Cuestión de síntomas

Temas extremos en el audiovisual cubano reciente.

Fotograma de la película

En un comentario anterior publicado en este espacio (que llevaba por título “Pronóstico del tiempo”), me dediqué a sugerir las tensiones que ahora mismo manifiesta el audiovisual cubano realizado por jóvenes.

Aprovechaba para hacerme pasar por pitoniso la recién celebrada Muestra Joven ICAIC, allí donde cada año se evidencia el desenfreno de una nueva generación de realizadores, de continuo renovada, que experimenta, explora, se equivoca y corre toda clase de riesgos buscando una voz propia, inconfundible.

Terminaba aquel comentario haciendo un largo análisis de Camionero (Sebastián Miló), el corto de ficción que resultó premiado entonces. Lo usé como ejemplo de algunas de las tendencias visibles en nuestro cortometraje de ficción reciente, sobre todo desde el punto de vista temático y genérico. Pero me quedé con picazón en los dedos. Por eso vuelvo a la carga.

Me refería entonces a la evidencia palpable de un buen grupo de cortos de ficción interesados en abordar temas extremos. Varios incluyen en sus relatos elementos vinculados con la violencia y la muerte. Muchos de ellos asumen conscientemente rasgos de cine de género, léase el noire, el thriller, la ciencia ficción o el fantástico. Lo cual es curioso de cara a los hábitos temáticos del cine cubano, en general inclinado hacia el realismo social y los conflictos psicológicos, y poco dado a mostrar situaciones extremas.

Un primer ejemplo es AM (Lala Miñoso), que se ambienta en un escenario de violencia urbana propio de la “mala vida” habanera. Se trata de un medio social donde imperan valores delincuenciales y sus protagonistas son proxenetas, prostitutas y travestis dibujados sin demasiado amor y mucho menos interés por sugerir redenciones o modelos heroicos, pues se trata de desplegar una anécdota que demuestre cómo el estereotipo de “macho duro” de la calle no es más que un disfraz.

El relato es directo, cargado de jerga, violencia, sexo explícito y estampas del bajo mundo, sin medias tintas ni excesos innecesarios. Pesa mucho aquí la cualidad documental que otorga emplear escenarios reales y personajes naturales. A pesar de deslizar como su centro dramático una fábula moral con rasgos de costumbrismo sucio, que refleja la doble moral del universo de apariencias en que prospera el lumpen, esta inmersión en ambientes de corrupción logra dibujar desde la ficción un ambiente social que no está en los medios de difusión cubanos, aunque sus rasgos se extienden ampliamente a la vida cotidiana nacional. No importa si su funcionamiento obedece a un determinismo mecanicista desde el punto de vista dramático: su valor como crónica social del tiempo presente vale el esfuerzo.

Entremos ahora al ruedo del cine de género. Nené (Isaul Ortega y Alejandro Gómez) opera a partir de códigos del cine de horror. En su anécdota, una madre mentalmente alienada por la muerte de su esposo, cuida el cadáver de su hijo recién nacido, al que arrulla y protege como su bien más preciado; unos vecinos curiosos que intentan ayudarla pagan con su vida el exceso de curiosidad.

 

Bebé comienza como una historia de misterio, ambientada en torno al enigmático caserón donde la madre insiste en permanecer encerrada, y deriva hacia una tragedia slasher, con mandobles y chorros de sangre. El universo extraño acaba transformándose en un ambiente de pesadilla, locura y muerte.

Las actuaciones son el mayor hándicap de Bebé, así como un criterio de montaje errático, que dificulta el manejo dosificado de las claves del relato. Mas, el ambiente sobrecogedor, la fabricación de una atmósfera ominosa, imprescindible para el impacto emocional del horror, es por mucho su mayor virtud.

También en Marcados (Milena Almira y Ernesto René), la administración del espacio escénico es sabia. Un paraje ruinoso a la orilla del mar sirve a los realizadores para hacer su versión de un cuento de los hermanos Arkadi y Boris Strugatski, célebres autores de la ciencia ficción soviética. Tres personajes entablan un diálogo interminable de alto peso filosófico acerca del mundo distópico en que habitan, pero la literariedad reinante es aliviado gracias a la dirección de arte y a un cuidadoso diseño de puesta en escena, más las correctas actuaciones y el excepcional trabajo fotográfico.

 

Retrato del joven náufrago (Adrián Replansky) también elabora un universo extraño, como fuera de este mundo, con un enigma como centro. Igualmente tres personajes animan una fábula de misterio a medio camino entre el horror y el fantástico. La dirección de arte y la puesta en escena son excelentes, consiguiendo administrar los presagios amargos que circundan este cosmos insólito.

Ambientada en el interior miserable de una casucha en un poblado de pescadores, bajo la perenne oscuridad nocturna, aquí la posproducción de imagen está altamente elaborada. La caracterización de personajes y actuaciones son bien destacables, aunque también Replansky peca de exceso de parlamentos.

Si en Marcados los realizadores ponen a sus personajes a decir diálogos imposibles por su complejidad y carga literaria, en este se deja descansar todo el peso dramático y de evolución del relato en lo que se dicen, de manera que el clímax demora y la acumulación de tensiones se aletarga y naufraga. En ambos cortos hay como una paradójica desconfianza en la capacidad expresiva y fuerza de sugerencia de la construcción visual, así como un doloroso desaprovechamiento del valor único que posee el diseño de atmósfera en el fantástico.

También limitaciones de guión hacen fracasar Pizza de jamón (Carlos Melián), que por otro lado es un relato bien urdido que, por el camino, pierde fuelle. Ahora estamos ante un juego temporal con sabor a distopía, que pone a interactuar a un grupo de personajes disfuncionales en el escenario urbano de la ciudad de Santiago de Cuba, mientras se celebra una hipotética Cumbre de Jefes de Estado.

Los realizadores crean una trama puzle, de subtramas paralelas, explotando los tiempos muertos, las elipsis narrativas y de sentido, y haciendo prosperar abundantes sobreentendidos que a menudo distraen o confunden al espectador. Melián persigue un tono entre gélido y desencantado, pero decide eludir ciertos énfasis que habrían hecho fluir mejor los conflictos de sus personajes. Pese a la deficiente escritura, en Pizza de jamón destaca la inclinación por trabajar sobre ambientes enrarecidos y anécdotas vinculadas a lo extraño, sin alejarse del todo de cierta aspiración a funcionar como contra-periodismo, o testimonio de la vida cotidiana, que se enfrenta al paradigma de orden y lógica que vierten los medios de difusión.

Acaso entre las obras más destacadas de esta tendencia esté Hacedor de lluvia (Maykel Jorge Pascual). Aquí un grupo de individuos, que ha sido convocado para conformar el elenco de una hipotética puesta de teatro, se reúne en un escenario a oscuras, aislados, donde intercambian sus sueños y temores. Hacia el final, los personajes resultan ser internos de un hospital psiquiátrico, recluidos en un pabellón donde uno de ellos ha conseguido convocarlos a deshacerse de sus miedos y a explorar su deseo de libertad desde el interior de sus mentes.

 

Hacedor de lluvia es una metáfora acerca de la búsqueda de un proyecto nuevo de sociabilidad en medio de un contexto enajenado, donde la utopía de un convenio humano sanador es imposible o se deshace. Se trata de una anécdota referida con dureza y candor, que elabora de maravilla el contraste entre ambos planos narrativos y muestra a un realizador con una personalidad muy fuerte.

Pascual trabaja con economía de medios y sostiene el misterio latente en la estructura de personajes como para arrastrar al espectador a una identificación asaeteada por la curiosidad, que redunda en un clímax soberbio, donde el criterio de puesta en escena y puesta en cámara se trastoca. Al fondo de esta pieza hay una reflexión sobre el destino humano. El tropo de la enajenación mental y la inversión de la lógica regente en los locos, tan abusada y convertida en cliché, encuentra aquí un abordaje original y, aunque atroz, no exento de poesía. La rebelión imposible de los enfermos es una amarga interpretación de las pulsiones irracionales que empujan al ser humano a buscar su realización más allá de los marcos de lo establecido.

Esta evidente inclinación por lo terrible, por la tematización de la locura, la violencia y la muerte no supone algo bueno o malo. No hay juicio de valor que hacer aquí. En todo caso, si se asume que los desplazamientos simbólicos que son las obras de arte alcanzan en el cine la probable figuración del inconsciente de una época, estamos ante un síntoma. Como se pone en evidencia también el interés de los realizadores cubanos por desandar otros caminos, ésos que nuestro audiovisual suele ignorar.

Mas, si se mira buena parte del largometraje de ficción reciente, aparecen rasgos que muestran muchas señales en esta misma dirección: el universo extraño y semi-abstracto de Verde verde (Enrique Pineda Barnet, 2011); la alegoría agridulce de Y sin embargo (Rudy Mora, 2012), que recrea una probable utopía; la ruptura inesperada del relato realista que hace Alfredo Ureta en La guarida del topo (2011), cuando su protagonista descubre la entrada a un enigmático túnel bajo una loseta floja en el piso de su habitación; la invasión zombi en Juan de los Muertos (Alejandro Brugués, 2011).

Si a ello agregamos el trabajo de subversión de los valores imperantes en las políticas de representación y manejo del canon audiovisual nacional, que por más de una década han emprendido en su obra Jorge Molina y Miguel Coyula, se hace evidente que nuestro cine no solamente cambia de tono. También decide explorar las pulsiones inconscientes y los bordes irracionales de su tiempo.

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