Gloria eterna: Distopía burocrática con estatuas de ovejas blancas

Yimit Ramirez, realizador cubano que cursa la especialidad de dirección de ficción en la EICTV, acaba de producir un corto de ficción digno de atención.

Fotograma del audiovisual Gloria Eterna

Foto: Cortesía del autor

Aún la historia de la celebérrima fábula La oveja negra, de Augusto Monterroso, con todo y el acíbar distópico que rezuma cada una de sus breves y punzantes letras, contiene un ápice de anárquica provocación. Pues tiene como protagonista a un ente diferente y divergente del status quo en su mundo de mayorías de ovejas blancas. Su mera existencia de rumiante negro determina una discordancia insoportable para sus congéneres, que lo hacen purgar su pecado genético con la muerte y lo revindican con el sucesivo homenaje estatuario, cual segura expiación histórica.

El cortometraje Gloria eterna (Yimit Ramírez, 2017), uno de los más recientes exponentes audiovisuales de relato distópico “hecho en Cuba”, ni siquiera tiene una oveja negra disonante. Nada hay de un curioso D-503 como en la mítica novela Nosotros (Yevgueni Zamiatin), ni de los inadaptados Bernard Marx y John el Salvaje de Un mundo feliz (Aldous Huxley), ni el cuestionador Winston Smith de 1984 (George Orwell), o el levantisco pandillero Alex de La naranja mecánica (Anthony Burguess), ni la imaginativa Offred de El cuento de la criada (Margaret Atwood), o el terrorista libertario V, de V de Vendetta (Alan Moore).

El protagonista de marras, aunque su nombre de Julián LVII (interpretado por el siempre efectivo Mario Guerra) remite ligeramente al “héroe” numerado de Huxley, es un apacible y dócil oficinista que se pliega a todas las ordenanzas mecanizadas del sistema burocrático donde vive, en pos de asegurar un mínimo bienestar para su familia. Y a costa de su propia vida (spoiler alert!), inmolada en una suerte de magna —a la vez que rutinaria y vacua, como resulta todo en un mundo de burós y trámites— ceremonia sacrificial, honorífica, donde se alcanza la “inmortalidad” invisible de las estatuas. Donde el ser humano se transmuta en un símbolo vacuo y alienado a priori… como resulta todo en un mundo de burós y trámites, de formalismos y fórmulas tautológicas. Apenas un remordimiento por el futuro imposible perturba la resignación fatalista de Julián.

Heredera inevitable de la icónica y profética La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea, 1966), en el universo de Gloria eterna tampoco existe un Juanchín disconforme y enloquecido por los desmanes insensibles de los casi surrealistas burócratas. El protagonista de Yimit es uno de estos seres parapetados en un buró, e incrustados en una oscura oficina de ambigua epocalidad, con ciertos aires de los años ochenta cubanos. No hay resistencia. Todo es pura adscripción.

Como toda distopía que se respete, Gloria… va del estatismo. De la expansión ad infinitum de un estado de cosas invariable. De la conservación a ultranza de esta situación. De la sacralización de los esquemas en detrimento de sus sentidos. Y de la degradación inevitable que la inmovilidad antidialéctica provoca en los seres humanos. Esto último es algo que tiene sin cuidado a los exclusivos y excluyentes detentadores del poder, presentidos como fuerzas abstractas apenas esbozadas por los angulosos perfiles de las estatuas omnipresentes.

Aunque la referencia al Big Brother de Orwell también es inevitable, en el mundo urdido por Yimit Ramírez se aprecia una curiosa multiplicación del simbolismo de la dominación en cada uno de los “gloriosos eternizados”. En los diferentes escenarios se ven bustos rotulados como Ernesto XVI y Antonio XXI, prefigurados bajo la misma y esquemática efigie. Ocurre al través un segundo proceso de disolución de la identidad individual de estas personas pasadas, en la única y prestablecida faz: eterna como la gloria que justifica su excelsitud.

No existe un Henry Ford al que adorar (Un mundo feliz), un fascistoide Adam Sutler (V de Vendetta) o un magnate salvador Wilford (Rompenieves, novela gráfica de Jacques Lob, Benjamin Legrand y Jean-Marc Rochette). Julian LVII vive en una suerte de desesperanzado estado de conformismo abstracto, de perpetuum mobile social. Esta huele a distopía funcional y por ende más terrible.

Acorde la anécdota, este cortometraje se centra en el sacrificio del individuo dinámico (como es ineluctablemente inherente a su naturaleza) a los pies del altar del símbolo inamovible, invariable, absoluto merecedor de todos los honores y oblaciones. Tal concepción la refuerza la existencia de una “doble moneda” en este contexto, lo cual subraya en Gloria… la crítica sociopolítica directa (y necesaria) a la Cuba contemporánea. Pues la cuidadosa concepción gráfica de este papel moneda en todas sus denominaciones —Yimit cuenta con una formación de diseñador— remite directamente a los actuales billetes cubanos.

Los “billetes estatua” (diseñados como el CUC), en sus varias denominaciones, son evidentemente mucho más valiosos que los billetes cuya unidad es el “hombre” (cuyo aspecto es reconociblemente semejante al Peso cubano). Ergo, la estatua es más importante que el hombre. El Poder sobre el individuo. El Estado sobre el libre albedrío. No hay que razonar demasiado para arribar a estas conclusiones.

Dado su carácter de ejercicio académico de la Escuela Internacional de Cine y Televisión donde cursa la especialidad de Dirección de Ficción, Yimit Ramírez estructura con Gloria… una narrativa correcta (y efectiva) que contrasta con casi toda su obra previa, distinguida por su carácter marcadamente experimental —como los cortos The Beauty or the Beast (Las aventuras de Embarrito), Windows XY, Reflexiones, Koala, y el largometraje QHUP (en proceso de posproducción)—, pero sin abandonar el tono satírico, ni mermar su capacidad imaginativa; pero más concentrada en la urdimbre contextual que en los aspectos formales y del relato. Gloria… no conmueve por lo retador de su estructura dramatúrgica, sino por los terrores subyacentes bajo su normalidad diegética, por su amenazante sensación de posibilidad, lo cual termina dotándola de una fuerza simbólica lúcida y no menos que inquietante.

La puesta en escena es tan decorosa como discreta. Con un rol crucial de la iluminación en cuestiones de estructurar las opresivas atmósferas (interiores y exteriores) en las que discurren los personajes. Los efectos visuales buscan integrarse armoniosamente a las escenografías, aunque en momentos cumbres tiende a delatarse un tanto el artificio.

Los efectos sonoros (a cargo de Vitor Coroa) juegan otro papel crucial en Gloria…, con la voz del propio director como materia prima empleada para urdir la “Voz” mecánica de la autoridad: Yimit la propone como un compuesto chapucero e impersonal de retazos de frases sueltas que se asocian acorde las necesidades discursivas de cada instante.

Esta voz es otro factor más del enrarecimiento y la invisibilización de la fantasmal autoridad que late como una omnipresencia gaseosa en tal mundo distópico. Es un discurso tan prestablecido y maquinal como todas las existencias a las que se dirige. Julián LVII existe en un estado de Pax más aterradora que la romana; y sucumbe en cuerpo y alma a un Moloch omnipresente, más devastador por lo ubicuo y embozado, que los de Cabiria (Giovanni Pastrone, 1914), Metrópolis (Fritz Lang, 1927) y Howl (Rob Epstein y Jeffrey Friedman, 2010).  (2017)

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