A debate

Activismo cubano por la no discriminación racial a fondo

Alberto Abreu Arcia

Ensayista y narrador, miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Mantiene el blog Afromodernidades sobre racialidad negra.

Cuando se habla de activismo contra la discriminación racial me cuesta mucho resumirlo en un bloque homogéneo, como cuando se habla de Articulación Regional de Afrodescendientes de América Latina y el Caribe (Araac), en su capítulo de Cuba; la Comisión Aponte o el extinto proyecto Color Cubano, pues hay varios grupos y agendas. Se trata de un fenómeno que explaya hacia diversas zonas de la sociedad, la cultura y el saber, que va desde el trabajo comunitario en los barrios más pobres de La Habana como el que realiza la Red Barrial Afrodescendiente, que coordinan Maritza López e Hildelisa Leal, así como el ya emblemático proyecto Cofradía de la Negritud. Otra zona tiene que ver con lo jurídico, relacionada con los derechos ciudadanos maltratados a través de actos de discriminación racial y homofobia, que es el proyecto Alianza Unidad Racial, que coordina Deyni Terry.

Otro segmento que se posiciona en el territorio de las prácticas artísticas y literarias del mundo de afrodescendientes que están centradas, fundamentalmente en el teatro, el rap y la cultura hip-hop, y en el cual participan dramaturgos como Gerardo Fulleda, Eugenio Hernández, Xiomara Palacio, Fátima Patterson y Alberto Curbelo con su proyecto Teatro Cimarrón, que otorga el premio Mackandal y que en el mes de marzo realizó la bienal de Oralidad y Heredades Africanas Barrio Cuento, con un evento teórico muy importante; o el discurso “hiphopero” de Magia y Alexei (integrantes del grupo de rap Obsesión).

Otra vertiente está relacionada con la producción de conocimiento, que revisita lo mejor de la tradición teórica del pensamiento negro y afrocaribeño, como son los libros de Tomás Fernández Robaina, quien acaba de publicar Antología cubana del pensamiento antirracista; los textos de Roberto Zurbano; el pensamiento afrofeminista elaborado por Deysi Rubiera e Inés María Martiatu, que cristalizan en la aparición de los dos volúmenes de Afrocubanas, historia, pensamiento y prácticas culturales. También está la deconstrucción del discurso heteronormativo y patriarcal desde el punto de vista de la mujer negra y lesbiana de Norma Guillard, o los relacionados con el cuerpo homosexual masculino del sujeto negro, escritos por Julio Mitjans y Alberto Abreu.

No podríamos olvidar tampoco el activismo y su debate público en espacios digitales y en la blogosfera, como el boletín Desde la Ceiba, de Tato Quiñones; el trabajo que está realizando Sandra Abd’Allah-Alvarez desde su blog Negracubanateniaqueser y el Directorio de Afrocubanas, y Alberto Abreu desde el blog Afromodernidades.

A ellos sumémosles el trabajo desde el punto de vista político e institucional de la Comisión Aponte, así como la existencia y la labor del Comité Ciudadanos por la Integración Racial (CIR).

De manera que el activismo antirracista en Cuba no es un bloque homogéneo, sino que está atravesado por una pluralidad de grupos y agendas, diferencias generacionales, credos políticos, religiosos, de formación intelectual, género e identidades sexuales.

Quizás alguien de otro país considere que algunas de estas zonas no pertenecen al activismo social, propiamente dicho, pero Cuba es una atipicidad. Recuérdese que hasta casi principio de milenio la palabra sociedad civil era considerada por el discurso oficial como una mala palabra.

En la actualidad, una zona que durante mucho tiempo fue la más visible e influyente dentro de ese activismo ha decaído. Necesita replantearse su perspectiva, repensar muchos conceptos estratégicos, elaborar otros, readecuarse a los nuevos y cambiantes escenarios económicos, políticos y sociales que está viviendo el país, y dejar a un lado los protagonismos y liderazgos individuales.

La falta de consenso entre nosotros, el cansancio, los afanes de liderazgo. Por otra parte, se necesita de un diálogo con el Gobierno y el Partido (Comunista de Cuba) que no sé logró de manera integral y desde el reconocimiento a la pluralidad de grupos y posicionamientos con los que coexistimos. Ellos solo seleccionaron a sus interlocutores: la Comisión Aponte. Y como dice la sabiduría africana: “un solo palo no hace el monte”. A ello se suma el desencanto de muchos activistas, que vienen clamando por la necesidad de un debate público sobre el tema que sigue postergándose.

Desde luego que sí. Se trata de un asunto cuya resolución ya resulta impostergable para la nación cubana.