El espectador ausente

Los espectadores cubanos tienen derecho a una distribución cinematográfica en soporte digital que incluya el rigor artístico.

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Si se realizara una encuesta sobre recepción cinematográfica en Cuba, los resultados indicarían una bajísima estadística en salas de exhibición.

Si el fantasma de Guillermo Cabrera Infante quisiera recorrer ahora las salas de cine citadas en La Habana para un infante difunto sólo encontraría –vaya coincidencia– los fantasmas de aquellos escenarios. Sombras nada más, como en la canción. Y volvería a su reino.

Las crisis de los últimos veinte años derrumbaron el vasto entramado de cines capitalinos, el cual, aunque con no pocas bajas, había resistido, hasta la década de 1980, los embates del tiempo y otros desastres –tecnológicos, administrativos, constructivos–. A estas alturas ya su cadáver fue incinerado. Luego, cabe preguntar: ¿Y los espectadores?, ¿hacia dónde fueron?, ¿alguien ha pensado en ellos?

La gran mayoría de los aficionados al séptimo arte, ante la imposibilidad de satisfacer sus deseos en las salas de exhibición, ha tenido que arreglárselas como le permitan sus recursos (culturales y financieros).

Si se realizara una encuesta ahora mismo en la Isla sobre recepción cinematográfica, los resultados indicarían una bajísima estadística en salas de exhibición, unos números más altos correspondientes a la programación televisiva y un porcentaje considerable de filmes apreciados a través de reproductores de DVD y computadoras. Cualquiera diría: muy bien, es una tendencia global. Más o menos así va el mundo. Error.

Cuando se miren los números con atención, en profundidad, se verá que la ganancia numérica en el último acápite referido deja fuera a una apreciable capa de población: la más adulta, la que no cambia sus patrones de repente, las personas de menores ingresos, entre muchas otras.

Claramente ahí existe una pérdida, una ausencia, un espacio cuyo vacío será ocupado por otro género de entretenimiento no exactamente similar y no necesariamente de naturaleza artística, aunque pudiera serlo.

Cómo son reasignados esos espacios hacia el interior de esa diversidad poblacional sería un tema de investigación de no poca importancia. No contar con esas investigaciones obliga a especular.

Pero como la especulación es un salto al vacío, es preferible hacerlo con menos riesgo, con cierta visibilidad en el blanco. Vamos a mirar hacia esa diversidad de personas que tampoco van al cine como quisieran, pero pueden ver películas, ya mediante reproductores de DVD, o a través de los lectores de su PC. Y aquí entramos en el campo del testimonio, de la vivencia individual y comunitaria.

Las nuevas tecnologías informáticas están cambiando aceleradamente nuestros hábitos. En una ciudad como La Habana, con la dificultad que representa trasladarse hacia las poquísimas salas que exhiben cada vez menos estrenos, sólo en época de festivales (latinoamericano, francés, alemán…) el esfuerzo vale la pena, pero como esa costumbre se ha ido esfumando, otra tendencia dicta: “es mejor esperar a conseguir una copia en DVD de las mejores películas”.

Así, de pronto nos damos cuenta que ha pasado el año y no hemos asistido ni una vez al cine. La magia de la sala oscura se alejó de nosotros, o viceversa. Seguimos viendo películas, pero muchas cosas se han modificado.

Interrogado sobre la supuesta crisis del cine, justamente en su centenario, 1995, el realizador alemán Volker Schlöndorff respondió: “[…] no hay crisis del cine de manera absoluta. En realidad, jamás hemos visto tantas películas como ahora. El hecho nuevo es que a menudo las vemos en casa, en la televisión, en casetes, en disco láser. ¿El cine ha perdido por ello toda su fuerza? Dicho de otro modo, ¿ha dejado de ser el cine ese acontecimiento incomparable que hacía latir mi corazón a los quince años, cuando iba a ver en una sala oscura Nido de ratas? La respuesta depende de nosotros”.[i]

También depende de nosotros la selección del filme que veremos, pero en el contexto cubano, las opciones para ver en casa son limitadas. La más importante: no podemos bajar de internet película alguna.

Para quienes la condición artística del filme no es una necesidad, las opciones se amplían. A su disposición existe ahora un mercado de discos quemados en todas las esquinas de la ciudad. Es una oferta dominada por la música, mas también incluye una cantidad considerable de películas aunque todas parecen salidas de una misma matriz.

La legitimación de ese mercado es cuando menos paradójica porque el estado no ofrece una opción paralela. No debatimos su existencia, pero quienes no satisfacen allí sus gustos, adónde van, qué pueden ver.

Los que cuentan con una formación estética, y, por tanto, son rigurosos en su selección fílmica, dependen casi solamente de las “redes sociales” que hayan construido, el círculo de las amistades es el principal, prácticamente el único proveedor. Y siempre es insuficiente.

Las nuevas tecnologías aceleraron los procesos productivos cinematográficos, democratizaron esa producción desatando muchos nudos, derrumbando barreras financieras, institucionales. Pero realizar un buen filme sigue siendo una tarea de artista, cualquiera sea el soporte, de manera que la oferta artística no ha crecido tanto.

Otra cosa es la distribución y la circulación, de la que hemos venido hablando. Si se desmantelaron las salas de exhibición –no solo en La Habana–, si se perdió el encanto de asistir a la sala oscura, aún cuando esta es insustituible, otras alternativas debieron estar en juego.

Cuando en la década de 1980 comenzaron a proliferar las videocaseteras, el estado articuló una red de videotecas. Fue un intento de proyectar culturalmente la nueva tecnología y ponerla al alcance de la población. Una estrategia acorde con los principios de una política cultural. Ahora no hay nada similar. El multicine Infanta es lo único que nos dejó la última década.

El prestigioso profesor británico Jerry Palmer, reflexionando, en 1995[ii], sobre el futuro que avizoraba merced a las autopistas de la información dominadas por los filmes más populares, evidentemente norteamericanos, proponía la constitución de redes locales de distribución para difundir películas destinadas a un público más restringido, pero de fuerte demanda local.

Palmer concluía señalando que el control de las redes de distribución, más que el de los sistemas de producción, sería decisivo en el futuro para resolver si las cinematografías nacionales podrían adaptarse al nuevo sistema mundial de comunicación e imponer en él su especificidad.

Aquel futuro es ya el presente. Ante la avalancha de banalidad, imposibilitados de acceder a la red global, los espectadores cubanos que pertenecen a “ese público más restringido”, tienen derecho a exigir una distribución cinematográfica en soporte digital que incluya el rigor artístico, el cine como arte. Su ausencia de las salas no quiere decir olvido. No debiera decirlo.

Si ya no en las salas, oscuras como las imposibles golondrinas, sus corazones quieren seguir latiendo al ver de nuevo Casablanca, Memorias del subdesarrollo, Suite Habana y otras que vendrán.

Notas:

[i] Entrevista con Volker Schlöndorff, El Correo de la Unesco, julio-agosto, 1995, p 79.

[ii] Jerry Palmer, “Lo nacional y lo mundial”, Ibíd., p. 31.

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