Anaximandro visto por Amundsen

Una de las tesis de graduación del pasado curso de la EICTV fue Los perros de Amundsen, del cubano Rafael Ramírez. Al tratarse de una pieza inubicable, ajena a los discursos habituales en el audiovisual cubano, es lógico que despierte mucha avidez crítica. Este texto es un ejemplo de ello.

Fotograma de Los perros de Amundsen, de Rafael Ramírez.

Foto: Cortesía de la autora

La Historia de los hombres —y no digo la historia de la Humanidad, pues al proceso histórico a que me refiero es el que sostiene al sistema patriarcal, donde los hombres compiten por ganar la carrera hacia el Polo Sur, y para ello sacrifican a los perros, de ser necesario— se ha debatido entre pasar una vida “normal” o descubrir qué hay más allá; o sea, la clave que defina la propia existencia de la especie.

Los por qué, cómo y dónde son los caminos que conforman la ruta que han trazado los hombres y, para responder, lo mismo han cruzado el Polo, que han desatado guerras. Pero dicho camino se encuentra bordeado por la cotidianidad, la que no hace grandes preguntas, la que discurre en una casa, en una carreta, la que sucede en un bote, la que se escapa en minutos ante Los perros de Amundsen (Rafael Ramírez, 2017).

Ramírez es un hombre blanco, escritor, realizador audiovisual y holguinero. Todos estos patrones le sirven para buscar, dentro de innumerables teorías filosóficas: ¿por qué estamos aquí?; ¿hasta cuándo?; ¿somos conscientes?

Todas esas grandes interrogantes son solo el principio, pues lo que intenta realmente el realizador es comprender al semejante más cercano a través de los detalles que le revela la cámara, o de las atmósferas enrarecidas que él mismo crea. Ramírez cuenta la más cruda verdad: somos unos extraños para los otros y tendremos lenguajes comunes, como la religión o la música, donde por momentos nos sentaremos unos al lado de los otros, y parecerá que nos entendemos. Pero la vida es poesía; o sea, no tiene una explicación racional o, al menos, no existe una sola vía que lo complete todo, que lo responda todo. Y sería demasiado cursi decir que es solamente para sentirla o vivirla.

Fotograma de Los perros de Amundsen.

Foto: Cortesía de la autora

I

La obra de Ramírez dialoga con la de otro hombre blanco, coreógrafo, holguinero (¿ven las coincidencias?; ¿tendrán relación?): George Céspedes. Ambos buscan en la filosofía algún elemento que les explique, o mejor aún, que les (nos) concilie lo trascendental con lo que no lo es. Pero siempre se encuentran en su camino al tan socorrido hombre común, el que no se ha hecho las mismas preguntas que ellos, pero aun así parece ser dueño de la verdad absoluta de la existencia.

El coreógrafo cuenta con Las tribulaciones de Anaximandro[1]; el realizador incluye a este filósofo como parte de los intertextos de su obra, para que queden en el subconsciente, dada la edición acelerada y tajante que utiliza en estos momentos. Toda esa información de trasfondo es lo que sucede antes de que la Humanidad llegue a redactar manuales de protección al trabajador.

Pues, aunque parezca lo más opuesto en sentido y momento, hay una línea conductual entre el descubrimiento de Amundsen y la seguridad del trabajador. Tal vez no sirvan para hallarla los modelos de narración clásicos occidentales —incluyendo esta crítica—, sino abrir la mente a la historia humana en toda su complejidad. El caos es solo otra forma de organización que, cuando no puede ser sometida a los modelos establecidos, se vuelve más fácil de clasificar como impredecible.

En ese sentido están también las mujeres en este audiovisual. Ellas relatan la locura, primera representación de lo caótico, a la vez que desempeñan su ya tradicional rol de cuidadoras. Sin embargo, es muy interesante que el realizador también las ubique como intérpretes musicales, pues las reconoce como parte indisoluble de esa historia de hombres, aun cuando los niveles de representación no sean los mismos. La música en esta película, más que solamente ambientar, es la líder del caos que presenta Ramírez. Tanto la pieza musical del inicio como la final[2] constituyen, desde su composición nada tradicional, el lenguaje escogido por el realizador para estructurar la semiótica visual que él ha compuesto.

II

Lo perros… de alguna manera me llevan a la idea del soldado desconocido, un intento de reconocimiento y homenaje a aquellos que caen en combate. Ellos, para la Historia con mayúscula, no son lo suficientemente heroicos para tener nombre, para quedar en pedestales individuales. Pero tuvieron familias, conocidos para los cuales los hombres caídos no son extraños. Ramírez pone en crisis la noción del héroe, así como su importancia y reconocimiento en la Historia Universal.

Cartel de Los perros de Amundsen.

Foto: Cortesía de la autora

El héroe personaje literario. El héroe protagonista de las pantallas. El héroe símbolo cultural. Elemento reduccionista que debe ser clasificado y nombrado. ¿Es un héroe Amundsen porque le mostró lo ignoto al resto de sus contemporáneos, sin importar las consecuencias?

La individualidad como experiencia, como modo de vida, es lo que le aporta al héroe su singularidad. Es esto lo único que justifica el amor y el orgullo que encontraron los antiguos griegos en la muerte, y esta sensación se ha convertido en justificante para las guerras, para la destrucción, para la máxima eliminación del hombre por el hombre; que es esta, al fin y al cabo, la mayor acción separatista que ha podido lograr el ser humano de su cosmos creador.

Es también la individualidad que ronda al intelectual justificación para que sea apartado, segregado del conjunto. Esta individualidad vista como carga y alivio es aceptada por él, pero solo exteriormente, pues es parte de su rol desentrañar mediante el pensamiento solitario convertido en arte el por qué de la existencia humana.

Ambos, el héroe y el intelectual, también son presentados frecuentemente como opuestos, pero qué es un intelectual que aun no ha sido reconocido como tal, sino un héroe anónimo que piensa por todos.

III

La línea trazada entre la cordura y la locura es movible y divisible según quien tenga el poder, como también lo es la notoriedad o la invisibilidad. ¿Pero si los patrones estuvieran mal, si solo fuera un montaje que se hace pasar por realidad? ¿Qué tendría de malo en invertirlo, en remontarlo?

La Historia de los hombres y para los hombres ha sido escrita en mayúsculas, pero en la historia con minúsculas está la poesía. Ahí es donde la cámara de Los perros… (Elisa Barbosa Riva) enfoca planos detalles para acentuar al hombre común desconocido y a la historia con minúsculas.

Anaximandro creía en lo desconocido como principio de todas las cosas. Para Amundsen, lo desconocido era un error imperdonable. Entre ambas líneas de pensamiento se encuentran sus perros: los seres humanos ordinarios que han sido sacrificados, locos y poéticos al mismo tiempo. (2017)

Notas:

[1] Coreografía de George Céspedes, montada con su compañía Los hijos del director y estrenada en 2015.
[2] El primer tema, de nombre Amundsen, fue compuesto por Rafael de Jesús R. Betancourt, y el último, Páramo, por Jesús Bermúdez.

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