El hijo del sueño o Alejandro Alonso al borde de una selva oscura

El joven realizador trae una nueva obra, fuera de competencia, al próximo Festival de Cine de La Habana.

Foto: Cortesía del autor

El hijo del sueño es la breve película con que Alejandro Alonso (Velas, La despedida), uno de los más interesantes realizadores y artistas de foto fija de la contemporaneidad cubana, regresa este año a los predios del Festival de La Habana. Ahora en una nueva sección no competitiva, curiosamente intitulada “Vanguardia”, donde parece fueron agrupadas por el comité organizador obras en riña con una selección oficial que parece seguir optando por tendencias creativas canónicas, que ya han sido deconstruidas y trascendidas, largo tiempo ha, en la fílmica mundial.

Fruto de un ejercicio de clase en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (ICTV) con cámaras Bolex suizas y la correspondiente película de 16 mm —parte de la especialidad de documental donde Alonso matriculó—, una creatura como El hijo… cuenta así con el preciso empaque formal que le permite ser exacta expresión de la remembranza, la elucubración, la curiosidad atávica; el desbrozo del olvido y del misterio íntimo que en el contexto familiar del autor ha alcanzado proporciones míticas.

Los 16 mm —incapaz de grabar sonido—, con su encuadre reducido, con su blanquinegra y velada película susceptible a manchas, a rayones, coadyuvó a estructurar una atmósfera enrarecida para este relato de nítido corte documental. Tan difusa como la imagen que Alejandro tiene de su nunca conocido tío Julio César Alonso (1958-1995), emigrado en 1980 hacia los Estados Unidos, en tiempos de intolerancia oficial cubana a los homosexuales, a todo lo divergente y diferente del ya para entonces estrecho canon conductual validado por el status quo.el-hijo-del-sueno-2

Muerto y muy probablemente cremado lejos de su familia, las postales que remitió a su madre y su hermano Luis Gustavo (padre del realizador), desde sus distintas residencias en la geografía estadounidense, son el único testimonio de vida, los únicos retazos de una personalidad que para el vástago curioso emerge brumosa entre el olvido y las imagino que inevitables versiones familiares, nunca exentas de las variaciones y obliteraciones subjetivas que modulan leyendas o mitos.

Alonso evita, sin embargo, emprender una búsqueda detectivesca donde las intervenciones directas de los involucrados contribuirían a la clarificación de las lagunas, pero que a la vez multiplicaría los protagonismos, abigarraría y contaminaría la esencia de la impresión personal. Quedando en desventaja el protagonismo impoluto de la imagen del tío esculpida en la intimidad del narrador-sujeto lírico que aquí resulta Alejandro.

Prefiere entonces revelar(nos), con las misteriosas imágenes, la relación que durante toda su vida ha establecido con su ignoto tío, cuya voz logra prevalecer constantemente en la forma de intertítulos, donde son replicados los breves mensajes de las tarjetas y sus varios remitentes. Tales textos-testimonios de la correspondencia engarzan en El hijo… como un puzle, con imágenes dispersas, esquivas, que parecen pertenecer a un tiempo mítico, mágico. Como estratos de una dimensión poética al borde de la existencia material. El tiempo lineal no vale aquí como medidor. El rasero es la poesía y la emoción. Deviene también suerte de fantasmagoría personal, de evocativa ceremonia chamánica donde trascender las fronteras entre planos de la existencia mediante el aturdimiento de los sentidos objetivos, mediante la supresión total de la perceptiva racionalista.

Se aprecia en el cardinal sendero estético escogido un claro diálogo con las hechuras de un Guy Maddin y su revivalista apropiación contemporánea de las estéticas de la época silente. Pero ojo, no deviene manierismo estilístico o coqueteo formalista por parte de Alonso, sino que tales maneras refuerzan la dimensión onírica de la película. Entendida la obra de marras como un plano mental, muy íntimo, poético, al que el realizador brinda excepcional acceso y que es la plataforma donde escoge dialogar con su antepasado sin mediaciones contextuales. Donde busca recrearlo, resucitarlo, a base de emociones, develarlo entre las brumas del misterio. Y a la vez ejecutar en sí mismo una suerte de purificación ritual a través del completamiento de la autocomprensión plena que significaría el descubrimiento de esta arista genealógica que es Julio César.

Suerte de proemio o “puesta en situación” del más amplio proyecto en ciernes titulado Resurrección, donde Alejandro Alonso registrará su pesquisa personal, allende Estados Unidos, de las huellas y rastros de su tío —mediante los datos suministrados por las postales y hasta con el uso del Google Earth—, El hijo del sueño guarda una autonomía que lo demarca y legitima dentro del cine cubano contemporáneo como uno de los más cabales exponentes del a veces mal llevado y mal traído cine-poesía o cine poético, sin renunciar a sus principios y esencias documentales

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