El hormiguero o parábola (cubana) del vil salvaje

Urdido con la argamasa lúcida de la distopía, El hormiguero (Alán González, 2017) es el breve grano de maíz donde cabe toda la violencia, donde se ataruga toda la mediocridad del mundo. Es la verdad que no queremos que el espejo nos muestre, libre también de la estetización harapienta que resulta la pornomiseria al uso.

La actriz Giselle Monzón en El hormiguero.

Foto: Muestra joven ICAIC

El a primera vista sencillo argumento de El hormiguero (2017), nuevo cortometraje de ficción de Alán González (La profesora de inglés), recoge un breve episodio de la cotidianidad de la joven “estudiante” (estatus casi deducido, apenas sugerido por González) que encarna discreta y sólidamente Grisell Monzón.

Ella es asediada por la violencia omnipresente, o mejor, está inmersa, al borde de la misma asfixia, en un estado de violencia populista, marginal, practicada por seres que odian al prójimo como a sí mismos. Actitudes y prácticas estas compartidas incluso por su propia pareja sentimental (Carlos Peña), quien aparece ya adaptado al entorno mediante la asunción de la naturaleza agresiva de sus propios “enemigos” o, sencillamente, desde la liberación de impulsos violentos prexistentes.

En este mundo distópico de salvajes viles, la joven protagonista se presenta en una dualidad víctima-resistencia, que vadea cualquier excesiva victimización, para dialogar mejor con la descolocación camusiana (El extranjero), pasternaksiana (Dr. Zhivago) y desnoísta (Memorias del subdesarrollo). Los respectivos irredentos —sí, verdaderos rebeldes con otras armas— Mersault, Yuri Andreyévich y Sergio circundan a la muchacha pensada por el también guionista Alán, martillean en su sorda reticencia a unir su voz a las mil obscenidades que desde su omnipresencia componen una verdadera banda sonora para El hormiguero.

Motivado posiblemente por el todavía reciente impacto de El hijo de Saúl (László Nemes, 2015), pero sin adentrarse excesivamente en el gran reto perceptivo que es este ejercicio fílmico —restructurador radical del espectador en la jerarquía narratológica—, el foco del cinematógrafo Javier Pérez se centra (casi todo el tiempo) en la protagonista. El resto de los elementos involucrados en la trama adquieren categoría escenográfica, contextual, no solo las verbalizaciones del odio, la intolerancia y la riposta social. Su esposo y la pareja antagónica (Maribel García Garzón y Reynier Morales) también se integran a ese fondo monocorde en su algarabía, plano en su monótona y desindividualizadora dictadura de un proletariado frustrado; obnubilado por la miseria donde sobrevive; sajado por el desprecio al otro, donde reconoce como en un espejo su propia odiosa imagen; resentido por su fatalista igualdad en la miseria; mediocre.

Sobre este escenario de fondo plano, se recorta con suficiente volumen la triste heroína de esta historia. Su voz cauta, tímida, pero posiblemente resaltada a posta durante la posproducción de sonido, resuena con más fuerza que la cortina de sonidos y furias que desciende como lluvia ácida (“¡¡¡¡¿¿¿¿Dónde está Teresa????!!!!”). Distanciada está hasta el extrañamiento, buscando protección constante en la misantropía. Resistida a pensar(se) como miserablemente (sobre)vive. Transita entre el maremágnum sin zambullirse. Y el punto de vista del director no creo deje dudas respecto a su preeminencia como modelo parcialmente escogido desde su mirada intimista, crítica, ácida.

Por momentos sutilmente buñueliana… del Buñuel de Los olvidados (1950) y Viridiana (1961). Distópica antes que pornomisérica. No confundir. Pues la joven protagonista se revuelca en las marismas nunca verdaderamente influidas por las luces de la utopía. Se bate entre salvajes nunca mejorados por estos mismos rayos benefactores, que más bien los pretendieron ocultar con sus resplandores, como se barre el churre “donde no ve la suegra”.

Monzón contrasta, desde su intenso comedimiento, con una García Garzón, muy orgánica en su exceso vocinglero, divisada por momentos como la némesis de la historia, cual especular Salomón Negro de la protagonista. No poco zumo también se le puede sacar a esta pieza desde los estudios de género, pues de notar resulta el inmediato posicionamiento en el conflicto desatado en el plano secuencia (sin cortes) inicial entre dos hombres, dos maridos, que bajo la ley de la jungla, deben ser secundados por sus esposas, por sus leonas cazadoras. El personaje de Maribel, sin dubitaciones, rápidamente escoge su rival en la protagonista de Grisell, proyecta y comparte la pipa de la guerra.

Visto ya desde un gran angular sociopolítico, El hormiguero cataliza reflexiones más complejas, para terminar proponiendo audazmente un verdadero vuelco perceptivo a la versión proletaria —divergente, pero tan moderna como sus creadores coloniales— del “Mito del buen salvaje”, que el Socialismo y el Comunismo han asumido para enaltecer la nobleza intrínseca de los seres humanos pobres, sojuzgados por los “intrínsecamente viles” aristócratas y burgueses. El propio apotegma marxista de que “el hombre piensa como vive” deviene, sin tardanza, un verdadero cuchillo de doble hoja que desde sus postulados dialécticos discute cuando menos con esta concepción binaria. Como sea, siempre asoma Bukowski su oreja peluda para recordarnos con sus versos: “cuidado con el hombre mediocre”.

La perspectiva filoproletaria tiende a confundir, pues, los derechos ciudadanos con la también adaptada doctrina del “Destino manifiesto”, o sea: los estratos más humildes de la ciudadanía serían los merecedores últimos del poder preeminente sobre la Tierra, investidos del final y utópico ejercicio de la “Dictadura del proletariado”. Corolario este del credo comunista clásico, fin de la historia, y no más que otra adaptación de un postulado previo: esta vez la Jerusalén Celestial bíblica, donde el Reino de los Cielos descenderá sobre la Humanidad. No olvidar el peso cultural judeocristiano en los ideólogos y teóricos del materialismo científico y el comunismo. En vez de negar tajantemente el misticismo heredado, terminaron reformulándolo en su sistema de utopías humanistas y economicistas.

Urdido con la argamasa lúcida de la distopía, El hormiguero es el breve grano de maíz donde cabe toda la violencia, donde se ataruga toda la mediocridad del mundo. Es la verdad que no queremos que el espejo nos muestre, libre también de la estetización harapienta que resulta la pornomiseria al uso.

Los podridos maderámenes del solar donde transcurren parte de las acciones alcanzan las dimensiones de un útero podrido, un territorio libre de “hombres nuevos”, solo capaz de engendrar apocalípticos morlocks cegados por la violencia, listos para depredar a cualquier eloi consciente que aún deambule en derredor. Ya no hay que viajar al 802.701 D.C. en la máquina temporal de H.G. Wells para presenciar tal espectáculo; apenas andar los minutos de nuestro angosto 2017 junto a la protagonista de El hormiguero. (2017)

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.