Alona: A Wild Blue… Cuban Splendor

Con Alona (Rafael de Jesús Ramírez, 2016), la escasísima producción audiovisual cubana de ciencia ficción alcanza, casi de sopetón, una madurez singular, ya catalizada por la previa Diario de la niebla (2015), donde este autor también dialoga singularmente con el terror y lo fantástico.

Rafael Ramírez, realizador cubano.

Con Alona (Rafael de Jesús Ramírez, 2016), la escasísima producción audiovisual cubana de ciencia ficción alcanza, casi de sopetón, una madurez singular, ya catalizada por la previa Diario de la niebla (2015), donde este autor también dialoga singularmente con el terror y lo fantástico. Su ciencia ficción queda a salvo de cualquier acercamiento entusiastamente naif a las zonas más estereotipadas del género, sino que estructura relatos complejos, cerebrales, filosóficos.  

Por segunda vez, es la novela gráfica Alona, del artista Rafael Morante, la responsable de un salto cualitativo de gran magnitud, a más de 30 años de la publicación de sus primeras entregas en la extinta revista Cómicos. Alrededor de 1986, la ciencia ficción cubana (escrita, filmada, dibujada) encontró en esta obra un jalón de intensas calidades visuales y narrativas, que se alejaban del canon cientificista soviético, para remontar el desafiante subgénero de la space opera de refinada urdimbre, como la contemporánea saga de Dune, de Frank Herbert. Casi sobra decir que la propia historieta cubana ganó también uno de sus mejores exponentes, en espera aun de su redescubrimiento por las generaciones más jóvenes.

Ramírez, miembro de una cofradía no declarada de contados (casi secretos) admiradores de la icónica obra de Morante, procedió a su apropiación audiovisual en un momento fílmico mundial donde el noveno arte ocupa varias de las líneas comerciales más lucrativas: dígase el muy visible boom de los universos Marvel y DC, seguidos por la muy copiosa producción nipona de adaptaciones live action de sus mangas y animes.

De manera paralela, la historieta no ha dejado de motivar a realizadores más ambiciosos artísticamente, como Takashi Miike (Koroshiya 1, 2001), Sam Mendes (Camino a la perdición, 2002), Chan-wook Park (Oldboy, 2003), David Cronenberg (Una historia de violencia, 2005) y Hirokasu Kore eda (Airdoll, 2009), con nada despreciables resultados. Aunque es de notar que todo lo mencionado permanece en el terreno de la adaptación “convencional”, en tanto traslación argumental del lenguaje gráfico al código audiovisual.

La Alona de Ramírez va más allá en su concepción creativa y termina dialogando con la singular American Splendor (Shari Springer Bermanen y Robert Pulcini, 2003), suerte de “docudrama” que indaga en la vida de Harvey Pekar, autor de la homónima historieta underground estadounidense, donde representados (Pekar, familiares y amigos) y representación (Paul Giamatti como Pekar, otros tantos actores como sus familiares y amigos) se alternan en un relato. En ambas piezas se diluyen las fronteras clásicas, los reaccionarios prejuicios acerca de la adscripción documentalística a una “verdad” absoluta, y la fidelidad ficcional a una “fabulación” pura. Y basta…

Otro anclaje nítido de Alona es la autoclasificada “fantasía de ciencia ficción” The Wild Blue Yonder (2005), donde Werner Herzog desarrolla una verdadera épica galáctica a partir del redimensionamiento y recontextualización de las documentaciones de hechos y sujetos “reales”, combinadas con puestas en escena puramente ficcionadas.

A diferencia de Herzog, Ramírez asume el rodaje de todo su metraje, donde los personajes (incluido el propio Morante) parecen autointerpretarse a la manera más clásica del documental observacional, una de las escuelas más difundidas entre los realizadores cubanos de las últimas décadas, con variopintos resultados, desde La marea (Armando Capó, 2009) hasta El Evangelio según Ramiro (Juan Carlos Calahorra, 2012).

Desde esta unívoca estética de planos secuencias largos, pausados, pletóricos de cotidianidad minimal, el realizador somete a total crisis este método, y hasta el propio sentido más amplio de la realidad. Extraña lo filmado mediante el establecimiento rotundo del punto de vista de un narrador fictivo, que conduce en primera persona toda esta historia, tal como la narración constante del extraterrestre de Herzog resemantiza las imágenes originales.

Requerido de muchas menos reelaboraciones visuales que el previo Diario…, Rafael de Jesús insufla el miedo, la sospecha y la anomalía en un paraje aparentemente común en todos sus acontecimientos, individuos y cosas. Sienta con mínimos, y a la vez óptimos recursos, toda una propuesta digna de cualquier teoría conspirativa-paranoide al uso. En este caso, totalmente articulada, mixturada, diluida hasta el más bello delirio con el universo concebido por Morante para los avatares galácticos de Alona, “señora del atardecer y los azahares”, en eterna búsqueda de su esposo Calac —cual Penélope proactiva—, en pugna con archienemigos poderosísimos, como los Cambiantes.

A la larga, esta Alona del siglo XXI viene a funcionar como un melancólico epílogo de la historia gráfica de los ochenta, cuya última viñeta publicada cierra con un misterioso “¿fin?”. Alona, de buscadora, deviene buscada. De autor, Morante deviene personaje de su propia imaginería. La normalidad misma deviene escenario donde se juegan las suertes de esta dimensión de la existencia. La memoria, el testimonio y el legado se alzan como garantes inexpugnables de la inmortalidad. Épica y minimalismo tienen un romance. (2017)

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