Omega 3: Las guerras ¿cubanas? del hambre

Omega 3, de Eduardo del Llano, es pionera en tanto resultado de una concepción intelectual.

Tomado de Cubadebate

Ya en el siglo XVIII, Jonathan Swift ironizaba con las andanzas de su Gulliver, sobre los turbios y banales motivos de las guerras, con la imaginaria contienda entre las naciones “enanas” de Lilliput y Blefuscu, por una discordancia tan baladí como la manera de quebrar los huevos, si por el extremo grueso o por el extremo estrecho. Tras estas y otras causas (como rescatar a la esposa del caudillo o creer en un dios diferente) se oculta la congénita predisposición de los seres humanos a la práctica del poder personal o tribal, mediante la dominación de los semejantes, suprimidos así como potenciales competidores. Tal abstracto objetivo le explica el personaje de O´Brien a Winston en las climáticas postrimerías de la novela 1984, de George Orwell: más allá de cualquier pretexto social, ideológico, religioso, se persigue el sojuzgamiento de los semejantes.

1.

Tales concepciones de insoslayable sesgo distópico, harto tratadas en varias zonas del cine, la historieta y la literatura de ciencia ficción, adscritas a las zonas de la anticipación científica y la ficción especulativa, resultan el andamiaje discursivo básico de la cinta cubana Omega 3 (2014), segunda propuesta de largo metraje del también narrador, guionista y actor ocasional Eduardo del Llano. Efectúa el autor de la novela El obstáculo un salto epocal desde el Renacimiento Italiano, recreado en su ópera prima Vinci (2011), hasta un futuro más cercano que lejano, donde la intolerancia al prójimo se escuda en las divergencias nutricionales, y se guerrea por imponer las respectivas dietas defendidas por cada facción. De ahí el propio título de la película, que remite a determinados ácidos grasos.

No traiciona el director el tono sentado en su primera cinta, que sí resultó un timonazo significativo y hasta sorprendente para muchos, a su obra previa de trasfondo humorístico (como casi toda su literatura), protagonizada mayormente por su alter ego Nicanor O´Donell (como casi toda su literatura).

Cualquier sensación de veleidad e inconsecuencia que pudo suscitar esta propuesta inicial, queda bastante diluida con Omega 3, donde se reiteran las intenciones reflexivas, filosóficas, los aires existencialistas, eso sí con más carga irónica; el minimalismo narrativo y escenográfico; la puesta en escena no exenta de teatralidad, asentada en largos diálogos entre seres contrastantes y contradictorios, reunidos involuntariamente por el encierro en una locación carcelaria, con pocas esperanzas o ninguna, excepto el entendimiento mutuo, la solidaridad, en este caso el amor entre el soldado de la facción VEG (vegetarianos) –interpretado por Carlos Gonzalvo– y la policía de los OOLI (de Oología, rama de la Zoología especializada en los huevos), asumida por Dailenys Fuentes; y sobre todo victimizados y manipulados por un contexto hostil que los trasciende absoluta y kafkianamente, sin posibilidades de escapatoria, ni siquiera de comprensión de las circunstancias que los envuelven, gestadas por un tercer enemigo, los MAC (macrobióticos), liderados por un malvado oficial, a cargo de Héctor Noas.

Vuelve a renunciar del Llano al contexto cubano, sus conflictualidades, y a la época actual, colocando las acciones en coordenadas espacio-temporales no identificadas con claridad, pero definitivamente no criollas, como significativo recurso para deslindarse de la mayoría de sus colegas y, una vez más, de su propia obra de corto metraje. Desafía así, saludablemente, los encasillamientos conceptuales que fuerzan la relación entre cine cubano y tiempo-espacio cubano ergo comedias repletas de sexo y chistes de doble sentido sobre las desgracias y sinsabores actuales, como la muy reciente Boccaccerías habaneras (Arturo Sotto, 2014); algo a lo que están muy acostumbrados los públicos cubanos, por lo que la cinta deviene una verdadera celada preceptiva.

2.

La ciencia ficción –harto cultivada en el terreno literario cubano desde hace más de un siglo, si se toma como antecedente la novela decimonónica El eslabón perdido, de Francisco Calcagno, y otro tanto para la historieta, sobre todo en la pasada década de los ochenta–, ha ido más o menos al ritmo del mundo, pasando por las diferentes etapas más características. Todo lo contrario en cuestiones cinematográficas, teniendo en cuenta que a Omega 3 la separan 112 años de la primera cinta del género: Viaje a la Luna (George Meliés, 1902), después de la cual mucho ha diluviado sobre este terreno. Así que la fílmica nacional se saltó los viajes interplanetarios, los extraterrestres y sus platillos voladores, la robótica, las máquinas del tiempo, las guerras galácticas, los mutantes atómicos o genéticos, los clones, para caer de plano en la referida zona post-apocalíptica, bélica y distópica, con elementos del ciberpunk, presente en la sofisticación informática con ordenadores holográficos, recreados en este caso como elementos contextuales.

La dirección de arte de Omega 3 se acoge a códigos muy nítidos del cine mundial de ciencia ficción catalogada como “militar”, por desarrollar facetas de conflictos armados y también la post-apocalíptica, por recrear un mundo inmerso en una catástrofe que desmembró la civilización tal como la conocemos. Por ende, enuncia un futuro distópico; antípoda este de las brillantes utopías propugnadas en determinada época por la ciencia ficción soviética, de las naciones de Europa del Este y hasta de la propia Cuba, como integrante caribeño del macroproyecto comunista mundial del siglo XX.

Espacios decadentes como las angostas trincheras de la Primera Guerra Mundial, donde confluyen objetos raídos de diferentes épocas, oscuras y opresivas barracas, salas de máquinas, asépticas instalaciones médicas, se combinan con un ingenioso rejuego de Vladimir Cuenca, diseñador de vestuario, con los uniformes VEG y MAC, basados respectivamente en los marines estadounidenses y los SS nazis, estos últimos con cierto tufillo de atuendos sadomasoquistas —que a su vez están influenciados por esta arista del militarismo. El aspecto lampiño de los personajes futuristas es un código corporal bastante común en estas zonas de la ciencia ficción, que busca el extrañamiento de estos seres, dando la sensación de regularización e impersonalización casi robótica, al estilo de cintas como la singular THX 1138 (George Lucas, 1971) o la gótica Alien³ (David Fincher, 1992), ambas con multitudes de sino carcelario como contexto de las acciones.

Consecuentes con este apartado son los discretos pero efectivos y precisos efectos visuales a cargo de Jorge Céspedes, cuyo crédito como Supervisor (comúnmente nombrado en el cine estadounidense como Visual Effect Supervisor) quizás es la primera vez que aparece en un largometraje cubano, que no es precisamente el primero en aventurarse en estas áreas, pues la muy lamentable Los desastres de la guerra (Tomás Piard, 2012) también apeló a la especulación post-apocalíptica, sin ser de modo confesamente ciencia ficción. Omega 3 sí es pionera en tanto resultado de una concepción intelectual que, desde un conocimiento sólido, se apropia de y reconjuga, conscientemente, los códigos estético-conceptuales de tan amplio género.

La sobriedad y la precisión son valores destacables en lo referente a la dirección de arte, que consigue sugerir con el mínimo de recursos, más que prefigurar, un universo bastante coherente, creíble, con mérito muy especial para la secuencia animada mediante rotoscopía digital y 3D, concebida para un importante flash-back de la cinta a un pasado pacífico, en plena sedimentación de las intolerancias dietéticas.

A cargo de un amplio equipo de los Estudios de Animación del ICAIC, con Alejandro Rodríguez al frente y Ariel Blanco como productor, este técnicamente impecable momento es todo un oasis visual, cuyos valores no son únicamente estéticos, pues la luminosidad y el refulgente colorismo agudizan las diferencias con el lóbrego presente diegético. Además, como anécdota, ilustra las paroxísticas dimensiones del odio humano, sea por carne, religión, color de la piel, preferencia sexual, género, clase, casta, nacionalidad y toda una larga lista de motivos.

3.

Si bien todos los referidos signos genéricos definen por las claras la adscripción de la cinta a la ciencia ficción, además de subrayarla dentro del contexto audiovisual cubano, no busca del Llano sostenerse solo en la visualidad y su exaltación espectacular, sino que, consecuente con la muy minimal Vinci, apuesta mucho a la historia, a la construcción de personajes y a las interacciones (colisiones) entre estos. Urde una suerte de triángulo de amor y poder entre los personajes de Gonzalvo, Fuentes y Noas, gélido manipulador que ejerce tortura psicológica sobre ambos, como el referido O´Brien de 1984, manipulándolos en pos de un misterioso “experimento”, digamos que “psico-dietético”, con métodos refinadamente filo nazis, para finalmente quebrar voluntades, al igual que en la novela de Orwell.

Contrapuesto a las actuaciones dignamente orgánicas de los prisioneros, cuyas capacidades expresivas no traicionan los frecuentes primeros planos (que sí delatan ciertas fallas en el maquillaje de la herida en el rostro de Gonzalvo), sin lograr tampoco muy altas cotas de intensidad dramática y hondura emocional, Noas trastabilla a la hora de maniobrar en la peligrosa cuerda tragicómica, para construir su cínico y complejo rol, quizás en sutil guiño al carismático coronel nazi Hans Landa, interpretado por Christoph Waltz en Inglourious basterds (Quentin Tarantino, 2009). Al interpretar un ser de por sí voluble, que además, como parte de un cruel juego de gato y ratón, finge estados de ánimo, talantes y actitudes, no puede lucirse ficticio. Entre un actor que finge y un actor que interpreta a alguien que finge, existe un trecho que Noas, a pesar de sus indiscutibles talentos, no trascendió a cabalidad.

Omega 3 es una cinta que acusa desbalance entre la bastante lograda visualidad (dirección de arte, fotografía), en la cual se concentraron los gestores para obtener un producto competente, competitivo e identificable en el género; y la narratividad (guión, montaje), la cual, carente de la fluidez y efectividad dramatúrgica necesarias para generar el suficiente suspense, in crescendo hasta el anticlimático final, de las requeridas cotas de tensión dramática en las confrontativas escenas entre los tres protagonistas, pues no se equipara con los apartados más logrados. Queda el filme como un ejercicio de estilo nada despreciable de Eduardo del Llano, no exento de autenticidad conceptual y visual, dado el irónico rejuego con los códigos del género, en pos de articular, con elementos-tipo de la ciencia ficción, un discurso singular, para nada mimético y que, con su inusual matiz, ayuda sobre todo a sanear un poco el contexto fílmico cubano.

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