Los trabajos de la memoria

“Los bolos en Cuba y una eterna amistad…”, de Enrique Colina.

Fotograma del documental

La huella pos-soviética en la isla es uno de los temas presentes en la documentalista cubana de los últimos años.

El documental cubano ha estado trabajando en los últimos tiempos sobre el universo del recuerdo, lo pretérito. Y aunque no se trate de una tendencia nueva para el género en la cinematografía cubana, el giro memorial de años recientes ha venido de la mano de la revisión de temas y personajes de un pasado próximo, a diferencia de los asuntos lejanos que ha solido abordar el documental de tema histórico o de archivo.

Entre las cuestiones exploradas por estas obras está la de la huella pos-soviética en Cuba. El audiovisual independiente ha sido, junto con la literatura, la avanzadilla de la revisión de un tema que tiene en la Cuba actual pocas versiones, además de la oficial.

En el cine de ficción del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica (ICAIC), recién Lisanka (Daniel Díaz Torres, 2009) abordó el asunto a partir de un sainete localizado en la Cuba de la Crisis de los Misiles. Pero es el documental el que mejor y más extensamente lo ha abordado.

Por ejemplo, en Todo tiempo pasado (Zoe García Miranda, 2008), los realizadores se sirven de las ruinas del antiguo restaurante capitalino Moscú para repasar los vestigios soviéticos en el imaginario nacional, al tiempo que para negociar con el recuerdo de una época anterior a la peor crisis económica padecida por los cubanos en el siglo XX y que recibiera el apelativo de “periodo especial”.

Mientras, en Todas iban a ser reinas (Gustavo Pérez, 2006) se examina el destino de un puñado de mujeres procedentes de distintas repúblicas ex-soviéticas. Estas, después de contraer matrimonio con cubanos y pasar a residir lejos de su país, repasan el choque cultural que ha significado esa ruptura.

Ahora Enrique Colina estrena Los “bolos” en Cuba y una eterna amistad… (2011). Producido por las entidades francesas RFO, Histoire y Canal Overseas Productions, se trata del regreso a las pantallas cubanas de un realizador que es recordado, sobre todo, por sus más de tres décadas de ejercicio de la crítica cinematográfica impresa y televisiva.

Al propio tiempo, Colina es el autor de un puñado de documentales realizados a lo largo de la pasada década del ochenta en el ICAIC, y de un solitario largo de ficción, Entre ciclones (2002). Durante los años recientes, ha estado dedicado casi de lleno a la docencia, de manera que Los “bolos”… es su reencuentro con su público natural.

En este mediometraje, la ubicación del realizador frente a la dialéctica entre olvido y recuerdo aparece desde el mismo inicio. Sobre pantalla, una frase sirve de pórtico: “Lo más curioso no es cómo se escribe la historia, sino cómo se borra”. El acto de escritura fílmica adquiere entonces un propósito político, de responsabilidad ante el proceso de contribuir a la construcción de la dimensión pública de un problema clave para entender el presente cubano por vía de su representación. Son entonces dos las figuras retóricas clave de su estructura: el testimonio de individuos involucrados de diversas maneras en el tema y el empleo masivo de material de archivo.

En el apartado de las entrevistas, resaltan aquellas de individuos anónimos cuyas declaraciones risueñas invocan las compotas, la carne enlatada y hasta la leche en polvo procedentes de la URSS y que encienden la mirada de quienes las evocan.

Este rasgo pareciera encauzar el filme hacia la retórica de la nostalgia, de una manera u otra presente en la mayoría de las aproximaciones a este periodo histórico. Sin embargo, Colina elude esta tendencia introduciendo un tono juguetón que vehicula su punto de vista crítico hacia los fenómenos que aborda.

Primeramente, a través de los testimonios se desteje la cuestión de por qué los soviéticos fueron bautizados por el choteo criollo como “bolos”, una indagatoria que cubre los minutos iniciales sin por ello articularse al todo como lo que pudo ser: la matriz del examen complejo del tema y el pivote para una particular versión popular, dicha desde las marcas en la vida cotidiana, de los acontecimientos.

En esto incide, además, cierto afán por colocarnos ante una serie de precisiones contextuales que ofrezcan al espectador no cubano (destinatario primario de su documental) las claves para entender el especial vínculo entre Cuba y la URSS en un entorno historiográfico más o menos reconocible.

El uso del montaje dialéctico, expresivo, permite a Colina quebrar la autoridad de la memoria individual (las más de las veces comprometida con un acto de idealización) al comentar declaraciones de varios entrevistados, o de colocar opiniones en abierta confrontación. Asimismo, muy a menudo el material de archivo no es únicamente empleado con fines de ilustración, pues también sufre reelaboraciones por vía de la manipulación sonora que desborda su sentido “oficial” y fáctico.

No obstante, es tan inmenso el material reunido en Los “bolos”… que su continente rehúye la hechura propia del documental de tesis. Entre los momentos históricos capitales que revisa (la Crisis de los Misiles, el primer vuelo espacial conjunto soviético-cubano, la visita de Gorbachov a La Habana, la caída del campo socialista); la indagatoria sobre el impacto en la vida cotidiana del cubano de la especial relación económica entre Cuba y el extinto campo socialista; el testimonio de las relaciones maritales entre individuos de ambas culturas; la huella en la cultura material y en las prácticas artísticas del choque de imaginarios; tan gigantesco inventario aquí reunido deja un sabor a universo apenas rozado por la verdad del cineasta.

Mas, en la segunda mitad de Los “bolos”… aparece un enfoque problémico, complejo. Me refiero a la secuencia donde el poeta Juan Carlos Flores presenta para la cámara parte de las ruinas de lo que fuera la zona de Alamar donde vivieran decenas de soviéticos que trabajaron en Cuba.

Flores introduce los conflictos culturales de la convivencia a través de un poema suyo donde evoca a “Cabeza de Bolo”, el único niño soviético de su clase de primaria y por el que sus coetáneos cubanos sentían una ambigua mezcla de envidia y aversión.

Igualmente, entrevistados como los escritores Yoss y Polina Martínez, o artistas de las artes visuales como Esterio Segura y Lázaro Saavedra, ponen al descubierto el complejo trabajo de exorcismo vivido por los cubanos, en su caso mediante el arte, de la sensación de feliz pero también terrible soledad en que quedamos los cubanos tras la ruptura brusca de los lazos que sobrevino al desaparecer la URSS.

Pero hay un personaje más, acaso el más extraño del universo examinado por Colina, que evidencia como ninguno las complejas urdimbres de la memoria. Se trata de Roxy la Roja, personaje creado por el actor Pedro González Reynoso, quien suele doblar canciones de populares intérpretes soviéticas en sus espectáculos de travestismo. Roxy, según González, sería una rusa típica exiliada en el pueblo villaclareño de Caibarién. Un efecto colateral de la relación compleja entre dos culturas que, desde nuestra orilla del recuerdo, deja un sabor agridulce, pero también la sensación de habernos liberado de la presencia de un hermano mayor demasiado extraño e imponente. Algo que desliza Colina en la coda de su película, allí donde una mulatica de acaso 10 años baila para la cámara al son de “Se acabó el querer”, de Los Van Van, de espaldas a una pared de solar donde perviven las banderas cubana y soviética enlazadas bajo un océano anárquico de cables de electricidad y de la mugre del tiempo.

Esta clase de trabajo sobre la memoria reciente del país ejerce una irradiación sobre el presente. Querer saber de dónde venimos no solo permite entender por qué somos como somos, sino que además entraña la escritura de los otros pliegos de la Historia que acaso no vayan jamás a los libros de texto.

Es lo que ha hecho Gloria Rolando en su díptico 1912. Voces para un silencio, al abordar el atroz episodio de la masacre de raíz racial de los miembros del Partido de los Independientes de Color. O lo que propone el propio Colina en su nuevo proyecto: un documental sobre Ubre Blanca, célebre vaca que durante los años ochenta del siglo pasado implantó récord de producción de leche que fueron centro del entusiasmo desarrollista criollo.

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