Nicanor Episodio XIV: Los mismos gestos, las mismas palabras…

Aproximación crítica a la más reciente entrega de la serie de cortos de Eduardo del Llano sobre el personaje Nicanor O´Donnell.

De Izq a der, Néstor Jiménez, Andrea Doimeadios y Luis Alberto Garcia en un fotograma de Rállame la zanahoria.

Foto: Cortesía del autor

Las aventuras del inefable Nicanor O’Donnell arriban a su entrega número catorce: Rállame la zanahoria (2018). Se afianza así una de las más longevas sagas del cine contemporáneo, superior en episodios a Star Wars y Star Trek y cada vez más cerca de su fiera contraparte británica: el incombustible James Bond.

Mas, allí donde el Agente 007 sirve a Su Majestad y a los grandes estudios, como entelequia que pasa de actor en actor, O’Donnell es capricho exclusivo de Eduardo del Llano y ente privativo de un solo histrión. Luis Alberto García, imprescindible, es ahora un fracasado director de cine que irrumpe en casa de Papi La Amígdola (Néstor Jiménez), reguetonero laureado, para robar algunos de sus trofeos, madrugada habanera mediante.

Nuestro antihéroe, torpe ladronzuelo, es sorprendido por La Amígdola, desvelado del sueño de la razón luego de un trío manifiesto. El anfitrión amenaza con su bate de béisbol coleccionable, regalado por un pitcher de los Marlins en uno de sus habituales viajes a la Florida. Nicanor, locuaz, trata de explicarse. Lo que sigue es una extensa conversación donde ambos intentan, con escasa suerte, entender las problemáticas del otro. Por un lado, el artista a la usanza tradicional, preterido y frustrado en una sociedad donde el arte verdaderamente crítico se proscribe; por el otro, el entertainer exitoso, dado al facilismo y a las concesiones: ese oxímoron conocido como artista comercial. Un hombre de talento en bancarrota y compulsado a robar junto al ser sin atributos, arropado en una impúdica riqueza.

Se intercambian y sopesan experiencias. Nicanor habla del intento malogrado de una Ley de Cine, de las anquilosadas estructuras del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y del infierno financiero de la producción independiente. Papi La Amígdola a.k.a. Rigoberto Rodríguez aclara su gusto por las películas de acción, se vanagloria de su amistad con Pitbull y de una vida de lujos y excesos. No se entienden ni se admiran, más bien cada uno se siente superior al otro.

Néstor Jiménez en un fotograma de Rállame la zanahoria.

Foto: Cortesía del autor

Solo hay un punto donde estas antípodas parecen tocarse: ambos sueñan con hacer una película. La de O’Donnell es de época, artística y costosa; la de Amígdola, auto-referencial, melosa y pornográfica. El segundo tiene dinero, el primero no. ¿Aceptará Nicanor la oferta de Amígdola para así romper la maldición de 10 años sin tocar una cámara? ¿O todavía le quedan algunos “principios”?

El conflicto del protagonista es entonces uno de los retos de la cultura y el arte cubanos de hoy. ¿Apostar por un lenguaje auténtico desfavorecido o sucumbir a los reclamos de la banalidad y la complacencia, deliciosamente remuneradas?

Es una lástima que una propuesta discursiva tan interesante quede lastrada por varias limitaciones en su representación. Un modus operandi narrativo de esta serie de películas (inicialmente un Decálogo, ¿a lo Kieslowski?) y de la obra de Eduardo del Llano, en general, son las situaciones cerradas, de premisa ingeniosa, con predominio del trabajo de los actores y del diálogo. Cuando esta fórmula funciona, surgen obras tan potentes como Monte Rouge (2004), Intermezzo (2008) o Brainstorm (2009). Cuando no, tenemos el ejemplo de la anterior entrada de la franquicia, Dominó (2017), y el caso que ahora nos ocupa.

En cada nueva entrega, el diálogo se antoja menos afortunado y presa del gag evidente: desaparecen las sutilezas en favor de innecesarios subrayados. La insistencia en el texto de construcción endeble desemboca en problemas de ritmo narrativo y, por ende, en un metraje a ratos tedioso.

La construcción de Papi La Amígdola sucumbe a los más patéticos clichés, desde el fraseo ridículo a los sangrones tatuajes, pasando por una exageración más que snob de la incultura e ignorancia del personaje. Del Llano, desde su auto-arrojada superioridad intelectual, se conforma con caricaturas y burdos trazados, en lugar de aspirar a personajes complejos y profundidad psicológica. No ayuda en esto la inverosímil interpretación de Néstor Jiménez, totalmente fuera de casting y lejos de su atinado Rodríguez, excelente contraparte habitual de Nicanor.

Uno de los errores trágicos de Rállame la zanahoria es dejarse llevar por algunos aspectos que critica: el facilismo y la complacencia. Del Llano se encuentra tan a gusto en la fórmula  encontrada para sus entregas de Nicanor, que no halla recursos de guion novedosos para revitalizarla. Para dar la impresión de que la propuesta se mantiene fresca, se le trata de imprimir un barniz cosmético distinto, una cirugía plástica que no logra ocultar lo vacío del centro.

Andrea Doimeadios en un fotograma de Rállame la zanahoria.

Foto: Cortesía del autor

Habría que hacer un estudio sobre el uso del blanco y negro en el cine cubano contemporáneo. Desde obras institucionales (Penumbras, Club de Jazz) hasta producciones independientes (La obra del siglo, Caballos) se evidencia esta reasunción del paradigma cromático binario, pero con toda la riqueza de una escala de grises. La fotografía de Rállame la zanahoria, a cargo de Raúl Prado, potencia una atmósfera de cine negro clásico, con altos contrastes y una textura granulada, ostensiblemente añadida en post-producción. La luz es dura y puntual, en gran parte tramada por las habituales persianas venecianas. Esta elección estética, si bien emparenta la película con cierta tradición genérica (aquella del cine criminal presente en su argumento), no pasa de ser un manierismo injustificado, pues la historia no guarda demasiada relación con las narraciones noir ni se beneficia, en mi opinión, de este guiño intertextual. Las referencias también se encuentran en el diseño de créditos, pensado a la manera de algunos filmes de las décadas de los cuarenta y cincuenta del pasado siglo.

Sin embargo, no todo decepciona: allí están las sólidas actuaciones de un siempre confiable Luis Alberto García y una intensa Andrea Doimeadiós, capaz de transicionar de lo cómico a lo dramático con una soltura impresionante. Ella interpreta a una actriz, Título de Oro del Instituto Superior de Arte (ISA), devenida groupie de La Amígdola y uno de los vértices del trío antes mencionado. Destacan, además, el diseño sonoro de Velia Díaz de Villavilla, la desternillante música de Frank Delgado y Oscar Sánchez y la más que eficiente producción de Ricardo Figueredo, responsable de que un corto de casi 25 minutos se filmara en solo una jornada de rodaje (según rezan los créditos finales). De todas formas, este último detalle quizás influya en algunas imperfecciones técnicas de la película, propias de un trabajo apresurado, bajo presión: fallos de eje, foco y continuidad.

Tengo la impresión de que este serial por entregas ha extraviado su rumbo y está cerca de caer en la autoparodia, en ese triste proceso de autofagia al que llegan todos los estilos cuando se agotan. El costumbrismo ilustrado de Eduardo del Llano, distinguido por hurgar en zonas incómodas de la esfera político-social desde la irreverencia y el ingenio, ha devenido un ejercicio catártico de matiz vengativa (porque catártico siempre fue): una caja de arena donde el autor puede despotricar contra todo aquello que le moleste, sin pretensiones de ser agudo o de provocar reflexión alguna. Rállame la zanahoria, por ejemplo, es el chance para denostar, sin más ni más, a los reguetoneros, los mundillos del cine y teatro nacionales y, directamente, a la Embajada de Noruega en Cuba (se sobrentiende que por no apoyar el proyecto en alguna de las ediciones del Fondo…)

¿Qué será la próxima vez? ¿Qué personas o instituciones pasarán por la máquina de moler carne de Eduardo del Llano? ¿Qué víctimas para engordar su ego? Curiosamente, este corto tuvo su premier hace unos meses en una sala oficial de cine del ICAIC, presumiblemente con la presencia de varios directivos de la institución. Quédense con esa imagen, que es la imagen final de esta obra, más allá de los fotogramas.

Como repetía Sergio Carmona y repite ahora Eduardo del Llano: los mismos gestos y las mismas palabras, los mismos gestos y las mismas palabras… (2018)

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