In the mood for…EICTV (Parte 1)

Una aproximación crítica en dos partes a las tesis de graduación de los alumnos de la EICTV cubana durante la promoción de 2017.

El espectáculo, de Alejandro Pérez.

El visionaje[1] corrido de las tesis urdidas por los realizadores recientemente egresados de las especialidades de Documental y Ficción de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) —con la correspondiente participación del resto de los graduados de las especialidades de Fotografía, Sonido, Producción, Edición y algunos de Guion— revela un apreciable desbalance cualitativo entrambas zonas, aun clasicistamente deslindadas. División canónica que persiste en predios festivalescos (no en todos) y académicos, ya casi por pura porfía tradicionalista; termina resultando a la larga un reto a desafiar y quebrar por la iniciativa de los realizadores estudiantes.

En el caso de marras, los proyectos adscritos a la cátedra de Documental presentan una osadía conceptual superior a la de sus pares de Ficción, conformados casi todos, estos últimos, con imbricar relatos convencionalmente anecdóticos, donde los recursos visuales se limitan casi siempre a la mera apoyatura de la trama, sin alcanzar vuelos expresivos de significación. Esto para el caso de Volver a ella (Rodrigo Quintero), La condena (Jeissy Trompiz) y Las palabras mías (Pablo Martín).

Un árbol cae, de David Beltrán.

Aunque, valga subrayar el cortometraje Día de Changó (Denise Soares), que propone un esquema conflictual mucho más sólido, y especialmente significativo para la contemporaneidad cubana: el cisma que por motivos ideológicos ha sajado la faz de la familia, desde la institucionalización oficial, a inicios de los años sesenta, del marxismo-leninismo de hálito conservadurista, declarado único ángulo perceptivo y preceptivo posible para la sociedad isleña.

La brasileña Soares, como saldo positivo de sus años en el país, logra captar esencias nacionales que le permiten articular un relato nada artificioso ni folclorista en su sencillez, pletórico de códigos sutiles y orgánicos complementos contextuales. La diégesis se sitúa el 4 de diciembre de 2016, durante el entierro de Fidel Castro. No es un día especialmente remarcable hasta ese momento en el calendario patriótico-político-militar local, pero sí lo es para gran cantidad de cubanos. Consagrado, como está, al orisha Changó, por la religión y la motopoyesis yoruba.

Paralelo a este acontecimiento —que no deja de referirse tangencial, pero significativamente, en un televisor encendido casi todo el tiempo del relato—, la militar Ana María retorna a su hogar a propósito de otra muerte cardinal: la de su madre. Y se reencuentra con su hermana, enfrascada en la organización de una fiesta para Changó. Esto le viene por herencia materna. Ana María entra entonces en una suerte de proceso de expiación, reconciliación, redescubrimiento y final anagnórisis de su sistema de lealtades y las debidas avenencias, sin el necesario renunciamiento a una de ellas (el credo familiar) a favor de la otra (el credo político).

Soares despliega silencios expresivos; remembranzas intimistas recreadas a modo de flashbacks de contrastante lirismo con la “dureza” realista del presente diegético; enfáticos close ups y primeros planos para remarcar la incomodidad asfixiante que padece la protagonista, que está quizás demasiado ceñuda en un subrayado excesivo de sus disyuntivas.

Un árbol cae, del español David Beltrán, descuella por su arriesgada inmersión en un cine más lírico, de hálito y ambiente tarkovskiano (Stalker, El espejo). Se concentra en desplegar una atmósfera onírica, donde el personaje resulta más un sujeto lírico que va indagando, palpando, descubriendo los pliegues de la esfera más emocional que física donde se le sitúa. Con sus encuadres, la fotografía de la también española Laura Sanz dota al ruinoso espacio donde transcurren las acciones de una estructura laberíntica, casi monstruosa; inaprensible en sus verdaderas dimensiones y distribución espacial. Abrumadora, infinita en sus recovecos.

Aunque varias secuencias transcurren en habitaciones más identificables como recintos domésticos, son más recreaciones de la propia mente de la protagonista que espacios prexistentes a su llegada. La mujer y la casa, con todo su universo de grietas y objetos, terminan siendo manifestaciones de un mismo ser. Como las materializaciones psico-espaciales del protagonista de Solaris (otro guiño posible a Tarkovski). O como el propio puzle onírico que Jan Švankmajer le propone a Alicia (1988) en su muy particular versión, donde el País de las Maravillas y el mundo tras el espejo se funden en una maraña claustrofóbica de alveolos delicadamente derruidos.

Día de Changó, de Denise Soares

Un árbol cae va de elucubraciones, reminiscencias y estados del ser provocados por motivos vitales presentidos, veladamente sugeridos por escasos fragmentos de información concreta que libera Beltrán. ¿Limbo? ¿Purgatorio? Quizás. Es la gran casa un espacio de evocación del pasado, de la niñez como estado de expansión de la conciencia —gracias solo a las propiedades alucinógenas de la curiosidad, la adrenalina y la natural disposición mitopoética. Hechos y emociones se mixturan en imágenes y sensaciones surreales.

De poesía e íntima apropiación de las imágenes que el mundo provee, también tiene el documental de un tercer egresado español: El espectáculo (Alejandro Pérez), donde el circo deviene basamento para la composición de un verdadero poema a la vida, a la épica de la cotidianidad.

El autor parte de la ruptura con las habituales concepciones que el hombre común tiene de la puesta en escena como delimitación infranqueable entre “mundo real” y “mundo de las representaciones”. El segundo ha sido siempre un nicho de seguro amparo de una realidad despreciada por su impredictibilidad peligrosa, por sus dinámicas tautológicas, cuyas narrativas no alcanzan clímax ni conclusiones espectaculares. Y el circo viene a ser un clásico epítome de este mundo representacional, cargado de emociones sobre y antinaturales, al margen de la existencia “común”. Su carpa es el tabernáculo donde todos los fieles acuden a por un escape momentáneo, a libar algunas gotas de solaz.

Dadas las recurrentes imágenes de los maravillados rostros de los niños espectadores, que Pérez alterna con escenas contrastantes de la vida —elevadas a planos de alto lirismo— alguien sugirió entusiasmado que le recordaba el clásico cubano Por primera vez (Octavio Cortázar, 1967), cuyo objetivo es cartografiar el mapa emocional de personas enfrentadas por primera vez al cine. Es decir, son personas extasiadas ante el impacto de sistemas simbólicos ajenos a sus contextos usuales. Con El espectáculo, Alejandro más bien busca revertir y polemizar con tales concepciones modernistas desarrolladas entonces por Cortázar. Salvando sensibles distancias, termina dialogando con los propósitos más pragmáticamente defendidos por las obras de la Televisión Serrana.

Se diluyen a golpe de montaje las fronteras entre la mascarada intencionalmente artificiosa y la espectacularidad implícita e intrínseca de personas y actos desatendidos por los espectadores-protagonistas de estas. Aunque la postura inevitablemente externa del realizador lo sitúa en privilegiada posición para “descubrir” el milagro del barro, sin necesidad de transformaciones.

Ahora, el director no puede sustraerse de la inevitable estrategia de la representación para enaltecer al pescador (al que le dedica el episodio “El equilibrista”) o al hacedor de carbón (lo rebautiza “El gigante”) y otros más. La fotografía rutilantemente contemplativa de Juan Carlos H. Villarreal y la envolvente atmósfera sonora de altas significaciones, llevada a feliz término por el brasileño Luiz Lepchak, lo ayudan a enhebrar su espectáculo otro y a equipararlo (contraste, nunca confrontación) con los nada despreciables valores circenses. (2017)

(Continuará)

Nota:
[1]  El domingo 23 de julio se proyectaron las 11 obras en el cine Chaplin, durante la sesión vespertina.

 

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