“La piscina” o los posibles del audiovisual cubano

La obra de Carlos Machado se aleja de la ambición testimonial del séptimo arte en la isla, afirma el crítico de cine Dean Luis Reyes.

Gillian de la Torre, cortesía del director de la película

La piscina mereció en 2011 el premio de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el aparatado “Vanguardias” del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Desde la pasada década hay una tendencia muy curiosa en el audiovisual cubano. La creciente producción debida a iniciativas ajenas al centro histórico de producción fílmica, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), ha dado lugar a formas de colaboración entre la institución y los “independientes” o “nuevos realizadores”.

Un ejemplo temprano vendría a ser Tres veces dos (Pavel Giroud, Lester Hamlet, Estéban Insausti, 2003), obra que surge como resultado directo de los talleres de guión dirigidos por Senel Paz al cabo de la Primera Muestra del Audiovisual Joven, celebrada en 2000.

Es útil recordar que esa muestra inicial, germen de la hoy célebre Muestra Joven que se celebra anualmente, se organiza a partir de una urgencia: tras asumir la dirección del ICAIC, su actual presidente, Omar González, repara en la alarmante realidad de que el promedio de edad de los directores del organismo rondaba los 50 años.

Con el tiempo, la modalidad de “directores de plantilla” se hizo obsoleta y la entidad, además de promover sus propios proyectos, se dio a la tarea de apoyar de disímiles maneras producciones ajenas.

Durante toda la década de 2000, la dinámica de creación del cine cubano se ha asemejado mucho a las cinematografías de la región. Decenas de operas primas ven la luz; se estabiliza el criterio de “producción de bajo costo”, casi en su totalidad registrada en formatos de cinematografía digital; las fuentes de financiamiento se diversifican y los criterios de producción se flexibilizan. Con lo cual se origina, en el plano de las estéticas, una multiplicación de las voces y los estilos, así como temáticas nunca vistas en nuestro cine, pues ahora el centro editor, el eje de la política cultural que antes decidía enfoques y asuntos, está en muchas partes.

Lo anterior explica tanto la segunda vida del cine de ficción de Humberto Solás (quien con Miel para Ochún (2001) y Barrio Cuba (2005) revitaliza el tono neorrealista de sus inicios, redoblando el empleo del melodrama y la ambición por construir alegorías nacionalistas), como Frutas en el café (Humberto Padrón, 2005), financiada por la iniciativa privada; o Molina’s Ferozz (Jorge Molina, 2010), que, gracias a un premio del Fondo para el Fomento del Audiovisual en Centroamérica y el Caribe (Cinergia), posibilitó a un director con más de una década de trabajo en el cortometraje hacer su opera prima; o esa gema extraña que es Memorias del desarrollo (Miguel Coyula, 2010), espécimen de estética híbrida que es hijo absoluto del la era pos-cinematográfica y de una visión autoral que permite resucitar la comparación alguna vez hecha de la obra fílmica y la escritura con estilográfica.

La piscina es resultado de esa creciente pérdida de centralidad. Se trata de la opera prima de Carlos Machado, egresado de la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte y actual estudiante de la Cátedra de Dirección de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños.

El proyecto resultó triunfador en la primera convocatoria de Haciendo Cine, sección que, durante la 7ma. Muestra de Nuevos Realizadores, emprendió la búsqueda de guiones marcados por una manera distinta de entender el cine.

Machado había evidenciado ya, dentro de las mismas Muestras, una alta competencia para manejar con originalidad el lenguaje fílmico. Por ejemplo, en su corto de ficción Contenedores (2007), allí visto, rozaba con altísima economía expresiva el universo de los afectos humanos mediante la anécdota de una madre soltera que tiene un amorío con un hombre. Pero este asunto es apenas música de fondo, pues el centro de la puesta es un viaje a la playa, durante el cual, enterrada en la arena junto a su amante borracho, la mujer observa sin poder hacer nada para evitarlo el ahogamiento de su hijo.

La secuencia final es un prodigio de síntesis y eficacia para mostrar lo extremo, sin caer en el cliché: el rostro desencajado, la boca rota en una mueca de horror, la energía física malgastada en un vano intento por zafarse del hoyo de arena y correr en auxilio del pequeño, es todo lo que basta a Machado para llegar al clímax.

Luego, en Jorge y Elena (2010), su tesis de graduación en la Facultad de Medios del Instituto Superior de Arte (ISA), Machado hace un ejercicio de puesta en escena matemático, un prodigio de cálculo, al desplegar un ejercicio de 22 minutos de un plano secuencia en una sola locación, donde una familia va y viene en torno a un teléfono, mientras conversa con el hijo residente en el exterior.

Lejos del socorrido tema de la ruptura con el Hogar/Patria que ocupa al audiovisual cubano cuando roza tales asuntos, Machado prefiere aquí una historia de amor evanescente, pues la pareja que da título al corto permanece ausente físicamente: Jorge es el hijo al teléfono; Elena, su esposa, a quien se refieren casi todos los familiares presentes, que amenaza con llegar de un momento a otro… pero nunca aparece. La cámara se sumerge en la profundidad del campo, al fondo del apartamento, avanzando lenta hasta cerrar sobre el auricular del aparato telefónico.

Carlos Machado y los actores de "La piscina" (Gillian de la Torre, cortesía del director de la película)El núcleo del trabajo expresivo de Machado es, en todos los casos, el fuera de campo, aquello que la composición fotográfica deja fuera, eso que permanece ausente por elección y cuya inclusión en el relato puede darse de manera explícita (algo común en el cine de horror; por ejemplo, cuando la presencia del monstruo es omitida pero supuesta por la reacción de pavor del actor) o implícita, como metáfora.

Esto último es elemento vital de La piscina. Tratándose de un relato bien escueto en lo que respecta a peripecias dramáticas (aquí, en apariencia, no pasa nada), el guión de Abel Arcos y el seguro pulso autoral de Machado explotan al máximo el fuera de campo alegórico.

La película relata una jornada en las vidas de cuatro adolescentes con hándicaps y su profesor, en una alberca a donde van a pasar el día de vacaciones. De ellos no sabremos mucho más que lo que vemos: una muchacha díscola a la que le falta una pierna; un chico con Síndrome de Down; otro con dificultades para andar y un cuarto que, sin limitación visible, se opone a decir palabra.

Este extraño grupo comparte el espacio cerrado de la piscina, que se erige como búnker donde ausentarse del resto del mundo, bajo la mirada protectora y magnánima del profesor de natación (un formidable Raúl Capote). Como seres al margen, diferentes, en este aislamiento artificial pueden liberar su compleja humanidad e incluso mostrar sus demonios.

Los cuatro adolescentes protagonistas, personajes naturales que fueron motivados más que entrenados por el director para cumplir con sus interpretaciones, transfieren al espectador una sensación de autenticidad rara en el cine cubano. Ello, dentro de una película que, sin ser hermética o rebuscada, no se deja leer fácilmente.

Aquí el ritmo de la puesta, la duración de los planos, las composiciones estáticas, pero sobre todo el sonido ambiente, crean una sensación muy próxima a la abstracción de las coordenadas espacio-temporales del cine más común. Como si del espesor del cuadrado de agua se tratara, la película nos sumerge en una atmósfera cargada de claves para la adivinación. Con ello, el espectador se transforma en sujeto co-creador del sentido fílmico, y en la dimensión donde se completan sus sugerencias.

La piscina exhibe una asepsia de intenciones capaz de transformar el paraje y la anécdota en parábola del alma humana. A través de los largos silencios o susurros de los personajes, accedemos a una forma de entender el séptimo arte que está lejos de la ambición testimonial del cine cubano. Se trata de un ejemplo sugestivo de cómo comentar temas universales sin ceder al color local. Su postura, sobre todo ese pertinaz fuera de campo que da sentido a este día lejos del mundo de “los normales” para sus personajes, alegoriza las tantas maneras que propone el audiovisual cubano hoy para trascender aquello que, por inercia creativa, fatalismo historiográfico o costumbre, se ha vuelto el más de lo mismo del cine cubano.

Exhibida dentro del apartado denominado “Vanguardias” del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, en diciembre de 2011, La piscina mereció en esa oportunidad el premio del jurado de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). En unos meses, cuando sea estrenada en el país, mucha más gente podrá bracear en sus aguas.

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