Cuba roja: Mensaje al futuro

Una serie documental de Ismael Perdomo explora la historia del socialismo cubano.

Tomado de Cubacine

Fotograma de la serie.

Tenía que ocurrir. Las versiones acerca de la Historia de la Revolución Cubana han sido, por norma general, la Historia oficial. Esto, cuando semejante relato ha existido. Una norma de mucho tiempo fue que, por lo menos en los textos de la cultura artística, pero también en los resúmenes historiográficos acerca de diversas experiencias cubanas, pareciera que todo se detuviera en 1959. Los exámenes con carácter de balance y resumen de acontecimientos sucedidos en lo adelante escasean o adquieren el carácter de summa monolítica, sin matices ni mucho menos contradicciones.

Pero decía antes que tenía que ocurrir. Ismael Perdomo, un realizador cuyo trabajo junto a Santiago Álvarez lo curtió para que, a través de la década del noventa, desarrollara su propia obra documental, lleva años inmerso en la realización de una serie de cinco horas que resume el medio siglo de experiencia socialista cubana. Cuba roja es su título y este crítico ha podido ver los dos primeros capítulos, ambos terminados, preliminarmente, en 2010. Los últimos están en fase de finalización mientras escribo.

En el proemio de la primera entrega, la voz en off que puntea comentarios a través de la serie hace un apunte que opera como confesión del propósito del todo. Este declara: “Muchas son las críticas al proceso revolucionario cubano. La mayoría, contradictorias y debatibles. (…) En la isla, algunos por seguridad, comodidad o por error, consideran que no se debe hablar del presente ni analizar el pasado. Esperamos que el tiempo haya quitado poder a unos y a otros”.

Esta declaración indica sin disimulo la intención de los creadores: instalar un escenario de análisis distante de las polarizaciones políticas vigentes en el enfrentamiento histórico entre perspectivas acerca de cómo hacer el balance de la experiencia criolla de la segunda mitad del siglo XX. Y alejarse, consecuentemente, de las versiones oficiales, sancionadas por la reiteración y el consenso ordinario.

El punto de vista de Cuba roja quiere tomar distancia de sectarismos manifiestos, de partidismos flagrantes. Su trabajo expresivo se sitúa en una perspectiva que aspira a colocar la verdad histórica en un contexto privilegiado, donde se manifieste, a partir de un punto de vista que se identifica con Cuba socialista como proyecto viable, una visión compleja y matizada de los momentos más importantes del tránsito histórico nacional.

La perspectiva que menciono no es otra que la de las ciencias sociales. Cuba roja opera bajo el modelo expresivo típico del documental televisivo contemporáneo y de su antecesor ilustre, el documental expositivo cinematográfico. Su argumentación descansa, básicamente, en las declaraciones de varias figuras destacadas del pensamiento y la investigación cubanas actuales. Rostros como los de Isabel Monal, Eusebio Leal, Guillermo Martínez Heredia, Esteban Morales, Eduardo Torres Cuevas, Aurelio Alonso, Julio César Guanche, Eliades Acosta, Rafael Hernández, Juan Valdés Paz y de individuos vinculados en determinado momento a altas esferas de decisión política, como Ramón Sánchez Parodi, hablan desde lo vivido pero también desde lo pensado.

Esta apelación al llevado y traído talking head o cabeza parlante –uno de los recursos básicos de la puesta en escena documental, pero por eso mismo abusado y maltratado–, recibe no obstante un sabio tratamiento aquí. Además, las declaraciones de autoridad no son el grueso del material, pues alternan con textos dichos en off y con el uso dinámico de infografías, animación e imágenes históricas de archivo.

El peso narrativo de Cuba roja descansa en tales imágenes. Algunas de ellas son de carácter inédito y otras forman parte del patrimonio fílmico cubano, pues documentan acontecimientos centrales de la Historia reciente. Esas imágenes responden a la lógica motriz de toda la construcción de sentido de esta producción: son tratadas como objetos para el análisis, para escrutar las encrucijadas contextuales y las respuestas que estas se dio en su momento.

Acaso el más equilibrado uso que del archivo hace Cuba roja radique en colocar bajo un enfoque reflexivo esa entidad acabada, terminante y absoluta que tienen las imágenes históricas. Ello, en virtud de una corriente de estructuras que las invaden y deconstruyen. La infografía, por ejemplo, sirve para navegar fotografías de prensa o titulares impresos, subrayando convenientemente aquello que se desea destacar o enfatizando la versión oficial de un tema. La animación, por su lado, permite “comprimir” sentido; o sea, ofrecer interpretaciones icónicas de valor alegórico de los sucesos.

Me explico: cuando se trata de explicar la aproximación definitiva entre Cuba y la extinta URSS, se ofrecen las declaraciones oficiales y los gestos públicos, acompañados por apuntes de varios entrevistados. Pero el cierre definitivo es aquel urdido a través de la animación Flash de un mapamundi, donde se singulariza la enormidad geográfica de la potencia eurasiática. Desde ella despegan un puñado de cohetes que dibujan una parábola hasta la diminuta isla caribeña. Por el camino, los amenazantes misiles mutan a alegres Matrioshkas, que se descabezan al tocar tierra. De su interior brotan entonces camiones, jeeps, autos Ladas, embalajes contenedores de multitud de televisores Krim 218 en cuyas pantallas el lobo amenaza a la liebre: “¡Me las pagarás!”, en un fragmento inseparable para el imaginario de mi generación de eso que hoy la ostalgie caribeña denomina “muñequitos rusos”.

Esta lógica gráfica sostiene la argumentación incluso allí donde se impone un orden menos imaginativo. Así, en el encabezado de cada capítulo –cada uno abarca un decenio histórico-, al ofrecer una sinopsis de la década de la revolución socialista cubana que se quiere resumir, se ofrece además el contexto internacional de tal periodo. En breve segundos, la animación ofrece un sumario de los sucesos mundiales que marcaron el itinerario político, cultural y social de la Humanidad. Lo hace bajo un criterio de síntesis tan loable como atinado.

Todo lo anterior tributa al necesario trabajo de resumen a que está obligado un proyecto como este. Una síntesis que aspira a condensar, sin comprometer la claridad de un material denso y complejo, prolijo y lleno de aspectos conflictivos. El volumen de contenido argumental es precisamente el enemigo más tenaz de este proyecto; por instantes, el encabalgamiento del flujo de información visual y aural dificulta la recepción.

Pero esta faena no se hace sin desdorar el atractivo narrativo y la dinámica expositiva de la puesta general. Cuba roja posee un valor extra como complemento del trabajo de la historiografía académica en la forma de un compendio dúctil y entretenido. La Historia reciente de Cuba acaba siendo tratada como un recorrido a través de núcleos de alto contenido dramático, fuerte peso emocional y giros inesperados.

Cuba roja posee un valor extra: habla al futuro. En vez de hacer un cotejo arqueológico de la experiencia histórica (un poco a la manera de Cuba, caminos de Revolución (VV. AA.), una serie de la década pasada que tuviera parecido propósito, convierte el balance del pretérito en una explicación del presente y en una prefiguración de las trayectorias por venir. En ese sentido, es un material imprescindible para explicarnos entre cubanos –y revelar al otro que quiera escuchar- cómo hemos llegado a ser esto que somos.

Cuba roja debería encontrar su destino en los espectadores más jóvenes. Acaso en ellos piensan los guionistas Javier Casal, Luis Sexto y el propio Perdomo. Su uso como material de estudio en el claustro universitario, en las enseñanzas secundaria y preuniversitaria, más su difusión amplia –su formato televisivo la hace pasto fácil de cualquier parrilla de programación- deberían permitir que la reflexión en torno a la Historia sea vista no como una cuestión de obligatorio cumplimiento, sino como necesidad humana y como herramienta para la configuración de un imaginario compartido. Pues se está hablando del y al país. Es decir, a su gente.

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