Carmela de todos

Entrevista a la actriz Alina Rodríguez, una de las protagonistas del más reciente estreno del cine cubano, Conducta.

Cuando el caminante de aceras se coloca frente a una sala de cine por estos días y al levantar la vista acerca Conducta a su campo visual, replantea la marcha y consigue en la discutida oscuridad tomar una butaca. Si el transeúnte resulta cubano y es el que se aproxima –reitero- a una cinta como Conducta, con el mérito de espantar –a golpe de sismo- la abulia padecida en incluso cinéfilos, no caben dudas, está asistiendo a una nueva plaza de (re)presentación de la tan cinematografiada vida nacional. Lo que pretendemos saber de nosotros no le interesa a la película referirlo como nuevo; sin embargo, lo instala, tratamiento mediante, como novedoso. Cinta con la cual su director, Daranas, logra tirar acaso de los hechos más quirúrgicos de una sociedad: las cicatrices de la marginalidad, el nefasto calado del burocratismo, la inercia humana. Y el quirófano es el terreno de una clase donde se fecunda la semilla, efecto de ese detritus, pero donde también intenta corregir el tiro una maestra. Ahí está el revulsivo, en el dulce pero difícil arte de hornear el pan de la enseñanza.

Alina Rodríguez encarna la fe de un niño, pero además el pasado de cualquier educando y el futuro, piedra a piedra, de la nación. Acorazada con canas y terminaciones cortas de cabellos, vestiduras cuasi monacales y rostro de surcos vitales, se opone a miserias más agudas que las económicas y a sus propagadores. Cuando “leemos” Conducta nos empieza a doler el pellizco, el callo de la escritura y la pantorrilla que amasó una regla justiciera. Recordamos que de ese dolor nació nuestro amor y, negarlo, es perder la confianza en el mejoramiento humano que propone el maestro. Conducta podría llamarse Carmela, pero no le pertenecería a Alina. Atañe ya a todos los que amamos el cine cubano.

En Conducta, eres Carmela. Además del reto que representó ser una maestra prácticamente madre de un niño complejo, dabas vida a una mujer al borde de la jubilación, ¿de qué recursos echaste mano para la construcción de este personaje en apariencia crepuscular?

Cuando leí el guión, lo primero que vi en ese personaje es la humanidad que tenía Carmela. Ese sentido de la verdad, de unos principios bien claros ante la vida, de defender lo que ella creía positivo sin importarle el resto de la gente, de defender a esos niños que los ama por encima de todo. Me pasó lo mismo, un poco, cuando leí el primer capítulo de Tierra Brava, donde entra también a jugar la intuición del actor. Tú sientes que hay algo ahí y dices: “ay, esto sí, lo puedo hacer” porque, desde que te estás leyendo el guión, ya el guión te conmovió. Y con Carmela me pasó eso. “Me parece que lo que tengo en las manos es algo que puede funcionar”. Yo nunca había trabajado con Daranas. A él lo conocía de vista y, cuando me llamó, por supuesto, salí corriendo hacia él, muriéndome del miedo. Qué pasa, a mí me llaman para Carmela y no había otra actriz para hacer el personaje. Sin embargo, había casting para otros personajes. Participé de todos los procesos, pero tenía internamente la sensación de que a mí me estaban calibrando en cada ensayo sin decírmelo. Y eso pasó con otros actores –que también lo sintieron- con los que estuve conversando. Uno sentía que estaba a prueba. Hasta que ya se acercaba la filmación y dije: “bueno, si no me han dicho nada es porque ya estoy: Alina es Carmela”. Todo fue pasando hasta que llegó también la prueba de vestuario. “Se supone que voy a ser yo, no van a decir después que no”. Esa situación la tuve siempre con Daranas. Él no es hombre que hable demasiado. Es más pausado, más cauto. Te da la impresión de que va con una gran lentitud, pero no. Él va por el camino mirando todo lo que quiere y le interesa. Así empezó mi aventura con Conducta y con Daranas.

¿Cuáles son los nexos de unión de Carmela con la realidad?

Hay algo que a mí me pasa con Carmela, pues ella simboliza no solo la maestra –ya mirándola desde afuera-, para mí Carmela simboliza toda la gente que ha trabajado muchísimo, que se ha esforzado, que quiere hacer las cosas bien, que está en contra de dogmatismos, de todo lo que está a su alrededor que pueda entorpecer. Para mí eso simboliza Carmela. Da la casualidad, según me comentó Daranas, que hay una maestra llamada Carmela que trabaja en La Habana Vieja y fue educadora de un hijo suyo, pero mi Carmela también es un poco de otras maestras que ha tenido Daranas. Él la construye –me atrevo a decir- a partir de varias Carmelas, de experiencias que él ha tenido con otras maestras. Un día me llevan a ver a la Carmela real. Cuando llegamos, ella estaba dando una clase y pasamos escurridizas por atrás. Me estaba acompañando Mariela López (Mariela había trabajado mucho con los niños, sobre todo, pero también con los actores en general. Pienso que Mariela fue un puntal que Daranas tenía seguro). Nos escurrimos y nos sentamos calladitos para que ella terminara la clase que estaba dando y porque, además, disfrutábamos observarla. Ver a una mujer de casi mi edad impartiendo clases. Casi mi edad porque creo que soy dos años mayor que ella, no estoy segura, pero está por ahí. Era lo mismo que yo había visto en la escuela, el mismo estilo de clases, todo. Y, efectivamente, cuando terminó, ella vino junto a nosotras y comenzamos a hablar. De buenas a primeras todo aquello que yo viví en el pasado lo empecé a recordar. Yo tuve una maestra de sexto grado que se llamaba Hilda Elisa, ya muerta, por supuesto, de la cual tomé muchas cosas. Yo la recuerdo bastante. Era una maestra normalista, excelente porque no solo instruía, sino porque te educaba. Y ahí es donde está la historia de Carmela. Es la historia de una Carmela que enseña a los niños a pensar, a reflexionar con sus palabras, con sus criterios. Todavía estoy en ascuas pensando en cómo la gente lo irá a recibir. Estoy asustada.

¿Hubieras pactado con la realidad –de ser tu realidad- de la misma manera que lo hizo Carmela en la cinta?

Si fuera mi vida… En ocasiones peco por decir cosas que la gente se calla y los que están alrededor mío dirán: “se pasó, no tenía que decirlo, ahora no es el momento”. Pero nunca es el momento para decir algo. La gente se va por ahí. He tenido que aprender a controlarme mucho en la vida porque no siempre, cada vez que uno dice algo, cae bien; mas sí digo las cosas de frente. En sentido general yo sí suelo decirlas. No soy igual a Carmela. Hay muchas diferencias entre nosotras. No creo haber tenido tanta contención y diplomacia en la vida. No lo creo. Depende de las situaciones. El ser humano pasa por cada momento que a veces tiene que controlarse. Uno tiene que estar viendo qué terreno pisa. Por lo general yo soy una mujer más “hacia afuera”, más apasionada. No las pienso demasiado.

¿Cómo te toca el asunto de la niñez traumada para el caso de Chala? ¿Y el de la marginalidad en Cuba?

A veces estamos alejados de todo eso. Y no es lo mismo que a ti te cuenten algo a que tú lo veas, lo vivas. Yo nunca he tenido ese entorno, ni me ha tocado de cerca ese tipo de situaciones, aunque conozca de su existencia. Pero cuando una empieza a ver las historias de esos niños es cuando una dice que no son ni tan ficticias, ni tan reales, pero sí son, porque ahí están. Es terrible darse cuenta de que eso existe. Yo pienso que no es solo culpa del Estado. Es un sinnúmero de situaciones las que están actuando sobre esa problemática, y no solamente en La Habana Vieja, sabemos que hay otros barrios. Que aquí se ha hecho mucho, eso no se puede negar tampoco. Y el Estado está continuamente preocupado, pero no dejan de ser situaciones muy duras porque son niños pequeños que van creciendo en esa circunstancia, que se van a ir desarrollando en ese medio. Son las generaciones de Cuba, son las generaciones que vienen después de nosotros y sin una Carmela, seguramente, se van a criminalizar. Hay una frase en la película que yo tengo con el director de la escuela marginal, que lo interpreta Cao, que es: “Tú no fuiste mejor que Chala”. Fíjate en esa sola frase cuánto hay. Él fue igual marginal y, si no se hubieran preocupado por él, estuviera en una escuela de conducta y hubiera sido alguien descarriado… Fue un guión muy cuidado, muy estudiado. ¡Cada palabra que se dice ahí encierra tantas cosas! Es lo que yo te digo: cuando el actor tiene un guión así, cuando tiene un director como Daranas, la película puede tener errores, pero a uno como actor le satisface muchísimo porque tú sientes que has hecho algo, que si no es excelente, por lo menos vale la pena.

¿Qué estrategia pusiste en práctica para lograr una feliz química actoral con el niño Armando Valdés Freire que interpreta a Chala, toda vez que provenía de “una situación de calle” capaz de generar una zona documental en la película, más allá de la ficción perseguida?

Armando es un niño muy receptivo, muy sensible. Él establece una comunicación fácil y la estableció con todos nosotros, además, por el tiempo que estuvo trabajando, igual que el resto de los niños. Ellos estuvieron antes de que empezáramos la filmación de la película y se integraron muy bien a la gente que intervenía. Ensayaban natación… Ese clima fue muy propicio para que los niños se lanzaran sin miedo. Cada escena la ensayaban una y otra vez. Tuvieron relación con todos los actores, o sea, que la comunicación se estableció eficazmente. Yo, en sentido general, siempre me llevé bien con ellos. Lo que pasa es que cuando uno actúa con niños, siente temor siempre porque son muy espontáneos, naturales. Entonces, cuando miras para el lado, dices: “¡Dios mío!” porque sí, no te creas, es complicado. Pero siempre fue muy bueno todo. No fue nada mal.

¿Qué placeres no revelados brotaron de las filmaciones de Conducta? ¿Algunas “manchas solares” también derivadas del proceso de rodaje que nos quieras compartir?

De retos, todo lo que te he contado con el personaje. Cuando lees el guión, tú dices: “Este personaje yo interiormente lo siento”, pero a la hora de interpretarlo, de devolverlo, ahí es donde están las cosas difíciles. Y manchas, yo te voy a decir algo. Uno está ya tan acostumbrado –no siempre, pero la mayor parte sí- a trabajar con tantos problemas alrededor, no personales, sino los que siempre están presentes en los procesos de filmación. Si tomo en cuenta eso, la película fue una maravilla porque toda la gente estuvo puesta para ella. Cada uno hacía lo que tenía que hacer. Si alguno no cumplió, yo no me enteré como actriz porque siempre se trató de crearle las condiciones al actor para que trabajara con comodidad. Todo se ejecutó milimétricamente. ¿Dificultades? Imagínate, tú sabes que aquí en Cuba se trabaja con dificultades: filmamos en una casa que, para llegar a ella, había que subir cuatro pisos. La casa de Carmela creo que quedaba a dos o tres pisos, pero eso era parte del trabajo. Fue la locación que se encontró, la idónea, y no cuenta como una dificultad. Pero, en sentido general, el tiempo que pasamos filmando la película fue bueno y fue, sobre todo, muy agradable. Se trabajó con mucha tranquilidad, con mucha familiaridad.

¿Carmela es una maestra de estos días? Es decir, ¿pudiera hallarse en su mocedad frente a un claustro cubano o probablemente se encuentre al borde la jubilación –como muestra la película- o más alejada aún de las aulas por la baja remuneración del magisterio? ¿Quién es y dónde está Carmela en el aquí y el ahora de una sociedad cubana atravesada por una profunda crisis de valores?

Sí, perfectamente es una maestra de estos tiempos. Creo que por ahí sí hay Carmelas todavía. No tienen que ser normalistas, ni Makarenkos. Yo me refería a las normalistas y las Makarenkos porque fue la época que conocí, pero hay muchas buenas maestras que no son ni normalistas, ni Makarenkos, que son como Carmela, y hay jóvenes que están despuntando como ella. Que no tienen que ser exactamente iguales a Carmela. Hay nuevas generaciones que tienen su estilo propio. En esencia sí deben ser cultas. Eso es a lo que aspiramos. Y ahí está Varela, José de la Luz y Caballero y toda esa pléyade que forma parte de nuestra historia. El pensamiento de ellos está ahí. Está en Carmela. Entonces de verdad, te lo digo, es una pena que eso se pierda… Lo que tenemos que hacer es que todas esas Carmelas prevalezcan por encima de las que no son así.

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