El cine resurge en la autonomía actual de sus autores

El cine pobre es cada día menos ingenuo o quimérico, pues de cierta manera se ha liberado de condicionantes impuestas por productores, instituciones o censores.

Jorge Luis Baños - IPS

El artista comienza a volar sin cadenas

Los cineastas del Tercer Mundo y muchos colegas de los países desarrollados han de arribar a esta segunda década del siglo XXI con válido optimismo. No es una utopía la liberación de los autores; es una realidad. Los múltiples elementos que hoy nos permiten disfrutar de este escenario consuman el hecho de que un nuevo cine está en germinación, no solo por la democratización de los medios de producción —sino por una nueva coyuntura creativa que se ofrece a los cineastas, ahora como nunca antes—, que facilita la independencia necesaria para que muchos autores sean capaces de llevar a buen término la obra que se gesta en sus entrañas, con muy pocos medios y mínima complejidad de producción.

El cine pobre es cada día menos ingenuo o quimérico, pues de cierta manera se ha liberado de condicionantes impuestas por productores, instituciones o censores, especialmente de los intereses de las majors. Pero ello no equivale a una independencia productiva real, sino más bien a una independencia psicológica, realista para quienes defiendan el cine de autor como alternativa personal y sean capaces de consagrarse, al menos en parte de su carrera, al arte y no al hibridismo que dictan las limitadas reglas del mercado del cine.

Tal como ocurrió hace más de una década, cuando nos impactaba el surgimiento de un deslumbrante cine uruguayo, aparecen continuamente, aunque dispersas, propuestas alternativas africanas de altísimo valor, así como el cine vietnamita o el tailandés hoy puede ser apreciado en las secciones competitivas de los más importantes festivales de cine. Filmes originalmente gestados con bajísimos presupuestos de rodaje, en su mayoría realizados con tecnología digital, arriban con excelente factura a los grandes festivales y comienzan a ser distribuidos asiduamente. Estas propuestas cinematográficas se imponen en los espacios alternativos emergentes, sea en Internet o en salas de arte surgidas con estos propósitos.

Y terminó el calvario de la espera

Una nueva generación de cineastas cubanos, al igual que sus compatriotas de muchísimos países, articula hoy su profesión, dado que pueden alternar la realización de excelentes proyectos con mínimos fondos, generalmente asalariados, con la batalla incansable y necesaria por lograr filmes de mayor complejidad de producción, más o menos artísticos, pero que les permitan ejercer la profesión escogida por ellos: la de cineastas.

A pesar de la excepcionalidad en nuestro continente que representó el surgimiento, impronta y consolidación del ICAIC en el cine de ficción, la gran mayoría de los cineastas —incluso Tomás Gutiérrez Alea en los ‘80 y Humberto Solás en los ‘90— fueron víctimas del siniestro que representó la larga y dolorosa espera que ocasionaba la total dependencia de una compleja y engorrosa estructura de producción, entremezclada con los “subjetivos” intereses y criterios de selección institucional; algo que en décadas pasadas representó el indispensable colchón para que un largometraje de ficción pudiera concretarse.

No se trata de formular una tesis inocente ni de desconocer que la culminación, difusión y distribución de los filmes sigue y seguirá siendo un gran reto para el cineasta. Pero el artista del cine se libera en nuestros días como otros lo habían hecho desde siempre —pintores, músicos, escritores o poetas—, y con esta liberación vive y renace la capacidad de reflejar el mundo circundante, las más auténticas preocupaciones. El artista comienza a volar sin cadenas.

El nuevo cine libertario

Como inicio de una nueva etapa asistimos, en esta segunda década del siglo XXI, al surgimiento de un nuevo cine que será mucho más independiente y que estará acompañado de nuevas y diversas relaciones de producción, pero cuya mayor singularidad se percibirá en la emancipación temática y en la variedad de propuestas artísticas. Se inicia la era en que, al igual que en otras manifestaciones del arte, el cine —al menos quienes auspicien un cine ético de autor—, habrá de adecuarse a las nuevas libertades de los cineastas. Por otra parte, las instituciones y distribuidoras, incitadas por este contexto competitivo, actualmente se ven obligadas a replantearse vetustas fórmulas de producción.

El cineasta es un artista y su proceso de inspiración-creatividad, cuando es auténtico, lleva implícito el germen de la profundización en lo humano y el calado en los conflictos de la sociedad contemporánea. El cine tomado en serio contribuye a la evolución de la sociedad, aunque ello implique una controversia continua con los sectores decisores.

La realidad del obvio resurgir de un nuevo cine en nuestros países, así como en los circuitos periféricos de las sociedades desarrolladas, anuncia una pronta eclosión que se caracteriza por tres aspectos fundamentales: la diversidad de estilos, la reformulación artística y el compromiso social.

¿A dónde vamos?

Esta es la interrogante que acompaña al incipiente anuncio de un nuevo cine pobre, libre y auténtico; es la pregunta que nos hacemos no solo al analizar el marco sociológico del cine contemporáneo, sino también de cara a las estrategias que pueden y deben ser implementadas para fomentar la profesionalidad, legalidad y protección de este importante ámbito cultural que se adelanta, en tanto redimensiona una Industria y crea otra sub-industria a pequeña escala, donde se incluyen no solo estrategias productivas, sino acciones encaminadas a la difusión y al reembolso de fondos que puedan preservar la funcionalidad de este camino.

Corresponde a todos incentivar y cuidar este nuevo cultivo artístico, este fenómeno en continuo rediseño, la enseñanza artística verdadera, la formación de nuevos cineastas y la protección de este patrimonio que hoy, mejor que ningún otro ámbito audiovisual, es el testimonio del presente y la memoria del futuro. No es posible abstraernos de la acción comunitaria y mucho menos dejar de retroalimentarnos de los conflictos humanos en los ámbitos más desfavorecidos.

¿Una apuesta perceptible?

En el ámbito espiritual nada hay que esperar del mundo frío del mercado o del cine diseñado para ser únicamente un producto destinado a la exitosa venta, más que una cotidiana proliferación de construcciones excluyentes; el fomento de la asimilación de estereotipos humanos, políticos y sociales enajenantes; una falsa mirada a la modernidad, colmada de tácticos engaños deformadores, encaminados a inmovilizar intelectualmente a los individuos, robotizándoles y domesticándoles desde la niñez, según convenga a cada contexto. Ese es el saldo de esta generalizada realidad.

A nuestra escala de acción, los retos, las crisis y las coyunturas nos llevan al diseño de una plataforma Cine Pobre Humberto Solás, que se configurará de la mano de un enorme grupo de curadores audiovisuales internacionales. Las plataformas alternativas a los grandes emporios de distribución en salas o en circuitos cibernéticos, así como los pequeños proyectos a contracorriente son caminos indispensables para aprovechar las propuestas cinematográficas y los espacios de difusión alternativos de evidente prestigio, para aupar así la acción individual de los precursores y, entonces, globalizar el floreciente arte cinematográfico felizmente en auge, sin ignorar con ello los indiscutibles derechos financieros de los autores y productores.

La mundialización y la difusión de este cine realizado con esfuerzo y calidad ha de articularse en sintonía con las nuevas herramientas que las tecnologías de la informática, las estructuras legales y las comunicaciones nos ofrecen, liberando “oportunamente” el cine inconforme y sugerente, a través de la más auténtica autonomía artística y productiva de los cineastas, que prodigiosamente en el presente aflora.

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