Espejuelos oscuros, pero con poco aumento

Entre Esperanza y Mario, protagónicos del filme, parece abrirse un abismo infranqueable…

Laura de la Uz, en el personaje de Esperanza en el primer largo de Jessica Rodríguez.

Tras varias e interesantes incursiones en los terrenos del falso documental (El mundo de Raúl, Ahlam) y en el documental propiamente dicho (Tacones cercanos), Jessica Rodríguez remonta el sendero de la ficción convencional con el largometraje Espejuelos oscuros (2015).

Aquí el relato apela a estrategias narrativas claramente deudoras de cintas como Las tres luces (Fritz Lang, 1921) o Tiempos de amor, juventud y libertad (Hou Hsiao-Hsien, 2005), en tanto la fragmentaria coralidad dramatúrgica y epocal de las breves historias planteadas, la omnipresencia extradiegética de los mismos actores en los diferentes roles y el macrorrelato que las engloba para la unidad de sentido y la progresión dramática definitivas. Además, está el claro guiño a Las mil y una noches, en tanto la mujer que narra y embruja con la palabra a su verdugo, aplazando la violencia y la muerte.12274534_842362179218468_6348752701774319150_n

Espejuelos… marca apreciable diferencia respecto a estos notorios antecesores, primero que todo en el tono sardónico y el negrísimo humor que emana, y además, como bono, retorna al cine nacional el personaje del serial killer, con las consecuentes cuotas de suspenso y hasta gore que este conlleva. La otra —y más importante— diferencia respecto a Lang y Hou, y al clásico literario árabe, claro, es la calidad conseguida por esta obra que, entre muchas cosas, adolece en gran medida de una irregular dirección actoral, apartado imprescindible donde la que bien pudiera calificarse de “nueva pareja del cine cubano”, los inefables Laura de la Uz y Luis Alberto García, no consiguen ni un minuto de engarce orgánico entre sus principales roles de Esperanza, la ermitaña ciega, y Mario, el proscrito casual que la acosa en su apartada casa. Mucho se alejan de la entrañable e intensa relación conseguida en el previo Vestido de novia (Marilyn Solaya, 2014) como una de sus principales e imprescindibles virtudes.

Que Esperanza sea un ente como de otro mundo, atávico y extemporáneo, y Mario el más común y mediocre de los criminales del hoy cubano, no implica la abierta ausencia de nexos dialógicos entre ambos, de la necesaria complementariedad contrastante de los Frank y Rita de Educando a Rita (Lewis Gilbert, 1983) o de Linda y Lenny en Poderosa Afrodita (Woody Allen, 1995), ¿tal vez los Toño y Paco de Dos perdidos en una noche sucia, del dramaturgo Plinio Marcos?…para no mencionar las miles de orgánicas parejas dispares que nutren las artes escénicas, escriturales y audiovisuales. Entre Esperanza y Mario parece abrirse un abismo infranqueable, que convierte sus forzadas y constantes interacciones en verdaderas colisiones, lo cual hace retemblar irremediable y violentamente toda la urdimbre narrativa pensada por Jessica para Espejuelos

A partir de este despropósito actoral, las diferentes situaciones que transcurren en el enclaustrado escenario se revelan forzadas y huecas, donde la farsa, la ironía y la abierta comedia de una peligrosa levedad noventera —que no dejó de dialogar con los públicos ávidos de diversión en todos sus pases durante la reciente edición 37 del Festival de La Habana— no dejan de acusar una incontrolada irregularidad dramática. Y se afecta la fluidez misma del relato en general, donde la alternancia entre diégesis principal y las diégesis singulares de los tres relatos imbricados a esta supone otras tantas garrafales fluctuaciones que la abocan a la frivolidad del gag ligero y el sensacionalismo ralo, por demás artificioso. Esto está sujeto, tanto a las debilidades propias de cada corto, sobre todo el segundo, como a la falta de tino a la hora de ubicarlos en la tira de montaje.

A pesar de todo, estas historias breves corren con algo más de suerte, pues revelan mejores caracterizaciones por parte de García y de la Uz, además de revestir al personaje femenino de marras, cual símbolo vengador y vindicador del rol pasivo que no deja de acreditársele a la mujer en el audiovisual, y toda una irónica provocación (¿consciente?) al feminismo, dada la concepción de Esperanza como acorralado y agresivo ente que se defiende del apabullante esquema de poder machista con una sobrerreacción homicida (¿Aileen Wuormos?) de ambivalente carácter “justiciero”.

Con este tríptico de inversa cronología, enmarcada entre los años setenta del siglo XX hasta las postrimerías del XIX insurrecto, parece valedero como propósito el repaso-homenaje-redimensión que quizás pretendió hacer la novel directora de algunas zonas clave del cine cubano del último medio siglo, a la par de sus sistemas de representaciones (con prevalencia del género, claro) y no pocos de sus códigos ideo-historiográficos.

La conclusiva historia respira por sí misma a lo largo de todo su breve metraje, como singular isla de solidez fílmica dentro de una cinta que avanza casi a trompicones. Dirección de arte, actuación, ritmo, diálogos, subrayan este segmento climático que, casi por única vez, engarza como un guante con el macrorrelato de Esperanza y Mario —acorde bien enseñó Griffith en cuestiones de montaje— para coronar el crescendo dramático mal conducido hasta el momento, con un golpe de efecto y una revelación-reversión de roles, por los cuales lo apostó casi todo o todo. Casi que termina olvidándose la azarosa hora que lo antecede y apenas permite arribar a salvo a la “sorpresa” final.

2 comentarios

  1. Pavel

    Hay una nueva tendencia en la crítica cubana: comparar nuestras cintas con grandes clásicos del cine. La comparación es el ejercicio más elemental para emprender un análisis. Es superficial, banal y generalmente va cargado de humor, pero de ese humor amarillo y asqueroso que sale de las heridas. No del otro, que se agradecería ¿Que tal si comparamos lo que escriben con aquellas entrañables notas de Cabrera Infante, Roger Ebert o Truffaut?

  2. Elena

    Con todo respeto, qué artículo tan desacertado.

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