Los ejes fundamentales del filme Cuba libre

Jorge Luis Sánchez se acerca al complejo proceso de la identidad nacional en su más reciente filme.

Foto: Cartel de la película

Sobrepasada la ola del marxismo-leninismo dominante en la Historia de Cuba escrita en las primeras décadas de la Revolución, es notable la envergadura de la producción histórica contemporánea de la isla, sobre todo esa que se ha ocupado de sus zonas menos privilegiadas. El periodo de la intervención estadounidense (1898-1902) es, sin lugar a dudas, una de esas zonas aludidas.

Como se sabe, han sido deficientes casi todos los relatos que se han ocupado de esta época, ya desde el arte y la literatura, como de la Historia propiamente dicha. El cerco se rompió posiblemente cuando Jorge Ibarra publicara en los noventa su texto Cuba: 1898-1921. Partidos políticos y clases sociales y se ha extendido hasta la reciente publicación en la isla de Cuba en el imaginario de los Estados Unidos, del cubanoamericano Louis A. Pérez Jr., que centra su atención sobre este tema en varios capítulos, pero desde la perspectiva de la metáfora como estrategia generadora de poder.cine-cubano-cuba-libre

Otros historiadores como Oscar Zanetti, Rolando Rodríguez u Olga Portuondo, entre otros, han proporcionado contribuciones decisivas en la comprensión del periodo, pero es acaso Marial Iglesias y su texto Las metáforas del cambio en la vida cotidiana. Cuba 1898-1902, el que nos da la posibilidad de acceder  a este momento trascendental desde una perspectiva diferente (es un privilegio, por cierto, leer el análisis que realiza la autora del desmontaje de los símbolos del poder colonial practicado por los ocupantes en ese momento) y que ya se ha construido su prole. Es aquí donde se escenifica la revisión de las discusiones en el espacio público sobre el nacionalismo, el idioma, las escuelas y los mitos de las guerras de la independencia, entre otros acápites.

Esa mirada desde adentro, con revelaciones de cartas y diarios de la época, encuestas y pequeñas notas de prensa aparecidas en viejos periódicos, le imprime una vitalidad inusitada a ese momento histórico. Es gracias a ese desarrollo historiográfico que toma forma el deseo de Jorge Luis Sánchez (El Benny, Irremediablemente juntos), de filmar Cuba libre.

El autor ha evocado en entrevistas su participación como asistente de dirección del filme Gallego, en el año  1986. Gracias a su trabajo en esta película, centrado en los apartados de escenografía y vestuario, Jorge Luis accedió, en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, a fotografías del periodo de la intervención realizadas por estadounidenses. La impresión que le dejara estas imágenes se fue sedimentando luego en la investigación para su proyecto, hasta ahora frustrado, sobre Julián del Casal. Lectura de libros, acceso a fotografías de época y un abuelo mambí le han servido como aval a este director para insertarse en la larga y no siempre lograda tradición de cine histórico cubano.

Para acceder a la época desde el cine Jorge Luis tuvo que sortear la impronta que desde la animación había dejado Juan Padrón y su personaje de Elpidio Valdés en Más se perdió en Cuba, de 1995, para profundizar en una Cuba de ideología plural y de transición política. Puede apreciarse en la película la supremacía de los Estados Unidos, representantes de la modernidad para el imaginario cubano de aquel entonces, frente a una España decadente y poco operativa. Un pequeño pueblo imaginario en las afueras de La Habana funciona como catalizador del ambiente nacional de la época.

Dos macroinstituciones sirven de eje a los giros de la política en este pequeño pueblo: la iglesia y la escuela. Hasta la llegada de los mambises, que incorpora un punto de giro decisivo a la historia, ambos espacios cubrirán casi toda la escena. Las actuaciones de Manuel Porto como el cura e Isabel Santos como la maestra condensan la actitud de sendas macro-instituciones. Sin embargo, la evolución de estos personajes va a resultar muy polémica, tanto en el marco de la película como en el terreno de la Historia en que se enclava.jorge-luis-sanchez-cuba-libre

El papel de la Iglesia católica en la República ha sido visto desde diferentes perspectivas. Rigoberto Segreo, en su texto Iglesia y Nación en Cuba, premio de la crítica hace tan solo unos años, ha demostrado que fue y ha sido decisiva su contribución al fomento de valores identitarios y de justicia social. Resulta, por tanto, muy polémica la actitud de este cura oportunista, que es capaz de traicionar su postura, aparentemente sólida, para venderse a los estadounidenses e influir en el pueblo con sus panegíricos ideológicos, gracias a un maletín de dinero. Además, varios autores han insistido en que el catolicismo de la iglesia cubana (heredero de la española), no comulgaba con lo que ellos llamaban las “perniciosas” influencias del protestantismo anglosajón. Por tanto, había una incompatibilidad que iba más allá de la política.

La maestra, por su parte, es intransigente en su posición y se debe a España. Interpreta la revolución independentista que se venía gestando desde 1868 como una serie de revueltas aisladas y enseña en un aula de niños pobres el amor, tanto a la lengua madre como a la Metrópolis que la generó. Sin embargo, esta maestra también claudica en las postrimerías del filme, dejando solo espacio de resistencia para cierta obcecación mambisa.

Los infantes (Samuel Christian Sánchez y Alejandro Guerrero) son otro eje fundamental de la cinta. Es en el marco de esas relaciones tensas, ingenuas y dramáticas que vive esta pareja de niños negros donde el conflicto adquiere otras connotaciones. Uno de ellos, nieto de un haitiano borracho que lo ha adiestrado en el idioma inglés, calza su apego a los estadounidenses con la necesidad económica y afectiva que padece. Le sirve de traductor gracias a su inteligencia y sagacidad. El otro, hijo de un importante mambí, presta su servicio a los yanquis a partir de acciones prácticas y serviles, ganándose la confianza de un soldado que pretende labrarle un futuro profesional en su país norteño, pero a la llegada del padre con las tropas mambisas el proyecto se imposibilita.

Las carencias de fin de siglo aparecen bien representadas en el filme, no por gusto el pórtico escenifica la labor de beneficencia de la iglesia, cuando unas monjas preparan un suculento ajiaco a una población desesperada y hambrienta.  Es el hambre, de cierta manera, el elemento que transita y deslinda el comportamiento de los personajes. Tanto los niños como más tarde algunos mambises tomarán partido por la ocupación estadounidense, porque les va a suplir esa carencia de la que no se ocupó España y que Cuba, en su devastación de más de treinta años de lucha, tampoco podía resolver. Los niños, que todavía no entienden de orgullos y problemáticas históricas, son los primeros en ceder ante el poder seductor de los yanquis.

Las tropas estadounidenses que ocupan el pueblo están lideradas por un oficial brillantemente interpretado por el actor noruego Jo Adrian Haavind, que trasluce frialdad, cálculo y meditación en cada uno de sus actos. Mientras los mambises improvisaban una posición, ellos venían con un guión de hierro en busca de una puesta en escena. Son los errores de las tropas insurrectas, la confusión, la miseria y el cansancio, parece decirnos el filme, los culpables de casi sesenta años de República mediatizada.

El otro eje, primero latente y luego manifiesto, son los mambises. La tensión en relación con ellos se desplazará hacia afuera, en rechazo al fin de la guerra con ocupantes extraños que los obligaron a compartir el mérito de destruir a una España ya de capa totalmente caída. Por otra parte, el final de esa ocupación vino de la mano de un Tratado de París donde Cuba pasó a ser un objeto que cambiaba de dueño. El pequeño pueblo que vivía en medio de gritos constreñidos a Viva España, alentados por la Iglesia que servía, según el filme, de salvoconducto al régimen, se levanta enérgico a la llegada de los mambises.

Aunque ya los estadounidenses se habían granjeado la simpatía de varios pobladores, el filme insiste en la descomunal acogida de las tropas cubanas, que no traían al pueblo comida ni bienestar, pero eran portadores con su sola existencia de ese anhelo de libertad que escenificaron las guerras del XIX. Como recuerda Marial Iglesias en su libro, una de las cuestiones más interesantes del periodo de ocupación yanqui es ver como esa «“guerra después de la guerra” alrededor de la intervención de la nacionalidad no fue solo patrimonio de los grupos letrados.» (p.174)

Dos perspectivas parecen delinear buena parte de las intenciones de la nueva película de Jorge Luis Sánchez: una ideología mambisa y el apego del director a conflictos donde orbite una posición desde la raza. Tal vez por esta razón el director ha comentado en entrevistas la sorpresa que se llevó al encontrarse en las fotografías de la intervención a muchos soldados negros entre las filas. Este elemento se contrapone al blanqueamiento escenificado por cierta historiografía nacional. A la ideología mambisa, esa que impulsa al oficial mambí al suicidio, se le suma el naciente antimperialismo que luego fomentara con fervor el periodo revolucionario, pero que en este momento, como puede leerse en abundante bibliografía sobre el tema, no estaba difundida ni arraigada.

No por gusto en uno de esos álbumes de fotos de la época puede verse una foto donde el General Máximo Gómez, símbolo de las gestas independentistas y adalid de los veteranos y patriotas cubanos, posa junto a oficiales yanquis bajo un ambiente de armonía y confraternidad. Esa intransigencia relativa que al mambí a su muerte pero no a la (hasta un momento conveniente) firme profesora de lengua materna constituye, más allá de una toma de partido del autor, una mirada parcial sobre la conformación de valores individuales y colectivos de una época que todavía genera confusiones en las lecturas históricas.

Porque contribuye a la cada vez más necesaria perspectiva de identidad nacional no “asumida como una esencia ‘pura’ y homogénea que ‘emana’ de forma natural y espontánea del ‘torrente’ teleológico de la historia nacional, sino a la manera de un proceso complejo de articulación de pertenencias, plural y en permanente conflicto” (Iglesias, p.18), se agradece este inquietante filme.

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