Épica o Nicanor pide que vuelvan los dragones

El personaje regresa con sus acostumbrados signos de sátira y humor pero ahora en tono nostálgico.

Reincide Eduardo del Llano en los predios de la ciencia ficción con la más reciente entrega de las aventuras de su alter ego Nicanor O´Donell, intitulada Épica (2015), donde este ubicuo personaje se ve poseedor de una máquina del tiempo, además de una personalidad más proactiva (a excepción quizás de Pas de quatre, 2009, donde su altruismo lo lleva a “hacer la diferencia”) que en la mayoría de los 11 cortometrajes previos, donde resulta fundamentalmente pasiva —no sin algo de resiliente—, como víctima de las circunstancias que lo embargan. Súmese también a las variaciones significativas respecto a los precedentes, la permutación de la comicidad más centrada en el gag y el golpe de ingenio y la situación explícitamente satírica, por un tono mucho más “serio”, melancólico y sobre todo nostálgico; al punto de convertirse Épica a una suerte de evocación íntima de quien pertenece a la generación del Hombre Nuevo. Generación esta frustrada en los propósitos luminosos que se prefiguraron para ella durante los ardientes y fundacionales años sesenta. Migrante, desalentada a sus cincuenta años promedio, pero aún sedienta de la promisoria efervescencia utópica, triunfal y esperanzada en que transcurrieron sus mocedades y se impregnaron sus espíritus. De otro modo, sus vidas se revelan sin sentido, en la Cuba escéptica de hoy, indolente y apática, apenas motivada por las restablecidas relaciones diplomáticas con los Estados Unidos como tenue luz de progreso en el nubloso horizonte.

La saudade de Nicanor-del Llano parece ir incluso más allá de la añoranza específica por los postulados sociopolíticos de la tormentosa época (comunismo, antimperialismo, revolución mundial, progreso impetuoso), sino a la pura y abstracta necesidad humana por encontrar sentido a su vida, soñar, dejar libre los torrentes de adrenalina. Delata un ansia por presentir la esperanza al alcance de la mano, o al menos por tener algún tipo de ilusión, perspectiva, certidumbre; de contar con una epopeya mítica en la que empuñar la lanza, participar, emocionarse, de tener algo en que creer, sea lo que sea. De que vuelvan los dragones que Sabina y Páez piden en su canción desesperada.

El Nicanor de explícito aspecto guevariano, con boina negra incluida —a riesgo, en su desgreñe, de semejar más un “Che” turístico de la calle Obispo, pero definitivamente salvada la circunstancia por la interpretación cálida y triste de Luis Alberto García (hijo)—, que se aparece en un bar capitalino, a pocas horas de la Primera Declaración de La Habana (2 de septiembre de 1960), busca con sus continuados viajes al pasado sesentero y setentero cubano, Girón y Zafra de los Diez Millones incluidos, mitiga su presente y gris 2015 con la rememoración constante de las primeras y emocionantes décadas de la Revolución en un loop infinito.

Su artilugio welliano le permite hacer realidad la quizás más profunda (¿inconsciente, quizás?) pretensión de los líderes cubanos, o incluso de los líderes de todas las revoluciones de izquierda: eternizar el fervor y el espectacular torbellino de cambios radicales en el pueblo, la excitación casi erógena de las masas enardecidas por los bellos y jóvenes héroes de verde olivo que bajaron del Olimpo serrano para regalarles el fuego. Perpetuar lo que por ley natural no puede existir sino en su propia condición de relampagueante finitud transicional, de volátil paso —(trans)mutación— entre un status y otro, y por ende no está en su esencia el ser estable ni duradero.

Nicanor se niega, según confiesa, a avanzar en el futuro, aunque la máquina está capacitada para eso, pues prefiere arrebujarse en la seguridad de un pasado ya conocido, predecible y “reiniciable” cada vez que quiera vivir la intensidad, cual perpetuum mobile épico.

“Fortuitamente”, el viajero ha provocado paradojas temporales típicas de la sci-fi —el espíritu del cuento El bardo inmortal, de Isaac Asimov, planea por la obra—, como alfabetizar a su propio padre o tomar fotos a su yo niño, se encuentra con un afectado y flemático interlocutor, cuyo ocultamiento de su nombre hasta el minuto final del corto no impide reconocerlo como Virgilio Piñera, gracias a lo particular de su figura y carácter, bien aprehendidos por Carlos Gonzalvo, definitivo actor fetiche del realizador.

Sin mucha lógica dramatúrgica, Nicanor comienza a contarle del futuro de donde proviene, en una nueva y ya decisiva intromisión en la dinámica temporal, fomentando en Piñera un cambio de pensamiento respecto a sus circunstancias “presentes”. Bien pudo el guión resolver más orgánicamente las causas y condiciones del encuentro, elaborar más las piruetas dialógicas, pues resulta algo forzado el desenlace buscado por del Llano con la transformación de la actitud del autor de Pequeñas maniobras respecto al proceso sociopolítico que protagoniza. Pudo haber explotado más a Virgilio como personaje, confiarle más líneas, complejizar su interacción con Nicanor, más allá de mero espectador de los testimonios del trashumante temporal. Nada despreciable hubiera sido esto, pero bueno, ya esto es lo que yo hubiera hecho…

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