Género y audiovisual, de la academia a la realización

Creo firmemente en el privilegio de la enseñanza como acto liberador, como la posibilidad infinita de permitirnos la complicidad del vuelo. Por ello la apuesta, a pesar de los pesares, en asistir al acto del diálogo en el aula como la búsqueda incesante de la verdad, desde la duda, la inquietud, el intercambio. Así se … Leer más

Fotograma de Boomerang

Fotograma de Boomerang

Foto: Fotograma de Boomerang

Creo firmemente en el privilegio de la enseñanza como acto liberador, como la posibilidad infinita de permitirnos la complicidad del vuelo. Por ello la apuesta, a pesar de los pesares, en asistir al acto del diálogo en el aula como la búsqueda incesante de la verdad, desde la duda, la inquietud, el intercambio.

Así se ha gestionado la disciplina de Género y cine que imparto hace dos cursos en la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA), de la Universidad de las Artes(ISA), entre otras razones porque pasa por temas humanos, éticos y sus representaciones en las imágenes en movimiento. El debate ha sido el estilo del curso; intensos y muchas veces difíciles, llenos de interrogantes que parecieran ser el signo de nuestros encuentros. Pero, sobre todo, certezas de compromisos en el repaso sobre el tema.

Insisto siempre en que, cuando hacemos las alianzas entre la teoría de género y la teoría fílmica, el anclaje pasa por dos raseros fundamentales: el dominio pleno del primero y todos los conceptos asociados y, cómodamente en ellos, entonces, verificar cómo el lenguaje audiovisual se convierte en un dispositivo de género.

Las jóvenes cineastas comienzan a interesarse por temas de géneroComienza acá el análisis desde los planos que se usan, la posición de la cámara, la iluminación, la puesta en escena toda para develar cómo desde la sintaxis del lenguaje se discursa en términos de género, en tanto la gramática audiovisual también tiene ideología y ya sabemos que, quizás, en el tratamiento del tema tenemos las mejores intenciones, pero la puesta se devela sexista. Ejemplos hay de sobra, a ellos me gusta llamarles “de buenas intenciones está lleno el camino del sexismo”.

Una de las apuestas del curso radica en aportarle al estudiantado las herramientas fundamentales que ofrece la teoría fílmica feminista, base teórica desde la que se sostiene la práctica de análisis que refrendamos. Cada una de las líneas anotadas por las investigaciones, en tanto bases de sus textos, se encuentran en los temas de la disciplina: desde las prácticas discursivas de las mujeres realizadoras, el qué y el cómo de sus propuestas, pasando por las imágenes de mujeres y sus posiciones y condiciones dentro del discurso; hasta el tema de la mirada y el debate alrededor del placer visual y la mirada ¿femenina?, entre otros.

Esta introducción se vuelve pertinente porque mientras escribo estas líneas se preparan varias obras audiovisuales que han surgido a raíz de estos cursos y que son resultado de que quienes las realizan se hayan motivado y defiendan sus tesis de grado con temas asociados a la agenda de género. También que las realicen desde especialidades en las que intentan mostrar cómo pensaron visualmente sus obras, sin traicionar el lenguaje como dispositivo de género.

Un documental como Ad-herencias, aún en proceso de montaje, del estudiante Roberto Moreno Álvarez, aborda desde una visión muy personal el tema de la violencia contra las mujeres por razones de género y quizás lo que distinga esta propuesta de otras con temáticas parecidas radique en la forma en que su realizador se involucra en la historia y hace de su autorepresentación el gesto más importante de su obra.

El documental de marras está fotografiado por la realizadora Deymi D’Atrio, quien defenderá su tesis académica desde esta especialidad para discursar desde la fotografía, también como dispositivo de género. De la propia Deymi veremos pronto un documental que lleva un tiempo preparando sobre las mujeres directoras de fotografía en el cine cubano, titulado (al menos como titulo de producción) ¿Te llamarás Mujer?, en el que indaga, con certeza, en las causas de la ausencia de ellas detrás de las cámaras en la mencionada especialidad. Tema, por cierto, poco discutido en el cine cubano y en el que la directora examina con perspicacia, y desde la coralidad convertida en estrategia discursiva, una propuesta en la que combina una suerte de microhistorias insertas en una mayor, que denuncia y nos devuelve, desde la imagen y el modo en el que realiza las entrevistas, una voz común que desmiente la nulidad de ellas.

La realizadora, en tanto también directora de fotografía, hace de la puesta en escena algo muy subjetivo desde cada una de sus entrevistadas y, al hacerlo, logra convertir su documental no solo en un ejercicio de denuncia al uso, sino en una obra en la que el lenguaje de las cámaras habla desde las voces de las fotógrafas.

Me detengo en el cortometraje Búmeran de Yadiana S Gibert, ficción con la que acaba de defender su tesis de licenciatura en la especialidad de edición, pero en la que fungió como directora y guionista. Yadiana vuelve sobre la violencia contra las mujeres, en este caso apela a la representación de un personaje femenino que, durante toda la historia, rememora el ciclo de violencia que ha vivido con su esposo. Sin embargo, la historia transcurre a través del silencio del personaje y solo las imágenes narran, las imágenes y una banda sonora articulada mediante múltiples referentes culturales, entre ellos el “portazo de Nora”, momento final en el que por sonido sentimos el tirón de la puerta que se cierra.

Lo interesante de Búmeran se sostiene en una puesta minimal que hace de todos los decorados un discurso visual sobre la violencia machista; a decir, el uso de los colores (blanco, rojo) y un grupo de elementos simbólicos que alejan la obra de cualquier retórica al uso. Otra de las ganancias radica en el tratamiento de la propia representación, que elude completamente los mitos asociados a la violencia contra las mujeres y, sobre todo; el juego visual que propone para tematizar la mirada como dispositivo que hace evidente el ser mirada obsesivamente por la cámara, por los públicos y los propios personajes que acompañan a la mujer de la historia. Sin embargo este ojo-cámara que mira continuamente se asume, además, como representación social del sujeto mujer convertido, en los espacios cotidianos, en sujeto para ser mirado, deseado, poseído.

El proceso de autorreconocimiento del personaje de Búmeran se realiza por medio del recuerdo, una de las claves para ello aparece a través de los otros que la acompañan en la historia y que vemos congelados fotográficamente, en tanto ella entra y sale de las imágenes en ese recorrido por su vida sostenida en el maltrato.

Me parece meritorio reconocerle a la directora que elimina estereotipos asociados a los mitos de la violencia de género: esta es una familia aparentemente “funcional”: ella y él blancos y rubios y con apariencia de clase media. Una verdad aprendida: la violencia de género no tiene color de piel, clase social ni nivel intelectual y se produce también en familias aparentemente tradicionales.

La directora, con su tesis sobre el montaje y la posproducción y desde las posibilidades que ofrece ese lenguaje, indagó en las ventajas que aportan para hacer hincapié dentro de la puesta en escena, en su posicionamiento con respecto a la violencia de género, su punto de vista y así evitar la palabra que, en este caso, sería redundante y panfletaria para apostar por la imagen y el sonido como dispositivos de género.
Gibert forma parte del grupo de estudiantes que, en sus ejercicios de tres minutos, en segundo año de la carrera, se aventuraron por pequeñas historias asociadas a las representaciones de género y temas asociados. En ese momento releyó el cuento Madrugada, de la escritora Aida Bahr, y lo interpretó para el audiovisual. Una historia sobre un tema apenas visible; la violencia sexual dentro del matrimonio, otra de las tantas deudas del debate sobre violencia de género.

No hay dudas de que el tema comienza a manifiestarse con asiduidad en el audiovisual cubano. Ojalá siempre se haga desde el compromiso, pero sobre todo desde un conocimiento holístico que permita entender a quienes asumen la realización que no basta con las ganas de abordar el tema, si no se acompaña de búsquedas que, desde el lenguaje, se articulen con la eticidad que demanda la agenda de género. Un plano y una cámara, ubicados sin esa mirada que intente descolonizar en términos de género, pueden desmontar los mejores y más nobles propósitos para abordar el tema. Ya anoté: de buenas intenciones está plagado el camino del sexismo; solo espero comencemos a ver, cada día más, mejores obras audiovisuales que muestren la cadena: conocimiento del tema y calidades artísticas asociadas a un punto de vista que se distinga por la mirada, si de representaciones de género se trata.

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