Legitimando la incorrección

“Juan de los Muertos”, una de las películas cubanas más aplaudidas en certámenes internacionales de los últimos años.

Tomado de La Jiribilla

Alejandro Brugués construyó un relato fluido, donde están todos los estereotipos de Cuba como símbolo global.

Juan de los Muertos (Alejandro Brugués, 2011), primera película cubana de zombis y exponente cristalino de las derivas del cine cubano hacia los derroteros del género fílmico, por décadas prohibido para el cine institucional, implica una pregunta severa para la tradición cinematográfica nacional: ¿es válido plantearse en nuestro medio cultural un producto de entretenimiento con estas características?

No podrá obviarse que, desde su misma concepción, la cinematografía cubana moderna se decantó por el cine de arte. En un texto escrito durante la pasada década del sesenta, titulado “El público cinematográfico y la influencia de Hollywood”[i], Alfredo Guevara, director fundador e ideólogo medular del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográficos (ICAIC), remarca como paradigma buscado por esa institución el de un cine cuyo objetivo sea “contribuir a la indagación o revelación de aspectos de la realidad o de su poética”.

En esas páginas critica el diseño mercantil del cine industrial estadounidense en torno a “subproductos destinados al embrutecimiento”, entre los que dedica especial atención a las películas de género, mencionando el western, las de gangsters y “de amor”. Su impugnación culmina citando las de “intriga, misterio, horror y monstruos”. Aunque reconoce que en estas “los resortes psicológicos y expresivos de la tensión” son usados muchas veces “con grandes pretensiones formales”, para él tales mecanismos son un fin artificial, pues su propósito es desviar “al espectador del análisis de la realidad y adormecen su espíritu crítico”.

Como se verá, el centro manifiesto de tales objeciones es el denominado cine ilusionista y todo objeto fílmico no correspondiente a la asunción del mundo y sus fenómenos desde una perspectiva racional y enfoque materialista. Se infiere de estas demarcaciones que el cine cubano rehuiría aquellos atributos propios del cine de atracciones en su estado industrial y tendería al realismo social y a la indagación intelectual en los asuntos humanos. El papel del género cinematográfico —en tanto que reducto de la ilusión— entraba así en el difuso territorio que quedaba abierto para la negociación de la experiencia del placer y para el cine como objeto de entretenimiento.

Cuba entra al sub-género de zombis de la mano de una de las películas nacionales más aplaudidas en certámenes internacionales de los últimos años. El segundo largo de Alejandro Brugués usa la comedia como resorte crítico para trasladarnos a una Habana posapocalíptica, donde un puñado de buscavidas trata de hacer dinero liquidando por encargo a los zombis que pululan por su geografía.

Calificada por The Globe and Mail entre las diez películas que ver en el festival de cine de Montreal de 2011, y con una acogida comercial sin precedentes para película cubana independiente alguna, se ha transformado en un éxito alrededor del mundo, se ha vendido en buena cantidad de mercados y ha obtenido galardones que van desde el Premio del Público en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana de 2011 hasta el de Mejor guión en el certamen portugués FantasPorto.

Juan de los Muertos parte de una premisa simple, pero original (zombis en La Habana), de un planteo sugestivo (un grupo de lumpen decide hacer un lucrativo negocio despachando muertos-vivos por encargo) y de un tono de comedia hija del pos-humor políticamente incorrecto y soez, tan en boga hoy. Reúne motivos grotescos que todo el tiempo circundan lo grosero, para acercarse a un dibujo caricaturesco de la realidad cubana actual, con una voluntad de mofa que toca a los mismos personajes y no deja títere con cabeza en un relato donde reina la devolución del sub-género de las películas de zombis a su estatuto de crítica al proyecto de civilización racional del periodo moderno.

Desde su acceso al cine moderno con Night of the Living Dead (George A. Romero, 1968), donde la fábula de los muertos-vivos insinuaba por estribor la carnicería estadounidense en Viet Nam, los zombis han servido para referir el automatismo manifiesto de la sociedad contemporánea y para otorgar al cine de horror una nueva dosis de visceralidad en su trabajo con el cuerpo y la muerte.

Juan de los Muertos, más cerca del realismo social consustancial a los discursos maestros del cine cubano, apela al carácter activista que le han otorgado las culturas urbanas –sea el caso el movimiento Occupy Wall Street montando una marcha de zombis traga-dólares como revenant de las sociedades de consumo. Yendo todavía más lejos del lugar común que vincula esta corriente fílmica al vudú haitiano y a la obsesión con el muerto-vivo de Val Lewton, piénsese en el zombi de El gabinete del Doctor Caligari (Robert Wiene, 1920) como metáfora abierta de la subjetividad automatizada que justificó el ascenso del nazi fascismo alemán.

Una coartada típica del entorno postmoderno haría de la cubana el resultado de una cinefilia que accede a mestizajes caprichosos. Y Alejandro Brugués conecta el argumento de su filme a Shaun of the Dead (Edgar Wright, 2004), apropiación paródica, en la cuerda del pos-humor británico, del clásico de Romero.

Mas, la clave del éxito es aquí el ambiente escogido. Como escenario, Cuba reina en esta fábula de aventuras, cuyos mejores momentos involucran el acriollamiento de las sobadas claves del género. Bien resuelto en el guión, Brugués se las arregló para construir un relato fluido, donde están todos los estereotipos de Cuba como símbolo global, privilegiando la burla de la idiosincrasia hiperbólica del cubano, como también la legitimación del carácter resistente que nos ha tocado asumir ante toda clase de cataclismos de la Historia.

Son tales los ingredientes que hacen seguir la fábula de Juan de los Muertos allí donde falla la verosimilitud de las escenas de acción, los efectos visuales resultan gratuitos y pobres, ciertos tópicos se reiteran -como se reincide en gags, sin éxito-, donde yerra la dirección de actores o decae el interés. Por demás, su falencia mayor es una puesta en escena que pierde la inspiración y acaba siendo demasiado plana.

Para el audiovisual cubano, he aquí un gesto que anuncia lo que vendrá. La mismísima premisa argumental de la película de Brugués echa por tierra la particular gravedad de la cinematografía nacional, tan de continuo obligada a ofrecer una perspectiva balanceada y moderada de los asuntos locales. Ese rictus solemne ha impedido a nuestro cine alcanzar sin complejos una dimensión realmente popular. Empresa esta afrontada por multitud de realizadores, cuyas energías se han orientado hacia la búsqueda de modos de expresarse que, sin dejar de aspirar a cierta complejidad, comuniquen algo universal de manera amable y directa.

Téngase en cuenta que tales intentos pululan en nuestra cinematografía, con mayor o menor suerte, a pesar de las reticencias de cada época: Clandestinos (Fernando Pérez), Una novia para David (Orlando Rojas), La muerte de un burócrata (Tomás Gutiérrez Alea), El brigadista (Octavio Cortázar), Fresa y chocolate (Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío), Viva Cuba (Juan Carlos Cremata), Los dioses rotos (Ernesto Daranas) y otros tantos.

Juan de los Muertos no está distante de la literatura del sobreviviente desarrollada por algunos de los autores de la generación literaria de la pasada década del noventa conocidos como “novísimos”, y globalizada por las novelas de Pedro Juan Gutiérrez, o del policial del desencanto de Leonardo Padura, al tiempo que bebe de la tradición cultural del choteo. No puede desligarse tampoco de la neo-picaresca cinematográfica inaugurada por Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío con Guantanamera (1995), y desarrollada luego en varias de las comedias de costumbres de este último (Lista de espera; El cuerno de la abundancia) o en títulos como Entreciclones (Enrique Colina, 2002).

Se trata de un tratamiento que decide alejarse del trasiego de los modelos éticos ejemplares, legitimados por la versión oficial deseada para nuestro arte cinematográfico, y que no ha temido indagar en los perfiles menos puros de lo nacional. Un rasgo abocetado tempranamente en Vampiros en La Habana (1985), obra maestra de Juan Padrón, el realizador cubano mejor capacitado para desentrañar el carácter de la cultura popular criolla.



Notas:

[i] Alfredo Guevara, Tiempo de fundación, Iberautor, 2003, pp. 105-108.

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