And all that jazz

Aproximación crítica al más reciente estreno del cine cubano: Club de jazz, de Esteban Insausti.

El actor cubano, Luis Alberto García, en un fotograma de la película Club de Jazz.

Foto: Cortesía del autor

Club de jazz, el reciente estreno de Esteban Insausti, es una película perturbadora. Ahora que un número considerable de producciones, sobre todo realizadas fuera del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), están procurando expandir los límites ideológicos, culturales, genéricos, sexuales, étnicos, religiosos, desde posturas comprometidas —a tales aspiraciones responden los filmes de Carlos Machado, Alejandro Alonso, etcétera—, esta obra de Esteban Insausti aparece como francamente patológica. A decir verdad, Club de Jazz no soporta un análisis estético estricto, dada la peligrosa ideología de exclusión que sustentan los argumentos narrados.

Como las obras anteriores del director, también esta responde a una visualidad estilizada: la fotografía apuesta por una imagen pulcra, por una precisa corrección en los planos y una acentuada plasticidad en la iluminación; la dirección de arte, sobre todo la ambientación y diseño del espacio, es concebida desde un esteticismo y un espíritu de refinamiento que comulga con toda la composición visual. Manejo que consigue una elocuente expresividad, ya característica del cine de Insausti. Por este camino, se logra evitar la alusión directa al entorno social del cubano y sus circunstancias, ciertamente.

Pero esa cuidada elaboración de la sintaxis, en el caso particular que nos ocupa, no contribuye en lo más mínimo al enunciado. De la música ni siquiera hablemos, pues el jazz se limita a ser no más que una metáfora de la creación; y los músicos, desde luego, una metáfora del artista. En general, la realización, en determinados momentos, huele más a ejercicio de principiante, por la ingenuidad de las soluciones, que a obra de autor. Esa propensión a subrayar la retórica no pasa de una desesperada voluntad de estilo.

De cualquier modo, los grandes problemas de Club de Jazz se localizan en su guion y estructura dramática.

Según ha dicho Insausti, la película es un drama que pone en escena las consecuencias de un sentimiento tan perverso como es la envidia. En rigor, los tres relatos en que está dividido el largometraje intentan llamar la atención sobre cómo el talento y el éxito de algunos constituye una derrota para otros, genera conflictos personales, es causa de la infelicidad e induce al mal. Sin embargo, puesto que el cine es un dinámico sistema de signos, la propuesta temática de esta cinta resulta complicada por el programa narrativo y el diseño de personajes, al punto de consumar una idea del mundo bastante reaccionaria, donde la envidia es solo una fracción mínima, insignificante.

Poster del filme Club de Jazz.

En Club de Jazz, hablando en plata, el problema no es la envidia, sino quienes la experimentan. Una película que se autoanuncia como universal, centrada en las resonancias de dicho sentimiento en la experiencia social de la gente, debió esforzarse por dotar de profundidad psíquica, de riqueza imaginativa y de un cuerpo conceptual más agudo, tanto a sus historias como a sus personajes.

Insausti apuntó en alguna parte que su filme aspiraba a entender y cartografiar el alma humana, inspirado por el legado de grandes obras de la literatura universal que lo han marcado como cineasta y como ser humano. Para empezar, ese ha sido uno de los vectores que ha guiado a la creación artística desde siempre, por sobre las determinaciones estéticas y epocales. En cuanto a la literatura, desde Dante, Cervantes, Dostoievski, Thomas Mann, Julio Cortázar o Virgilio Piñera —por solo tomar algunos ejemplos al azar, donde la clave existencialista tiende a bucear en las entrañas del alma y la psicología humanas—, las pretensiones estéticas se han visto movilizadas por criterios conceptuales muy bien planteados: historias que satisfacen intenciones discursivas concretas y personajes concebidos desde la complejidad inherente a lo humano, sacudidos por muy precisas contingencias.

Aunque el marco referencial y los vectores interpretativos de una obra propicien un amplio cúmulo de sentidos, la pieza artística responde inevitablemente a una arquitectura determinada por las elecciones de una persona. Así, el guion y la puesta en escena de Club de Jazz reportan tal grado de esquematismo, elementalidad y estereotipia, que la concepción de la envidia con que el filme opera es de una superficialidad desconcertante.

“Saxo alto”, el primer cuento que integra el conjunto, narra una historia mil veces contada: la relación emocional entre dos niños condenados por el medio en que viven; solo que la presente variación es bastante lamentable. Uno de los niños es pobre, negro y aspira a tocar en una banda de jazz; el otro es blanco, rico y sueña con ser concertista de música clásica. El primero es feliz, el segundo vive en un profundo infortunio. Sospechosamente emplazados en el periodo republicano, los acontecimientos giran en torno a la preparación de ambos para competir en un concurso convocado por el Club de Jazz de la zona, que premiará con un viaje a New York.

El abuelo del niño negro, artesano de instrumentos musicales, único familiar del infante, negocia con el padre del otro, profesor de música, para que le brinde algunas lecciones con vistas al certamen. Tras el primer encuentro, este hombre se propone frustrar los sueños del muchacho para garantizar la victoria de su hijo, aun cuando sabe que este último no tiene la más mínima posibilidad de triunfar, pues no tiene talento y detesta el saxofón.

En cuanto a la construcción del personaje-profesor, destacan varios aspectos a tener en cuenta. Este hombre de familia burguesa, en apariencia de éxito social, envidia al muchacho por su talento, todo cuanto aspira a que su hijo tenga. Pero ahí no acaba el asunto: es amargado, incapaz de ser feliz con la vida que lleva, ambicioso y déspota. Según nos deja ver la cinta, la avidez por que su hijo triunfe, a cualquier precio, responde a la sublimación de un deseo personal. Y en medio de todo lo anterior, aparece una polémica escena: se muestra a este individuo en el connotado Club de Jazz en un erótico intercambio de tragos con un hombre negro. No otra cosa podemos especular que una posible homosexualidad. ¿Por qué, además de lo antes dicho, el personaje, una individualidad tan negativa, debe cargar con la marca de una opción sexual condenable en su medio social? ¿Por qué su intercambio erótico es con un negro? ¿Siente envidia de la raza que desea? El esbozo de este ser denuncia una mirada plagada de prejuicios.

Ahora bien, según pasa el tiempo, los muchachos logran trabar una profunda amistad —lo cual, a propósito, se resuelve en un par de escenas bastante torpes y triviales. El día del concurso, el blanco infeliz, presionado por su padre, lleva a cabo una actuación bastante irregular y desafortunada. Cuando el negro, irónicamente feliz, ha entrado en escena con una brillante interpretación, decide, de buenas a primeras, interrumpir su actuación y abandonar el escenario. En un acto de altruismo, se sacrifica por su nuevo amigo, para que este pueda triunfar y librarse de las fauces de su progenitor. Luego, la cámara nos deja ver, años después, al negro ya adulto, borracho y fumando —una estampa del fracaso sin dudas polémica—, mientras observa en televisión al blanco por el que se sacrificó una vez, quien ha regresado a Cuba luego de cosechar éxitos internacionales como concertista de música clásica y tiene la insolencia de dedicarlos a su padre.

¿Qué sucede si pasamos de lo acontecido en la diégesis a valorar la parábola planteada por el discurso? ¿Qué problema tiene lo que se nos cuenta? La desfachatez con que el punto de vista condena “al negro”. No preocupa tanto que el blanco alcance el éxito y el negro continúe una vida miserable, lo cual bien puede responder a un problema de estratificación cívica y fatalidad histórica. Lo terrible es que el éxito del blanco se debe al sacrificio personal del negro. Y llegados a ese punto, “Saxo alto” parece decir que no basta con que la historia coaccione al negro, sino que además debe sacrificarse a sí mismo por el éxito del blanco. El negro es culpable de su propio fracaso, no la envida. La película continúa, aprueba, la condena a que está expuesto el negro. Él es un héroe porque, aun viviendo solo con su abuelo en la más absoluta pobreza, se supo sacrificar en nombre de la amistad. Entretanto, continúa en un lugar de franca subordinación, mientras el niño blanco logró conquistar sus sueños.

Si un relato cualquiera nos deja ante dicha imagen, tiene que resultar igual de sospechoso el lugar reservado a las dos únicas mujeres que aparecen en la narración: una cumple su rol de esposa sumisa, doblegada a los imperativos de un marido colérico, y la otra es una simple criada, que soporta con absoluto estoicismo los desplantes del poder. Pero como lo anterior puede parecer resabio, pura impresión, extremismo, es mejor analizar el segundo cuento, capaz de arrojar luz respecto a esto último.

“Contrabajo con arco” relata la historia de un bajista que, durante los años ochenta aproximadamente, pierde su vida a causa del consumo de drogas, condenado por una esposa pusilánime y un crítico retorcido. El segmento repasa las relaciones entre estos tres personajes. El músico es un genio del contrabajo, compositor de estirpe romántica que cae en una profunda crisis de adicción a la cocaína. Con él no hay ningún problema, más allá del arquetipo excluyente, si no fuera por los sujetos que lo acompañan. Fijemos la mirada en el diseño y caracterización de los otros dos personajes y en su lugar actancial: el crítico es un mulato homosexual oportunista, que no pierde la más mínima ocasión para sacar provecho de la desdicha del otro; la mujer se limita no más a saciar el apetito sexual de la estrella, así como a acentuar su grandeza artística.

¿Por qué el crítico no es solo envidioso, sino un homosexual rendido ante los encantos de un macho orgulloso de sí, adorado por una cámara que favorece su aura masculina de artista resuelto? Una única escena es lo suficiente elocuente para revelar la fuerte política de exclusión del filme: la muchacha, convencida de sus encantos de hembra, va a casa del crítico a pedirle dinero, porque el músico —aun siendo todo lo exitoso que es— ha caído en total desgracia; ella está dispuesta a realizarle una felación, él no se lo permite, pero antes deja que se arrodille y le baje los pantalones. Cualquier humillación es poca por salvar a su amado. Pero el crítico, perverso al fin, homosexual torcido, interesado solo en el reconocimiento que le puede reportar poseer las partituras inéditas del compositor, insiste en negociarlas con una disquera. Ella cambia su actitud de inmediato, lista siempre para defender y proteger a su semental talentoso: le grita que es un frustrado, dependiente del éxito ajeno, manipulador; él responde que ella no es menos, una esposa incapaz, que vivirá más tarde de las glorias pasadas de su marido. Ambos personajes recitan a voz en cuello la visión con que “Contrabajo con arco” los focaliza en tanto identidades laterales.

Mas el final completa la lectura al respecto: muerto el músico, la mujer lleva consigo, en un cuarto de hotel, una carpeta donde están los papeles que certifican la venta de las partituras; el crítico, se escucha por radio, presenta su biografía del músico durante la inauguración de un evento homenaje que lleva su nombre. De esta forma, el artista deviene un héroe que cayó en desgracia y murió a consecuencia de la ineptitud de su compañera y la ponzoña de un crítico homosexual arribista. Los cuales ahora, sin culpa alguna, viven felices gracias a él.

Me interesa reparar, más allá de la superficialidad y puerilidad con que se concibió el esquema dramático y los personajes de Club de Jazz —puro estereotipo todos, individuos sin matices—, en cómo la cinta, tras su pretensión de abordar la envidia, acabó por satanizar a sujetos marcados por identidades preteridas por la historia cultural.

Ninguno de los cuentos llega a ser tan demonizador del otro como el tercero, en la medida en que hace evidente, explicita, el espíritu de exclusión e intolerancia del filme. “Piano solo” nos coloca ante la aciaga historia de un joven católico del interior del país que goza de un talento abrumador para el piano. Ya en su caso mismo, héroe del relato, el diseño caracterológico resulta turbador. También es un genio, pero no drogadicto como el anterior, pues en su caso la mano de Dios lo salva. Creció consagrado al señor. Sin embargo, es un hombre encantador, sexualmente voraz, incontenible. Por tal razón, el cura de la iglesia le pide a su padre que lo saque del pueblo. Se ha enamorado con pasión de una joven que puede extraviar su camino. Otro personaje que viene a ilustrar la pobreza ética de la película: luego de salir en una ardorosa escena de sexo y correr al lado del tren para despedir a su ser amado cuando abandona el pueblo, la historia la olvida por completo. ¿Qué papel jugaba en el relato? Ninguno, más allá de ser la culpable del posible extravío del talentoso pianista y de distinguir su encantadora potencia sexual.

Cuando este joven destinado a triunfar llega a la capital —estamos a inicios del presente siglo—, todo el mundo cae rendido a sus pies. De inmediato comienza a cosechar éxitos, se ‘echa’ al bolsillo una rubia despampanante que solo está para servirle y se gana la enemistad del pianista de turno. Este último, un tipo de indudable prestigio, de una posición económica privilegiada, no puede permitir por ningún motivo que un iniciado se interponga en su camino. La envidia lo corroe, aunque no se sabe bien por qué, aquí las cosas jamás se justifican.

Mas no llama tanto la atención el enfrentamiento entre ambos artistas, sino el trasfondo sobre el que se coloca: el joven no sale de la iglesia, tampoco sus padres; el otro, entre tanto, es practicante de una religión afrocubana, no bien precisada por el filme. En ese contrapunteo, los parlamentos y la actitud del católico son de absoluta benevolencia, solo pide luz y claridad en su camino; el otro, al contrario, es envidioso, actúa de mala fe y pretende tronchar el camino del joven a toda costa. Solo para lograr tal propósito orienta sus cultos y ritos religiosos. Al final —a estas alturas a nadie le debe sorprender—, el joven termina derrotado, mientras el viejo pianista continúa con sus logros, ha prolongado su posición.

Lo que resulta preocupante, nuevamente, es que la película termina culpando a las religiones afrocubanas del fracaso del católico. O sea, la ideología instrumentada por “Piano solo” dice, alto y claro, que quienes practican este tipo de culto son personas perversas, pues utilizan sus creencias para el mal, para ascender en la escala social y dañar a quien pueda interponerse en su camino —idea acentuada por los fragmentos de imágenes donde aparece un negro endemoniado lanzando fuego por la boca. Y al plantear esto, por supuesto que cubre de un velo de gloria a la Iglesia, a la cual mira como víctima de la maldad de los practicantes del palo monte o la santería.

Club de Jazz es una película reaccionaria. Su acercamiento frívolo al mundo de las relaciones interpersonales –puesto que jamás la película intenta comprender el mundo interior, la psicología o las emociones de ningún personaje– está planteado desde una penosa y ofensiva concepción de los seres humanos. Después de tantas valoraciones en torno a la envidia (desde la religión, la filosofía, el psicoanálisis y el arte), el enfoque de Insausti pretende justificarse con una noción artificial e ingenua. (2018)

Un comentario

  1. Azucena Plasencia

    Bien por Ángel: ¡lo mejor es el poster! ¿Por qué no dicen quien fue el artista gráfico?

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.