A debate

Activismo cubano por la no discriminación racial a fondo

Maritza López Lambiña

Trabajadora social y educadora popular. Labora como especialista principal en la Casa Comunitaria “Paulo Freire” del Consejo Popular Balcón Arimao, del municipio de La Lisa. Es una de las tres coordinadoras de la Red Barrial Afrodescendiente.

Muchas de las personas que se vinculan a estos procesos no saben que están siendo activistas. La palabra activismo, en la práctica cotidiana, encierra cierto rechazo, cierto susto cuando la gente se acerca a ella porque la discriminación racial en Cuba tiene matices diferentes, pero en muchas cosas coincide. La discriminación no es más que la expresión de minimizar a unos y sobrevalorar a otros. Desde mi punto de vista, nuestro activismo hace una apuesta a la toma de conciencia. Lo más hermoso, independientemente de conflictos viejos, medianos o cercanos, es que todo el que esté haciendo algo en relación con el tema se una.

En Cuba no vemos un movimiento. Mucha gente está haciendo cosas, pero de manera aislada. No se unen en un mismo objetivo, aunque las motivaciones son muy parecidas. Existe lo que también hemos visto en espacios de América Latina, el protagonismo, gente que quiere hacer prevalecer una idea sobre otra.

En 2011 la mirada que estábamos haciendo a la situación de la discriminación racial era diferente a la que hacemos ahora. Éramos menos. Ahora hay muchas más personas involucradas. Antes trabajábamos de manera desorganizada. No ha habido un liderazgo capaz de reunirnos a todas y a todos en una agenda común. A pesar de que criticamos tanto las cuestiones del verticalismo, las reproducimos a diario. Hay que tener voluntad de escuchar, de “horizontalizar” los saberes y los poderes. Todo el mundo tiene un saber y, según (el pedagogo brasileño) Paulo Freire, un mínimo espacio de poder. Si ese mínimo lo compartiéramos muchas y muchos, quizás lograríamos, por lo menos, disminuir esas acciones que suceden en la vida cotidiana.

Claro, hay algo que se agudiza y tiene que ver con la cuestión económica, con que muchos de los líderes o activistas que han estado vinculados a procesos somos gente que lidiamos con los problemas de la cotidianidad, gente que montamos “los P” (tipos de ómnibus urbanos). Esta es una cuestión que tiene mucho que ver con la motivación y el compromiso que cada cual tiene y no con el oropel, ni con los viajes, ni con el dinero.

Mucha gente en Cuba —a pesar de todas las acciones que se hicieron en 2011— no se enteró que ese fue el Año internacional de los Afrodescendientes, así designado por las Naciones Unidas. Y eso tuvo muy poca —por no decir ninguna— repercusión en los medios de comunicación.

La televisión, por ejemplo, reproduce estereotipos y prejuicios. Si quienes hacemos activismo pudiéramos llegar a la televisión, llegaríamos a otros y eso sería fabuloso. En los últimos años han egresado de las facultades de Psicología, Sociología y Comunicación Social jóvenes que han hecho sus tesis sobre la temática racial. Sin dudas, eso puede ayudar, pero aún es insuficiente.

Por otra parte, la mayoría de quienes hacemos activismo en Cuba no contamos con apoyos financieros, con acceso a información; ni siquiera con teléfono, ni correo electrónico. Por eso digo que el activismo lleva mucho sacrificio y compromiso. Mucha gente se desanima. Aunque somos más los locos que seguimos y los que vamos a seguir.