Radiografía de un paisaje remoto y actual

A propósito del último documental de Ariagna Fajardo.

Hijo de la Televisión Serrana, este documental de Arigna Fajardo nos coloca ante el mundo profundo e insondable del campo cubano.

En su mayoría, el cine cubano de la Revolución ha sido de temática muy urbana. Las excepciones rurales se centraron, en el caso de la ficción, en la lucha contra bandidos o el impulso del cooperativismo agrícola. El documental, por su parte, se interesó en verificar la simbiosis del fenómeno revolucionario y la comunidad iletrada de la isla, a veces con un encanto notable, como es el caso de Nicolás Guillén Landrián; otras de un modo completamente olvidables.

Aunque en tiempos más actuales los nuevos realizadores hayan recuperado la temática campesina en el marco de la familia, el trabajo, las relaciones de pareja y hasta los mitos de ultratumba, fue la Televisión Serrana la que puso en nuestras pantallas, con una testarudez indiscutible, el mundo profundo e insondable del campo cubano.

Muchos trabajos producidos por la Televisión Serrana no van más allá de la recepción mimética del deterioro de un mundo (la zona montañosa más intrincada de Buey Arriba) que ha perdido la fuerza de trabajo primordial por culpa de la emigración de los jóvenes hacia territorios urbanos más cercanos (Bueycito, San Pablo de Yao, el propio pueblo de Buey Arriba o Bayamo) y por la poca atención que les ofrecen las instituciones encargadas del bienestar social en la localidad. Pero esa realidad, serena y hostil a la vez, le ha proporcionado a la tradición documental cubana algunos de sus materiales imprescindibles.

Uno de ellos es Cambio de guardia, el último documental de Ariagna Fajardo. Esta realizadora ha sido, en los últimos años, la documentalista más destacada y una de las más publicitadas de su generación. Es posible que sea por esa persistencia en mostrar las historias que en otros contextos no alcanzarían ninguna repercusión porque no clasifican como glamorosas, o tal vez porque su operatoria documental se distancia del uso trivial de los encuadres fijos, las entrevistas monótonas (cabezas parlantes), las bandas sonoras sentimentales y los finales moralizantes. En Cambio de guardia, un trabajo de 35 minutos de duración, Ariagna regresa a estos parajes intrincados para registrar la historia de una familia en los límites de un descentramiento marcado por la muerte de la figura paterna.

La documentalista  regresa a esos parajes intrincados para registrar la historia de una familia en los límites de un descentramiento marcado por la muerte de la figura paterna.

La documentalista regresa a esos parajes intrincados para registrar la historia de una familia en los límites de un descentramiento marcado por la muerte de la figura paterna.

En una casa con muy pocos vecinos (como es natural en zonas como esta), vive una señora mayor a quien tienen que cuidar sus tres hijas, pero como ninguna vive exactamente con ella, deben rotarse las atenciones. Esta situación extraordinaria es el dispositivo que le sirve a la realizadora para seguir entretejiendo su propia “comedia humana”, una larga saga donde tienen un protagonismo capital los silencios, los amaneceres cargados de neblina y rocío en la yerba, la cercanía de animales y hombres, los paisajes despojados de cualquier resquicio tecnológico y una arquitectura, entre tradicional y precaria, que se abre siempre generosa a los espectadores incautos.

Las hermanas elogian con perseverancia al padre ausente. La reconstrucción de su legado se nos entrega en la oralidad musical de sus hijas. Su mayor ofrenda es la consagración a las labores que aquel desempeñara en vida: el ordeño y pastoreo de las vacas, la cosecha, la aniquilación de las malas hierbas y la entrega desinteresada y sincera a la madre. En sus ratos libres, se acogen a labores serenas y preferentemente manuales —nunca la lectura de un suculento libro—, como el bordado y el tejido. El uso instrumental del tiempo libre es también compartido por la madre, que hornea, de vez en vez, unos dulces para las meriendas nocturnas.

Es posible que la directora no se interesara en llamar la atención sobre los conflictos existenciales o problemáticas económicas y sociales acuciantes en la vida de esta familia (aunque es posible constatar que la casa se sustenta de la venta mayorista de la leche de vaca), elementos que no tienen siquiera un asomo en la selección definitiva del material. Gracias a esta exclusión, que muchos críticos pudieran interpretar como un despilfarro de energías, el material alcanza una serenidad magna, una comunión armónica con aquella heredad que muchas veces se rechaza en pos de la totalidad tecnológica que ostenta la vida moderna de las ciudades. Por eso, y no como una gratuidad alineada a los modismos festivaleros, Ariagna opta por planos largos y cargados de un silencio cómplice, se decanta por los encuadres bajos, como si quisiera invitarnos a oler la sustancia de la tierra y así embarcarnos en un viaje hacia los orígenes de la nación.

El documental viene a ser un trozo de realidad, pero de un mundo remoto, lejano y extravagante, y que responde en sí mismo a un presente muy vívido. Un presente que responde, a la vez, a su propio tiempo, un tiempo extático, lejano de las dinámicas visuales de la representación de la vida urbana. Se trata de un tiempo que tiene más en común con esa representación de la selva que proponen algunos cineastas asiáticos, en el cual habita la disposición a ser saboreado bajo los efectos de alguna paz ultraterrena.

De aquí que la directora armonice un ritmo en la disposición de los planos, construya la historia a partir de un orden cíclico de acuerdo a la rotación de las hermanas en la casa y disponga de esa voz en off que se introduce con unos distanciamientos frugales, como si imitara la composición de alguna sinfonía.

Pese a la sencillez técnica del documental, Ariagna nos sumerge en un viaje doble: el que hacemos como espectadores cuando nos adentramos en una geografía lejana y exótica, cargada de paisajes verdes y espesos; y en el que nos sumergen los personajes con esas evocaciones del pasado, cuando la casa estaba poblada por familiares fallecidos (el padre, las tías, los abuelos), que ya han sufrido cambios en el orden del discurso que reconfigura el recuerdo, y se nos muestran intachables, con una afabilidad cálida.

Posiblemente se trató de gente iletrada, que resolvía situaciones cotidianas (tanto conyugales como de crianza) por obra y gracia de la intuición (y de ese apego al conocimiento mítico que se transmite de generación en generación y que todavía existe en algunas zonas rurales), pero el recuerdo es selectivo y ha querido insuflarle nobleza a su genealogía. De esos viajes regresamos también con un poco de serenidad, porque nos permiten escapar del hastío de nuestro presente, confortable a la vez que adverso, marcado por la angustia de los relojes (que ya no cargan solamente con ese halo siniestro que describiera Cortázar, pues ahora también se integran a la telefonía celular y sus cuotas limitadas).

Pero Ariagna no cae, como los actores sociales que intervienen en su película, en la tentación del idealismo. Es por eso que decide extasiarse en los cuerpos. Entonces la naturaleza muestra otro cariz, menos afectuoso que el que hemos conocido hasta ahora, cargado de olores primigenios y amónicos colores. Ahora la naturaleza es adversa, porque se manifiesta en el rigor diario de un sol abrasador, en el frío intenso de las madrugadas, en los terrenos pantanosos que deja detrás una lluvia interminable.

Cuando recorremos los cuerpos, llenos de grietas, extremidades rígidas y curvas, pieles quemadas y rostros arrugados, no podemos pensar en una naturaleza de postal. En los cuerpos también habitan otros padecimientos, ya por el desequilibrio alimenticio, cargados en grasas, ya por el rigor del trabajo diario, que incide en la columna vertebral, en la vista (muchas de las personas que habitan en estos parajes terminan padeciendo de cataratas) o en el desgaste de las rodillas, producto de los terrenos irregulares y pedregosos, y de las largas caminatas que deben de suplir la inexistencia del transporte.

Tras esa insistencia en los cuerpos, ese templo muy poco sagrado en la vida de estas personas, entendemos que la sacralidad habita en un éter constituido tras la fugacidad corporal. Esa creencia incorpora un concepto diferente de la muerte, donde la desaparición es solo física, aunque sí se entiende como un completamiento esencial. Los vivos adquieren, como parte de un fenómeno de conciencia, ese compromiso con los muertos que los impulsa a realizar cada acción de acuerdo a la bienaventuranza de estos. Bajo este sistema de creencias, la moral del individuo se disuelve en una pluralidad que incluye a sus predecesores muertos.

Otro elemento que adquiere un significado en el documental es la casa familiar, depositaria ella misma de una memoria conformada por objetos que, no por antiguos, dejan de gozar de la aquiescencia de sus habitantes. La casa del campo se conforma bajo otra lógica, menos elemental y mucho más maravillosa, aunque mucho de esa magia permanezca invisible a sus pobladores. Los techos gozan de figuraciones irregulares, producto del humo de los candiles y las distensiones del agua filtrada por la lluvia. Los animales no conocen espacios vedados. Comparten todos los espacios, como si el adentro y el afuera perteneciera a todos por igual. La constitución de las casas está despojada de rejas. Esa arquitectura del miedo, tan regularizada en los espacios urbanos, no es necesaria aquí, porque los interiores del hogar tienen poco que ofrecer a cuatreros y salteadores.

Con una franqueza absoluta, sin demanda de necesidades, Ariagna Fajardo nos regala el acceso a una Cuba alternativa, maravillosa y precaria, remota y actual, sin pintoresquismos ni asombros trasnochados. El documental también constituye un ejercicio de estilo, que consolida la estabilidad de una de las mejores cineastas de su generación.

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