Hoy es siempre todavía

Con su tercer largometraje Ya no es antes, Lester Hamlet trae al cine su versión de la obra de teatro Weekend en Bahía.

Foto: Cartel de la película

En su año correspondiente, no escatimé énfasis en la relevancia que una cinta como Casa vieja (2011), primer largometraje de ficción de Lester Hamlet, tenía para el sistema representacional del emigrado cubano, en relación con el contexto natal dejado atrás, y redescubierto tras una prolongada experiencia vital ultramarina de variopinta influencia sobre su sentido de pertenencia y de identidad.

Contraria a otras cintas contemporáneas como Miel para Oshún (Humberto Solás, 2001) y La anunciación (Enrique Pineda-Barnet, 2009), Casa… patentó en el audiovisual cubano que, sencillamente, le podía ir bien a quien buscara suerte allende las fronteras físicas de Cuba. La precedió en esto el celebérrimo mediometraje Video de familia (Humberto Padrón, 2000) y le sucedió el acre cortometraje Crematorio: el fin…el mal (Juan Carlos Cremata, 2013) específicamente con su personaje de Cristina.

Con su tercera cinta: Ya no es antes (2016), Hamlet regresa al tópico del “amargo retorno” —como he preferido clasificar esta suerte de apartado temático—, pero en un tono más trágico y casi escatológico, en ambigua y algo insegura (por lo forzada) clave melodramática-tragicómica, desde la adaptación, y sobre todo recontextualización de otra obra teatral: Weekend en Bahía, de Alberto Pedro. Dramaturgo más cercano en el tiempo, que fue suerte de cronista-testigo de los avatares tempestuosos de la sociedad cubana en los inolvidables años noventa.lester-hamlet-ya-no-es-antes

Mayra (Isabel Santos) es una emigrante que emprende el “amargo retorno” al país abandonado 40 años atrás. Esteban (Luis Alberto García) es su novio de la adolescencia, su primer amor, que permaneció aquende los mares, y resulta la estampa de la frustración material y sentimental, erosionado por una vida de sacrificio sin recompensa y varado en un apartamento del habanero reparto Bahía: uno de los tantos pecios urbanísticos y arquitectónicos en que se fue descomponiendo la flotilla de la Utopía, zarpada en los sesenta y setenta con sus “ciudades del futuro”, como en algún momento se bautizó, específicamente, al cercano reparto Alamar.

Pero Mayra, amén su sofisticación primermundista, no aparece menos afectada. De hecho resulta un personaje desaforado, histérico, estridente, en su errático coqueteo con el reencontrado amante, símbolo evidente de todo lo que pudo haber sido si su madre (constantemente tildada de loca por ella misma) no la hubiera arrancado de su país en plena pubertad.

Durante la noche-madrugada en que transcurre todo el relato, se establece entre ambos náufragos de orillas opuestas una suerte de equilibrio, o más bien forcejeo o competencia por resultar el más desgraciado del momento, la víctima más extrema. Esta discusión establece un precario balance entre destinos aciagos a su propia manera. Alienación por hipertrofia una, alienación por atrofia el otro. El diferendo Cuba-Estados Unidos escupe unas víctimas incapaces por completo de pertenecer a ninguna de estas dos orillas, con sus respectivas promesas y exigencias.

El espacio angosto del apartamento, por cuyas diferentes habitaciones no dejan de desplazarse hiperquinéticamente los personajes, viene a sugerir un laberinto claustrofóbico donde colisionan en medio del total desamparo y desorientación. Esta interpretación se ve reforzada por la escena final (¡spoiler alert!), que se resuelve en el espacio abierto de la calle aledaña, una vez que Mayra y Esteban abandonan este purgatorio estrecho. Como alumbrados por este útero opresivo donde experimentaron una purificación ritual, para finalmente renacer al amor, al entendimiento que termina situándolos en una esfera de pureza inmaculada por encima del envilecimiento al que los ha sometido el macro-contexto.

El realizador Lester Hamlet (al centro), junto a los actores Isabel Santos y Luis Alberto García.

El realizador Lester Hamlet (al centro), junto a los actores Isabel Santos y Luis Alberto García.

Aquí viene a residir, probablemente, el mayor mérito de Ya no es antes, que hasta pudiera verse como suerte de reinterpretación criolla del drama de Romeo y Julieta: Mayra y Esteban son amantes arrastrados, en pleno florecimiento adolescente del romance, por el vórtice del irreconciliable conflicto político de Montescos y Capuletos del siglo XX. Potencias que no reparan en las más caóticas consecuencias a escala psicológica provocadas por su contienda ya atávica, y apenas en los primeros pasitos para su resolución.

Ahora, estos propósitos, significados y simbolismos se ven innecesaria y excesivamente recalcados por una banda sonora que, aunque bellamente compuesta por Harold Lopez-Nussa, irrumpe estridentemente en casi todas las escenas, con unos casi tornadizos propósitos melodramáticos, cuyo carácter forzado termina saboteando el intimismo minimal de la historia, que pudo ser confiada a las destrezas histriónicas de la Santos y García.

Pero, una vez más, las intenciones creativas de lograr una extroversión lacrimosa y sentimentaloide a toda costa forzaron en la actriz un registro sobreabundante que redundó en una interpretación superficialmente exorbitante y pobremente orgánica. Luis Alberto delata un mayor comedimiento, no exento de lagrimeo abundante que busca regalar el dolor a manos llenas. Tal disparidad y exageración actoral termina conspirando con un guion prolífico en torsiones dramáticas bruscas e inorgánicas, que acusan tautología y artificio extradiegético durante todo el metraje.

Indudable homenaje a una de las parejas fílmicas cubanas más importantes, Ya no es antes busca, quizás, ser un punto culminante de una carrera conjunta que engarza casi cuatro décadas de romance, desde la ochentera Clandestinos (Fernando Pérez, 1987), pasando por las noventeras Adorables mentiras (Gerardo Chijona, 1991) y La vida es silbar (Fernando Pérez, 1998). El hecho de ser ellos los protagonistas agrega una alta porción de significados y nostalgia, y hasta parece que sigue siendo como antes, siempre, todavía…a juzgar por el happy ending.

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