Fuera de órbita

Una de las producciones más recientes del cine cubano de ficción, Sergio y Serguéi (Ernesto Daranas, 2017), pese a no haber sido estrenada aún, ha generado ya discusión en numerosos medios periodísticos.

El actor Tomás Cao en un fotograma de la película cubana Sergio y Serguei.

Foto: Cortesía del autor

Sergio y Serguéi (Ernesto Daranas, 2017) evidencia el naufragio de aquel proyecto cinematográfico que aguardaba por un “espectador crítico”. Constata, otra vez, que el cine cubano ha urdido su propia receta para estrechar al consumidor en un comodín receptivo capaz de garantizar el éxito de público de cualquier película. Como tantos otros en los años recientes, el filme confirma que nuestra norma productiva —ajustándonos a criterios cuantitativos, por supuesto— continúa siendo la de un cine insustancial y reiterativo, aun cuando ese mismo cine quisiera asumir propuestas estéticas diferentes.  

Luego del feliz itinerario de Los dioses rotos (2008) y Conducta (2014), Daranas se aventura ahora por un registro diferente: la comedia, género de larga y conflictuada trayectoria en la cinematografía nacional. Las anteriores propuestas revelaron a un director con pulso y dominio de la realización, enfocado en narrar historias consistentes —quizás demasiado coral y tendente al melodrama en la segunda—; corajudas al explorar con inteligencia las consecuencias del complejo vínculo que se trenza entre individuo y contexto.

Sin embargo, no puede ser menos que decepcionante el tránsito del cineasta por los predios de la comedia. Aunque Sergio y Serguéi hace gala de algunos chistes ingeniosos y soluciones inteligentes, en realidad estamos ante una oferta bastante superflua, que no supo dar aliento y densidad a la tragedia de fondo. No solo por el tono de la realización —ya sucedía en Conducta que la extrema corrección reclamaba mayor involucramiento con el espacio de los hechos—, sino porque parece una pieza salida de un Hollywood estándar, resuelta a golpe de fórmulas para ganarse a un espectador telenovelero que se contenta con ver más de lo mismo.

La cinta fue dirigida por Ernesto Daranas.

Foto: Cortesía del autor

El relato de un cosmonauta ruso que, en pleno derrumbe de la Unión Soviética, queda varado en la estación orbital Mir a la espera de un posible rescate, y su contacto con un radioaficionado cubano, apenas iniciado el Período Especial en la isla, prometía una cinta (al menos temáticamente) más sustancial. Pero si bien pudo levantar una historia eficiente  desde los códigos tradicionales de la comedia popular, siempre que el molde fuese, como mínimo, inspirado, esta vez el guion se pasea por la misma ruta que siguen esos ejemplares fútiles del género a que nos tiene acostumbrado el horizonte fílmico del patio.

Sergio y Serguéi consigue ser divertida a ratos, decía, mas no pasa de la cadena de peripecias que informan de las dificultades de la Cuba de los noventa. Las situaciones que integran la narración se entretienen en abordar el amplio catálogo de contrariedades que pobló al país: las dificultades económicas, alimenticias, materiales; el abandono de la isla por el medio que fuera y el abroquelamiento político, etcétera. De tal acentuación de la peripecia y de la necesidad de colocar en la trama los personajes suficientes para reproducir los diversos estratos que conformaron la nación, deriva el desequilibrio y la falta de consistencia del filme. El problema empieza allí donde pretende colegir una imagen representativa de la sociedad en crisis.

Que la película arranque con un plano que abre en el cosmos y termina en una calle de Centro Habana no hace más que presagiar el recorrido de las expectativas que levantó. Pesa demasiado el estereotipo sobre la anécdota narrada. Con la excelente coartada de los efectos especiales, la estrategia es reelaborar una serie de motivos recurrentes en la filmografía nacional de las últimas décadas y expandirlos de modo que todo quede resuelto al nivel de una intriga articulada a través de esos clichés de fácil reconocimiento por el receptor. De tal forma, lo que parece ser el núcleo de la narración, la amistad entre un cubano imposibilitado de sostener económicamente a su familia y un cosmonauta que se ve perdido en el espacio cuando su esposa e hijos enfrentan un sinnúmero de dificultades —en medio de una situación global perentoria—, acaba diluyéndose en la forma como se construye el filme, hasta ser no más una justificación para contar un aquelarre de lugares comunes. Sergio y Serguéi olvida por momentos la relación de sus protagonistas, manipula los conflictos que afrontan y los suma a un grupo de situaciones epidérmicas, responsables de provocar la risa, cuando esta debiera ser fruto de la solidez dramatúrgica de lo narrado.

Todo roza los límites, al punto de dificultar eso que suelen llamar “pacto ficcional”. Sergio, además de radioaficionado, es profesor universitario de filosofía y, faltaba más, ha escrito un libro con reformulaciones al marxismo; vive solo con su hija pequeña y su madre. Interesado en devolver a Serguéi a la tierra, cuenta con la ayuda incondicional de un caro y viejo amigo: Peter, periodista neoyorquino que tiene sus influencias en la CIA y la NASA, suponemos que a consecuencia de su develamiento de ciertas maniobras de corrupción del gobierno (así es todo de desmesurado). En sus contactos frecuentes con el ruso y el norteamericano, Sergio es acosado por un espía de la Seguridad del Estado, quien, en su rol de antagonista principal, le hará difícil la vida al primero, cuando en realidad sus propósitos se solucionan a pedir de boca.

Fotograma de Sergio y Serguei.

Foto: Cortesía del autor

Los personajes están determinados de modo ciertamente convencional; no porque sean tipos, sino porque no hay calado psicológico, todo se apunta en la superficie de los acontecimientos. Sergio y Serguéi hacen empatía de inmediato, y la película se entretiene en otra cosa. Por ejemplo, los roles del simpático amigo que vende balsas clandestinas para los que deciden abandonar la isla, y que le enseña a Sergio cómo producir alcohol casero para solventar sus necesidades financieras; y la avispada alumna que le da más de una señal erótica, pero que él ni se entera, están solo para ocupar lugares actanciales. Entonces, la estructura progresiva se perfila con una solución artesanal, determinada por el añadido de microconflictos y personajes secundarios que, más allá de expandir el conflicto principal, lo entorpecen, le restan densidad. Pero el maniqueísmo con que son planteados los personajes y las situaciones tiene su colofón en un narrador extradiegético por completo innecesario, que no aporta nada sustancial a los hechos, asumido aquí por la niña ya adolescente.

En otros rubros del lenguaje cinematográfico, Sergio y Serguéi es al menos correcta. La fotografía, el montaje, la dirección de arte, son funcionales a efectos del carácter general de la cinta. Y los efectos visuales que recrean el espacio inmediato a la órbita terrestre y el interior/exterior de la estación Mir, no están nada mal, la verdad. Seducido por esa oleada reciente de filmes que colocan su anécdota en el espacio exterior —recuérdese, por lo menos, Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) y The Martian (Ridley Scott, 2015)—, Daranas logra sacar airoso este aspecto de su película, con alguna que otra torpeza. Descontando momentos donde se solaza en el kitsch más burdo, como aquel donde Serguéi despeja su rostro de las lágrimas que flotan, o cuando el espía se eleva cual Matías Pérez, los efectos especiales en general se disfrutan.

Las interpretaciones son igual de correctas, eficientes, evidenciando otra vez la calidad de este cineasta en la dirección de actores. Sin embargo, es penoso que Mario Guerra, actor sobradamente probado, de una versatilidad histriónica capacitada para asumir y delinear los más complejos caracteres, halla asumido aquí a tamaño bufón. Luego, el mejor momento del filme se lo debemos Ana Gloria Buduén, en el lugar de la madre de Sergio, cuando la cámara se cierra sobre su rostro y ella le explica a su hijo por qué tiene, a pesar de todo, que volver al trabajo. En puridad, las interpretaciones salen airosas a pesar del delineado de los personajes, más atendidos cual sistema que como entes con vida propia.

Estamos ante un empaste comercial que no pudo acogerse de modo más convencional a ciertos estereotipos capacitados para fomentar el triunfo mercantil de la cinta. Sergio y Serguéi vuelve sobre esa tradición de comedias insulsas, con el añadido de una fórmula que, Netflix de por medio, desea llevarse, no al espectador, sino el mercado mismo al bolsillo. Hay que reconocer que aún en terreno cubano, donde tantos filmes se resienten por problemas de producción, un personaje en el espacio y un par de efectos especiales no hacen una película. (2018)

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