A debate

Activismo cubano por la no discriminación racial a fondo

Considero que es un activismo naciente, que aún necesita establecer alianzas, generar agendas temáticas a través de los medios de comunicación y enfocar el discurso en función de acciones concretas que dejen detrás la manida narrativa de hechos de agresión, que ya se han contado una y otra vez. Es tiempo de resultados.

 

MTG: Lo veo de muy bajo perfil. Somos pocas las personas comprometidas debido a que apenas existe una educación antirracista, la gente no tiene conciencia de los peligros del racismo y hay otro gran número de personas que considera que ser racista es algo políticamente correcto. Lo otro es que desde el sistema curricular no hay un plan de acción que lo contrarreste.

JAML: Desde mi óptica, creo que hay más ciudadanos, no solo comprometidos sino también sensibilizados con esta problemática. Hay más conciencia, más gente que intenta nuclearse alrededor de organizaciones, pero el escenario resulta hostil por la no comprensión de las autoridades en cuanto a la necesidad de un bloque de movimiento antirracista. A través del lente ideológico del Partido Comunista de Cuba se continúa dinamitando la posibilidad de un debate sobre el racismo en la esfera pública. Los activistas sociales, negros y blancos, desarrollan su labor de incidencia en un escenario hostil.

Uno de los conflictos que en general tiene el activismo en Cuba es que, como somos personas que hemos luchado cada una dentro de un espacio, al final trabajamos en solitario. Y ese trabajo en solitario deja marcas. Otra cosa es el vacío institucional ante el tema.

Por otra parte, a veces quienes hacemos activismo no logramos ponernos de acuerdo, cada uno defiende sus propios puntos de vista. Y eso debilita el trabajo.

No se puede criticar a la sociedad porque no tenga conciencia racista. No puede tenerla, pues es un tema del que nunca se ha hablado. No se puede pensar que el racismo es una cuestión del color de la piel, cuando en realidad es un asunto que tiene que ver con el proceso, la evolución de la conciencia social.

En 1959, la sociedad cubana no estaba preparada para promover un discurso de integración racial. Entonces la Revolución cubana decide trabajar el tema en silencio. Por tanto, el proyecto que se pone entonces sobre la mesa es el de la igualdad de oportunidades.

Creo que, en lo profundo de la problemática racial en Cuba, hay una cuestión epistemológica que no se ha resuelto aún. De hecho, se puede ser una persona de un racismo furibundo y, al mismo tiempo, ser un revolucionario de vanguardia. La revolución cuestiona el machismo, un poquito; la homofobia, un poquito; pero el racismo, nada.

De todos modos, creo que el activismo está avanzando, se empieza a sentir que hay un relevo en mejores posiciones.

En estos momentos está muy fuerte. No se siente más porque la única organización que ha logrado tener un espacio, a veces, en la televisión y en la radio, es básicamente la Comisión Aponte, que es la oficial y a la cual pertenezco también. Es evidente que es la organización que tiene el visto bueno para hacer sus actividades. Se reúne periódicamente con el vicepresidente del Consejo de Ministros Miguel Díaz-Canel y con miembros de las asambleas provinciales del poder popular (gobiernos provinciales).

En la Cofradía de la Negritud, sin embargo, enviamos cartas a la Asamblea Nacional del Poder Popular, a diferentes organismos, a los sindicatos y nunca tuvimos una respuesta.

Ahora estamos en un momento muy importante. Por ejemplo, las mujeres están haciendo un trabajo increíble. Gracias a ellas se publicó el libro Afrocubanas y la Red Barrial Afrodescendiente, que surgió en La Lisa, está haciendo muchas actividades comunitarias.

Los grupos que estamos luchando para mejorar nuestra sociedad desde el punto de vista de la discriminación racial, tenemos diferentes metodologías, diferentes puntos de vista. Hacemos lo que podemos. Lo que nos falta es divulgación, nos falta operar dentro de una red donde todos sepamos lo que se está haciendo y nos comuniquemos de manera visible.

Muchas de las personas que se vinculan a estos procesos no saben que están siendo activistas. La palabra activismo, en la práctica cotidiana, encierra cierto rechazo, cierto susto cuando la gente se acerca a ella porque la discriminación racial en Cuba tiene matices diferentes, pero en muchas cosas coincide. La discriminación no es más que la expresión de minimizar a unos y sobrevalorar a otros. Desde mi punto de vista, nuestro activismo hace una apuesta a la toma de conciencia. Lo más hermoso, independientemente de conflictos viejos, medianos o cercanos, es que todo el que esté haciendo algo en relación con el tema se una.

En Cuba no vemos un movimiento. Mucha gente está haciendo cosas, pero de manera aislada. No se unen en un mismo objetivo, aunque las motivaciones son muy parecidas. Existe lo que también hemos visto en espacios de América Latina, el protagonismo, gente que quiere hacer prevalecer una idea sobre otra.

Es bastante singular porque cuando se habla de este asunto en Cuba se está pensando siempre en activismo político opositor. Quienes, por una razón y otra, trabajamos desde los distintos grados del activismo y nos llamamos así, tenemos esa especie de condena nominal. Es una especie de sospecha muy fuerte que inhibe el trabajo de la gente. De manera que el activismo cubano antirracista siempre fue muy mal visto porque fue parte, compartió el tabú y el silencio que por más de 40 años pesó sobre la problemática racial en Cuba. Después de los dos discursos de Fidel sobre racismo, en marzo y abril de 1959, no vuelve a haber otro discurso público hasta 2005, en un evento de pedagogía. Recuerdo también el discurso de Fidel en el Congreso de la UNEAC, en noviembre de 1998, pero nunca se publicó.

En la década del sesenta, el activismo en Cuba tenía figuras muy importantes, como Walterio Carbonell, estudioso y antropólogo marxista, amigo de Fidel en la universidad. Ambos fueron miembros de la liga contra el racismo en la Universidad de La Habana. Walterio fue, sino el primero, uno de los pocos hombres que tuvo una posición crítica con respecto a la herencia racista de la revolución. La revolución hereda una serie de problemáticas que, en el orden material y económico, se pudieron resolver con la subversión que ocurrió entre 1959 y 1960, pero no en términos culturales e ideológicos. Walterio quiso que la revolución le pusiera atención a ese fenómeno. También hubo otros, como Juan René Betancourt, Carlos Mur, pero quien se quedó en Cuba fue Walterio Carbonell.

El activismo antirracista cubano ha sido fuerte, sobre todo, en el orden de la cultura. Ahí tienes el caso de Tomás González, gran teatrista y dramaturgo; en el cine están Sara Gómez y Nicolacito Guillén; “El Ambia”, poeta popular; Eliseo Altunaga, escritor y guionista, y Tato Quiñones, también escritor e investigador. Es decir, hay una serie de nombres que en los setenta retoman las ideas de Walterio Carbonell. Luego, en los ochenta, se hicieron cosas, pero el núcleo era muy pequeño.

El movimiento antirracista se empieza a hacer mucho más fuerte y sistemático ya en la pasada década del noventa, siempre en el sector cultural. Había mucha gente que se nucleaba en un evento que hacía Lizette Vila que se llamaba “Como agua para chocolate”, dentro del Caracol. Ese espacio empieza a tener vida propia y termina saliéndose del evento para convertirse en el proyecto Color Cubano, que duró muchos años, hasta que, en el dos mil y algo, la UNEAC quiso disolverlo y crear la Comisión Aponte.

Un rasgo del activismo cubano tiene que ver con cierta parquedad, desamparo y límites de tipo legal, pero también político. Muchas veces hemos sido tildados de contrarrevolucionarios porque no solo hacemos crítica de la realidad y de lo que está mal, sino que hacemos una crítica antisistémica. Hay crítica antisistémica, pero en todos los sectores de la sociedad, no solamente en contra del racismo; también contra la homofobia, en la lucha ecologista, en la economía, en muchos ámbitos de la sociedad. Los activistas que tienen una preocupación de carácter emancipatorio, que siempre están demandando que se respeten los presupuestos originales de la revolución, han sido metidos en un mismo saco: el de los opositores, el de los disidentes. Y ahí hay una confusión. De modo que la palabra activista, en Cuba, está llena de toda esa contaminación, razón por la cual mucha gente, a veces, tiene miedo de decir que es activista.

En los últimos años se ha venido desarrollando un activismo ya no solo en el plano cultural, sino también en el orden sociorreligioso, y otro que se vincula más a las bases, a lo comunitario. Por ejemplo, la Red Barrial Afrodescendiente y otras personas que trabajan estrechamente en las bases están haciendo un trabajo hermoso. Ese activismo es la primera línea de fuego, la primera línea de combate. Ellos saben, por ejemplo, cuántas adolescentes hay embarazadas en sus barrios, cuál es la problemática del alcoholismo, cuántos días hace que no se recoge la basura. Y, además, saben crear proyectos alternativos, convocar, identificar a líderes naturales. Se han ganado una autoridad con esa fuerza, con ese empuje, con ese sentido de lo colectivo.

Por otro lado, está el activismo que se hace desde la academia. Hay gente de la academia que se ha estado preocupando por esta problemática desde hace mucho tiempo y hace un análisis más profundo, más conceptual, lo cual es un complemento esencial que ayuda a esclarecer determinados procesos históricos, sociales, económicos, culturales que están en la base de lo que está ocurriendo en Cuba en el tema racial.

También hay un tipo de activismo que tiene un enfoque en derechos, que trabaja por la defensa de personas en cuestiones legales concretas; y otro tipo de activismo que trabaja en espacios digitales, en la web y en blogs… De modo que, en los últimos años, el activismo tiene mejor cara.

El activismo antirracista en Cuba es diverso, pero también contradictorio. Es muy amplio en el aspecto político e ideológico. Hay organizaciones antirracistas de izquierda y de derecha. Llamadas así o, a veces, autodenominadas o denominadas por otros de esa manera. Hay oficialistas, no oficialistas, más críticas, menos críticas, más propositivas, y otras que son más locales, más conceptuales, pero impactan más en el orden global, digital, nacional, más que en el orden local y regional. Se ha ido ganando en espacio, se ha ido ganando en fuerza, en conocimiento y en experiencia, pero la proyección, la refracción social que tiene todo esto en los medios de comunicación es muy escasa todavía.

Por otro lado, existen muy pocos espacios de diálogo entre la esfera gubernamental y la sociedad civil en Cuba.

Cuando se habla de activismo contra la discriminación racial me cuesta mucho resumirlo en un bloque homogéneo, como cuando se habla de Articulación Regional de Afrodescendientes de América Latina y el Caribe (Araac), en su capítulo de Cuba; la Comisión Aponte o el extinto proyecto Color Cubano, pues hay varios grupos y agendas. Se trata de un fenómeno que explaya hacia diversas zonas de la sociedad, la cultura y el saber, que va desde el trabajo comunitario en los barrios más pobres de La Habana como el que realiza la Red Barrial Afrodescendiente, que coordinan Maritza López e Hildelisa Leal, así como el ya emblemático proyecto Cofradía de la Negritud. Otra zona tiene que ver con lo jurídico, relacionada con los derechos ciudadanos maltratados a través de actos de discriminación racial y homofobia, que es el proyecto Alianza Unidad Racial, que coordina Deyni Terry.

Otro segmento que se posiciona en el territorio de las prácticas artísticas y literarias del mundo de afrodescendientes que están centradas, fundamentalmente en el teatro, el rap y la cultura hip-hop, y en el cual participan dramaturgos como Gerardo Fulleda, Eugenio Hernández, Xiomara Palacio, Fátima Patterson y Alberto Curbelo con su proyecto Teatro Cimarrón, que otorga el premio Mackandal y que en el mes de marzo realizó la bienal de Oralidad y Heredades Africanas Barrio Cuento, con un evento teórico muy importante; o el discurso “hiphopero” de Magia y Alexei (integrantes del grupo de rap Obsesión).

Otra vertiente está relacionada con la producción de conocimiento, que revisita lo mejor de la tradición teórica del pensamiento negro y afrocaribeño, como son los libros de Tomás Fernández Robaina, quien acaba de publicar Antología cubana del pensamiento antirracista; los textos de Roberto Zurbano; el pensamiento afrofeminista elaborado por Deysi Rubiera e Inés María Martiatu, que cristalizan en la aparición de los dos volúmenes de Afrocubanas, historia, pensamiento y prácticas culturales. También está la deconstrucción del discurso heteronormativo y patriarcal desde el punto de vista de la mujer negra y lesbiana de Norma Guillard, o los relacionados con el cuerpo homosexual masculino del sujeto negro, escritos por Julio Mitjans y Alberto Abreu.

No podríamos olvidar tampoco el activismo y su debate público en espacios digitales y en la blogosfera, como el boletín Desde la Ceiba, de Tato Quiñones; el trabajo que está realizando Sandra Abd’Allah-Alvarez desde su blog Negracubanateniaqueser y el Directorio de Afrocubanas, y Alberto Abreu desde el blog Afromodernidades.

A ellos sumémosles el trabajo desde el punto de vista político e institucional de la Comisión Aponte, así como la existencia y la labor del Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR).

De manera que el activismo antirracista en Cuba no es un bloque homogéneo, sino que está atravesado por una pluralidad de grupos y agendas, diferencias generacionales, credos políticos, religiosos, de formación intelectual, género e identidades sexuales.

Quizás alguien de otro país considere que algunas de estas zonas no pertenecen al activismo social, propiamente dicho, pero Cuba es una atipicidad. Recuérdese que hasta casi principio de milenio la palabra sociedad civil era considerada por el discurso oficial como una mala palabra.

En la actualidad, una zona que durante mucho tiempo fue la más visible e influyente dentro de ese activismo ha decaído. Necesita replantearse su perspectiva, repensar muchos conceptos estratégicos, elaborar otros, readecuarse a los nuevos y cambiantes escenarios económicos, políticos y sociales que está viviendo el país, y dejar a un lado los protagonismos y liderazgos individuales.

En 2011 la mirada que estábamos haciendo a la situación de la discriminación racial era diferente a la que hacemos ahora. Éramos menos. Ahora hay muchas más personas involucradas. Antes trabajábamos de manera desorganizada. No ha habido un liderazgo capaz de reunirnos a todas y a todos en una agenda común. A pesar de que criticamos tanto las cuestiones del verticalismo, las reproducimos a diario. Hay que tener voluntad de escuchar, de “horizontalizar” los saberes y los poderes. Todo el mundo tiene un saber y, según (el pedagogo brasileño) Paulo Freire, un mínimo espacio de poder. Si ese mínimo lo compartiéramos muchas y muchos, quizás lograríamos, por lo menos, disminuir esas acciones que suceden en la vida cotidiana.

Claro, hay algo que se agudiza y tiene que ver con la cuestión económica, con que muchos de los líderes o activistas que han estado vinculados a procesos somos gente que lidiamos con los problemas de la cotidianidad, gente que montamos “los P” (tipos de ómnibus urbanos). Esta es una cuestión que tiene mucho que ver con la motivación y el compromiso que cada cual tiene y no con el oropel, ni con los viajes, ni con el dinero.

Mucha gente en Cuba —a pesar de todas las acciones que se hicieron en 2011— no se enteró que ese fue el Año internacional de los Afrodescendientes, así designado por las Naciones Unidas. Y eso tuvo muy poca —por no decir ninguna— repercusión en los medios de comunicación.

La televisión, por ejemplo, reproduce estereotipos y prejuicios. Si quienes hacemos activismo pudiéramos llegar a la televisión, llegaríamos a otros y eso sería fabuloso. En los últimos años han egresado de las facultades de Psicología, Sociología y Comunicación Social jóvenes que han hecho sus tesis sobre la temática racial. Sin dudas, eso puede ayudar, pero aún es insuficiente.

Por otra parte, la mayoría de quienes hacemos activismo en Cuba no contamos con apoyos financieros, con acceso a información; ni siquiera con teléfono, ni correo electrónico. Por eso digo que el activismo lleva mucho sacrificio y compromiso. Mucha gente se desanima. Aunque somos más los locos que seguimos y los que vamos a seguir.

La falta de consenso entre nosotros, el cansancio, los afanes de liderazgo. Por otra parte, se necesita de un diálogo con el Gobierno y el Partido (Comunista de Cuba) que no sé logró de manera integral y desde el reconocimiento a la pluralidad de grupos y posicionamientos con los que coexistimos. Ellos solo seleccionaron a sus interlocutores: la Comisión Aponte. Y como dice la sabiduría africana: “un solo palo no hace el monte”. A ello se suma el desencanto de muchos activistas, que vienen clamando por la necesidad de un debate público sobre el tema que sigue postergándose.

Ha descendido porque no hay apoyo institucional. Uno de los conflictos que tenemos en la sociedad cubana en general, pero en este tema en particular, es la utopía de creer que todos vamos a pensar igual. Eso es una falacia, es un pretexto. No vamos a esperar que ese momento llegue porque no va a llegar. Los conflictos no son de ahora. Los acuerdos van a depender de muchas cosas. Tiene que haber un espacio de legitimación para que esto fluya.

MTG: Continúa siendo una asignatura pendiente la discusión del tema en el propio seno del Partido, y los espacios de debate en la UNEAC han sido desmantelados.

JAML: Falta de voluntad política por parte del Estado cubano. En primer lugar, no reconoce la categoría afrodescendiente como identidad política, la cual es global, por aquello de que eso contribuye a fragmentar la unidad del pueblo. Lo otro es que se continua dinamitando la posibilidad de un debate en la esfera pública sobre el tema, ya que hay militantes muy conservadores en el propio Partido Comunista de Cuba, tan conservadores como la propia Inquisición, que defienden la idea de que en Cuba no hay racismo; y están quienes opinan que hablar del racismo es fragmentar la unidad del pueblo. Lo que me asusta es que haya gente que, en algún momento, desde sus posiciones de poder, alzaban la bandera de la antidiscriminación y denunciaban en espacios intelectuales el racismo en Cuba —como el presidente de la UNEAC, Miguel Barnet— hoy sean capaces de negarlo y eso es grave.

Hay muchas cosas que nos limitan y esas limitaciones, a veces, están en nosotros mismos. Yo vivo para la causa de mejorar nuestra sociedad poniendo un granito de arena. Otros no viven para la causa, sino que viven de la causa. Sé que lo que estoy diciendo son cosas terribles, que a mucha gente no le van a gustar, pero me caracterizo por ser honesto, y como dice (la intelectual cubana) Graciela Pogolotti en la antología, hay que coger al toro por los cuernos. No podemos seguir silenciando los problemas que enfrentamos porque la historia nos demuestra que haber silenciado tantos años ante este problema, lejos de mejorarlo, lo ha agravado. Justamente en este momento, por todo lo que estamos cambiando en el país, no podemos seguir callados. Tenemos que decir la verdad y enfrentarla con la honestidad revolucionaria y humana que debe caracterizar a los que estamos luchando de verdad por mejorar nuestro país.

Se ha logrado algo, pero muy débilmente. Por eso mi discurso es amplio y conciliatorio en el sentido en que tenemos que luchar unidos en este frente y no siempre sucede eso. Acabo de publicar Antología cubana del pensamiento antirracista y estoy trabajando en otro proyecto que se llamará Pensamiento antirracista contemporáneo. Y eso forma parte de lo que estoy haciendo desde mi ejercicio profesional.

Escribo pensando en el mejoramiento de nuestra sociedad, en trasmitirles a los jóvenes parte de mi modesta experiencia, de todo lo que he podido reflexionar y darle gracias a la vida porque estoy en Cuba. Mi campo de batalla está aquí. Lo que más deseo es que haya oídos que puedan oír y comprender lo que estamos haciendo, con un sentido constructivo, no para sembrar resentimientos ni odios.

En aquel momento no hubo tanto debate como sí exposición y descripción de los fenómenos que estaban ocurriendo sobre el racismo en Cuba. Se empezó a aceptar gubernamentalmente que hay una cuota de racismo en la sociedad cubana que resulta no solamente negativa, sino creciente. Se pudo aprovechar más las circunstancias del Año Internacional de los Afrodescendientes y no se hizo. Nos metimos seis meses discutiendo si éramos afrodescendientes o no, cuando el racismo es un concepto que rebasa la condición antropológica y tiene que ver con la condición política. Cuando se habla de racismo no se está discutiendo sobre el color de la piel, sino sobre la distribución de las riquezas. Es decir, es un debate que tiene que ver con un tipo de opresión, de dominación, que existe en todas partes, pero también en Cuba, donde está latente aún un tipo de colonialismo cultural que nos ha llevado a que veamos como natural el chiste, las acciones y los pensamientos racistas.

Sin dudas, 2011 fue un momento donde hubo una importante contribución del campo académico. Pero, lamentablemente, el debate no llegó a concretarse en proyectos. El trabajo académico acerca del debate racial, nacional, local, internacional… a veces pierde de vista el enfoque sobre las personas. Eso es lo que despierta el activismo. El activismo no personaliza el asunto, sino que lo colectiviza en una comunidad específica. Es decir, muestra a las personas, de qué manera viven, cuál es su condición social, tan empobrecida, tan marginalizada, tan violenta, qué ha pasado que están en el sótano de nuestra sociedad. Y estamos hablando de gente que nació, la mayoría, dentro de la revolución. ¿Qué ha estado pasando?

Se ha perdido la posibilidad de trabajar en esas zonas específicas, en esas comunidades específicas, en proyectos específicos. Nos ha faltado indagación, cercanía con las bases, con las comunidades; también una visión más puntual de cómo se pueden subvertir todas estas cosas desde las propias instituciones cubanas: las culturales, sociales, turísticas, económicas y las organizaciones políticas y de masas, donde no se toca el tema racial.

La lucha contra el racismo debe ser anticapitalista y no siempre lo es. Debe ser una lucha no solamente para y desde las personas negras, sino que implique a todos los ciudadanos de Cuba porque el racismo afecta a los negros, pero también afecta a los mestizos y a todos los demás.

¿Qué está pasando con el racismo en Cuba? Tenemos que activarnos de una manera diferente. Y sí es una lucha ciudadana.

Las causas son múltiples. Falta de atención, carencia de apoyo gubernamental, de espacios públicos donde elevar el discurso, descontento, ausencia de conciliaciones y el no concretar la unidad de acción entre los activistas de diferentes proyectos que trabajan este tema.

Para pertenecer a la Asociación Caribeña de Cuba, por ejemplo, es un requisito demostrar que tienes familiares en Haití, Jamaica, Islas Vírgenes… Entonces ella misma es exclusiva y no inclusiva.

No creo que haya descendido, pero está muy fraccionado. Además, esa “amplitud”, por un lado, estuvo siempre circunscrita a un reducido número de intelectuales, profesionales y artistas y, por otro, a las personas que se reunían y reúnen alrededor del proyecto Red Barrial Afrodescendiente, asociado a los Talleres de Transformación Integral del Barrio, fundamentalmente, al de Balcón Arimao de La Lisa.

No tengo idea. Lo cierto es que es muy grande el desamparo legal en el que se encuentran los activistas de todas estas organizaciones que luchan contra el racismo en Cuba.

Me parece muy interesante recuperar la proyección emancipadora de actores, protagonistas del debate racial cubano que están en la base, en el activismo, en la producción del conocimiento y que, lamentablemente, se ha desperdigado y fragmentado. Cómo darle cuerpo a eso, cómo ponerlo en relación, en articulación, precisar su rumbo, su alcance. ¿Hacia una ley?, ¿una ley que tenga impacto en el mercado laboral, en la educación, en los medios, en las políticas públicas…?

De manera cierta, no conozco de ningún intento de legalizar asociaciones, como hubo antes, de Morenos, Pardos y Mulatos, que así se llamó durante la etapa neocolonial en Cuba. Tampoco ahora, de meras asociaciones de negros; pero sí puedo aseverar que, en 1996, fui visitada dos veces en un proyecto sociocultural comunitario que sesionaba en Cayo Hueso, Centro Habana, y se nos cuestionó por llamarnos «Moros y Cristianos». También creo que, si estuviera en la voluntad política del Estado, se hubiese creado, así como han surgido el resto de las asociaciones.

 

Hay muchas experiencias de organizaciones que solicitan su ingreso al registro de asociaciones y nunca ven una respuesta. Sé que la Cofradía de la Negritud presentó una solicitud.

Uno de los aspectos de la historia de Cuba que no puede pasarse por alto es que, desde la colonia, los negros se agruparon a través de los cabildos, luego existió el Directorio Central de Sociedades de Color dirigido por Juan Gualberto Gómez. Ya en la república, la Federación de Sociedades Negras de Cuba era una organización muy importante, con un programa, un proyecto para ayudar a desarrollar la revolución cubana.

JAML: El Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR) presentó, a finales de diciembre de 2015, su solicitud ante el Registro de Asociaciones del Ministerio de Justicia y, en febrero de 2016, recibió respuesta de que podía continuar con los trámites de solicitud. Sin embargo, conozco que la Cofradía de la Negritud presentó la solicitud y fue rechazada.

MTG: Esa es la misma información que yo manejo.

Debe existir, como no. La sociedad civil, históricamente, se expresa por la agrupación de un grupo de personas que tienen intereses comunes y luchan por un factor común. Existe la Federación de Mujeres Cubanas. Mucho antes del triunfo de la revolución, existieron organizaciones de mujeres. ¿Por qué no se permite una organización de afrodescendientes?

MGT: El racismo está muy bien acomodado. Muchas de las desigualdades del pasado continúan existiendo y otras se reciclan. No hay conciencia y mucha gente no disimula ser racista. Por otra parte, nuestro trabajo de sensibilización y educación como actores independientes se desarrolla bajo un escenario hostil, bajo la supervisión del Departamento de Enfrentamiento de la Seguridad del Estado, por aquello de tener conexión externa con organizaciones no gubernamentales (Ong). El racismo es una herida real.

JAML: Es necesaria, pues contra la discriminación racial no existen políticas públicas. El racismo está muy bien acomodado. Muchas de las desigualdades del pasado continúan existiendo y otras se reciclan. Las vísceras del racismo cubano son visibles y a mucha gente no solo le preocupa la desigualdad, sino también el futuro. El racismo es un peligroso combustible que genera mucha inseguridad ciudadana.

Una organización con esos fines no me parece necesaria, por cuanto el problema racial en Cuba no es privativo de la población negra y mestiza, sino del pueblo en general, independientemente del color de la piel, ya que todos y todas, de alguna manera, resultan víctimas del racismo.

A mi entender, lo que se necesita a corto plazo es un real debate a todos los niveles y sectores que permita la aceptación pública de su existencia y se pueda, sin contradecir el discurso oficial, poner en vigor alguna resolución (de tipo legal) que condene su práctica, cuestión muy necesaria por el aumento de esas acciones en la actualidad. Por ejemplo, en la política de los empleadores particulares. Es imprescindible también que se ponga en práctica, por parte del Ministerio de Educación, todo lo planteado en relación con este problema.

Tiene que haberla. Entre otras cosas para colocar el tema en los medios. Si no hay una organización que legitime el tema del racismo en Cuba, los medios no van a publicar nada.

Considero que no se necesitan nuevas organizaciones. Más que una organización, debe haber un movimiento identificado por el Estado para estas funciones y sería importante si organizaciones ya establecidas, como la Federación de Mujeres Cubanas, que trabajan proyectos de sensibilización como lo es el que apunta a la homofobia, trabajaran también los temas de discriminación racial, sin escapar de la responsabilidad social que esto implica.

Hay desinterés, pero esto no significa que falten las instituciones. Algunas, como la UNEAC, el Centro Juan Marinello, el Félix Varela, por solo nombrar algunas, articulan; pero el racismo se observa y se trabaja desde diagnósticos microsociales, luego serán macrosociales. Las instituciones, por lo general, no se involucran porque el Estado no ha mirado el problema en su total magnitud, por lo que, al no valorarse, no hay inserción institucional.

Yo creo que sí. Pero no puedo decir con firmeza que debe ser esta o aquella.

La problemática del racismo en Cuba tiene que ver también con una posición epistemológica y política. No se trata de opiniones, todos tenemos opiniones, sino de posiciones frente a ese tema. Y eso ha faltado, no hay consenso, posiciones institucionales. Necesitamos una institución, un organismo, un centro, una coherencia, un espacio, no sé cómo llamarle, donde confluyan reflexiones, acciones, personas, ideas, intenciones, soluciones. Estamos buscando la manera de hacerlo, en medio de esta fragmentación. Y tal parece que no estamos haciendo nada, que hemos perdido el tiempo, pero no es así. Hay que decir: fragmentos a su imán. Hay que buscar un imán. ¿Y cuál es el imán? Hay que pensarlo en colectivo, porque este es un asunto colectivo. Y pensarlo sin prejuicio, desde visiones que vengan de la sociedad civil, del activismo, también desde el gobierno, desde la academia, desde las diversas visiones religiosas.