Psique por Miguel Coyula: La oralidad filmada, la magia presentida

Análisis de la más reciente película del joven director cubano.

La palabra fue para la Humanidad, además de uno de los primeros modos complejos de comunicación y nexo social, el prístino basamento de la mitología, o sea: la aprehensión poética del cosmos circundante con sus innúmeras fenoménicas. Más allá de los petroglifos y las pictografías, la palabra fue un puente mucho más expedito hacia las dimensiones lírico-épicas de la realidad, hacia las esferas culturales, donde el ser humano estableció su inicial y más seguro reino.

La palabra fue, durante miles de años (aún lo es en algunas zonas), patrimonio exclusivo de la oralidad, arte detentado por rapsodas, griots, juglares, trovadores, bardos, cuenteros, o como quiera que las diferentes culturas hayan calificado en todas las épocas a los sujetos bendecidos por la capacidad casi hipnótica de urdir en las mentes de los espectadores e interlocutores, mundos, sucesos y personajes, desde el más puro y sencillo engarce de las palabras. La representación última y óptima, que solo requiere de una persona y su voz: el narrador puro es la verdadera pantalla más grande del mundo, más aún que la radio alabada por Orson Welles.

A la palabra oral, y a su artífice, erige el realizador cubano Miguel Coyula un sencillo, íntimo, pero consecuentemente orgánico homenaje con su más reciente obra de corto metraje, intitulada Psique (2015). Propuesta que, a diferencia del gran apego a la visualidad que define grosso modo la creación fictiva del director de Clase Z Tropical (2000) y Memorias del desarrollo (2010), se desplaza hacia un definitivo eje oral: la narración del segmento inicial del mito greco-latino de Eros (Cupido) y Psique. El montaje trepidante, la casi esquizoide y sardónica semiosis visual de sus piezas previas, dieron paso a una fotografía tan sencilla como puede serlo un único plano secuencia, determinado por un muy sutil zoom in, que durante todo el metraje va aproximando(nos) casi imperceptiblemente la figura del profesor italiano Franco Avicolli.

Creador no atado a estereotipados y prejuiciosos puritanismos de sesgo tradicional-nacionalista, Coyula se limita a subtitular en español la historia, desarrollada en la lengua autóctona del narrador. Como otras veces, en lo absoluto retrocede ante la ilusoria barrera de un idioma foráneo, pues —sobre todo en el caso de marras— le interesa y seduce (confesamente) el tono, las modulaciones, la musicalidad del acto de contar, la mística de los sonidos modulados ¿más que la propia anécdota? No extrañarnos.

Este narrador omnisciente, corporeizado como nunca, se ubica en un contexto todo lo a-escenográfico, a-dimensional y a-temporal que pueda sugerir el negro absoluto como ausencia, no solo de color, sino de espacio: la verdadera quintaescencia de la nada. Es una zona ideal para el privado explayamiento de la interpretación íntima de lo contado, un lienzo de absoluta virginidad donde el receptor puede prefigurar a su antojo las imágenes sugeridas por la palabra. Iguales propósitos cumplirían quizás las tenebrosas noches de antaño, donde el universo se reducía a un contador de historias junto a una lumbre débil, y a la fértil imaginación de los testigos de su palabra. Como el más provocativo díptico fílmico de Dogville y Manderlay (Lars von Trier, 2003 y 2005), Psique, con esta sustracción definitivamente absoluta, termina desafiando —mucho más, creo yo— la integridad de las propias nociones de lo intra y lo extradiagético.

Coyula, como un espectador más, acunado por la voz cálida, calma de Avicolli, sin pretensiones histriónicas, grandilocuentes ni ególatras —pues está consciente de su rol como narrador, nunca como protagonista, aunque su efigie sea la imagen prevaleciente en el corto—, se abroga el derecho de desplegar en esta absoluta nada, sus muy personales interpretaciones de lo narrado; pero con la suficiente discreción como para no negarle al resto de los receptores la posibilidad de construir en sus mentes sus propias imágenes de la historia.

La negrura alrededor de Avicolli se va plagando de fantasmagorías fugaces, mundos frágiles, ¿La Anunciación, de Antonia Éiriz?; escenas furtivas, ambiguas; acontecimientos consumados (o no) y entidades convocadas (o no) en las difusas regiones que se ubican justo en la tierra de nadie que media entre la Vigilia y el Sueño. Están durante una mínima partícula de tiempo, y la única huella que dejan tras de sí es la pura incertidumbre de haber sucedido “realmente”, o ser fruto de la sugestión muy íntima de cada espectador. Sigue (pre)dominando el misterio…

Ahora, volviendo a las cuestiones narratológicas: ante este rejuego con la libre elucubración alrededor de la oralidad ¿a cuál diégesis pertenece realmente la persona física de Avicolli? Es rodeado por un quimérico carnaval de signos expresionistas —Éiriz—, urdido en posproducción desde una autoral voluntad impresionista, el cual transcurre en una esfera paralela, tangencial al plano de existencia donde narra “objetivamente” la historia ¿sin percatarse? de las entidades emanadas a su alrededor. ¿Conviven dos diégesis en la pantalla? ¿O quizás Avicolli comulga directamente con el plano de nosotros, los receptores? Como todo narrador de mitologías, mítico el mismo, el italiano pertenece con seguridad a la magia, la cual antecede, supera y engloba cualquier canon racionalista que pretenda sondear los infinitos océanos del misterio.

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