La vocación descubierta se empeña

Esteban es una de las más conmovedoras, inolvidables y bellas historias sobre lo difícil y placentero del camino elegido por cabeza propia.

Foto: Tomada de www.cinecubano.cu

Vuelven las zonas cercanas a lo marginal, otra vez La Habana añejada por el tiempo y echada a un lado en apariencia ante las (pre)ocupaciones del cubano del día a día, La Habana como testigo y contexto de la supervivencia y los sueños, la del vendedor indebido pero justificado, la del músico encerrado y solitario; La Habana fea y bella a la vez, esa ciudad de todos y para todos los cubanos que no quieren, sin embargo, estar triste. «Quien no la vive no la ama, quien no la ama no la goza», al decir de Vanito Caballero. La Habana del nuevo milenio es el escenario de Esteban, el protagonista que da nombre a la ópera prima de Jonal Cosculluela.

La familia disfuncional y limitada a Miriam, una madre (Yuliet Cruz) que no puede ser protectora (y no por faltarle estudios) por necesidad, y un niño (Reynaldo Guanche) entrenado ya para ayudarse a sí mismo porque vendiendo él, vende su madre. Toda esta materia diera para un documental y acaso un teleplay, pero Cosculluela quiere ficcionar por más minutos con Esteban y para ello establece un punto de giro en la vida de su protagonista, cuando este escucha por primera vez el sonido de un piano. Y cuando era víctima de la monotonía, se enrumba hacia el conflicto principal del niño que, a gran escala, termina siendo el de toda la película: la obligación de hacer y el querer ser o, a manera de disyuntiva: ponemos los pies en la tierra y hacemos lo que no nos gusta hacer o soñamos para que en el momento oportuno te percates de que tu vocación ha sido despertada y entonces aprovechas para intentar que los sueños se hagan realidad. Eso sí, la vocación te pedirá empeño.

Si Esteban como hecho fílmico no tuviera el guión enaltecedor de Amílcar Salatti, guión que no cae sobre muchos lugares comunes como el del chiste tan traído y llevado para identificar a más de un espectador con las situaciones o determinados personajes, la película fuera solo otra radiografía de cómo sobrevivimos muchos en Cuba. Por fortuna, tampoco estamos ante el dedo masoquista por reiterativo en la llaga sociológica de la cotidianidad. No se enrede el espectador ni complique una obra que no necesita ser pretenciosa ni en pantalla ni en escena, y menos en la trama.

No se busque más: un niño descubre su vocación y, a pesar de tener muchos obstáculos en su contra, cuenta con el talento, el atrevimiento y el carisma para echarse a un viejo y enfermo profesor de piano (Manuel Porto) en un bolsillo para que le enseñe a tocar el instrumento.

A la obra de Cosculluela le ha favorecido mucho la insistente y agradecida promoción televisiva: Yuliet Cruz con otra de sus madres memorables e inmejorables para el cine cubano, la música de Chucho Valdés, un niño protagonista y negro (ya era hora), la música como otro de los personajes expresivos de Esteban… Y a nivel del filme, destacar todo el casting y la preparación de los niños, sobre todo de Reynaldo Guanche, quien no tiene ningún desperdicio. El Hugo de Manuel Porto es construido sobre la ambivalencia de los logros y fracasos, tanto personales como profesionales. Manuel Porto es un actor mayor, con todo lo grande que le cabe al término.

Esteban, de Jonal Cosculluela, es una película muy sencilla, pero está dentro de las primeras de todo el cine cubano por ser una de las más conmovedoras, inolvidables y bellas historias sobre lo difícil y placentero del camino elegido por cabeza propia.

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