La instrumentalización del culto al héroe o la maldita profecía de Titón

Ernesto Sánchez propone, con su documental, una lozana visión de la historia cubana, o más bien un método de enfoque histórico hibridado con la sociología y la política.

El héroe visto desde el discurso documental.

Muy pronto se ha apartado del camino

que yo les ordené seguir. Se han hecho un becerro

de oro fundido, y lo están adornando y presentándole

ofrendas… 

Éxodo 32-8

                                                                                                                                                                                    

Grande ironía entre las grandes es que, precisamente, quien emitió un apotegma tal como “la patria es ara, no pedestal” sea constantemente representado sobre pedestales, demarcándose un distanciamiento obligatorio, un redil de rancia sacralidad. Un velo de extrañamiento y, a la larga, de invisibilidad. Y de contra, que aparezca de manera más común —reproducido hasta un hastío verdaderamente metódico— mutilado, sin brazos para tendernos las manos, para aferrarse a nuestros hombros y sacudirnos inmisericorde con nuestro aturdimiento; para mandarnos una genuflexión ante el ara de la Patria.

Su cabeza decapitada, fosca y recluida en tantos y tantos rincones, como alguna vez describió su alma, se diluye en la prosaica rutina cotidiana, donde la percepción descarta todo lo que no contribuye al objetivo coyuntural. Y se diluye literalmente, se descascara, erosiona, cuartea, raja, quiebra y, finalmente, termina abandonando tras de sí un altar obscenamente abstracto, un pilar desnudo de sentidos que sostener o enaltecer.noname-1

No mucho más sentido tiene la efigie que reproduce frívolamente rasgos físicos, apenas correlacionables con ideas, actitudes, aptitudes, principios, preclaridad. La piedra, el hormigón y el yeso baratos han dado paso al ligero plástico, vacuo hasta la más insoportable levedad, de los bustos de José Martí que el realizador Ernesto Sánchez muestra y sobre los que ensaya en su documental Héroe de culto (2015). Vacío y reiteración, omnipresencia hueca de pomas jabonosas, delatan los planos iniciales donde decenas de cajas con tales bustos son aglomeradas en transportes hasta destinos urbanos o rurales inciertos, aunque el final común será la indiferencia, el olvido y la disolución.

Triunfador reciente en la edición 15 de la Muestra Joven ICAIC (Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos), esta obra de corto metraje se adscribe definitivamente a la temática histórica, pero se resguarda bien lejos, frame a frame, de cualquier postura cronologista o hechológica, y mucho menos epicista y apologética —seguimos hablando de levedades. Propone, más bien, un abordaje dialógico de la historia de los homenajes y mementos oficiales realizados a José Martí en La Habana, desde inicios del siglo XX hasta el presente, sobre todo de cariz urbanístico y monumental.

Sucesos históricos que repercuten en un presente aun no historiado —solo parecen merecerlo las cosas muertas—, pero claramente registrado y yuxtapuesto mediante un montaje paralelo que alterna dos líneas narrativas: una primera desarrolla la progresión “respetuosamente” cronológica de acontecimientos, como son la misma muerte en combate del Apóstol y las disímiles iniciativas estatuarias que la sucedieron en tiempos ya republicanos. Esta corrección, también dada por la linealidad del relato, refuerza el propio ceremonioso hieratismo de todas estas faenas, nada mitigado por la documentación añosa consultada y mostrada como principal fuente de dato: periódicos nacionales y gacetas oficiales de esas épocas.noname-3

Se le intercala y contrasta un registro más minimal, naturalista, del proceso rudimentariamente fordista de reproducción de bustos plásticos, determinado en primer lugar por una narrativa en reversa que revela las diferentes etapas de elaboración. El autor arriba, de manera inductiva, a la génesis de tal rutina. La indiferencia de los operarios que componen los bustos contrasta con la tercera línea argumental imbricada: el enjambre de bustos de Martí que sobrepueblan la ciudad, incorporados a los contextos diversos como una grieta más del suelo o la pared, ante la indiferencia colectiva de los cubanos que siguen sus rutinas de supervivencia sin reparar en ellos. Un tanto igual para los bustos impresos en billetes y monedas de ínfimo valor.

Bajo una casi pura obediencia al montaje, consolidado por el Griffith de Intolerancia (1916), se quiebra cualquier distanciamiento epocal o de estatus, para revelar un proceso de disolución de las ideas en la forma, que conlleva al holocausto del pensamiento orgánico en el “ara” del formalismo. Y como a su vez esta “mera formalidad” que resulta la replicación ad infinitum de efigies ligeramente martianas —por el físico apenas reducido a un estereotipo bocetado sobre el material—, va reformulándose semióticamente.

Termina delatando, con sus rígidas piedras toscamente talladas y sus hueras burbujas de plástico, la dogmatización y posterior evaporación —a fuerza de reiteración y descontextualización— de las ideas propugnadas por Martí. Es más fácil esculpir o garabatear una cara que asumir principios y modos, aunque el gran pretexto sea “recordar”, “tener (omni)presente” al Héroe Nacional, con este culto idolátrico apenas vivo. No en balde el Dios de Moisés y Moisés mismo montaron en cólera, cuando la adoración de los hebreos se redujo a un cordero de metal fundido en sus ausencias.

Sánchez propone además, con su Héroe…, una lozana visión de la historia cubana, o más bien un método de enfoque histórico hibridado con la sociología y la política —tributario a una tesis tan nítida como la fuerza expresiva que consigue más de una vez—, para extraer a esta Historia de la vitrina y asumirla como una fuerza presente, como un amasijo dialéctico muy vital, de significativa repercusión en la contemporaneidad. Y polemiza, dolorosamente, sobre el héroe y su sistema (oficial) homologado de representación en serie, que ha caído en una suerte de coma semiótico. Y hasta en la total invisibilización de lo que se supone sea un recordatorio, un epicentro de adoración y respeto.

Encima de todo esto, la espada de Titón pende. El triunfo de la realidad sobre el surrealismo (¿o será el entronamiento definitivo de este segundo?) implica la cristalización de su profética imagen de la máquina de hacer bustos con que inicia La muerte de un burócrata (1966), concebida como lo más absurdo que su sardónica postura pudo elucidar entonces. Y aquí está, no tan aparatosa ni mecanizada, pero igualmente “mecánica” y eficiente en su tarea de anular al héroe a fuerza de clonaciones plásticas.

Un comentario

  1. Nicolas Perez Bello

    Vi un articulo muy interesante al respecto. Realmente debería hacerse algo por diversificar el culto a los patriotas que mucho inspiran, pero que repetido el mismo nombre podría volverse vano. https://alfonsoroquetv.wordpress.com/2015/06/18/maceo/

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