su hermano se encargan de la decoración, después la pintura y el secado, por último, el horno. El proceso puede durar entre siete u ocho días.

“Esto lo aprendí desde niño, con la familia, no habían cursos de capacitación ni nada. Me especialicé en el torno. Estamos siempre uno al lado del otro, conversando sobre modelos, sin discrepancias”, apunta Abel.

Algunos de los colores son naturales: óxidos de hierro y de zinc, que se dan antes de ponerlos en el horno, que fija la tonalidad. Al día se queman entre 40 y 50 piezas, en dependencia de las ventas, de manera que no se mantenga la variedad.

“Lo que más venden son los sonajeros y los platos con los paisajes de Trinidad y vasijas para canchánchara, una bebida hecha a base aguardiente, miel y limón”, indica Jordi Santander.

Tradicionalmente el oficio se ha quedado entre los Santander hombres. Sin embargo, una mujer de la quinta generación, Neiry Mesa Santander, de 40 años, decidió romper con ese patrón y dedica su vida a esta labor, con piezas de sello propio, más artísticas. En la actualidad existen en la ciudad cuatro talleres de la familia Santander.

Algunos de los más jóvenes de la familia se sienten atraídos por esta magia de moldear el barro virgen y convertirlo en una forma de cualquier dimensión o figura.

“Quisiéramos que la tradición se mantenga y no se pierda, es bonita, nos gusta, aunque es trabajosa y necesita dedicación, es lo que hemos escogido y hemos vivido siempre de esto, nos gustaría poder legárselos a ellos. Con este trabajo, se vive bien”, sostiene Jordi.

La materia prima la traen de diferentes minas en el Valle de los Ingenios, distante unos 15 kilómetros. (2013)

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