La pared de las palabras o el muro de las lamentaciones

La más reciente película de Fernando Pérez regresa al tema del sacrificio humano.

Foto: Fernando Pérez durante la filmación de la película

Si, como yo, ha tenido usted un familiar muy cercano discapacitado que haya convivido buena parte de su vida bajo su responsabilidad; si, como yo, usted sabe bien que todos terminaremos siendo discapacitados de un modo u otro (el mal de Alzheimer está que hace ola); si, como yo, ante esas noticias usted prefiere sonreírle a la discapacidad y a la vida hasta su último aliento, no vaya a ver la película de Fernando Pérez. Si, en cambio, carece de esas experiencias o de esas concepciones, vaya y llore sin pena, llore con gusto, la mitad del cine lo hará con usted.

Retorna uno de nuestros más importantes cineastas, Fernando Pérez, con un tema que le obsesiona: el sacrificio. Es fácil recordar a la Carmen de Clandestinos que sacrifica su entrega amorosa a Pino, por la causa revolucionaria, o la propia Nereida que abandona el confort del hogar paterno para seguir los derroteros insurreccionales de su amado Ernesto. Recordemos también que, en La vida es silbar, Mariana hace voto de castidad para que Dios le conceda el privilegio de protagonizar Giselle. Luisita, la gorda sufrida de Madrigal, sacrifica su dignidad y su vida a la pasión por un joven apuesto que la desprecia; mientras en José Martí: el ojo del canario, Martí y su propia madre son sujetos sacrificiales.

En la Pared de las palabras vuelve a ser la figura materna el rehén del sacrificio; en este caso a propósito de un hijo, físicamente discapacitado. Es una película triste, donde no acontecerá nada que el espectador no pueda imaginarse al margen de la sinopsis: “Desde su infancia, Luis padece una distonía y no puede comunicarse a través del lenguaje corporal ni de las palabras. Entre la institución médica y la familia, su vida interior es un muro infranqueable. Más que una película sobre la discapacidad, La pared de las palabras intenta reflexionar sobre el difícil ejercicio de la comunicación humana, el dolor y los límites del sacrificio.”

Encabezando el elenco, Isabel Santos encarna la susodicha madre que, no quiere, no sabe o no puede hacer otra cosa que renunciar paulatinamente a cualquier otra forma de realización personal, que desplace su atención del hijo enfermo. Su otro hijo (Carlos Enrique Almirante) y su madre (Verónica Lynn) le reprochan constantemente su obnubilación afectiva, que los ha dejado a ellos huérfanos de amor en ese hogar y que ha convertido a una mujer sensible, profesional, inteligente, en un sujeto limitado a una sola función: cuidar de su hijo con celo exacerbado. Sobre este tópico, los diálogos vuelven una y otra vez, sin que haya una progresión dramática más allá del relativo empeoramiento de la condición médica de Luis. No hay ningún conflicto potente que plantee una evolución narrativa: que la madre se encerrará en una concha donde solo caben ella y Luis, es solo cuestión de tiempo. El masoquismo de esta madre es algo muy serio: “Lloro porque te quiero”, le dice un día mientras lo abraza como si fuera un bebé.

Pero como no se puede armar un filme solo sobre la base de mostrar escena tras escena lo que ya quedó claro desde la primera secuencia, La Pared… opta por presentar otros personajes que interactúan con Luis en la institución donde permanece internado. Ahí está Maritza, una señora down, que convierte a Luis en víctima de su amor y le prodiga cuidados de toda índole, incluso servicio sexual. Las de este dueto son las escenas más morbosas, a mi juicio, porque no es un verdadero despliegue histriónico el de Maritza Ortega, quien desde su naturaleza sicosomática está excepcionalmente capacitada para la representación escénica de su personaje, pero no llega a trascender el parlamento risible, burlesco o patético. Luego está Laura de la Uz, encarnando estupendamente a “la loca del barrio”, la loca de la jaba, la que escandaliza, la que muestra su pubis al desnudo cuando se encabrona, la que –en este caso- parece haber sido una funcionaria extremista que “se quemó” de tanto consagrarse o de tanto machacarle la vida a los demás. Es ella quien pone un poco de pimienta en una película que gira y gira sobre una trama, donde adyuvantes y oponentes se neutralizan con demasiada facilidad.

Las últimas imágenes del filme vuelven a dar fe de la soledad y el sufrimiento: la matita que sembrara Luis ahora crece trayendo su voz over envuelta en poesía y, al fin, liberada del cuerpo físico. Añádase el cuadro que pintara el hermano –bellísimo por cierto, el cuadro–, cuyo efecto inmediato lo pudimos constatar en los desorbitados ojos de un paciente: lágrimas, o sea, más dolor, más sufrimiento, y los créditos finales.
Me gustaría cerrar este comentario diciendo que es un filme respetuoso, éticamente correcto en relación con las personas discapacitadas y sus familiares allegados; aquellos que, como la madre de Luis, lloran porque los quieren; o que como su hermano, ríen y juegan a hacerlos reír. Mas prefiero decir que no me gusta el dolor, no me gusta el llanto; porque el dolor paraliza y el llanto nunca sirve de nada, por muy inevitable y humano que sea. El sufrimiento deprime, mientras la risa cura. Lo dice alguien que tiene el llanto fácil y la risa a flor de piel.

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