Cuba Libre: La infancia de Simón y Samuel

La película cubre una deuda del cine nacional de corte histórico con el público cubano.

Casi puede afirmarse de manera absoluta que, antes de la cinta Cuba Libre (Jorge Luis Sánchez, 2015), solo el seriado Más se perdió en Cuba (1995), de Juan Padrón, se había acercado desde los predios del audiovisual criollo a un período histórico tan complejo, ambivalente y definitorio para el futuro inmediato del país como fue la Guerra hispano-cubano-norteamericana. Ya de por sí, es este un innegable mérito.

La desafortunada torsión dramatúrgica que en el animado referido llevó a Elpidio Valdés a zanjar tendenciosa y maniquea alianza con los españoles contra las tropas invasoras estadounidenses, se vio bastante suavizada por las intenciones palpables del director de Un pedazo de mí de desarrollar un relato algo más complejo y matizado, a relativo resguardo de posturas demasiado extremas.

Sobre todo hacia la primera mitad de la cinta se otorga prevalencia al punto de vista de dos niños, Simón (Alejandro Guerrero) y Samuel (Christian Sánchez), cuyas pubertades coinciden simbólicamente —las intenciones simbólicas del realizador han sido una y otra vez subrayadas por este en las presentaciones del filme— con el quebranto (¿desvirgue?) del ideal independentista, hasta ese momento indetenible. Se microlocalizan las acciones en un poblado cubano rural y humilde, que termina resultando zona fronteriza de leve tolerancia y tenso diálogo entre las fuerzas mambisas y de la Unión. Salvando grandes distancias, sigue los pasos de Juan Carlos Tabío, quien en su El elefante y la bicicleta (1994) también había resumido a Cuba en el mínimo asentamiento de La Fe.

Sobre los indiscutibles protagonistas de este segmento inicial, cuya relación amistosa se desarrolla y consolida desde los presupuestos conflictuales-camaraderiles del buddy film de niños (¿Tom y Huck?), se ciernen las presiones del remanente colonial, decadente y retrógrado hasta la perversidad más supina de la maestra Doña Alfonsa (Isabel Santos) y el párroco católico Gabriel (Manuel Porto), dueto tan vil y mezquino que poco o nada dejan, desde sus “dimensiones simbólicas”, a la opción de los públicos. Educación e Iglesia católica del momento son de plano juzgados, condenados y expulsados del templo perceptual a puro latigazo. Así como de brusco resulta el abandono de que son víctimas ambos personajes negativos, cuando irrumpen en la palestra los bandos en conflictiva alianza, hasta su casi total supresión del panorama, y la consecuente interrupción del decursar de las historias particulares desarrolladas hasta el momento.

No tan violentamente, pero Simón y Samuel igualmente sufren una reducción sensible de su preeminencia casi absoluta en esta segunda mitad del relato, donde se abandonan las sutilezas y el tono sugestivo mantenido hasta el momento —demarcada la percepción de los públicos por la de los personajes infantiles.

Quizás la confesa relación emotiva que Sánchez guarda por acontecimientos que involucraron a su bisabuelo Simeón Armenteros, militar mambí implicado en los hechos recreados, a la vez que dota al filme de una sincera intensidad, afecta desde el mismo tuétano del guión las jerarquías dramatúrgicas. Se enfatiza con gran fuerza en el personaje del coronel José María Armenteros (Adael Rosales), que a su vez es suma de las fuerzas independentistas cubanas, así como el coronel interpretado por Jo Adrian Haavind resume las esencias estadounidenses, en contraste, eso sí, con sus tropas menores, reclutadas entre las comunidades africano-americanas. En este carácter noble solo reservado a los personajes “de color”, coincide Sánchez con Padrón, a través del tiempo y no sé hasta qué punto de manera consciente, excluyendo a los “blancos” estadounidenses de cualquier posible matiz benigno.

Dos tramas transcurren entonces de manera paralela en Cuba Libre: la brega entre los poderes reales encarnados por los adultos y la repercusión de las circunstancias en los dos niños, quienes remontan las dimensiones “simbólicas” para encarnar el dualismo (algo maniqueo) del pueblo cubano, ubicado entonces (¿y ahora?) ante la encrucijada de abrazar a los invasores (Samuel) o resistirlos (Simón). Y claro que esto saja sensiblemente la matriz popular hasta la enemistad. Mientras, no dejan de fraguarse pactos oportunistas entre el párroco ladino y los estadounidenses. No pocos oficiales mambises ceden en su intransigencia, agotados por las calamidades de la lucha y seducidos por las oportunidades de triunfo personal. El pueblo, simbolizado por los niños protagónicos, se ve tentado, traicionado y burlado por el nuevo poder.

Cuba Libre pasa, de un minuto a otro, de ser una fábula minimal, signada por la mirada infantil e impoluta —con todas las posibilidades discursivas que el niño ofrece para deconstruir la guerra, la violencia política y la historia por extensión, con cintas como las soviéticas La infancia de Iván (Andrei Trakovski, 1962), Ven y mira (Elem Klímov, 1985) y la argentina Kamchatka (Marcelo Piñeyro, 2002)— que va descubriendo e intuyendo un contexto terrible, a una cinta de aires corales, afectada por esta casi mutación narrativo-discursiva donde todas las piezas luchan por su respeto en el tablero, complejizado de sopetón.

No deja de lucir el filme una dirección de arte comedida, sin estridencias que sobrepasaran las posibilidades reales de reproducción epocal y fidelidad histórica, así como una dirección actoral digna, pero con fallos apreciables, como la farsesca encarnación de Porto, apuesta siempre segura que se vio resentida por un registro forzado. La Santos sí trasciende el riesgo del acartonamiento villanesco, con una interpretación que no pocos guiños parece hacerle a la antológica doña Teresa que interpretó Verónica Lynn para la telenovela Sol de batey (Eduardo Moya y Roberto Garriga, 1985). Pero se ve abducida del panorama cuando más interés acusa su historia, para reaparecer hacia las conclusiones, ya sin oportunidad de recuperar su estatus dramático. El cuadro protagónico se sostiene bastante por su parte. Alejandro y Christian no se quiebran, así como Rosales y Haavind resultan decorosos, a veces un tanto esquemáticos (que no planos), dados los conceptos de base que los definen como personajes.

Cuba Libre cubre, sin dudas, una deuda que el cine nacional de corte histórico decimonónico guardaba hacía tiempo, atemperando un tanto, con sus discretas virtudes, el mal sabor que cintas como Baraguá (José Massip, 1986) han ido dejando, claro que sin alcanzar el rasero creativo marcado por la sin par La primera carga al machete (Manuel Octavio Gómez, 1969), ya que escogió la narrativa clásica para desarrollar su tesis.

Un comentario

  1. Joshua

    Muy interasante el artículo, pero solo tienes un pequeño error y creo que tienes que verificar tus fuentes. El director absoluto de Sol de Batey fue Roberto Garriga y Eduardo Moya no tuvo ninguna participación.
    Este es sitio oficial de Roberto Garriga para más información. http://roberto-garriga.blogspot.com

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