La ambivalencia del crepúsculo

El corto del joven cineasta Juan Pablo Daranas funciona como una muy bien ajustada maquinaria dramática.

El director de Crepúsculo en una de las filmaciones

El director de Crepúsculo en una de las filmaciones

Foto: Tomado de AHS

Juan Pablo Daranas demuestra con Crepúsculo (2015), su segundo corto de ficción, que no hay por qué temerle a las estructuras dramáticas clásicas. Si de algo ha padecido el cine cubano hecho por jóvenes realizadores aun en formación (y a veces por no tan jóvenes), es de una pretensión de inventiva cinematográfica que desestima las posibilidades siempre infinitas de las formas más convencionales de contar una historia. En algunos casos, resulta notable el desconocimiento flagrante y campante de las leyes más básicas de la dramaturgia. Y en muchos otros, los arriesgados intentos de experimentación parecen no más que fuegos artificiales, malabares huecos, mientras que lo que se cuenta carece de toda elaboración conceptual y, por tanto, de toda profundidad cultural.

Si la experimentación en el arte no produce un saldo cualitativo en la generación de significados en el plano de la connotación, el artificio estético carece de total sentido. La necesidad dramática debe producir una necesidad de la forma; la lógica contraria lo que produce es puro efectismo, inconsistencia dramática, al fin y al cabo.

Entonces, esta es la regla de oro de toda creación humana, más de índole artística: primero es necesario dominar lo básico, lo que se sabe que funciona a la perfección, si se hace según las reglas; y solo después, si es que el talento y la cultura acumulada así lo permiten, jugar maliciosamente, y con plena conciencia, con las reglas.

Con una estructura implícita de tres actos y un epílogo, Crepúsculo funciona como una muy bien ajustada maquinaria dramática, sin fallas, sin gratuidades, sin excesos, sin piezas de más, solo las necesarias para que el engranaje, una vez echado a andar, funcione halado por la fuerza interior de una lógica narrativa inmanente, y no forzado a empujones desde afuera por caprichos del guión –como suele ocurrir en tantos trabajos que la muestra nos da la posibilidad de ver, y hasta en películas que nuestra industria se da el lujo de financiar.

Un circo ambulante llega a un pequeño caserío en una zona rural montañosa, donde ni siquiera hay electricidad. Una muchacha, integrante del elenco circense, es acogida como huésped por una modesta familia del lugar compuesta por una señora con su hijo, un niño de unos 9 o 10 años de edad. En esta breve introducción, el director y guionista se cuida de darnos información de más, solo percibimos indicios que después comenzarán a ganar un importante relieve dramático, como el teléfono celular de la joven, el extraño comportamiento del niño y la actitud sobreprotectora de la madre. En la entrecortada conversación que sostienen durante la comida, nos enteremos que la muchacha es actriz, que estudió en La Habana, pero que como nació en un pueblo cercano, fue enviada al circo ambulante para cumplir con su servicio social. También conocemos que Abelito no asiste a la escuela, que la maestra le imparte las clases en la casa y que nunca antes había visto una muchacha tan grande.

Alicia espera una llamada, mira constantemente su teléfono, que se va convirtiendo en un objeto-detalle cada vez más significativo. El núcleo de la situación dramática está próximo a ser expresado. La joven no puede conciliar el sueño y sale a la oscuridad absoluta de la noche rural, donde el niño ha encendido una fogata. Ambos conversan a la luz de la hoguera. Alicia le cuenta a Abelito que está esperando una llamada muy importante para ella, que ha hecho un casting para obtener un papel en una película y que quizás tenga alguna posibilidad. Si obtiene el trabajo, regresaría inmediatamente a La Habana.

Leyendo de manera retrospectiva, en esta secuencia ya están connotados los elementos más importantes del núcleo dramático de la historia. Ambos personajes protagónicos padecen una profunda tristeza. El niño por la vida a que lo condena su cruel enfermedad; ella por su frustración profesional y la falta de posibilidades de desarrollo que le brinda el trabajo que le ha sido asignado. Si Abelito no puede existir socialmente durante el día, porque le está vedada la luz del sol, qué sentido tiene su vida. Si la actriz tiene que permanecer en el circo de mala muerte como payasa, para qué le sirve el haber estudiado una carrera en la capital.

El conflicto de Alicia expresa una serie de oposiciones binarias tales como: capital/provincia, ciudad/campo, éxito/frustración, felicidad/tristeza. En cada una de las oposiciones, el segundo término denota su situación en el presente de la narración: está en el fin del mundo, frustrada y triste. Mientras que los primeros términos, que ideológicamente son los fuertes, los marcados como positivos, connotan las expectativas futuras del personaje: quiere regresar a La Habana, a la civilización, tener éxito como actriz, y de ello depende su felicidad, su autorrealización.

Para el niño, la única promesa de felicidad, promesa de una noche, depende del espectáculo circense, y sobre todo de la actuación de su nueva y única amiga. La llegada del circo es un acontecimiento para la vida rutinaria, solitaria y aburrida de Abelito. Para ella, la llamada con la gran noticia es la única esperanza inmediata de salirse de la desesperada situación profesional en que se encuentra. Ambos amanecen juntos: Abelito la ha observado dormir, quizás toda la noche. Alicia despierta y le pregunta si ha sonado el teléfono; él le comenta que ya están armando el circo. Aún existe esperanza para ambos.

En la secuencia siguiente la promesa de felicidad llega a su clímax. Alicia llama a su amiga Claudia para que le dé noticias del casting. La solución fotográfica en este punto es de alto nivel estético y conceptual. Mientras habla por teléfono, su figura es captada a contraluz, todo el torrente solar a su espalda, incidiendo sobre su cuerpo. El plano funciona como una hermosa metáfora visual de gran ambivalencia. Su expectativa parece avivarse con la energía solar que recibe. Pero a su vez, la imagen de su rosto, al estar a contraluz, queda ensombrecida y, por tanto, indefinida. Detalle sutil, pero que connota una idea de índole ontológico nada desatendible. El personaje aún carece de identidad, su falta de realización profesional se revierte en una indefinición de su yo en términos de autorrealización.

El plano posterior es aún más sugestivo, vemos los ojos del niño, que espían a través de una rendija de la ventana del cuarto, en las sombras de su cárcel diurna. La expresión de la mirada es de tristeza y curiosidad al mismo tiempo. El deseo de conocer el mundo es el único antídoto posible contra su enfermedad, la única llama capaz de contrarrestar su noche eterna. El jovencito Kevin Serra logra transmitirnos con la mirada esos complejos sentimientos contrapuestos; para ese instante ya nos ha conquistado, con sutileza, con histrionismo contenido, casi que susurrándonos plano a plano el ser de su singular personaje –un desempeño que para los estándares cubanos, en lo que la actuación infantil se refiere, resulta más que sobresaliente. Juan Pablo Daranas demuestra también con esta obra que tiene pulso para la dirección de actores, una de las asignaturas pendientes de nuestros jóvenes y no tan jóvenes realizadores. Termina la secuencia con un plano general de la quietud y vastedad del paisaje. Las tres situaciones articuladas mediante un montaje intelectual que sabe remarcar con nuevos niveles conceptuales las ideas fundamentales de la situación dramática que ha sido planteada.

Llega la noche y, con ella, el tercer acto, el del desenlace dramático. A punto de salir a escena, suena el teléfono celular de Alicia. La mala cobertura la obliga a ir fuera de su improvisado camerino y recibe la noticia fatal en la oscuridad de la noche. Otra metáfora ambiental, que contrasta por oposición con el contexto visual de la primera conversación telefónica entre la protagonista y su amiga Claudia. Alicia queda ahogada en la decepción, experimentamos con mayor hondura su desesperación mediante el temblor de la voz, del llanto contenido, que por las propias palabras (quizás el mejor momento actoral de Mónica Molinet). El espectáculo circense espera por ella, pero la payasa Tristolina no sale a escena. El desvanecimiento de la ilusión de ella es a su vez la causa de la decepción del niño, que esperaba por la actuación de su nueva amiga; toda su felicidad inmediata dependía de ese momento. La relación que se establece entre las expectativas de ambos personajes protagónicos plantea un esquema trágico: el motivo de la frustración de la actriz (su mediocre trabajo como payasa) es lo que posibilita la ilusión efímera del niño; mientras que el desvanecimiento de la ilusión de ella provoca la frustración del niño, al no poder disfrutar a plenitud del espectáculo.

Podemos plantear entonces la reflexión más sutil a que quizás nos convoca el corto: la importancia del contacto humano con el otro, el error que se comete cuando se subestima el valor de la bondad de incidir, aunque sea con una noche de ilusión, en la vida de otros seres humanos. El destino llevó a la joven actriz a conocer la dureza de la vida de un niño que solo puede ser libre en la oscuridad de la noche. Quizás su egoísmo egocéntrico no le permitió comprender la importancia de su trabajo en ese contexto, la posibilidad que tenía de regalarle un instante de felicidad a una vida sumida en la tristeza. En última instancia, el esquema más profundo que subyace en esta historia se basa en las antinomias entre egoísmo y generosidad, individualismo y ecumenismo, la autorrealización a través de la creación como un contacto humano, modesto y sincero con el otro, y la autorrealización como una ansiosa carrera por arribar al éxito, a la visibilidad, al reconocimiento dentro de un circuito de élite, como puede serlo el sistema del cine.

Epílogo. Abelito, sin resentimiento, sale a hacerle compañía a Alicia, enciende la fogata para ella y vuelven a quedar a la luz del fuego. Ella le cuenta la noticia, él le hace saber de su insatisfacción por no haber podido verla actuar. Ella le explica su frustración, las decepciones, siempre le pasa lo mismo: queda a punto de conseguirlo, pero al final alguien le vence. Debe acostumbrarse al campo, su estancia en el circo será más larga de lo que pensaba. A el solo le queda la espera, que vuelva a transcurrir un año para poder ver otra vez el circo y, quizás, a ella.

Amanecen, juntos, en el mismo lugar de la fogata. Es el instante del crepúsculo matinal. Ambos miran el lento ascenso de la gran bola de candela. Los rostros expresan un sentimiento insondable: terror, miedo, desafío, experiencia de lo sublime y un largo etcétera. La imagen del sol es monstruosa. Toda la potencia de la vida y de la naturaleza contenida en esa imagen, y todo el terror del ser humano, su pequeñez, su angustia, su desvalidez; la inconmensurabilidad que existe entre nuestras capacidades físicas y mentales y la vastedad de un mundo que nos trasciende, como desconcertante pero hermosísima despedida de esta tierna y conmovedora historia.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.