¿Quién le pedirá perdón a Pablo Milanés?

El documental Pablo Milanés, de Juan Pin Vilar, fue premiado recientemente en el Festival Internacional de Cine de Gibara 2017, en la categoría de Mejor Largometraje Documental. He aquí un primer acercamiento crítico a una nueva obra de la no ficción cubana de hoy.

Desde una construcción dramatúrgica y artística adscrita a una convencionalidad formal nada experimental, pero tampoco fallida, como tejido narrativo, el documental Pablo Milanés (2016), del realizador Juan Pin Vilar, consigue registrar y ofrecer uno de los testimonios más calmos y conmovedores sobre la historia cubana pos 1959.

En ese año, conforme a las bitácoras oficiales, la historia nacional detuvo su devenir dialéctico ante el arribo apabullante del Paraíso, de la Edad de Oro. Año en que comenzó un agotador y sempiterno presente, fruto de la eternización de una coyuntura, de un estado de excepción donde el Ayer y el Hoy se confunden en una madeja de sucesos apenas sistematizada por análisis complejos y (sobre todo) desapasionados. Madeja donde se van extrayendo casi furtivamente hilos testimoniales de carácter microhistórico, antropológico, cultural, psicosocial, como este de marras. Pablo Milanés fue premiado recientemente en el Festival Internacional de Cine de Gibara 2017, en la categoría de Mejor Largometraje Documental.

Pablo habla aquí sin rencores de las UMAP. Las secreta y tristemente célebres Unidades Militares de Apoyo a la Producción donde, durante parte de los años sesenta, fueron concentrados los “inadaptados”, los “seres extravagantes” y otros tantos cubanos reacios a engarzar en los modelos de revolucionario y hombre nuevo preconizados por el status quo. Tradúzcase este canon en ateos, heterosexuales y militantes a ultranza, a juzgar por las principales características dicotómicas de los reclutados para los grandes campos vallados de Camagüey: homosexuales, religiosos e intelectuales de posturas críticas sobre diversos aspectos de la realidad sociopolítica y artística de la efervescente Cuba del momento. Pablo entre estos últimos, según aclara el trovador en algún momento. Otros como Silvio Rodríguez, acusados entre otras cosas de “elvispreslianismo”, eran desterrados a barcos pesqueros; unos más, como Virgilio Piñera y Antón Arrufat, eran condenados al silencio social y cultural. Tebas contra los siete.

Una digresión: cuando visioné Pablo Milanés en el cine Jiba de Gibara, durante las sesiones de su Festival, una interrogante de mi infancia fue respondida. Motivada estaba por la entonces enigmática respuesta de Milanés a la conductora de un espacio estelar en vivo como Contacto quizás, u otro del mismo corte, acerca de su reiterado uso de camisas de rayas. “Nostalgia de cuando estuve preso”; algo así respondió el trovador en aquellos tempranos noventa. Nunca lo olvidé, y ahora el niño que llevo siempre presente se vio satisfecho. Aunque ya entonces, en la explicación que mi madre enhebró para mí, había escuchado por primera vez las siglas sordas: UMAP.

Varios importantes músicos e intelectuales cubanos, como Reynaldo González, Nancy Morejón, Bobby Carcassés, Guillermo Rodríguez Rivera, Rembert Egües, Omara Portuondo, Marta Valdés, Eduardo Ramos, Rey Montesinos, Sergio Vitier, Jorge Perugorría, Leo Brower, Luis Alberto García, Miriam Ramos, hablan, subrayan en el documental, el definitorio rol de Milanés en la contemporaneidad musical cubana. La urdimbre cronológica de un relato que “empieza por el principio”, dígase la infancia y primeros romances de Pablo con la música, permite arribar orgánicamente a su abrupto reclutamiento hasta los campos rodeados de cercas con 23 pelos de alambre, que luego fueron reducidos a 14. De ahí su tema 14 pelos y un día, indiscutiblemente amatorio, pero nimbado por un dolor entonces inconfesable.

En estrecho diálogo con Rara Avis: El caso Mañach (Rolando Rosabal, 2008), Tebas (Luis A. P. Méndez y Maysel Bello, 2008), Retornar a La Habana con Guillén Landrián (Raydel Araoz y Julio Ramos, 2013), Los amagos de Saturno (Rosario Alfonso, 2014), Severo secreto (Gustavo Pérez y Oneida González, 2016), y Nadie (Miguel Coyula, 2017), el muy sencillamente titulado Pablo Milanés (*) articula una suerte de inconsciente serie documental. Meridiana, eso sí, para el desencadenamiento paulatino y cada vez menos discreto —aunque aún incipiente— de la revisión histórica y la redención crítica de personalidades de la cultura cubana, no exentas para nada estas respectivas visiones autorales de polémicas y paradojas. De eso se trata: matizar, debatir, provocar, construir sentidos de manera colectiva y contrastante. No se busca consolidar modelos únicos y absolutos con pretensiones definitivas, sino catalizar estados de opinión. Y cada vez más nuevas búsquedas que se entretejan en una pesquisa arbórea, plural, de los cubanos a través de su historia.

Estas, y otras obras no enumeradas, son frutos, en primera instancia, de una curiosidad legítima y lícita de ciudadanos cubanos por las numerosas áreas ciegas de la cartografía histórica que se les presentó como canon desde sus edades tempranas. Modelo cuya insuficiencia generaba y genera más dudas que certezas, dada sus llanezas parcializadas y su simple estructura binaria-dicotómica, donde la marxista lucha de contrarios es despojada —convenientemente— de su carácter complementario, ergo dialógico, coexistente. Algo ya problematizado puntualmente en audiovisuales como En primera persona (Yassel Iglesias, Alberto Acosta, Amador Busutil, 2010) y Otra historia que contar (Ariadna Guerrero, Juan Gabriel Gordía, Van Gil Saínz, 2014).

Tales sintomáticos abordajes históricos son signos de la leve maduración de una conciencia histórica, allende el rechazo y la indiferencia que, en primera instancia, tiende a provocar en las mayorías el sonsonete libelista que, en aulas y actos, reduce la historia cubana a un manojo de inconexos acontecimientos y recitaciones cronológicas de actos heroicos hasta la santidad, o malvados hasta la satanización.

La saludable curiosidad (reacción mucho más profunda e inteligente que la negación o la indiferencia, aunque mate al gato) deviene diálogo intenso con la nación, importante brega contra la desmemoria que Edmundo Desnoes, a través de su Sergio lleno de memorias, achaca a la persona típica subdesarrollada: quien vive para el momento y es incapaz de hacer conexiones complejas.

Pablo Milanés y las obras referidas igualmente van conformando una corriente ——a la que se suman no pocas películas de ficción— catalogada por algunos como “cine forense” (Juan Antonio García Borrero) o cine de “ajuste de cuentas”. En lo personal, me gustaría llamarlo “cine del karma histórico”. Como sea que dicten los caprichos taxonómicos de la crítica, este audiovisual coadyuva a establecer el imprescindible balance de fuerzas, de energías socio-históricas y sociopolíticas, iniciado siempre por el alivio violento de las tensiones acumuladas, que pueden provocar un demasiado brusco cambio de rumbo; un timonazo que saque de un abismo para precipitarse en otro. Solo la ética, la consecuencia y la lucidez de los creadores pueden regular las presiones desencadenadas.

Como todo acto kármico, la revelación y problematización de los tópicos demanda, en consecuencia, responsabilidades y explicaciones de los factores/actores causantes y/o inspiradores de los sucesos. En Pablo Milanés, un Sergio Vitier tajante en las postrimerías de su existencia, larga vigorosamente, cual legado póstumo, una exigente esperanza. Aguarda a que algún día alguien pida disculpas por las UMAP a Pablo y a todos sus compañeros de infortunio; por cada uno de los pelos de alambre que aislaron al trovador de su amor, de su vida, de su patria. ¿Quién lo hará? ¿Quién honrará a Sergio Vitier? Comienza el conteo regresivo…    

Nota:

*Es de notar que la animación ideada para el título presenta las iniciales PM, que se despliegan luego en el título completo. Algo parecido hace Miguel Coyula en su documental Nadie (2017), cuando juega con la articulación de PM y UMAP.

4 comentarios

  1. Rosalba Cazón López

    Gracias al autor de esta reseña por su prosa exquisita a la que se echa tanto de menos cuando se está lejos.

  2. Lázaro Numa Aguila

    Yo creo que pedirle perdón a Pablo Milanés es algo sin sentido, Pablo mo fue el único que pasó por la UMAP. Lo correcto sería descongelar el tema y propiciar el debate franco sobre ese y otros tema, ¿no creen?

  3. Raul Reyes

    Pablo, Vitier y miles de ellos demostraron su poca inteligencia o su actitud conveniente y llegaron muy tarde a entender la crueldad y la ignominia del “revoltillo” y extendieron su complicidad demasiado tiempo.
    Primero, antes que todo, hay que pedir perdón a miles que perdieron sus vidas luchando por la libertad.
    de ellos y por la de su patria.
    su vida

  4. OMARA

    Nadie tiene que pedir perdón a Pablo, el es el que tiene que pedir perdón a el pueblo revolucionario de Cuba por estar en cada momento de su vida a conveniencia del lado que le resulta más fácil.

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