In the mood for…EICTV (Parte II y final)

Una aproximación crítica en dos partes a las tesis de graduación de los alumnos de la EICTV cubana durante la promoción de 2017.

Fotograma de Los Perros de Amundsen, del realizador Rafael Ramírez.

Hacia terrenos más de la observación de aires “realistas” se mueven piezas como Plástico, de la danesa Sissel Morell Dargis, y Roma, de la cubana Violena Ampúdia. Obras con tantos puntos de contacto como divergencias en sus abordajes respectivos, enmarcadas en contextos agrestes, casi extremos, en los cuales los seres humanos despliegan sus tirantes relaciones. Siempre en precario equilibrio.

Plástico sigue a dos amigos que atraviesan casi todo el país (de La Habana hasta la Sierra Maestra) para vender pozuelos de este material en las breves comunidades montañosas orientales. Aunque su periplo por la isla es omitido, la progresión dramática, episódica y espacial de sus avatares por los terraplenes y senderos campestres lo convierten en una road movie hecha y derecha, con la perspectiva de buddy film que no pocas veces va aparejada a estas obras. El movimiento físico se empalma (y al fin deviene metáfora) con la progresión de las relaciones emotivas entre los protagonistas.

Sissel se acoge al método observacional para revelar las estrategias de supervivencia de estos dos seres, entre ellos y respecto al contexto donde bregan por obtener las esperadas ganancias. Su alianza tiene límites competitivos, pues no dejan de emular en las ventas, de “quitarse el negocio” a la primera oportunidad.

El relato se soporta, primeramente, en lo atractivo de estos dos personajes. Aunque sabiéndose filmados, se desempeñan con una naturalidad de innegables méritos histriónicos. Plástico no deja de flirtear entonces con los métodos de la ficción, ya que existe un innegable pacto entre actantes: los protagonistas y el equipo de filmación. Ya la propia invisibilización, el no entrometimiento explícito del equipo en las situaciones, circunstancias y acciones, termina remarcando su presencia en la percepción de los espectadores, quienes, “preparados” de antemano para ver un documental, una documentación de algo “real”, no suscriben previamente contratos de ilusión.

Plástico, de Sissel Morell Dargis.

Los términos de este pacto entre los “actores” y los realizadores, las particularidades de la puesta en escena —que de alguna manera completarían la obra para públicos exigentes con las reglas estrictas de la documentalística—, solo podrían conocerse conversando con ellos y deconstruyendo el proceso de rodaje. Lo cual terminaría siendo otro relato, otro proceso, otra historia.

Como El espectáculo (y una inmensa cantidad de obras y realizadores contemporáneos), Plástico vuelve a poner en crisis, una vez más, las concepciones de “la verdad” a favor de la verosimilitud, mediando la fe en la postura ética del creador respecto a lo filmado. Este sería ahora el acuerdo más pertinente entre públicos y propuestas audiovisuales.

Roma apela también al seguimiento observacional de una pareja: en este caso, un matrimonio en estado de tensión más escatológico, pero con evidentes desniveles “actorales” entre los dos personajes. La mujer, dotada de una agresividad resultante de diversos infortunios confesos y presentidos, domina casi absolutamente la escena, relegando a su recesivo esposo a un rol apenas secundario.

Este hombre es propuesto como responsable de algunos conflictos, pero termina absorbido por la energía belicosa de ella, asumiendo un equívoco rol de víctima. Es nítida (quizás demasiado) la postura de Ampúdia y su equipo respecto al realce protagónico de ella. Aunque no parecen haber intenciones excesivas en revestirla de heroicidad, sino de revelar su irritación como escudo para la soledad supurante en su interior. A diferencia de los vendedores de Sissel, el camino que se les propone a estos dos seres es la tautología claustrofóbica; con una relación que no progresa de bien a peor o viceversa, sino recorre un sendero circular de cenizas.

Luz para ellas, de la suiza-salvadoreña Celina Escher, termina siendo la pieza más adscrita a la convención documental, en tanto su preocupación por exponer, denunciar, manifestar y desplegar un consciente activismo feminista, racial, de derechos sexuales, de unas maneras por completo explícitas, supera cualquier otro interés por moldear una puesta en escena más compleja, más personal.

Esto tampoco es un pecado, pues la nitidez de propósitos no es nada a condenar. Aunque sí lo son algunas torpezas de puesta en escena a la hora de intentar captar esencias caracterológicas con close ups sostenidos, donde el personaje de Anfíbola termina mirando a cámara. Esto pudo resolverse en el cuarto de montaje o volviéndose a rodar in situ, lo que trasunta premura e ingenuidad.

Las vidas paralelas y luego confluyentes de dos mujeres cubanas negras, artistas (una poeta, otra trovadora) y lesbianas, tan proactivas como la misma realizadora, se exponen mediante testimonios visuales y orales de ambas. Introducido y concluido todo con dos momentos performativos, donde poesía y música identitarias, militantes, engarzan en una propuesta a dúo desarrollada en espacios alternativos.

A propósito del rompimiento inoportuno del plano observacional, el documental tropieza más cuando se busca reflejar la cotidianidad de sus protagonistas, sobre todo con la auto-rebautizada —en directa apelación a la fuerza de su legado ancestral africano— como Anfíbola. Los planos expositivos de la relación con su hijo pequeño terminan emanando una violencia sutil, que contradice sus testimonios orales de amor y cuidado por él.

Cartel de Los perros de Amundsen, de Rafael Ramírez.

Sobre el plano antropológico, pero de guisa más folclorista y cultural, transita la también danesa Karen Andersen con su pieza 13 vueltas, que indaga y discursa sobre la herencia, la tradición y el traspaso generacional de esta, apelando a los practicantes del “Rito de los voladores”, en la mexicana ciudad de Papantla, estado de Veracuz.

La Andersen prefigura un suave y tierno fresco de los más jóvenes aprendices de este rito —consagrado por la UNESCO, en 2009, como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad— en la Unión de Danzantes y Voladores de Papantla, su actual Kilómetro 0. Sigue los juegos y rivalidades lúdicas de los niños enfrascados en comenzar sus volatines, desde un sincero sentido de pertenencia, que garantiza la supervivencia de este como foco cultural.

No hay entrevistas ni pretensiones historicistas, explicativas. Los datos hay que buscarlos allende la obra, o tras un escrutinio minucioso de sus créditos finales. Karen va develando secuencia a secuencia esta práctica espectacular, que deviene rito iniciático o prueba de adultez para sus protagonistas. La tradición como forma de vida, la cultura como forma de vida. La importancia de un proyecto de existencia.

Los perros de Amundsen, del cubano Rafael Ramírez, seleccionado por los programadores del 70mo. Festival Internacional de Cine de Locarno, en Suiza, irrumpe como una pieza canónicamente incalificable, que aborda los más fértiles terrenos del cine ensayo, el cine arte: y todas las taxonomías a que los teóricos y críticos han echado mano para no caer en el vacío de la incapacidad clasificatoria.

Por mera fortuna, Ramírez obtuvo su titulación de la EICTV mediante la cátedra de Documental, pero su obra Los perros… y las anteriores (Alona, Diario de la niebla, Limbo, Year of Meteors, Tractatus, Filmar Pedro Páramo) rehúyen constantemente las categorizaciones, en pos de una expresión ingentemente personal, que se basa en un acervo no menos que erudito. Es capaz de conjugar  los referentes literarios, musicales, filosóficos, mitológicos, poéticos, teóricos, en un sistema-pastiche mito poético, que recuerda y confirma la “noosfera fílmica” planteada por Didier Coureau cuando discursa sobre el ensayo cinematográfico[1].

Rafael traza nuevos senderos simbólicos, expresivos y discursivos en los espacios en blanco dejados por sus precedentes y contemporáneos. Sopla en su redoma una esfera de significados y lógicas tan particular como legítima. La echa a rodar entre los espectadores desprevenidos –y aun los algo prevenidos–, como un reto intelectual pero también emotivo, temperamental, muy lejos de un raciocinio gélido, a juzgar por las zonas gnoseológicas en juego. Es una fantasía, no obstante, calculada, pero donde la belleza emerge de la propia infraestructura, con una pureza que nace en el mismo tuétano de la armazón.

La música es un terreno nada ajeno para este autor, por lo que tampoco resulta nada descabellado pensar Los perros… como una pieza musical de alta experimentación. Y no solo en los momentos en que la banda sonora, con temas de Jesús Ramírez (padre de Rafael), remonta los planos protagónicos.

Vale señalar que lo experimental en un creador es válido por el coraje con que indaga nuevas esencias en las cosas prexistentes, por cómo subvierte las preconcepciones, estamentos, cánones, semas. Por cómo dinamita la obra de Dios, explayando sus praderas y páramos mentales en forma de contrapropuesta, de nueva lógica donde la serpiente del Edén resulte tentada por dos Evas.

Rafael mezcla las fantasmagorías trascendentalistas de H. P. Lovecraft con la poesía del cubano José Luis Serrano —quien deviene protagonista y eje de la película, nombrada por una de sus composiciones—, en un maridaje singular, pero nada torpe. Pues la propia “incoherencia” mitológica, que se le critica usualmente al estadounidense, realmente es muestra de una voluntad poética, emotiva. No menos aclarada por él en sus textos, cuando insiste en la incapacidad de la razón humana para entender lógicas más allá del planeta y hasta del mismo plano dimensional.

Las esferas de Shub-Niggurath, Chtuluh, Nyarlathotep, Yog-Sothoth et al, solo pueden ser entendidas desde el prisma poético, o sea: cuando se renuncie a adecuarlas a sistemas racionales conocidos. Incluso, la propia lengua colapsa con estos idiomas impronunciables, surgidos de gargantas que no se parecen a nada conocido. Serrano, con su obra, experimenta con el lenguaje y teje frases de valor contra lingüístico, que buscan caotizar la lengua. Para dialogar con ello hay que despojarse de modelos establecidos.

Ramírez se añade entonces como tercer vértice creativo y coaliga ambas imaginerías (Lovecraft y Serrano) en un torrente de imágenes, no pocas verdaderamente impactantes, donde la cinematógrafa argentina Elisa Barbosa no poco tuvo que exigirse para salir tan airosa.

Los perros de Amundsen termina siendo un alarmantemente sólido cierre para esta hornada de tesis de la EICTV, a la vez que un diálogo consecuente, orgánico y drástico con los propios postulados radicales de par de sus librepensadores padres: Fernando Birri y Julio García Espinosa. Recordemos tan solo las respectivas Org (1978) y El plano (1993). Pero Rafael Ramírez no se parece a ellos, y esto es lo mejor. Pues una verdadera escuela debe criar cuervos que nieguen los presupuestos conferidos en las aulas, redimensionándolos en novedosos constructos. Algunos graduados cruzan por ella como si no hubieran pasado; otros memorizan algoritmos; unos más son creadores. (2017)

Nota:
[1] Suzanne Liandrat – Guigues y Murielle Gagnebien (compiladores): L’essai et le cinéma (colección Or d’Atalant) Ediciones Champ-Callon.

 

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.