El rey de la Habana: Del “realismo sucio” a la “porno-miseria”

Pletórico de escenas sin ilación, siempre enfocadas en conseguir el shock del público, el filme sacrifica las más elementales reglas de la narrativa fílmica.

Foto: Tomada de youtube.com

Basada en la novela homónima de Pedro Juan Gutiérrez, la coproducción hispano-dominicana  El rey de la Habana (2015) pretende ser una radiografía de la capital cubana en sus costados más oscuros y turbios; pretensión legítima que conecta con el “realismo sucio”, según se ha llamado a la tendencia de novelar descarnadamente la realidad, en este caso de nuestro país, extensión de su ciudad emblemática durante los años terribles del eufemística y casi irónicamente nombrado, “período especial”.

No conozco el referente literario, pero sí otras obras del autor, las cuales —inconformidades aparte— emprenden por lo general un análisis respetable, desde ese estilo, sobre seres y contextos hollados por la pobreza extrema, la necesidad imperiosa de subsistencia que los lleva a vivir perennemente “al límite”, incluyendo todo tipo de prostitución y ausencia de valores, entre lo cual, sin embargo, irrumpe a veces una ternura bruta pero real, que nos recuerda la sempiterna dualidad humana.

En su traslado a la pantalla de un relato, sin dudas atractivo para buena parte del público (el escarpado periplo de un adolescente tras escapar de un correccional y protagonizar un triángulo amoroso con una mujer negra y un transgénero), el cineasta catalán Agostí Villaronga (Pan negro, 2010) ha procedido con la única mira de atrapar al espectador.

Filmada en buena medida en locaciones dominicanas, no poco se echa en falta nuestra esencial Habana Vieja, pero eso en realidad no es grave: ojalá esa fuera la única presunta limitación de El rey de la Habana.

Estamos ante un filme erigido en verdadero catálogo de tópicos que trascienden el “realismo sucio” para aterrizar, desde los minutos iniciales, en la más absoluta “porno-miseria” y donde el peor efectismo sustituye cualquier intento mínimo de aplicar una lógica dramatúrgica al relato, pletórico de escenas sin ilación, siempre enfocadas en conseguir el shock del público sin que, para ello, importe sacrificar las más elementales reglas de la narrativa fílmica.

Villaronga, que en su filme anterior nos entregó una madura  y sensible historia  sobre una familia durante el período de posguerra catalán (partiendo también de una novela),  retrocede años luz con una cinta epidérmica, incoherente y burda.

El mero paneo por realidades complejas, brutales, que simplemente expone más que realizar cualquier estudio mínimamente serio sobre ellas, se ha tornado una peligrosa tendencia en el cine iberoamericano contemporáneo, que nos ha legado más de un título cuestionable (desde la sobrestimada Cidade de Deus a la justamente vapuleada El invasor, ambas de Brasil) . Pero estamos ante lo peor de ese tipo: el texto chapucero, casi ausente de valores artísticos, que se camufla con el presunto realismo coqueteando con la sangre fría, el estómago sensible o el mero anhelo de pasatiempo en cualquier espectador.

Empleé el adverbio “casi” y no gratuitamente; injusto sería no reconocerle a El rey…sentido del ritmo, un imán para llegar al final que, sobre todo en el caso de espectadores cubanos, tiene que ver con la obvia empatía acerca de un mundo que, por muy distante y hasta desconocido, nos toca muy (tristemente) de cerca. Pero sobre todo por los desempeños superlativos (y no exagero) de sus actores protagónicos: Maykol David Tortoló, Yordanka Ariosa (como se sabe, inusualmente para un actor nuestro, premiada en San Sebastián) y Héctor Medina, tríada ejemplar que, con virtuosismo, saca la cara por roles, también endeblemente conformados.

El rey de la Habana deja al cronista una sensación dolorosa: aquel cine visceral, profundo, indagador, que Don Luis Buñuel plasmó en Los olvidados (1950) o Vittorio de Sica en Ladrones de bicicleta (1948), parece que no consigue encontrar una mínima y decorosa herencia.

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