Otro baile más, pero con Margot

La película hace un homenaje al cine negro.

Foto: Tomada de bailandoconmargotfilm.com

Desde el inicio de sus carreras artísticas, no pocos realizadores cubanos de audiovisuales quisieron hacer largometrajes; pero por razones de presupuesto, e incluso de experiencia, tuvieron que aguantarse. Ello contribuyó, sin dudarlo, a que se interesaran en un género audiovisual tan comercial, posmoderno y a veces, por qué no, de autor, como el videoclip.

Como valor intrínseco y añadido hubo un entrenamiento para, cuando llegara la oportunidad, acometieran un proyecto de mayor envergadura. Así le sucedió, entre otros, a Arturo Santana, quien ha escrito y dirigido su ópera prima Bailando con Margot.

Contada en varios actos y alternando en un montaje de más de una etapa de la República, la película ingresa en nuestra producción cinematográfica actual como un intento de homenajear al llamado cine negro, atreviéndose, además, a hacerle un guiño, en un flashback deseoso de aparecer, al cine silente.bailando-con-margot-pelicula-cubana-arturo-santana

A decir verdad, esta película es un muestrario de homenajes en torno al cine internacional y hasta cubano preferido por Santana. Esto no favorece ni desmerece la trama y la historia de esta película. Solo evidencia algo del gusto en materia audiovisual de su director.

Ahora, a nivel dramatúrgico, Bailando con Margot pudiera resultar interesante por su trama (relato narrado) y argumento (relato cronológico), pero Arturo Santana le ha dedicado más tiempo a cómo narrar su película que a la propia historia y la caracterización de sus personajes.

La red de conflictos que condiciona el “cómo comenzó todo”: el robo de un cuadro en la casa de la viuda Margot pretende explicarnos y sugerirnos mucho de los personajes  y de hecho lo logra, pero sobrepasa la investigación que el detective lleva, a tal punto que la revelación de los hechos resulta poco atractiva y hasta ingenua.

Esto pudo haber sido intencional, o sea, el privilegio del pasado del personaje de Margot. Pero uno tiene que intentar salir airoso de cuanto empezó, así el inicio, el motor impulsor, el suceso punto de partida o como quiera llamársele… haya sido un mero pretexto. Y aquí hay descuido en la exposición de lo acontecido a nivel de “trama principal”, por parte de un mayordomo atacado no tan sigilosamente por inconforme, ladrón y gay.

En cuanto al elenco de actores, hay que reconocer que Bailando con Margot vale sobre todo por sus mujeres. Y con el respeto que se merece Arturo Santana, el personaje de investigador no era para Edwin Fernández. Carece del carisma para un protagónico de ese talante.

¿Lo mejor de Bailando con Margot? La música de Rembert Egües, la fotografía de Ángel Alderete, la dirección de arte de Onelio Larralde y hasta la edición de Daniel Díaz Jr., que ayudan, a pesar de los pesares, a que Bailando con Margot no aburra. Pero hasta ahí.

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