Anorexia (sobre El techo, de Patricia Ramos)

Una aproximación al más reciente estreno público del cine cubano: la ópera prima de Patricia Ramos, El techo.

Patricia Ramos, con sus actores, durante el rodaje de la película El Techo.

Foto: Tomada de www.oncubamagazine

Sin llegar a ser una comedia plagada de anécdotas insustanciales e interesada solo en el chiste de superficie —registro que es ya tradición estética entre nosotros—, El techo, largometraje dirigido por Patricia Ramos en 2016, opera con una perspectiva de la realidad a la que alude, como mínimo, demasiado externa. A ciencia cierta, no sabemos si pretende penetrar el plano referencial que el relato observa, si lo quiere tomar por pretexto para lubricar una determinada textura cinematográfica, o si aguarda por un diálogo entre ambas proposiciones.

El cine cubano siempre ha sido víctima de su abrumadora propensión a la indagación y la crítica social: necesidad comunicativa que ha diferido, y aplaza todavía hoy, el despliegue de un espíritu de experimentación capaz de potenciar las posibilidades del lenguaje fílmico. Ahora que muchos jóvenes realizadores apuntan hacia una mayor autonomía en lo específicamente cinematográfico, preocupados por códigos más universales —sin que eso implique una renuncia a explorar las ordenaciones de la sociedad actual—, El techo, desde un registro bastante mínimal y lejos de cualquier marca de trascendentalismo, apuesta por una narración en tono de comedia, género que ha sufrido las peores agresiones por parte de nuestra crítica. Y no está mal su inclinación por dicha pronunciación, ciertamente. Máxime, cuando intenta acercarse por esta vía a una de las zonas más determinantes de la Cuba contemporánea, en un momento en que el país ensaya modificaciones de toda índole.

La película se aproxima a la cotidianidad de tres individuos para registrar el estado existencial de un sector extendido de la juventud en la isla y, a su vez, nos habla del ánimo que recorre a una generación completa de cubanos. Antes que el retrato de su participación directa en la dinámica social, el interés es focalizar a esos personajes desde el marco de sus conflictos y aspiraciones personales, con la finalidad de hacer emerger su mundo de ilusiones y su subjetividad. Entre la parábola y el testimonio, El techo se aventura sobre una realidad compleja, de múltiples implicaciones morales, económicas e ideológicas. Al menos en Cuba, donde el nervio de lo real determina tanto el estado emocional de la gente —a tal punto que ninguna empresa creativa logra renunciar a su impacto en el imaginario y la psicología colectiva—, se vuelve imposible interpretar el filme sin contrastarlo con el ámbito social referido por la representación, más cuando el principio analógico del cine pesa tanto sobre la conciencia de recepción.

Poster de El Techo.

Foto: Tomada de IMDB

Aunque divertida y arriesgada en su tesis, el alcance conceptual de El techo se obstruye por la ligereza en el desarrollo argumental, el modo en cómo se cumplen las peripecias en función de hacer avanzar el relato, no con el objetivo de potenciar el discurso; por la instrumentación de un recorrido dramático que prioriza el progreso de la historial puntual y no la solidez de la estructura profunda. Todo ello atenta contra su capacidad de inserción en la vida y psicología de esos jóvenes[1].

El retrato de Patricia, la arquitectura de su historia, advierte el problema desde su costado más blando. En verdad, la ideología de la cinta es válida: aun en medio del vacío existencial, en las circunstancias sociales y económicas más difíciles, no tenemos por qué renunciar a la esperanza de una vida mejor. Pero, visto el coro de personajes priorizados por la autora y el entorno cívico donde se emplaza la fábula —un barrio de Centro Habana—, no podemos menos que preguntar por la crisis actual que experimenta la ética y el proyecto de nación cubano, como consecuencia de las dificultades financieras atravesadas por el país.

El inconveniente de la película reside en la simpleza con que se representa el referente. O mejor, en la ambigüedad del punto de vista. El cubano se las arregla para disfrutar bajo cualquier circunstancia; pero, al menos los jóvenes, los del siglo XXI, aguardan con desesperación por una vida de mejor solvencia y sin tantos obstáculos financieros. Este asunto ha trastornado los modos de vida y las expectativas existenciales a niveles alarmantes. La trágica realidad que han debido afrontar desde la irrupción del denominado, eufemísticamente, “periodo especial” hasta hoy, los ha colocado a lo largo de estos años en un estado de suspensión histórica capaz de modificar su psicología e imaginario.

Entonces, esa mirada a la marginalidad existencial de cierta juventud y sus conflictos éticos ante las imposiciones de la Cuba actual, el registro en lo dramático de sus expectativas por salir adelante en medio de tan duras circunstancias, se resiente desde la concepción misma del guion. La articulación de los conflictos individuales se subordina al recorrido dramático y la garantía genérica de la fábula. Incluso la caracterización de los personajes está resuelta de “sopetón”, la película no se decide a equilibrar entre psicología y comportamiento. Concentrada en la historia narrada, en las acciones físicas, en la efectividad de la anécdota y las situaciones, se olvida del perfil interior y los conflictos emocionales, los cuales pasan a un segundo plano, aunque amagan por ser centro de la narración todo el tiempo.

Jonathan Navarro, Enmanuel Galban y Andrea Doimeadios, tres jóvenes intérpretes de El Techo.

Foto: Tomada de www.oncubamagazine

Jonathan Navarro, por ejemplo, no obstante su hilarante interpretación, parece estar en escena solo para hacernos reír (y lo logra con creces). Se pasa la película recitando parlamentos, indudablemente ingeniosos, pero sin ninguna resonancia dramática. Por otro lado, la pueril relación amorosa entre los roles de Andrea Doimeadios y Enmanuel Galbán reduce la cinta a “la nada cotidiana”: no hay progresión ni justificación sólida de las reacciones y la conducta, las cosas pasan porque lo dicta el guion, quien lo justifica todo. Luego, ciertas situaciones no logran insertarse con coherencia y estan ahí para motivar la carcajada, nada más, como la del padre que no quiere levantarse de la cama para no gastar el dinero: esos son chistes de poca monta.

Todavía en sentido estrictamente cinematográfico es una pieza bien filmada. El techo es un ejemplo de algo que se ha constatado en el cine cubano de los últimos años —partícipe de una praxis social más oxigenada, que no ciñe la producción a los estrechos cercos de ICAIC—: una progresiva preocupación por la factura, en un contexto donde la expresión ha sido víctima, muchas veces, de la indiferencia sintáctica. No solo por la calidad de imagen, la certeza del naturalismo fotográfico y del montaje a efectos del tono priorizado por la narración, la contemporaneidad de los créditos y la eficacia con que la música acompaña algunas secuencias, sino por la capacidad con que maneja los códigos de la comedia.

La comedia es un género resbaladizo: a pesar de sus concesiones, en este caso la construcción despunta por rechazar una habitual retórica que acentúa, a costa de cualquier precio, el cubaneo cívico desde una superfluidad penosa. No hay regodeo en la miseria, ni prostitución de las circunstancias. Los directores cubanos suelen viajar de forma radical de la comedia al melodrama. Patricia, al contrario, pretende contarnos las grietas, las expectativas y los sueños en la vida de estos jóvenes desde una visualidad y una puesta en escena sin subrayados ridículos. Si bien incurre en determinados elementos de folklore turístico, la trascendencia y el exceso que acompaña a nuestras cintas, en lo relativo al reflejo del entorno, está positivamente rebajado. Hay que agradecer la ausencia de esos acentos gramaticales que dejan caer sobre la imagen todo el peso de la isla.

A pesar de sus contradicciones, El techo no quiere renunciar a la meditación y llega a divertirnos, sin dudas. Pero, por esta vez, el discurso fue presa del progreso físico del relato. (2017)

Notas:
[1] El plano con que se despide la película, suerte de acentuación del punto de vista, no me convence en lo absoluto: la pareja de amantes protagónicos, abrazados con ternura en la azotea, contemplan una puesta de sol, felices por sobre las dificultades que la realidad impone. Será siempre la perspectiva autoral, pero esta escena —resuelta en un tono pasional próximo al kitsch— en muy poca medida alcanza a describir la posición existencial de esa juventud que busca retratar: la misma que se halla suspendida en medio de una realidad que atenta contra su mundo de valores y principios éticos.

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