“La piscina”: de la tensión espacial a la tensión sicológica

La ópera prima de Carlos Machado deja entrever al cineasta que se está formando y al cine que promete hacer.

Tomado de La Jiribilla

“La Piscina” se distingue por una visión profundamente humanista.

Lo que en nuestros días generamos como un supuesto cine experimental parece centrarse más en la seducción de las posibilidades del digital que en una verdadera actitud de investigar, arriesgar, aventurarse… cualidades con las que sí pudiéramos hablar en términos de experimento, más allá de lo lúdico-prefabricado que se aprecia en la mayor parte de las muy apuradas producciones que abundan.

Apartándose de la norma, también contamos, afortunadamente, con rigurosas producciones fílmicas que optan por el complejo y auto-exigente camino del llamado cine de autor, ese que se plantea dar prioridad al acto artístico por encima de cualquier complacencia banal y no hace concesiones por lograr un público mayor.

Ese es el caso de la película La piscina, de Carlos Machado Quintela, exhibida recientemente en una de las esquinas no competitivas del 33 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. El título de Vanguardia que tiene esa sección nos parece fatuo y contradictorio, en tanto parece remitir a lo más osado de nuestras producciones cinematográficas y, al mismo tiempo, designa un área fuera de concurso. La incongruencia estriba en destinar lo que supuestamente es lo más avanzado a un espacio donde las obras son miradas con el paternalismo de quienes no las consideran lo suficientemente valiosas, confiables, profesionales, como para concursar por el Premio Coral.

El término avant-garde, cada vez más en desuso a partir del agotamiento de la modernidad, se ha utilizado en el arte occidental para designar aquellos movimientos artísticos que evolucionaban y rompían esquemas; se refiere a lo que marca el progreso, lo no conservador, lo que transita por caminos no habituales (de lo que fueron ejemplo las vanguardias artísticas del siglo XX). ¿Cómo aplicar entonces tal categoría a una muestra paralela de nuestro festival? ¿Está acaso la selección en concurso carente de la audacia “vanguardista” que diferencia al artista arriesgado del conservador, del repetitivo, del que transita con comodidad las vías ya ensanchadas?

Agradecemos, por supuesto, la actitud del autor de no retirarla de una sección sin posibilidades de premio porque… ¿puede un creador hacer algo verdaderamente honesto pretendiendo un premio? ¿Contaríamos con un Andréi Tarkovski en la historia del cine si éste no hubiese trabajado contra viento y marea, casi sin recursos, con la única pretensión de producir sus películas tal y como él quería?

Un breve vistazo a las historias de vida de cada artista que ha aportado algo a ese amorfo ente que denominamos arte demuestra que, en todos los tiempos, lo mejor no suele ser lo que se acepta fácil ni lo que se premia. El verdadero artista acepta con naturalidad que su camino puede llenarse de espinas, de no aceptación, de rechazo de las instituciones, de la incomprensión del público, de exclusiones…y que esto no deberá desviarlo ni un milímetro de su senda, la única que puede satisfacerlo interiormente.

Nuestra idiosincrasia con tendencia a lo extrovertido, al choteo, a la velocidad (incluso en el idioma) y a la carencia de solemnidad en todo momento, hace más difíciles los caminos a los que apuestan La piscina y algunas otras películas cubanas (recientes y no tan recientes).

Estamos demasiado acostumbrados a la ligereza y el dinamismo del cine estadounidense y al verbalismo de gran parte del cine latinoamericano. Aunque vimos mucho cine ruso en otros tiempos, este nunca fue aceptado por el público cubano, que tildaba de “clavo” a todas las películas soviéticas, metiendo en un mismo saco a Nikita Mijailov y a las patrióticas películas de corte estalinista.

La piscina, ópera prima de Carlos Machado, contiene una procesada asimilación de recursos expresivos básicamente heredados del cine europeo, aportes de diversos movimientos cinematográficos que en su momento fueron plenamente experimentales. En esta película la lentitud no es gratuita, es lo que permite la tensión que se respira. Con la parsimonia de una video-instalación de Bill Viola asoma el primer cuadro y nos dispone para lo que vendrá, que nos dice: “Este es el ritmo al cual nos moveremos, no pretendas bailar”.

Atender a las herencias e influencias de una obra de arte no es suficiente para su análisis ni para su interpretación, pero nos ayuda a una mejor comprensión de la obra, pues lo contrario sería abordar el asunto desde una visión formalista, método que nos obligaría a valorarla en relación y/o contraposición con normas estéticas en las que ya no creemos, por haber perdido ellas sus contornos.

Sacar partido de todo lo que el cine clásico consideraba un error fue uno de los conceptos que aglutinó a la Nueva Ola en Francia; casi paralelamente se desarrollaban en otros puntos del planeta similares movimientos que coincidían, con igual entusiasmo, en subvertir las reglas del cine y sus habituales métodos de narración (el neorrealismo en Italia, el cinema novo en Brasil…) a riesgo de dejar, si fuese necesario, la sala completamente vacía. Reconozco en La piscina aquella intención de Jean Luc Godard cuando manifestaba que él hacía cine, no películas.

En nuestro país, aunque se han realizado importantes películas dentro de lenguajes más convencionales, lo cierto es que hemos sido moderados en cuanto al desarrollo de una expresión cinematográfica más atrevida. Hemos tenido etapas intensas en este sentido, pero ahora resulta que somos más conservadores que en los sesenta, exceptuando algunas importantes experiencias que no han gozado del reconocimiento que merecen.

Filmes como los que en esos años produjeron Tomás Gutiérrez Alea o Humberto Solás, por ejemplo, no fueron superados (en el sentido del riesgo, de la experimentación) ni siquiera por ellos mismos en sus producciones posteriores, tal vez más maduras, tal vez mejor facturadas, pero en otra dirección. ¿Puede compararse Hasta cierto punto con Memorias del subdesarrollo? Ya sabemos que Fresa y chocolate fue atrevida en su tiempo en cuanto a su argumento y muy laureada internacionalmente, pero estamos hablando de aquel aspecto del cine que se centra en la investigación propiamente artística y que corre el riesgo de no ser tan aplaudido. Dentro de ese “otro” cine pudiéramos inscribir recientes películas cubanas como Molina´s Ferozz, de Jorge Molina, y otras experiencias que (como La piscina) no son fácilmente aceptadas y quedan relegadas a escasas presentaciones.

Después de la sacudida posmodernista, que puso en tela de juicio todas las posiciones extremas y todos los conceptos binarios, resulta anticuado hablar en términos de culto vs. popular, lo masculino y lo femenino, lo universal en contraposición con lo local… Pero cuidado, lejos de dinamitarse las diferencias, puede que lo que se ha logrado sea enriquecer ambos polos y revitalizarlos, contaminando uno con el otro a manera de complemento Yin-Yang. Sigue existiendo, por ejemplo, un Kim Ki-du a la par de un Steven Spielberg, y no todo el arte es para todos.

Hay ocasiones en que la comunicación entre artista y espectador estriba más en molestar a este último que en complacerle; sobran ejemplos en la Historia del Arte, tanto en el campo de las artes plásticas como del cine -el segundo siempre ha bebido de las fuentes del primero. Recordemos, sólo para ejemplificar, el Saturno devorando a un hijo de Francisco de Goya, o la inquieta cámara en mano de Los idiotas del controvertido Lars Von Trier.

En el primer ejemplo la molestia es obvia por la agresividad de la imagen pintada, mientras que en el caso del cineasta danés se trata de provocar otro tipo de incomodidad mediante cierta agitación visual a la que induce un aparente mal uso de la cámara, que contribuye de forma efectiva a lo que acontece en el filme. El riesgo de importunar al espectador como una forma de comunicación es, no obstante, bastante peligroso, sobre todo al utilizar como recurso expresivo lo que para las convenciones del cine clásico representa un error.

Desde sus primeros minutos, La piscina nos sacude por su modo de presentar los créditos, cortando abruptamente no solo la imagen, sino también el sonido. Un árido espacio negro se impone ante nosotros inmediatamente después del corte, hondamente agresivo en cuanto a la ausencia sorpresiva de la banda sonora. El plano negro se conserva en pantalla, antes de desplegarse el texto, el tiempo suficiente para tener la impresión de habernos quedado ciegos y sordos (hasta fruncimos el seño con la sospecha de si se trata o no de un error de la proyección).

Cuando los personajes, que van emergiendo perezosamente (síntoma que refleja el hábito, la acción mecánica de enfrentar con languidez un día más, un día del que no se espera nada), se mueven de extremo a extremo de la imagen, los percibimos como piezas que componen una unidad que crea tensiones espaciales dentro del área de la pantalla.

A menudo los distinguimos agitarse como dispositivos de un video-juego, muy pronto nos damos cuenta de que todo ocurrirá allí y solo allí, en aquel estanque tan rectangular como la pantalla misma, que nos recuerda las pinturas de David Hockney. El hecho de colocarlos en una piscina entraña ya, en sí mismo, una anómala sensación de estancamiento. No por gusto Lucrecia Martel inicia su película La ciénaga, de trama igualmente empantanada, con una escena precisamente en una piscina. Hay un silencio, un rumor, una lentitud, un aislamiento… todos estos elementos apuntan a una actitud estática y reflexiva ante una situación en la que, aparentemente, no pasa nada y está pasando mucho.

Los cuatro alumnos y el maestro, personificados como ángeles de una cúpula renacentista mediante una inteligente inversión de la cámara, son conscientes de su condición de outsiders. Pero esta diferencia con los “normales” es de carácter disímil en cada uno de los personajes, desde la obvia ausencia de la pierna de la muchacha hasta la frustración sicológica del maestro, confinado a su monótono trabajo, luego de haber pretendido ser un gran deportista.

Visibilizar las vidas de los diferentes resulta complicado cuando sabemos que se trata de un tema que suele abordarse de manera panfletaria. La visión profundamente humanista de la película escapa a las consabidas e ineficientes campañas que pretenden educar a los supuestos normales para que acepten a las “ovejas negras” del rebaño.

A menudo lo que se logra es otro tipo de apartheid muy parecido al “racismo positivo” de los programas de protección a los extranjeros en Europa. En este caso ocurre algo diferente: identificados con los personajes protagónicos, sentimos un rechazo visceral a la horda salvaje de “normales” que los desplaza de su refugio azul, esa rapsodia de naturaleza y cultura (¿mente sana-cuerpo sano?), cincuenta por ciento agua y cincuenta por ciento concreto, mínimal, brutal, que constituye el espacio de la piscina.

Asqueados del exhibicionismo de los “normales”, cuyo sutil acto de agresión es la ignorancia, nos hermanamos con los excluidos, ya amigos nuestros más por lo que queremos conocer de ellos que por lo que ya sabemos. Han despertado nuestra simpatía, un cálido sentido de solidaridad que no tiene nada que ver con eso que llamamos lástima y que tal vez sea el peor de los sentimientos.

La angustia del alma suele ser desafiada con mayor mesura desde la desesperanza del que no tiene nada que perder, mientras que una persona que se encuentra “bien” puede desbalancearse y entrar en pánico ante la posibilidad de la pérdida de sus ventajas, ante la potencial caída de sus anhelos, ante lo inevitable de la vejez y la muerte. ¿Quiénes son entonces, en realidad, los dignos de lástima? Percibimos aquí a los “normales” como una masa frívola y majadera, esclavos de sus cuerpos y de sus normas, dependientes de sus apariencias, sin más especificidades que la competitividad de sus egos vacíos y liderados por un antipático guía.

El diálogo entre los dos profesores resulta, en mi opinión, el punto más débil de la obra, por darnos una caricaturizada imagen del otro maestro, prepotente en demasía, despectivo y sarcástico. Esta caracterización resulta innecesaria y se aparta de las sutilezas que identifican a esta película. Es posible que la oposición entre los dos instructores, en sí misma, pudiera ser interesante, pero abordada de manera más cuidadosa, menos estereotipada en la representación del invasor.

Cuidadosa e insondable resulta aquella escena en que Diana trata de hundir en el agua a Oscar, el niño que no habla (decidido a callar con la misma fuerza que aquel otro Oscar negado a crecer en El tambor de hojalata de Günter Grass y tan mudo como el Andréi Rubliov de Tarkovski). Ella intenta forzarlo a romper su silencio sumergiéndolo y es Dany -quien padece síndrome de Dawn y es, paradójicamente, el más rápido- quien corre a salvarlo, mientras Rodrigo manifiesta una indiferencia similar a la de los mansos habitantes del futuro en La máquina del tiempo, cuando una mujer se ahogaba ante sus ojos. Esteban, el instructor, adopta una posición pedagógica que se basa en la espera y la observación, una aparente actitud de no intervención porque él los conoce bien y sabe que no hay tal peligro.

La violencia contenida o expresada, la represión, la necesidad de catarsis se manifiestan también durante el almuerzo en la cafetería, donde las hamburguesas son ingeridas con voracidad animal; Dany lo enfatiza al engullir su último pedazo de pan con un gesto felino, muy parecido también al de la foca que traga su pez.

La piscina, apropiado marco donde los acontecimientos y los no-acontecimientos tienen lugar, se carga de la densidad de estos personajes, de estos no-héroes-co-protagonistas de la no-historia que componen estos fragmentos de sus vidas; instantes que lejos de sugerir un día significativo parecieran hablarnos de un día más, de un día común dentro de sus extrañas existencias. Recuerda el filme aquella canción de Leo Maslíah que, con melodía intencionalmente monótona, nos decía: “Tu vida es así, siempre igual, toda así, por eso la canto así…Si no la cantara así, mentiría descaradamente, mentiría como un animal, cantaría demasiado errado, cantaría cosas que no son”.

La ópera prima de Carlos Machado deja entrever al cineasta que se está formando, al cine que promete hacer. Lo cierto es que la pieza, tanto respecto a su factura como al nivel de su propuesta, nada tiene que envidiar a otras realizadas por cineastas más experimentados. Prueba de esto es que, aunque no fue admitida oficialmente en concurso, obtuvo el premio colateral que otorgó la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en esta edición del festival habanero y arrancó más de un aplauso a los espectadores que asistieron a su primera presentación en el multicine Infanta, en la capital cubana. Luego de esperar más de una hora por problemas técnicos, hubo que cambiarlos a una sala más grande donde apenas alcanzaron las lunetas.

Sorprende el interés suscitado por esta obra, a pesar de su complejo lenguaje, opuesto totalmente al cine comercial. Claro, la película no atrapó a todos, pero así es el buen vino.

Un comentario

  1. Manuel Coronado

    La actriz que protagonizo Diana, con esa sutileza y organicidad, tan majestuosamente es en mi opinión es una de las revelaciones que trae la película al cine cubano, ella, como Esteban el profesor, los dos unicos actores, al nivel de niños con problemas físicos reales, ojalá las escuelas de actuación encenaran esos métodos y pudiéramos disfrutar de egresados con este nivel, ojalá no pase desapercibido esto como otros tantos méritos de La piscina.

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